Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El día que Diego me esperó después del entrenamiento

2.8 (5)

Diego tiene la piel del color de la tierra en agosto, ese marrón cálido que parece acumular el sol incluso en los meses fríos. Cuando corre por el pabellón, sus pies apenas parecen tocar el suelo: dieciséis años y ya tiene el cuerpo de alguien que ha pasado más tiempo entrenando que durmiendo. Los hombros anchos, la espalda marcada en uve, los brazos que sobresalen del uniforme con esa geometría que solo da el músculo trabajado desde pequeño. Juega de lateral izquierdo y siempre sabe dónde está el balón antes de que llegue. El equipo entero lo sabe. Yo también.

Pero yo lo miro por razones distintas.

No lo digo en voz alta. Ni siquiera lo pienso de corrido muchas veces, porque cuando lo hago me entra una especie de vértigo que prefiero no explorar demasiado. Lo que sé es que hay ciertos momentos — cuando cruza el vestuario con la toalla colgada del cuello, cuando ríe bajo con algo que le ha dicho algún compañero — en los que tengo que mirar para otro lado a propósito. Porque si no lo hago, se nota.

Llevamos tres años jugando en el mismo equipo de balonmano, en un club pequeño de provincia. Tres años en el mismo pabellón con el mismo suelo húmedo y ese olor constante a goma de zapatilla y sudor seco. Tres años mirándolo de reojo, calibrando distancias, aprendiendo a disimular.

Diego tiene novia, o algo que se le parece. Habla de chicas con los demás de la forma en que hablan todos: con naturalidad, sin pensarlo dos veces. Vive en ese mundo de la seguridad absoluta donde nadie duda ni tiene miedo de que alguien lo descubra en algo que no debe. Un mundo al que yo no tengo acceso.

Yo soy el que se queda medio paso atrás en los sprints. El que se mira lo justo en los espejos del vestuario. El que ha aprendido a disimular tan bien que a veces se pregunta si no lo ha perdido ya del todo, ese algo que intenta esconder.

Lo que sé, sin embargo, es que Diego me mira también. O eso creo. O eso me digo para no enloquecer.

***

Aquel martes llegué tarde al vestuario. El entrenador me había retenido para repasar una jugada de defensa que no terminaba de salirme, y cuando por fin crucé la puerta, el vapor de las duchas aún flotaba en el aire, caliente, mezclado con ese olor específico a jabón barato y espray desodorante que ya identifico con el final de cada sesión.

El sonido del agua cayendo resonaba en los azulejos. Entré, dejé la mochila en el banco y empecé a soltar los cordones sin apresuramiento. El vestuario estaba casi vacío. Quedaban dos compañeros al fondo, de espaldas, enfrascados en una conversación sobre algo que no me concernía.

Entonces salió Diego de las duchas.

El pelo oscuro pegado a la frente. El agua resbalando por el pecho, bajando despacio por la línea de los abdominales antes de perderse en la toalla que llevaba anudada baja, muy baja, en las caderas. Se movió hasta su taquilla sin mirar hacia mi lado. Se inclinó a buscar algo dentro. La toalla se desplazó un poco hacia abajo.

Aparté los ojos.

Demasiado tarde.

Cuando volví a mirar, ya se había puesto los calzoncillos — negros, ajustados, de alguna marca deportiva —, pero quedaba algo en cómo le quedaban que hacía difícil no notar ciertos detalles. Me quedé con la vista fija medio segundo de más. Un segundo suficiente para lo que estaba a punto de pasar.

Diego giró la cabeza.

Me miró directo. Sin aviso. Con esa precisión que tiene en el campo, como si siempre supiera exactamente dónde mirar. Sus ojos oscuros encontraron los míos y no dijeron nada, pero tampoco se apartaron en seguida.

Yo sí me aparté. Demasiado rápido. Con demasiada urgencia.

Me agaché a buscar algo en la mochila que no necesitaba encontrar. Sentí el calor subiéndome desde el cuello hasta las orejas, esa especie de quemadura que no tiene nada que ver con el cansancio del entrenamiento ni con el calor del pabellón. Era otra cosa. Era de siempre.

Cuando me atreví a levantar la vista otra vez, Diego ya estaba vestido con el chándal. Cerró la taquilla con un golpe seco. Salió sin decir nada.

Los dos compañeros del fondo tampoco dijeron nada. Seguían hablando. Nadie había visto nada. O nadie lo mencionó. Me quedé solo en el vestuario y tardé diez minutos en hacer algo tan simple como cambiarme de ropa.

***

El aparcamiento estaba casi vacío cuando salí. Las luces del pabellón proyectaban sombras largas sobre el asfalto mojado. El aire olía a tierra húmeda y a los pinos que bordeaban el edificio por detrás, hacia el sendero que nadie solía usar después de los entrenamientos.

Eché a caminar hacia la parada del autobús con la cabeza baja y los auriculares a punto de ponerse. No había llegado diez metros cuando escuché su voz.

—Eh.

Me giré.

Diego estaba apoyado contra la valla metálica, con las manos en los bolsillos del chándal, mirando hacia el sendero que se perdía entre los árboles. No parecía estar esperando a nadie en particular. O eso era lo que quería parecer.

—¿Vienes un momento? —señaló con la cabeza hacia el bosque—. Solo un momento.

No supe decir que no. Nunca sé decirle que no cuando se trata de él.

Caminamos por el sendero sin hablar. Las hojas húmedas crujían bajo las zapatillas. El aire olía a resina y a frío de noche, ese frío limpio que llega después del crepúsculo. Yo caminaba medio paso detrás de él, mirando el suelo más de lo necesario, con la imagen del vestuario todavía flotando en algún lugar de la cabeza que no lograba dejar en paz.

Se detuvo en un claro pequeño, fuera de la línea de visión del aparcamiento. Entre los pinos apenas llegaba luz desde la calle. Solo una claridad difusa que lo iluminaba a medias.

Metió la mano en el bolsillo. Sacó un paquete de cigarrillos.

Me sorprendió. No encajaba con la imagen que tenía de él: la obsesión con el rendimiento, los batidos de proteínas después de los partidos, la manera en que siempre llegaba el primero al calentamiento.

—¿Fumas? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—No.

Sonrió levemente. No era una sonrisa completa, solo el principio de una.

—Yo tampoco debería.

Puso un cigarrillo entre los labios y lo encendió. El clic del mechero resonó en el silencio del bosque. Aspiró despacio, con los ojos entornados, y soltó el humo hacia arriba en una columna blanca que se deshizo entre las ramas.

—¿Quieres probar?

Me miró de frente.

Tragué saliva.

—Nunca he fumado.

—Siempre hay una primera vez.

Se acercó un paso. Me ofreció el cigarrillo. Lo tomé. Nuestros dedos se rozaron un instante, apenas una décima de segundo. Una corriente cálida me subió por el brazo desde ese punto de contacto, irracional y concreta al mismo tiempo.

Llevé el cigarrillo a los labios e inhalé sin saber bien qué hacía. Tosí de inmediato. Diego rió — una risa baja, más de aire que de voz, sin burla.

—Despacio —dijo.

Se acercó más. Puso su mano sobre la mía con una suavidad que no esperaba de él, guiando el gesto.

—Así.

Aspiré otra vez, más lento. El humo salió más controlado y quedó flotando entre los dos antes de dispersarse en la oscuridad del bosque.

No retiró la mano.

Después tomó el cigarrillo de mis dedos y volvió a aspirar, pero esta vez no apartó los ojos de mí. Exhaló despacio, y lo hizo hacia mí, no hacia arriba. El humo avanzó en una nube baja y directa, y lo respiré sin poder evitarlo.

Me quedé quieto.

Volvió a hacerlo. Más cerca esta vez. El calor de su aliento llegó antes que el humo.

—Respira —dijo. Voz baja. Casi un susurro.

Obedecí.

El cigarrillo empezó a ir y venir entre los dos con una cadencia que ninguno había acordado pero que los dos seguíamos. Yo inhalaba y exhalaba hacia él. Él inhalaba y exhalaba hacia mí. El bosque estaba completamente quieto alrededor. El frío de la noche había dejado de molestarme.

A veces acercaba el cigarrillo a mis labios sin llegar a dármelo. Lo retiraba en el último instante, como si midiera algo que yo no alcanzaba a ver todavía. Como si calculara la distancia mínima a la que podía llegar sin que ninguno de los dos tuviera que decir nada en voz alta. Como si esa distancia mínima fuera el juego, y no lo que había al otro lado de ella.

En uno de esos acercamientos, aspiró profundo y en lugar de soltar el humo al aire, avanzó hacia mí. Muy despacio. No llegó a tocarme. Pero estuvo tan cerca que sentí el calor de su boca en mis labios, esa frontera de calor que existe justo antes del contacto. Y entonces exhaló, directo, y el humo entró sin que yo pudiera hacer otra cosa que recibirlo.

El corazón me latía en la garganta.

—¿Ves? —murmuró.

Lo repitió. Otra vez. Cada vez con menos espacio entre los dos. Cada vez más lento, con el humo como excusa para acercar esa distancia que los dos fingíamos no reconocer del todo.

El cigarrillo se iba consumiendo entre sus dedos.

En un momento tomó mi mano y colocó el cigarrillo entre mis dedos otra vez. Sus dedos cerrándose sobre los míos. Guiando, de nuevo.

—Ahora tú.

Aspiré. Cuando solté el humo, lo hice hacia él, como había aprendido en los últimos minutos. Diego no se apartó. Respiró despacio con los ojos fijos en los míos, recogiendo el aire que yo acababa de exhalar.

Estábamos tan cerca que podía ver cada detalle de su cara: la curva de los labios, la línea de la mandíbula, la humedad en la comisura. Ese brillo oscuro que tienen sus ojos cuando pone atención de verdad en algo. Cuando quiere algo.

El cigarrillo estaba casi terminado. Diego lo apagó contra la suela de su zapatilla y lo guardó en el paquete. No se alejó. Nuestras manos seguían cerca, casi tocándose, sin que ninguno de los dos tomara la iniciativa de moverlas.

—Mañana, ¿quieres volver aquí después del entrenamiento? —dijo. No del todo pregunta.

Lo dije antes de pensarlo.

—Sí.

—Perfecto.

Hubo un silencio de un par de segundos. Después se inclinó levemente hacia mí, no hacia mis labios sino hacia el lado. Un beso en la mejilla que rozó la comisura. El calor de su boca duró menos de un segundo.

Cuando se apartó, me miró un momento hacia abajo y luego levantó los ojos. Sonrió de otra manera: más tranquilo, como alguien que acaba de confirmar algo que ya sabía de antes.

—Veo que no soy el único —dijo en voz baja.

No hizo falta que señalara nada concreto. Yo ya lo sabía.

Se marchó por el sendero con las manos en los bolsillos, sin apresurarse. Sus pasos se fueron apagando entre las hojas húmedas hasta que el bosque volvió a quedarse en silencio.

Yo me quedé en el claro, con el frío encontrándome de nuevo ahora que ya no había nada que lo mantuviera lejos.

***

No dormí bien esa noche.

Estuve mirando el techo de mi habitación repasando cada segundo: el vestuario, el claro entre los árboles, el cigarrillo pasando de mano en mano, la distancia que se fue haciendo más pequeña sin que ninguno de los dos lo dijera en voz alta. El calor de su aliento en mis labios sin que hubiera llegado a tocarme. Esa última mirada que lo decía todo sin decir nada.

Y esa pregunta que me daba vueltas sin respuesta todavía.

¿Diego no era tan hetero como yo había creído todos estos años?

O quizás la pregunta correcta era otra. Quizás lo que correspondía preguntarse era si yo había pasado tres años mirándolo de reojo sin entender que él también me miraba a mí cuando creía que nadie lo veía. Que quizás los dos llevábamos el mismo juego desde ángulos distintos, sin que ninguno se hubiera atrevido a nombrarlo.

No lo sabía con certeza todavía.

Pero al día siguiente había entrenamiento.

Y después del entrenamiento había un sendero que llevaba a un claro entre los pinos.

Y Diego iba a estar esperando.

Valora este relato

2.8 (5)

Comentarios (9)

Chepe92

buenisimo!!! quede enganchado desde la primera linea

Mikel

La tension del vestuario descripta de maravilla. Bravo, muy bueno

SantiMH

Esto me recordo a una situacion parecida que tuve hace años... los vestuarios esconden demasiadas historias jaja

lectora_libre

Por favor una segunda parte, justo cuando se ponia bueno termino!!

RaulD77

tremendo el suspenso del final, me mato jajaja

GerardoValero

Muy bien escrito, se siente cercano y natural. Felicidades, esperando mas relatos

Daniloop87

Genial como capturas esa mirada que lo cambia todo. Increible

Fede1993

Se hizo corto, queremos saber como siguio todo esto :)

Ylva

Me gusto mucho como describis los silencios. A veces lo que no se dice es lo que mas vale

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.