Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El día que descubrí que los hombres me deseaban

3.7(21)

Llevaba doce años siendo exactamente lo que se esperaba de mí. Me levantaba a las siete, despertaba a los chicos, los llevaba al colegio, pasaba por el mercado, volvía a casa, cocinaba, limpiaba, ayudaba con los deberes y esperaba a que Rodrigo llegara del trabajo para repetir el ciclo al día siguiente. No me quejaba de esa vida. Tampoco me preguntaba si quería algo diferente.

El quiebre llegó de la manera más tonta que uno pueda imaginar.

Rodrigo llegó un martes comentando, casi de pasada, que la señora del edificio de enfrente se había operado los pechos. No lo dijo con malicia, era apenas una observación de vecindario. Pero algo en ese comentario me quedó dando vueltas durante días. Si yo me operara algo, ¿me mirarían así también? ¿Alguien se daría vuelta a mirarme en la calle?

Empecé a observar a la vecina cuando coincidíamos. Los hombres giraban la cabeza cuando ella pasaba. Los chicos del taller de la esquina dejaban de trabajar un instante. Incluso Rodrigo, que siempre fue discreto, tardaba un segundo de más en apartar los ojos. Yo miraba eso y sentía algo que no sabría nombrar bien: no era envidia exactamente, era más una curiosidad sobre mí misma, sobre lo que podía despertar en otros si me lo proponía.

Yo no soy una mujer que llame la atención de esa forma. Tengo las caderas anchas y el pecho pequeño, y nunca me había interesado demasiado lo que pensaban los demás de mi cuerpo. Pero esa observación sobre la vecina encendió algo que no sabía que tenía apagado.

Empecé a cambiar pequeñas cosas. Salía con la blusa más ajustada, con los jeans que hacen mejor la figura. Nada escandaloso. Y fue entonces cuando empecé a notar que algunos hombres miraban. No todos, no siempre, pero había algo. Una mirada sostenida en el mercado, una sonrisa de costado en la parada del colectivo, un comentario dicho casi al pasar. Me gustó más de lo que esperaba. Me gustó bastante, y ese descubrimiento me inquietó y me agradó al mismo tiempo.

***

Cerca de mi casa hay una cancha de tierra donde siempre se juntan chicos a jugar y matar el tiempo. Los había visto mil veces desde la ventana pero nunca había prestado atención. Un miércoles, de camino al mercado, decidí pasar por ahí en lugar de tomar el camino habitual.

Eran cuatro o cinco, todos de veinte y pico. Uno levantó la vista cuando me acerqué. Después lo hicieron los demás.

Que me miren, pensé. Que me miren de verdad.

Me detuve y les pregunté si alguno podría venir a ayudar con unas ramas caídas sobre el cerco del fondo de mi casa. Grandes, pesadas, que mi marido no podía mover solo. Quedé en llamarles cuando lo necesitara. En el camino de regreso noté que uno de ellos me observaba alejarse, y eso me puso de un humor que no había sentido en años.

Empecé a pasar por ahí seguido. Inventaba excusas para tomar esa calle. Los saludaba, intercambiaba unas palabras, me quedaba unos minutos y seguía. Ya sabía sus nombres. El más alto era Darío. El más tranquilo, Beto. El que siempre me miraba a los ojos cuando hablábamos se llamaba Matías.

Matías tendría veintidós años. Tenía esa manera de moverse que tienen los hombres jóvenes que todavía no saben cuánto poder tienen. Una tarde, cuando me despedí y empecé a caminar, escuché sus pasos detrás de mí.

—Te ayudo con eso —dijo, señalando las bolsas.

—No hace falta —respondí, sin demasiada convicción.

Caminamos media cuadra casi sin hablar. Antes de la esquina donde me tocaba doblar, sentí su mano en mi espalda, apenas apoyada, casi como un accidente. Después bajó, despacio, y rozó la parte alta de mi muslo, y siguió bajando hasta apretarme una nalga por encima del jean, entera, con una mano grande que me abarcó completa. Me detuve. Él también se detuvo. Sentí su aliento cerca de mi oreja y, sin soltarme el culo, me susurró:

—Tenés un orto que me tiene loco desde que te vi la primera vez.

—Perdón —dijo después, un segundo más tarde, con una sonrisa. Pero no lo decía en serio, y los dos lo sabíamos.

Le sonreí y doblé en la esquina sin decir nada más. El corazón me latía fuerte todo el camino a casa. Esa noche, mientras Rodrigo dormía a mi lado, estuve más de una hora con los ojos abiertos pensando en esa mano sobre mi culo, en cómo se había tomado el tiempo de bajar despacio, como si supiera exactamente lo que hacía. Me metí la mano dentro de la bombacha sin hacer ruido y me toqué el clítoris pensando en él, en su voz baja diciéndome guarradas al oído, en cómo se sentiría tenerle la verga adentro. Me vine mordiéndome el labio, con Rodrigo respirando a mi lado sin enterarse de nada.

***

Durante casi tres semanas no lo vi. Pasaba por la cancha y Matías no estaba. Me decían que andaba trabajando fuera del barrio. Fue una espera que no esperaba sentir tan fuerte, esa clase de ausencia que te hace notar cuánto estabas pensando en alguien.

Cambió un jueves cuando Rodrigo contrató a un albañil para arreglar humedad en el sótano. El hombre llegó con su ayudante. El ayudante era Matías.

No lo podía creer.

Rodrigo los instaló abajo, con las tablas podridas que había que reemplazar. Antes de irse a la oficina, dejó al albañil revisando el garaje y a Matías con el trabajo pesado del sótano. No tuve que sugerir nada. Solo asentí cuando Rodrigo lo propuso.

Bajé con una botella de agua unos veinte minutos después de que Rodrigo se fuera.

—¿Necesitás algo? —pregunté desde la escalera.

Se dio vuelta. Llevaba una remera sin mangas y tenía polvo de madera en los antebrazos. Me miró de una manera que no dejaba lugar a ninguna duda.

—Sí —dijo—. Te necesito a vos. Vení para acá.

Bajé el último escalón. Me acerqué demasiado, y los dos lo sabíamos. Me agarró de la nuca y me besó fuerte, metiéndome la lengua hasta el fondo de la boca, mientras con la otra mano ya me había subido la pollera y me apretaba el coño por encima de la bombacha. Sentí que la tela estaba mojada. Él también lo sintió porque separó apenas la boca de la mía y me dijo, con una sonrisa de costado:

—Estás empapada, hija de puta. Me estabas esperando.

—Callate —le dije—, y hacelo rápido.

Se desabotonó el jean y se sacó la verga afuera de un tirón. La tenía dura, gruesa, más grande de lo que me había imaginado en las noches en la cama al lado de mi marido. Me la puso en la mano y me obligó a apretarla. Yo me di vuelta sin que me lo pidiera, apoyé las manos en el borde de la mesa de trabajo y bajé la bombacha y la pollera yo sola hasta las rodillas. Había algo en ese gesto, en ofrecerle el culo antes de que me lo pidiera, que me pareció más excitante que cualquier cosa que hubiera hecho antes.

Me tomó por las caderas, me pasó la punta de la polla por la raja de arriba abajo, empapándose en mis jugos, y de un solo empujón me la metió entera. Se me escapó un gemido que tuve que morder contra el hombro. Arriba, el albañil hacía ruido con las herramientas, martillazos secos que me tapaban los quejidos. Afuera, la calle seguía su marcha normal. Matías empezó a cogerme despacio, con la verga entrando y saliendo entera cada vez, tomándose el tiempo de sentir bien el coño apretado alrededor. Después encontró el ritmo y empezó a embestirme más fuerte, agarrándome del pelo, tirándome la cabeza hacia atrás.

—Así te gusta, ¿no? —me decía al oído—. Decime que te gusta cómo te la meto.

—Sí —le respondí entre dientes—, así, no pares, más fuerte.

Me manoteó un cartón de la mesa y me lo puso en la boca para que mordiera y no gritara. Los golpes de la pelvis contra mi culo hacían un ruido húmedo que a mí misma me daba vergüenza y me calentaba al mismo tiempo. Me metió una mano por debajo y me buscó el clítoris con dos dedos mientras seguía cogiéndome por atrás. Empezó a hacerme círculos rápidos y yo sentí que se me venían todas las piernas para adentro. Me vine mordiendo el cartón, apretándole la verga con el coño como si no la quisiera soltar nunca. Él sacó, me dio vuelta, me sentó en el borde de la mesa, me abrió las piernas y me la volvió a meter de frente. Estuvo así hasta que se vino él también, afuera, encima de la panza y las tetas que me había destapado con la mano libre.

Estuvimos cerca de una hora ahí abajo. El tiempo pasó de una manera extraña, como suele pasar cuando uno está haciendo algo que sabe que no debería. Cuando terminó, me limpió con cuidado usando su remera, me acomodó la ropa y yo subí a la cocina como si nada. Puse la pava, saqué una taza del armario, me senté frente a la ventana con el coño todavía latiéndome entre las piernas.

Qué hice, pensé. Y después: qué bien estuvo.

***

Pasaron dos semanas. Rodrigo no notó nada, o si notó algo, no dijo nada. Yo andaba por la casa con una sensación extraña, como si hubiera encontrado algo que creía no tener.

El sábado siguiente, unos veinte minutos después de que Rodrigo saliera, alguien tocó la puerta. Era Matías.

Lo hice pasar. Le ofrecí café. Nos sentamos en la cocina y hablamos diez minutos de nada, esa clase de conversación que existe solo para que el tiempo pase hasta lo que los dos estábamos pensando.

Entonces me preguntó si podíamos hacerlo de nuevo, pero diferente esta vez. Sin forro. A pelo. Que se quería venir adentro.

Me quedé callada un momento, mirándolo.

—Tengo miedo de que llegue tu marido —dijo—. Y de que quedes embarazada. Pero me muero por acabarte adentro y ver cómo te chorrea todo por las piernas.

—Rodrigo no vuelve antes de las dos —respondí—. Y no puedo quedar embarazada. Me ligaron las trompas hace años. Así que vení, acabame adentro las veces que quieras.

No terminé la frase cuando ya se estaba levantando de la silla. Me tomó de la mano, me llevó al pasillo, me recostó ahí mismo sobre la alfombra con una urgencia que no esperaba. Me sacó los pantalones y la bombacha de un solo tirón, me abrió de piernas y bajó la cara entre mis muslos. Me chupó el coño despacio primero, con la lengua plana, de abajo hacia arriba, después me buscó el clítoris con la punta y empezó a lamerlo en círculos, metiéndome dos dedos al mismo tiempo. Yo me agarré del pelo con las dos manos y le apreté la cabeza contra mí, moviéndole las caderas contra la boca, sin ninguna vergüenza. Me hizo venir así, con la lengua, en menos de cinco minutos, y no me dio tiempo a recuperarme cuando ya estaba subiendo por mi vientre besándome la panza, las tetas, el cuello, hasta encontrarme la boca con el gusto de mi propia concha.

Me la metió ahí mismo, en el pasillo, a pelo por primera vez. La sentí distinta sin el forro, más caliente, más pegada a las paredes del coño. Se quedó quieto un segundo adentro mío, con los ojos cerrados.

—La puta madre —murmuró—, no sabés cómo se siente.

—Cogeme —le respondí—, cogeme hasta que no puedas más.

Empezó a moverse encima mío, sosteniéndose en los codos, con la cara a diez centímetros de la mía, mirándome fijo. No sé cuánto duró esa primera vez pero se vino adentro con una embestida larga y un gemido que le salió del pecho. Sentí el chorro caliente pintándome por dentro y le clavé las uñas en la espalda. Se quedó adentro hasta que se le fue bajando, y cuando sacó, un hilo de semen me chorreó hasta el ojete. Se lo quedó mirando, sonriendo.

—Te dije que quería ver esto.

Después nos fuimos arrastrando a la sala. Me puso en cuatro sobre la alfombra, agarrándome del pelo con una mano y del culo con la otra, y me la volvió a meter con la pija todavía manchada de la primera vez. Me la clavó hasta el fondo, sin cuidado, sacándome el aire con cada empujón. Me abrió las nalgas con los pulgares para ver bien cómo entraba y salía, y me escupió encima del ojete antes de apretármelo con el dedo mientras seguía cogiéndome el coño. Yo estaba en un estado en que ya no podía protestar nada, decía sí a todo, gemía sí a todo, empujaba el culo hacia atrás pidiendo más.

Terminamos en el sillón. Yo arriba de él, con las tetas colgando cerca de su cara, subiendo y bajando sobre su verga a mi propio ritmo. Él me chupaba los pezones, me manoteaba el culo, me daba palmadas fuertes que me dejaban la marca de la mano. Me miraba fijo a los ojos mientras lo hacíamos, sin apartar la vista, y eso, más que cualquier otra cosa, fue lo que me terminó de perder.

Se vino dentro de mí tres veces más esa tarde. Entre cada vez nos quedábamos quietos, hablábamos un poco o simplemente nos mirábamos sin decir nada, con su verga todavía blanda adentro mío, sintiendo cómo se le iba endureciendo otra vez con solo verme la cara. Perdí la noción de la hora. Cuando finalmente se fue, eran las doce y cuarto y yo estaba en el sillón incapaz de levantarme por varios minutos, con la mente completamente en blanco, el cuerpo agotado de la mejor manera posible y el semen chorreándome despacio entre las piernas hasta la tela del sillón.

***

Después de eso algo cambió en mí de manera definitiva, y no había vuelta atrás.

Empecé a querer más. No solo con Matías, que siguió viniendo cuando podía. Con Rodrigo también, más seguido de lo habitual, con una energía que él no me conocía y que recibió con sorpresa y sin hacer preguntas. Tenía ganas que no recordaba haber tenido nunca, o que quizás siempre tuve y nunca supe qué hacer con ellas. Le pedía que me la metiera cuando llegaba del trabajo, le pedía que me la chupara antes de dormir, cosas que nunca en doce años de casada me había animado a decir en voz alta.

Hubo semanas en que lo hacía con tanta frecuencia que terminaba adolorida, con el coño hinchado y ardiendo, y aun así quería continuar. Era una sensación nueva, casi incómoda de tan intensa. Me preguntaba de vez en cuando qué clase de persona era para querer tanta verga. Después dejaba de preguntarme porque la respuesta, sinceramente, no me importaba.

Lo que sí sabía era que había algo en mí que doce años de rutina habían tenido muy quieto, y que ahora que estaba despierto no tenía ninguna intención de volver a dormirse.

Todavía no sé cuánto tiempo puedo sostener esto así, ni si lo que realmente quiero es algo más. Hay días en que el deseo me gana y pienso en cosas que antes nunca se me habrían cruzado por la cabeza: en Darío y Beto mirándome mientras Matías me coge, en dejarme llevar por dos a la vez, en cosas peores. No sé exactamente qué hacer con eso todavía. Pero tampoco tengo apuro en resolverlo.

Lo único que sé con certeza es que ese martes en que Rodrigo llegó hablando de la vecina y sus pechos fue, sin que ninguno de los dos lo supiera, el principio de todo lo que vino después.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

3.7(21)

Comentarios(7)

Tatianita97

Tremendo relato!!! me quede con ganas de mas, espero que haya segunda parte

martuchaBA

Me recordo a algo parecido que me paso hace unos años, esa sensacion de intentar convencerse de que no es lo que uno quiere... muy bien descripto, de verdad

DiegoAr22

jaja el autoengaño del principio es lo mejor, nos pasa a todos en algún momento

lectura_nocturna

Que bien escrito, se siente muy real. Seguí así!

ViajeraNocturna

Increible!! Una pregunta, esta basado en algo real o es pura fantasia? Se siente muy autentico

Roxana_45

Por favor mas relatos en esta categoría, hay tan pocos buenos. Muy disfrutable

NachoCba

Muy buen relato, me gusto el tono. Nada exagerado, todo muy creible. Saludos

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.