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Relatos Ardientes

El día que descubrí que los hombres me deseaban

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Llevaba doce años siendo exactamente lo que se esperaba de mí. Me levantaba a las siete, despertaba a los chicos, los llevaba al colegio, pasaba por el mercado, volvía a casa, cocinaba, limpiaba, ayudaba con los deberes y esperaba a que Rodrigo llegara del trabajo para repetir el ciclo al día siguiente. No me quejaba de esa vida. Tampoco me preguntaba si quería algo diferente.

El quiebre llegó de la manera más tonta que uno pueda imaginar.

Rodrigo llegó un martes comentando, casi de pasada, que la señora del edificio de enfrente se había operado los pechos. No lo dijo con malicia, era apenas una observación de vecindario. Pero algo en ese comentario me quedó dando vueltas durante días. Si yo me operara algo, ¿me mirarían así también? ¿Alguien se daría vuelta a mirarme en la calle?

Empecé a observar a la vecina cuando coincidíamos. Los hombres giraban la cabeza cuando ella pasaba. Los chicos del taller de la esquina dejaban de trabajar un instante. Incluso Rodrigo, que siempre fue discreto, tardaba un segundo de más en apartar los ojos. Yo miraba eso y sentía algo que no sabría nombrar bien: no era envidia exactamente, era más una curiosidad sobre mí misma, sobre lo que podía despertar en otros si me lo proponía.

Yo no soy una mujer que llame la atención de esa forma. Tengo las caderas anchas y el pecho pequeño, y nunca me había interesado demasiado lo que pensaban los demás de mi cuerpo. Pero esa observación sobre la vecina encendió algo que no sabía que tenía apagado.

Empecé a cambiar pequeñas cosas. Salía con la blusa más ajustada, con los jeans que hacen mejor la figura. Nada escandaloso. Y fue entonces cuando empecé a notar que algunos hombres miraban. No todos, no siempre, pero había algo. Una mirada sostenida en el mercado, una sonrisa de costado en la parada del colectivo, un comentario dicho casi al pasar. Me gustó más de lo que esperaba. Me gustó bastante, y ese descubrimiento me inquietó y me agradó al mismo tiempo.

***

Cerca de mi casa hay una cancha de tierra donde siempre se juntan chicos a jugar y matar el tiempo. Los había visto mil veces desde la ventana pero nunca había prestado atención. Un miércoles, de camino al mercado, decidí pasar por ahí en lugar de tomar el camino habitual.

Eran cuatro o cinco, todos de veinte y pico. Uno levantó la vista cuando me acerqué. Después lo hicieron los demás.

Que me miren, pensé. Que me miren de verdad.

Me detuve y les pregunté si alguno podría venir a ayudar con unas ramas caídas sobre el cerco del fondo de mi casa. Grandes, pesadas, que mi marido no podía mover solo. Quedé en llamarles cuando lo necesitara. En el camino de regreso noté que uno de ellos me observaba alejarse, y eso me puso de un humor que no había sentido en años.

Empecé a pasar por ahí seguido. Inventaba excusas para tomar esa calle. Los saludaba, intercambiaba unas palabras, me quedaba unos minutos y seguía. Ya sabía sus nombres. El más alto era Darío. El más tranquilo, Beto. El que siempre me miraba a los ojos cuando hablábamos se llamaba Matías.

Matías tendría veintidós años. Tenía esa manera de moverse que tienen los hombres jóvenes que todavía no saben cuánto poder tienen. Una tarde, cuando me despedí y empecé a caminar, escuché sus pasos detrás de mí.

—Te ayudo con eso —dijo, señalando las bolsas.

—No hace falta —respondí, sin demasiada convicción.

Caminamos media cuadra casi sin hablar. Antes de la esquina donde me tocaba doblar, sentí su mano en mi espalda, apenas apoyada, casi como un accidente. Después bajó, despacio, y rozó la parte alta de mi muslo. Me detuve. Él también se detuvo.

—Perdón —dijo. Pero no lo decía en serio, y los dos lo sabíamos.

Le sonreí y doblé en la esquina sin decir nada más. El corazón me latía fuerte todo el camino a casa. Esa noche, mientras Rodrigo dormía a mi lado, estuve más de una hora con los ojos abiertos pensando en esa mano sobre mi muslo, en cómo se había tomado el tiempo de bajar despacio, como si supiera exactamente lo que hacía.

***

Durante casi tres semanas no lo vi. Pasaba por la cancha y Matías no estaba. Me decían que andaba trabajando fuera del barrio. Fue una espera que no esperaba sentir tan fuerte, esa clase de ausencia que te hace notar cuánto estabas pensando en alguien.

Cambió un jueves cuando Rodrigo contrató a un albañil para arreglar humedad en el sótano. El hombre llegó con su ayudante. El ayudante era Matías.

No lo podía creer.

Rodrigo los instaló abajo, con las tablas podridas que había que reemplazar. Antes de irse a la oficina, dejó al albañil revisando el garaje y a Matías con el trabajo pesado del sótano. No tuve que sugerir nada. Solo asentí cuando Rodrigo lo propuso.

Bajé con una botella de agua unos veinte minutos después de que Rodrigo se fuera.

—¿Necesitás algo? —pregunté desde la escalera.

Se dio vuelta. Llevaba una remera sin mangas y tenía polvo de madera en los antebrazos. Me miró de una manera que no dejaba lugar a ninguna duda.

—Sí —dijo—. Te necesito a vos.

Bajé el último escalón. Me acerqué demasiado, y los dos lo sabíamos. Él se desabotonó el jean y yo me di vuelta sin que me lo pidiera, apoyé las manos en el borde de la mesa de trabajo y bajé el pantalón yo sola. Había algo en ese gesto, en hacerlo yo antes de que me lo pidiera, que me pareció más excitante que cualquier cosa que hubiera hecho antes.

Me tomó por las caderas y empezó despacio, buscando el ángulo, el ritmo. Después lo encontró. Arriba, el albañil hacía ruido con las herramientas. Afuera, la calle seguía su marcha normal. Yo mordía el borde de un cartón que puse entre mis dientes para no hacer ruido mientras Matías me empujaba contra la mesa con una fuerza creciente y constante que me dejaba sin aire.

Estuvimos cerca de una hora ahí abajo. El tiempo pasó de una manera extraña, como suele pasar cuando uno está haciendo algo que sabe que no debería. Cuando terminó, me limpió con cuidado, me acomodó la ropa y yo subí a la cocina como si nada. Puse la pava, saqué una taza del armario, me senté frente a la ventana.

Qué hice, pensé. Y después: qué bien estuvo.

***

Pasaron dos semanas. Rodrigo no notó nada, o si notó algo, no dijo nada. Yo andaba por la casa con una sensación extraña, como si hubiera encontrado algo que creía no tener.

El sábado siguiente, unos veinte minutos después de que Rodrigo saliera, alguien tocó la puerta. Era Matías.

Lo hice pasar. Le ofrecí café. Nos sentamos en la cocina y hablamos diez minutos de nada, esa clase de conversación que existe solo para que el tiempo pase hasta lo que los dos estábamos pensando.

Entonces me preguntó si podíamos hacerlo de nuevo, pero diferente esta vez. Sin protección.

Me quedé callada un momento, mirándolo.

—Tengo miedo de que llegue tu marido —dijo—. Y de que quedes embarazada.

—Rodrigo no vuelve antes de las dos —respondí—. Y no puedo quedar embarazada. Me ligaron las trompas hace años.

No terminé la frase cuando ya se estaba levantando de la silla. Me tomó de la mano, me llevó al pasillo, me recostó en el suelo con una urgencia que no esperaba. Me sacó los pantalones, me abrió de piernas y me besó ahí primero, despacio, antes de subir por mi vientre hasta mi boca.

Lo que siguió fue completamente diferente al sótano. En el sótano había sido rápido, urgente, con el miedo siempre de fondo. Esto fue otra cosa. Estuvimos en el pasillo, después llegamos a la sala, después terminamos en el sillón. Me puso de varias maneras con una naturalidad que me sorprendió, sin preguntar demasiado, leyendo lo que yo quería antes de que yo misma lo supiera. Me miraba fijo a los ojos mientras lo hacíamos, sin apartar la vista, y eso, más que cualquier otra cosa, fue lo que me terminó de perder.

Se vino dentro de mí varias veces. Entre cada vez nos quedábamos quietos, hablábamos un poco o simplemente nos mirábamos sin decir nada, y después volvíamos a empezar. Perdí la noción de la hora. Cuando finalmente se fue, eran las doce y cuarto y yo estaba en el sillón incapaz de levantarme por varios minutos, con la mente completamente en blanco y el cuerpo agotado de la mejor manera posible.

***

Después de eso algo cambió en mí de manera definitiva, y no había vuelta atrás.

Empecé a querer más. No solo con Matías, que siguió viniendo cuando podía. Con Rodrigo también, más seguido de lo habitual, con una energía que él no me conocía y que recibió con sorpresa y sin hacer preguntas. Tenía ganas que no recordaba haber tenido nunca, o que quizás siempre tuve y nunca supe qué hacer con ellas.

Hubo semanas en que lo hacía con tanta frecuencia que terminaba adolorida y aun así quería continuar. Era una sensación nueva, casi incómoda de tan intensa. Me preguntaba de vez en cuando qué clase de persona era para querer tanto. Después dejaba de preguntarme porque la respuesta, sinceramente, no me importaba.

Lo que sí sabía era que había algo en mí que doce años de rutina habían tenido muy quieto, y que ahora que estaba despierto no tenía ninguna intención de volver a dormirse.

Todavía no sé cuánto tiempo puedo sostener esto así, ni si lo que realmente quiero es algo más. Hay días en que el deseo me gana y pienso en situaciones que antes nunca se me habrían cruzado por la cabeza. No sé exactamente qué hacer con eso todavía. Pero tampoco tengo apuro en resolverlo.

Lo único que sé con certeza es que ese martes en que Rodrigo llegó hablando de la vecina y sus pechos fue, sin que ninguno de los dos lo supiera, el principio de todo lo que vino después.

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3.7 (21)

Comentarios (7)

Tatianita97

Tremendo relato!!! me quede con ganas de mas, espero que haya segunda parte

martuchaBA

Me recordo a algo parecido que me paso hace unos años, esa sensacion de intentar convencerse de que no es lo que uno quiere... muy bien descripto, de verdad

DiegoAr22

jaja el autoengaño del principio es lo mejor, nos pasa a todos en algún momento

lectura_nocturna

Que bien escrito, se siente muy real. Seguí así!

ViajeraNocturna

Increible!! Una pregunta, esta basado en algo real o es pura fantasia? Se siente muy autentico

Roxana_45

Por favor mas relatos en esta categoría, hay tan pocos buenos. Muy disfrutable

NachoCba

Muy buen relato, me gusto el tono. Nada exagerado, todo muy creible. Saludos

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