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Relatos Ardientes

Me acosté con el novio de mi tía para vengarme de ella

Me llamo Carolina y esto que voy a contar es algo que todavía me cuesta creer que hice. No soy la clase de chica que busca problemas, pero a veces los problemas te encuentran a ti, y cuando lo hacen, descubres cosas de ti misma que jamás habrías imaginado.

Todo empezó un domingo que fuimos a visitar a mi tía Graciela. Mis padres no la veían desde que se separó del hermano de mi papá, así que era una de esas reuniones familiares llenas de abrazos largos y preguntas incómodas. Yo me llevaba bien con mis primos y la pasamos entretenidos toda la tarde jugando cartas y recordando vacaciones de la infancia.

Mi papá dijo que volvería por nosotras, pero se retrasó. Ya entrada la noche apareció el nuevo novio de mi tía. Se llamaba Damián. Ella lo presentó con cierta vergüenza, como disculpándose por haber rehecho su vida. A mí no me importaba; lo que sí noté enseguida fue que él era bastante más joven que ella. Tendría unos veintiocho, quizá treinta. Moreno, con los brazos marcados y una sonrisa que usaba demasiado.

—Están muy guapas las sobrinas —dijo al saludarnos, mirándome un segundo más de lo necesario.

Yo sonreí por compromiso y seguimos hablando de tonterías. En algún momento me levanté para ir al baño. La casa tenía dos: uno abajo, junto a la escalera, y otro arriba, entre las habitaciones. El de abajo estaba ocupado, así que subí. Al salir, pasé frente al cuarto principal y vi a Damián sin camiseta, buscando algo en un cajón. Tenía la espalda ancha y un tatuaje en el costado que le bajaba hasta la cadera.

No quería mirarlo, pero me fue imposible apartar los ojos. Él levantó la vista, me descubrió ahí parada y solo sonrió. No dijo nada. No hacía falta.

Bajé con el pulso acelerado y me senté como si no hubiera pasado nada. Mi tía, mi mamá y mi prima salieron a comprar pan a la esquina. Yo me quedé con mi primo y con Damián. Antes de que regresaran, mi primo le pidió mi número. Damián estaba al lado y lo anotó también en su teléfono, con naturalidad, como quien apunta el contacto de cualquier persona.

Mis padres llegaron, nos fuimos a casa y yo me olvidé del asunto.

***

Hasta que tres días después subí una historia a mis redes y recibí un mensaje de un número desconocido. Lo ignoré. Insistió. Al cuarto mensaje contesté preguntando quién era.

—Soy Damián, el novio de tu tía.

Me quedé mirando la pantalla sin saber qué responder. No le creí hasta que me describió exactamente lo que llevaba puesto ese domingo: la falda verde, las sandalias blancas, el pelo recogido en un moño flojo.

Le di las gracias por el cumplido y pensé que ahí terminaría. Pero entonces me preguntó algo que me dejó helada: si era cierto lo que decían mi tía y mi prima sobre mí. Según él, hablaban a mis espaldas. Decían que yo era una cualquiera, que andaba con medio mundo, que no tenía vergüenza.

Me dolió. Nada de eso era verdad. Yo era discreta con mi vida y no entendía de dónde sacaban esas historias. Sentí rabia, y esa rabia fue la grieta por donde Damián se metió.

—Qué decepción —me escribió—. Yo quería saber más de ti.

—¿Qué querías saber? —le contesté, todavía molesta.

La conversación empezó inocente, pero en algún punto giró. Fue gradual, como cuando subes el volumen de la música sin darte cuenta y de pronto la sientes retumbar en el pecho. Me preguntó qué me gustaba, qué me excitaba, si había tenido experiencias que no pudiera contarle a nadie. Yo le seguí el juego. Cada respuesta suya me humedecía un poco más.

Le pregunté si tenía buena vida sexual con mi tía. Me confesó que casi no se veían a solas porque mis primos no la dejaban salir. Había frustración en sus palabras, y yo la reconocí porque también la sentía.

—Ese domingo que te vi se me quedó grabado tu cuerpo —me escribió—. No pude dejar de pensar en ti.

Esa noche, acostada en mi cama, me metí la mano bajo la ropa interior y me toqué imaginando que eran sus dedos. Me corrí rápido, casi con culpa, y después me quedé mirando el techo con la respiración agitada y el teléfono aún caliente sobre la almohada.

***

Los mensajes siguieron toda la semana. Cada día más explícitos, cada noche más largos. Él me decía lo que me haría si pudiera tenerme. Yo le describía cómo me tocaba mientras lo leía. Era un juego peligroso y los dos lo sabíamos.

El viernes me propuso vernos el sábado. Yo dije que lo pensaría, pero la verdad es que ya lo había decidido. No era solo deseo; era también una especie de venganza silenciosa contra mi tía y su lengua venenosa. Si ella iba a llamarme puta sin motivo, al menos yo le daría uno.

El sábado me arrepentí tres veces antes del mediodía. Le había dado mi dirección y no sabía cómo cancelar sin parecer cobarde. Él me escribió diciendo que llegaría más tarde de lo planeado, y yo ya estaba buscando excusas para no salir de casa cuando mis padres me dijeron que iban a visitar a unos amigos.

La casa vacía. Toda la tarde.

Le mandé mensaje: si quería, podía pasar por mí directamente a mi casa.

Aceptó enseguida.

Me metí a bañar y la calentura me subió con el vapor. Me rasure con cuidado, me pasé las manos por todo el cuerpo, sentí la piel resbaladiza y sensible. No me toqué. Quería guardar todo para él.

Elegí la ropa despacio, como quien prepara un escenario. Una tanga rosa, pequeña, que se me marcaba entre los labios. Una minifalda corta sin medias. Una blusa blanca ajustada que dejaba el ombligo al aire. Tacones negros. Me miré en el espejo y me sentí poderosa, deseada, lista.

Antes de bajar me quité el sostén. A través de la tela blanca se adivinaban mis pezones duros. El timbre sonó y el corazón me latió en la garganta.

***

Abrí la puerta y ahí estaba Damián, con una playera negra que le marcaba los brazos y esa sonrisa que ya conocía de memoria. Le dije que pasara. Apenas cerré y sentí sus manos metiéndose bajo mi falda, apretando mis nalgas con urgencia.

—Estás increíble —me dijo al oído—. Hueles demasiado bien.

Me giré, lo tomé de la nuca y lo besé. Fue un beso largo, húmedo, de esos que ya no son preludio sino declaración de intenciones. Nos movimos hasta la sala sin separarnos, chocando con la mesita, tirando un cojín al suelo.

Ya sentados en el sillón, noté que me miraba los pechos. Mis pezones se marcaban contra la tela como si pidieran atención. Deslizó las manos por debajo de mi blusa y los apretó con firmeza, masajeando, pellizcando con suavidad mientras me besaba el cuello. Yo cerré los ojos y sentí que todo el cuerpo me vibraba.

—Estás muy rica —me susurró—. No sabes cuánto te deseaba.

Abrió mis piernas con decisión y metió los dedos bajo mi tanga. Estaba empapada. Deslizó dos dedos dentro de mí mientras me besaba el cuello, y yo gemí contra su oído sin poder contenerme. Sentirlo así, en mi propia sala, con la puerta recién cerrada y el riesgo latiendo en cada rincón, hacía que todo fuera más intenso.

No aguanté más. Lo paré frente a mí, le desabroché el pantalón y le bajé el bóxer de un tirón. Su verga salió dura, gruesa, con las venas marcadas. Me la metí a la boca sin pensarlo. La recorrí con la lengua desde la base hasta la punta, chupé despacio, después más profundo. Él me agarraba del pelo y me decía que lo hacía muy bien, que tenía una boca increíble.

Bajé hasta sus testículos, los lamí, los metí en mi boca con cuidado mientras lo masturbaba con la mano. Después volví a hundirlo en mi garganta. Cada gemido suyo me excitaba más. Me estaba tocando con la otra mano, necesitaba sentir algo dentro de mí.

***

Damián me apartó con suavidad, me recostó en el sillón y me abrió las piernas. Se arrodilló frente a mí y empezó a lamerme. Su lengua era lenta, precisa, se tomaba su tiempo con cada pliegue. Me chupó el clítoris con los labios y metió un dedo, después dos, moviéndolos en círculos mientras su boca no paraba. Yo me arqueaba, me agarraba del respaldo, empujaba la cadera hacia su cara.

—Ya métemela —le pedí con la voz rota—. No puedo más.

Se levantó, se acomodó entre mis piernas y empujó. Sentí cómo me abría, el grosor estirándome, un dolor breve que se disolvió en placer cuando empezó a moverse despacio. Me dejó su verga adentro un momento, quieto, mirándome a los ojos, y después empezó a embestir con ritmo constante.

Me vine rápido. Demasiado rápido. Un orgasmo corto y violento que me hizo apretar las piernas alrededor de su cintura. Pero él no paró. Siguió moviéndose, más profundo, más fuerte, y yo sentía que cada terminación nerviosa de mi cuerpo estaba encendida.

Me sacó la verga, me quitó la tanga que ya colgaba de un tobillo y me puso en cuatro en la orilla del sillón. Empinada así, me penetró de nuevo. Esta vez la sentí más adentro, llenándome por completo. Me agarraba de la cintura y me jalaba hacia él con cada embestida. Me dio una nalgada y el sonido retumbó en la sala vacía.

—Dale, dame más fuerte —le dije sin reconocer mi propia voz—. No pares.

Él me apretaba las nalgas, las separaba, me daba nalgadas alternas mientras me penetraba sin descanso. Yo gemía contra el cojín que tenía bajo la cara, mordiéndolo para no gritar. Después bajó la boca hasta mi espalda y sentí sus labios recorriéndome la columna mientras seguía dentro de mí.

***

Me giró de nuevo boca arriba. Yo aproveché para sentarme y meterme su verga en la boca otra vez. Quería saborearnos juntos, sentir mi propio gusto mezclado con el suyo. Después me recostó, me puso las piernas sobre sus hombros y me penetró así, profundo, con un ángulo que me hacía ver luces.

Me apretaba los pechos con ambas manos mientras me miraba a los ojos. Yo le sostenía la mirada, mordiéndome el labio, diciéndole que no se detuviera, que me diera todo.

El segundo orgasmo me sacudió entera. Sentí las piernas temblar, el abdomen contraerse, un calor líquido recorriéndome desde adentro. Damián aceleró el ritmo, sus embestidas se volvieron más cortas y desesperadas, y de pronto salió de mí y acabó sobre mi abdomen y mis pechos. Su semen caliente cayó en chorros largos mientras él gemía con la cabeza echada hacia atrás.

Nos quedamos quietos, jadeando, mirando el desastre. Mi tanga estaba tirada junto al sillón. La tomé y limpié su semen de mi cuerpo con ella, despacio, como un ritual. Se la pasé para que limpiara lo que le quedaba. Cuando me la devolvió, la doblé y la dejé sobre la mesita de centro.

—Tienes que irte —le dije mientras me incorporaba—. Mis padres pueden llegar en cualquier momento.

Lo acompañé hasta la puerta caminando despacio, en silencio, con las piernas todavía flojas. Antes de salir me besó otra vez, suave, y volvió a meter la mano entre mis muslos. Me encontró caliente, abierta, palpitando.

Me acerqué a su oído y le susurré:

—Dile a mi tía que no soy ninguna loquita. Que soy una mujer que sabe lo que quiere y se acuesta con quien ella menos se imagina.

Sonrió, me dio un último beso en la frente y se fue.

Cerré la puerta y me recargué contra ella con los ojos cerrados. Volví a la sala, recogí la tanga húmeda de la mesita y la acerqué a mi cara. Todavía olía a él, a mí, a lo que acabábamos de hacer. Pasé la lengua por la tela y sentí el sabor salado de su semen mezclado con mi excitación.

Me la puse así, empapada, y subí a mi cuarto. Me acosté en la cama mirando el techo con una sonrisa que no me cabía en la cara. No sentía culpa. No sentía arrepentimiento. Solo sentía que, por primera vez, la versión de mí que inventaron otros se quedaba corta comparada con la realidad.

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