Lo que pasó frente a la puerta del dormitorio
Hace ya un buen rato que estamos en el sofá mirando los teléfonos sin hablar. Las luces están bajas, la tele apagada, y un silencio cómodo nos envuelve. No tengo sueño, en realidad, pero ya pasaron las once y mañana hay que madrugar. Los niños se metieron en nuestra cama después del cuento; el menor agarró un peluche enorme y se hizo un nido entre las almohadas. No tuvimos corazón para sacarlos. Hoy fue un día largo para todos.
Camino hasta el dormitorio en puntas de pie. Apoyo la mano sobre el picaporte y me detengo. La puerta está apenas entornada, una rendija de luz tibia se cuela hacia el pasillo. Cierro los ojos un instante. Escucho los pasos de mi marido detrás de mí, su respiración cerca, el ligero crujido del piso de madera que conocemos de memoria.
Me abraza por la espalda sin avisar. Su boca aterriza directamente en mi cuello, tibia, justo debajo de la oreja. Yo levanto los brazos y los cruzo por encima de mi cabeza hasta llegar a su nuca. Le acaricio el pelo despacio. Él toma eso como una invitación y baja por el costado de mi cuello con besos más lentos, más mojados. Una de sus manos sube por mi costado, deja la cintura y se cierra entera sobre mi pecho derecho.
Esto era lo que estaba necesitando.
No llevo corpiño debajo del pijama. Lo descubre de inmediato y aprieta. Mis tetas siempre fueron grandes, con pezones que se marcan al menor roce, y él lo sabe mejor que nadie. Me las amasa con la palma abierta, tomándolas enteras desde abajo, sopesándolas. En segundos las tengo duras, los pezones como piedras. Su otra mano sube y los rodea por turnos, jugando con uno mientras la primera sigue apretando el pecho contrario.
Tira de un pezón con cuidado, lo estira apenas y me arranca un suspiro que tengo que atajar entre los dientes. Apoyo la frente en la madera fría de la puerta. Más adentro, los niños duermen. Más adentro, no podemos hacer ruido. La idea, lejos de frenarme, me incendia.
Mi mano derecha encuentra sola el camino debajo de la camiseta. Subo la palma por el vientre, despacio, hasta tocarme un pecho por mi cuenta. Él se da cuenta y se ríe contra mi nuca. Me deja una mano libre y con la otra recorre mi abdomen como si nunca lo hubiera tocado. Sus dedos pasan suavísimo por las areolas, se demoran ahí, dibujan círculos. Cada pasada me cierra los ojos un poco más.
Saco un poco el culo hacia atrás, en pompa. Quiero sentirlo. Necesito sentirlo. Cuando empuja la pelvis contra mí y noto su erección a través del pijama, se me escapa un gemido bajo, casi inaudible. Me muerdo el labio. Las bragas ya están húmedas. No es exageración: están empapadas, y eso lo descubrí cuando todavía estábamos en el sofá.
Él vuelve a apretarme las tetas, ahora directamente sobre la piel. Me subió la camiseta hasta el cuello sin sacármela. Aprieta fuerte, con una delicadeza que conoce a la perfección la línea entre el placer y la incomodidad. Mientras tanto, mi mano izquierda baja sin permiso y empieza a frotarme por encima del pijama. Apenas un roce sobre la tela, pero suficiente para que me tiemblen las piernas.
—No empieces sola —me susurra al oído—. Espérame.
—Entonces apúrate —respondo, y mi propia voz me suena ronca.
Me baja el pantalón hasta la mitad de los muslos. Lo deja ahí, atrapándome las piernas a propósito. Después busca mis bragas y tira de ellas hacia arriba. La tela se mete entre mis nalgas, se ajusta al coño y dibuja todo el contorno. Suspiro contra la puerta.
Sigo frotándome encima del algodón mojado. Tengo el monte completamente depilado, suave, sin un solo pelo, y los dedos me resbalan sin esfuerzo. Localizo el clítoris a la primera y empiezo a moverlos en círculos pequeños. Él me amasa una teta con una mano y con la otra me abre una nalga, presiona, suelta. Cada vez que suelta, la piel me arde.
Apoyo la cabeza contra mi propio brazo, también pegado a la puerta. Por un segundo paro de tocarme y llevo los dedos a la entrada del coño. Ya no es humedad: es un charco. Aparto la tela de las bragas con dos dedos y me los paso desde la entrada hasta el clítoris en una sola caricia larga. Lubricarlo todo. Repartir mi propia humedad. ¡Qué placer!
***
Él no me da tregua. Cada centímetro que avanzo, lo aprovecha. Siento que me termina de bajar las bragas hasta dejarlas a la altura de las rodillas. El aire fresco del pasillo me golpea el coño mojado y se me escapa un escalofrío.
Después escucho el ruido sordo de sus rodillas contra el piso de madera. Se acaba de arrodillar detrás de mí. Las manos se le clavan en mis caderas, me corrigen la postura, me piden el culo más arriba, más afuera. Obedezco. Estoy obedeciendo todo lo que me pide y lo que no me pide también.
Me abre las nalgas con los pulgares. Después abre los labios del coño, suavísimo, como si estuviera revisando algo precioso. Tengo todos los sentidos puestos en lo que viene. Lo imagino con una claridad que no debería tener: su cara cerca, su aliento tibio, sus ojos.
El primer dedo entra sin pedir permiso. No le cuesta nada: estoy hecha agua. Me lo mete hasta el fondo, lo saca, y de paso roza el clítoris con la yema. Vuelve a la entrada. Ahora son dos los dedos que empujan dentro. Se me abren las piernas tanto como me dejan las bragas atrapadas.
Los mueve despacio. Marca un ritmo. Con la otra mano me agarra una nalga y la aprieta. Después acerca la boca y me muerde la otra. Apenas un mordisco, pero el dolor breve se mezcla con el placer de los dedos y se me nubla la cabeza.
Levanto otra vez la mano hacia mi clítoris. Lo necesito. Lo froto con dos dedos, sin compasión y con cuidado al mismo tiempo, midiendo, porque todavía no quiero acabar. Quiero que dure.
Al hacerlo lo encuentro. Sus dedos están ahí, dentro, y los míos justo arriba. Se da cuenta. Para un segundo. Después agarra mi muñeca, me guía y me mete dos de mis dedos junto con dos de los suyos. Cuatro dedos dentro. Mi cuerpo se rinde entero contra la puerta. Los movemos los dos, lentos, sincronizados, mientras yo intento, intento de verdad, no hacer ningún ruido.
—No te aguantes —me susurra desde abajo—. Pero no grites.
—No prometo nada —le devuelvo, casi sin aliento.
***
Saca los dedos. Los míos también. Mi mano vuelve directa al clítoris, ya no puedo despegarla de ahí. Espero que él vuelva a entrar con la mano y no entra. Lo que hace es abrir mis nalgas otra vez, con calma, y pasar la lengua por mi ano. Un latigazo. Un escalofrío que me sube por la columna entera. Estoy tan caliente que ahora mismo le dejo hacer lo que quiera.
Vuelve a meter los dedos dentro del coño mientras una mano me sostiene una nalga abierta y la lengua sigue lamiendo. Me obligo a respirar despacio para no estallar. La madera de la puerta huele a casa, a cosas pequeñas y conocidas, y eso, no sé por qué, todavía me excita más.
Después de unos segundos lo siento moverse. Se mete entre mis piernas, totalmente, desde abajo, como puede. La cabeza queda metida entre mis muslos abiertos. Su respiración me golpea directo en el coño. Empieza por limpiar todo con la lengua, despacio, una pasada larga, de la entrada hasta el monte. Una. Otra. Otra. Cada una me arranca un suspiro que se queda atrapado en la garganta.
Cuando llega al clítoris, ya no es lengua paseando: es boca entera. Cierra los labios alrededor y empieza a chupar. Al mismo tiempo me mete dos dedos, los curva un poco hacia adelante, justo en el punto que él conoce y yo conozco y no hace falta decir.
Le agarro la cabeza con las dos manos. Lo empujo contra mí. Él entiende y aumenta el ritmo. Subo y bajo las caderas contra su boca sin pensar, ya no controlo el cuerpo. Suelto una mano, la subo a mi pecho, me pellizco un pezón y me lo retuerzo entre los dedos. La otra sigue agarrándolo del pelo, casi tirándole, casi pidiéndole perdón.
Las piernas me empiezan a fallar. La rodilla izquierda me tiembla, la derecha también. Apoyo la frente contra la puerta, los nudillos en la madera. Necesito acabar, pero no puedo gritar. No puedo gritar. Los niños están del otro lado.
Levanto la cabeza hacia el techo. Dejo escapar un gemido ahogado, un sonido raro, casi doloroso, que se queda encerrado entre los dientes. Y me corro. Me corro fuerte. Tan fuerte que se me dobla el cuerpo entero hacia adelante y solo la puerta me sostiene de pie.
***
Él me sostiene desde abajo, con las manos en mis caderas, sin moverse. Espera que pase la última oleada. Después se levanta despacio, me sube las bragas con un cuidado raro, casi tierno, y me acomoda el pijama. Yo todavía tengo la respiración cortada y la cabeza apoyada contra la madera.
Me doy vuelta y le tomo la cara con las dos manos. Lo beso como hace mucho que no lo besaba: lento, profundo, sin pedirle nada. Le siento mi propio sabor en la boca, y en lugar de molestarme, me prende otra cosa por dentro, algo que voy a tener que apagar de otro modo, otro día.
—Gracias —le digo bajo, contra los labios.
—Mañana me toca —me responde, sonriendo.
—Trato hecho —le prometo—. Pero ahora vamos a dormir, antes de que nos descubran.
Empujo la puerta despacio. La rendija se abre. Los niños siguen ahí, hechos un nudo de almohadas y peluches, dormidos como si el mundo entero estuviera quieto. Mi marido entra detrás de mí, me pasa el brazo por la cintura, me pega el pecho a la espalda. Camino hasta la cama de la mano de él, todavía temblando por dentro.
Es de madrugada. La casa está en silencio. Y yo me duermo con una sonrisa que no se me va a borrar en días.