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Relatos Ardientes

La videollamada con Mariela me dejó temblando

Esa noche todavía no sé muy bien por qué me quedé despierta hasta tan tarde. Eran casi las dos de la madrugada y la pantalla del portátil era la única luz en mi cuarto. Tenía un relato a medias, uno de esos encargos que llegan con plazo justo y con la promesa de que tiene que erizarle la piel a quien lo lea. La música sonaba bajita en los altavoces, algo lento, instrumental, y mis dedos iban y venían por el teclado tratando de armar una escena que sonara natural y al mismo tiempo demasiado.

Yo escribo. Hace años que escribo este tipo de cosas para una página que paga por palabra. Casi nunca me cuesta. Esa noche, en cambio, no terminaba de encontrarle el tono, y supongo que la razón estaba un poco más al sur del teclado: pensaba en ella mientras escribía. Pensaba en Mariela, en cómo sería, exactamente, recorrerle la piel con los dedos en lugar de describírselo a un personaje imaginario.

Vibró el teléfono sobre la mesa y me sobresalté. Era ella, claro. Tiene esa puntería para llamar justo cuando estoy pensando en su boca.

—¿Sigues despierta? —dijo, y la voz le salió ronca, como si hubiera estado callada un buen rato.

Sonreí como una boba. No podía verme, pero igual se me dibujó esa sonrisa que me sale solo con ella.

—Sigo despierta. Estoy escribiendo.

—¿Y de qué va?

—De dos chicas. Una le cuenta a la otra cómo le gustaría tocarla.

Hubo una pausa al otro lado. Yo conocía esa pausa. Era la pausa de Mariela cuando una idea le caía dentro y empezaba a hacer ruido.

—Léemelo —me pidió.

Le había leído otras cosas antes. Sabía que mi voz le hacía algo, que se le metía por dentro y le iba bajando despacio, y a mí saber eso me ponía igual de mal. Apagué los altavoces, me acomodé en la cama con el portátil sobre las piernas y empecé a leer en voz baja, marcando las pausas, dejando caer las palabras con cuidado.

A los dos minutos la escuchaba respirar distinto.

—Mariela —dije, sin dejar de leer—, ¿qué estás haciendo?

—Escuchándote.

—Eso no es lo que te pregunté.

Soltó una risa baja, una de esas que ella usa cuando ya está perdida. Me dijo, casi en un susurro, que tenía la mano dentro del pantalón. Que se estaba imaginando que era yo quien la tocaba. Le pedí que me describiera exactamente lo que hacía, dónde tenía los dedos, qué tan despacio. Me lo contó. Yo, mientras tanto, dejé el texto a un lado, me llevé la mano por debajo de la camiseta y empecé a pellizcarme un pezón solo para entender de qué lado de la línea estaba parada.

***

Le inventé una escena ahí mismo. No la del archivo: una nueva, una que no iba a guardar. Le dije que la tenía boca arriba en mi cama, que las sábanas estaban frías porque me gusta dormir con la ventana abierta, y que el contraste con su piel tibia le iba a hacer levantar los pezones sin que yo la tocara siquiera. Le dije que me iba a tomar mi tiempo, que no la iba a besar todavía, que primero le iba a pasar la lengua por el labio inferior, ese que ella muerde cuando se concentra, y le iba a dar un mordisquito ahí, suave, solo para que pidiera más.

Me preguntó qué venía después.

Le respondí muy despacio. Le dije que iba a bajar por el cuello, que le iba a soplar la oreja antes de cualquier cosa, porque sé lo que le pasa cuando le hacen eso. Le dije que la iba a besar entre los pechos sin tocarle los pezones, que la iba a hacer arquearse buscándome, y que recién entonces, cuando ya no aguantara más, iba a pasarle la lengua alrededor de la aréola con una lentitud que la sacaría de quicio.

La oí gemir, bajito, contenido. Me la imaginé con los ojos cerrados, una pierna doblada, el pelo rojo desparramado por la almohada.

—No pares —me pidió.

No pensaba parar.

***

Yo había empezado a sentir un cosquilleo entre las piernas que ya no se iba a ir solo. Me incorporé un poco, terminé de sacarme la camiseta, dejé el portátil cerrado a un costado de la cama. Quería estar desnuda para escucharla, así de simple. La ropa empezaba a estorbar, igual que en los relatos que escribo y que cobran sentido recién en este punto exacto.

—Pásame a videollamada —le dije—. Quiero verte.

Hubo un silencio breve, un suspiro, y enseguida la pantalla del teléfono se iluminó con su cara. Tardó un par de segundos en encontrarle el ángulo. La vi acomodarse, apoyar el móvil en algún libro, alejarse para que entrara entera en cuadro.

Estaba en ropa interior. Encaje negro, el conjunto que le regalé en su cumpleaños y que ella jura que se pone solo cuando sabe que va a terminar conmigo. Su piel morena contra el negro, los rizos rojos cayéndole sobre los hombros, esa media sonrisa de la que ya hablé. Me miró directo a la cámara y se mordió el labio.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó, con esa voz baja que usa cuando ya sabe la respuesta.

—Sabes perfectamente que sí.

Se llevó las manos al broche delantero del corpiño. Lo soltó despacio, con esa coreografía suya que parece improvisada y nunca lo es. Yo apoyé el teléfono en el soporte de mi mesita de luz, me eché de espaldas en la cama, abrí las piernas para que me viera entera. Ella hizo lo mismo: se sacó las bragas, abrió los muslos frente a la cámara y me preguntó si se notaba lo mojada que estaba.

Se notaba. Claro que se notaba.

—Métete los dedos —le pedí.

Lo hizo, mirándome. Dos dedos, despacio, con la otra mano sosteniendo el teléfono para que yo no me perdiera nada. Yo me llevé los míos a la boca primero, los humedecí, y después bajé. Tenía el clítoris hinchado desde hacía un rato, desde antes de la videollamada quizá, desde el momento en que escuché su voz ronca diciendo «¿sigues despierta?».

—Mira —me dijo, y se estiró hasta la mesita de su lado.

Sacó el vibrador. El nuestro, el que usamos las dos cuando ella viene a casa los fines de semana. No es muy grande ni muy grueso, pero conozco de primera mano lo que puede hacer, y cuando lo vi en la pantalla me acordé de la última vez que estuvimos juntas, de cómo lo habíamos compartido entre risas y empujones. Lo encendió. El zumbido se coló por el altavoz del teléfono.

***

Lo que vino después no sé contártelo de manera ordenada. Sé que ella se lo pasaba primero por encima del clítoris, en círculos, mientras yo me masturbaba mirándola. Sé que en algún momento se lo metió, despacio, y arqueó la espalda, y yo solté una palabrota porque me pasó por dentro como si me lo hubiera metido a mí. Sé que le pedí que fuera más rápido. Sé que ella me pidió que no parara, que la mirara bien, que no le bajara los ojos.

Le dije cosas que normalmente no le digo. Le dije que era mía, que esa rajita rosada que me estaba mostrando en alta definición era mía y de nadie más, que cuando volviera de su viaje íbamos a repetir esto pero sin pantalla en el medio. Ella asentía con la cabeza, los ojos a medio cerrar, los muslos brillándole por la humedad.

Terminó antes que yo. Lo supe porque se le tensaron los músculos del estómago, porque dejó escapar un gemido largo, suave, distinto de los anteriores, y porque después se quedó quieta unos segundos con el vibrador todavía dentro, todavía zumbando, mientras las piernas se le iban relajando de a poco. Verla así me hizo perder el último resto de control que me quedaba. Me froté con dos dedos, rápido, sin método, sin pensar en nada que no fuera su cara en la pantalla. Cuando me corrí me doblé un poco hacia adelante, los pies entumecidos, un grito ahogado contra la palma de la otra mano.

Después, el silencio. Ese silencio raro de después, que no es incómodo pero que tampoco se sabe muy bien qué hacer con él. Escuché un biiip largo en los oídos, como si me hubieran tapado el aire un rato y recién ahora me lo devolvieran.

—¿Estás ahí? —preguntó ella, riéndose flojito.

—Estoy.

Se incorporó. Volvió a entrar en cuadro entera, los pechos al aire, el pelo todavía revuelto. Se acomodó las bragas, buscó la camiseta que tenía tirada al pie de la cama, se la puso por la cabeza.

—¿Cuándo nos vemos? —le pregunté.

—El viernes. ¿Aguantas?

—No mucho.

Se rio. Hablamos un rato más, ya de cosas tontas, del trabajo de ella, de que su madre la había llamado tres veces ese día. Yo la miraba moverse por su habitación como si no acabáramos de hacer lo que hicimos. En un momento, cuando ya estaba por colgar, miró a la cámara y me preguntó cómo terminaba el relato que estaba escribiendo.

Le dije la verdad: no tenía la menor idea.

Le dije que ya se me iba a ocurrir. Que probablemente esperaría a tenerla acá el viernes para que me ayudara a encontrarle el final, con su cuerpo, con sus manos, con esa boca que tiene de decir cosas que después una recuerda en mitad de la madrugada cuando debería estar trabajando.

Cortamos. Apoyé el teléfono boca abajo en la mesita. Abrí el portátil otra vez, miré el archivo a medio terminar y me reí sola. El cursor parpadeaba donde lo había dejado. Después de todo, había encontrado el tono. El problema iba a ser explicarle a la editora, mañana por la mañana, por qué el relato había cambiado entero entre las dos y las tres de la madrugada de un martes cualquiera.

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Comentarios (9)

NochesBsAs

Tremendo relato, me tiene enganchado desde la primera linea. Segui asi!

Leo_Cba

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas

Rodrigo_ba

Me recordo a una situacion parecida que me paso hace un tiempo... esas videollamadas que empiezan de una manera y terminan de otra. Muy bien contado.

Lector2984

excelente!!!

DiegoCord

Esto es real? Porque se siente muy autentico, demasiado. Tremendo

cordobes_noc

La forma en que lo narraste es increible, muy natural. Felicitaciones

MarisolB

Me hize un nudo en el estomago leyendolo jaja, muy bueno

PilarSur

Se hizo corto, quiero mas!!

AndresT_92

Buenisimo. Segui escribiendo que tenes mucho talento

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