El fueguito que me mandó la hermana de mi amiga
El domingo terminé la media maratón con un tiempo decente, las piernas destrozadas y esa euforia estúpida que te da cruzar la meta. Hice lo que hace todo el mundo: me saqué una foto con la medalla, la subí a stories y me fui a casa a ducharme. No esperaba nada. Ni un plan, ni una conversación, ni mucho menos lo que vino después.
El fueguito apareció veinte minutos más tarde. Nerea. La hermana pequeña de Lucía, una amiga del grupo de toda la vida. La había visto un par de veces en cumpleaños y cenas de Navidad, siempre de pasada, siempre con ese aire de chica callada que observa más de lo que habla. Tenía veintitrés años. Yo, veintiocho. Nunca habíamos cruzado más de cuatro frases seguidas.
Le respondí con una interrogación. Nada más. Un signo de pregunta sin intención alguna, o al menos eso me dije.
Ella contestó rápido. Me preguntó cómo me había ido la carrera, si estaba muy reventado, si me dolían las piernas. Conversación normal. Demasiado normal para alguien que empieza con un emoji de fuego.
—Depende de para qué —le escribí.
No sé de dónde salió esa respuesta. Supongo que el subidón de la carrera todavía me tenía eléctrico. Ella tardó un minuto en contestar. Un minuto largo, de esos en los que ves el «escribiendo...» aparecer y desaparecer tres veces.
—¿Te apetece tomar algo después de comer?
Dije que sí sin pensarlo.
***
Me puse unos vaqueros, unas botas y una camisa azul oscuro que me quedaba bien sin parecer que me había esforzado. Llegué diez minutos antes al sitio, un bar pequeño en una calle lateral del centro, con mesas de madera y poca luz aunque fuera pleno día. Pedí un café y esperé.
Nerea apareció con una falda vaquera que le llegaba a medio muslo, un top negro que dejaba ver la curva de sus clavículas y unos zapatos de tacón bajo que hacían que caminara con un balanceo suave, casi perezoso. Se había maquillado poco, solo los ojos, y llevaba el pelo suelto, más largo de lo que recordaba.
—No me imaginaba que fueras de carreras —dijo sentándose frente a mí.
—Y yo no me imaginaba que fueras de fueguitos —respondí.
Se rio. Tenía una risa corta, algo ronca, que le arrugaba la nariz. Pidió un café con leche y empezamos a hablar. De qué, no me acuerdo bien. Trabajo, supongo. Algo de series. Conversación de domingo por la tarde, sin sustancia, el tipo de charla que mantienes mientras decides si la otra persona te interesa de verdad o solo estás matando el tiempo.
Pero había algo. Lo noté en la forma en que se inclinaba hacia adelante cuando yo hablaba, apoyando la barbilla en la mano. En cómo su rodilla rozaba la mía por debajo de la mesa y no la retiraba. En esos silencios de medio segundo en los que nos mirábamos un poco más de lo necesario.
Ella me tocó el brazo al reírse de algo que dije. Dejó la mano ahí un instante de más.
Así que es eso, pensé.
—¿Jugamos a algo? —propuse.
—¿A qué?
—Chupitos de tequila. Cada ronda, una regla nueva.
Alzó una ceja pero no dijo que no. Pedí la primera ronda. Sal, limón, trago. Normal.
***
El segundo chupito cambió las reglas.
—Este te lo bebes sin usar las manos —le dije empujando el vasito hacia ella.
Nerea me miró fijamente durante tres segundos. Luego se inclinó, cogió el vaso con los labios y echó la cabeza hacia atrás. Un hilo de tequila le bajó por la comisura hasta la barbilla. Se lo limpió con el dorso de la mano sin dejar de mirarme.
—Tu turno —dijo—. La sal la chupas de mi cuello.
No sé si fue un reto o una invitación. Probablemente las dos cosas. Me incliné sobre la mesa, aparté su pelo con la mano y pasé la lengua por el hueco entre su cuello y la clavícula. Sabía a perfume y a piel caliente. Mientras lo hacía, deslicé la otra mano por debajo de la mesa y la apoyé en su muslo, justo donde terminaba la falda.
Ella no se movió. No me apartó. Solo la oí respirar un poco más fuerte.
—Otro —dijo con la voz un tono más baja.
El tercer chupito fue el mío. Me mojé el dedo índice con tequila y se lo acerqué a los labios.
—Primero esto —le dije.
Nerea abrió la boca y chupó mi dedo mirándome a los ojos. Despacio. Con intención. Su lengua rodeó la punta y luego lo metió hasta el segundo nudillo. Algo se me tensó en el pecho, en el estómago, más abajo.
—Ahora te toca a ti —susurró sacándose el dedo de la boca—. Pero aquí.
Se echó hacia atrás en la silla y señaló el nacimiento de sus pechos, ese canal estrecho que el top apenas cubría. Me incliné sobre ella. Mi lengua recorrió su piel desde el borde de la tela hasta la base del cuello. Noté cómo se le aceleraba el pulso bajo mis labios.
Mientras tanto, mi mano había subido por su muslo. Ya no estaba sobre la tela. Mis dedos rozaron el borde de sus bragas y sentí la humedad a través de la tela. Caliente. Inequívoca.
—Nerea —dije cerca de su oído, tanto que mis labios le rozaban el lóbulo—, cuando me mandaste el fueguito esta mañana, ¿te imaginabas que ibas a acabar así?
No contestó con palabras. Lo que salió de su boca fue un suspiro largo, casi un gemido contenido, mientras mi dedo presionaba contra la tela húmeda de sus bragas. Su mano agarró mi muñeca, pero no para apartarme. Para mantenerme ahí.
***
Retiré la mano. De golpe. Ella abrió los ojos, confundida.
—Nos vamos —dije.
Dejé un billete en la mesa sin esperar al camarero. Salimos del bar y caminé detrás de ella hacia el aparcamiento. La agarré por la cintura antes de llegar al coche, la giré y la empujé contra la puerta del copiloto. Su espalda golpeó el metal con un ruido sordo. Le mordí el lóbulo de la oreja derecha, despacio, mientras su respiración se volvía irregular contra mi cuello.
Le subí la falda hasta la cintura ahí mismo, en el aparcamiento, a plena luz del día. Le di un azote en el muslo y el sonido rebotó contra las paredes de cemento. Ella soltó un quejido breve y me clavó las uñas en los hombros a través de la camisa.
La besé. Fuerte. Mi lengua contra la suya, sin preámbulos, sin ternura. Un beso que sabía a tequila y a urgencia. Mientras la besaba, mis manos bajaron por sus caderas hasta el borde de sus bragas. Un tanga fino, casi de nada.
—A mi coche se sube sin esto —le dije al oído mientras tiraba de la tela hacia abajo.
Nerea levantó un pie, luego el otro. Me guardé el tanga en el bolsillo de la camisa. Ella me miró con las pupilas dilatadas, la falda todavía subida, el pelo revuelto.
—Sube —dije abriendo la puerta.
***
El camino a mi piso fueron quince minutos que se hicieron eternos. Ella intentó tocarme nada más sentarse, pero le aparté la mano.
—Tú no tocas hasta que yo diga.
Apoyé mi mano derecha en su muslo, subí hasta su entrepierna y la dejé ahí. Sentí su calor, su humedad directa contra mis dedos sin ninguna barrera. Conduje con la izquierda, cambiando de marcha solo cuando era estrictamente necesario, para no tener que retirar la otra mano.
Nerea respiraba por la boca. Cada vez que mis dedos se movían, aunque fuera un centímetro, todo su cuerpo reaccionaba. Un temblor en el muslo. Un suspiro entrecortado. Las manos agarrando el borde del asiento.
—Por favor —dijo en algún momento.
—Todavía no.
Aparqué en el garaje de mi edificio. Ni siquiera llegamos al ascensor con compostura. La empujé contra la pared del portal y le metí la mano entre las piernas mientras la besaba. Estaba empapada. Mis dedos entraron sin resistencia y ella gimió contra mi boca, un sonido grave que me hizo apretar la mandíbula.
Subimos los tres pisos por las escaleras porque el ascensor tardaba una eternidad. Cada rellano era una pausa: un beso, un mordisco, mis manos bajándole el top para ver sus pechos pequeños, firmes, con los pezones duros. Ella tiraba de mi cinturón con torpeza. Para cuando abrí la puerta de casa, ya me había desabrochado los vaqueros.
***
Caímos en el sofá antes de llegar a la cama. No hubo preliminares largos. Los preliminares habían sido el bar, el aparcamiento, el coche entero. La desnudé arrancándole el top por la cabeza, bajándole la falda de un tirón. Se quedó desnuda sobre mi sofá gris con solo los zapatos de tacón puestos, y algo en esa imagen me desconectó del todo.
La giré boca abajo, le levanté las caderas y le di dos azotes seguidos. Su piel se enrojeció al instante. Ella hundió la cara en el cojín y soltó un gemido ahogado que terminó en algo parecido a mi nombre.
La penetré así, desde atrás, agarrándola del pelo con una mano y de la cadera con la otra. Fuerte. Sin pausa. Sentí cómo todo su cuerpo se tensaba y se relajaba en oleadas, cómo sus manos arañaban la tela del sofá buscando algo de lo que agarrarse.
—Más —dijo con la voz rota.
Aumenté el ritmo. El sudor me bajaba por la frente y le caía en la espalda. El ruido de su piel contra la mía llenaba el salón junto con sus gemidos, cada vez más agudos, cada vez más frecuentes.
La cambié de posición. La tumbé boca arriba en el sofá y le puse las piernas sobre mis hombros. Desde ahí podía verle la cara: los ojos cerrados, la boca abierta, el pelo pegado a la frente. Me incliné sobre ella y empujé profundo, todo lo que daba, y ella clavó los talones en mi espalda con un grito corto que intentó reprimir mordiéndose el labio.
En algún momento la llevé a la cama. No recuerdo bien cómo. Recuerdo que la puse a cuatro, que le agarré la cadera con las dos manos y que la follé con fuerza mientras le metía un dedo lentamente por detrás. Estaba tensa, nerviosa, pero no me pidió que parara. Se limitó a apretar las sábanas y a soltar un gemido largo, grave, diferente a los anteriores.
—¿Estás bien? —le pregunté sin dejar de moverme.
—Sí... sí, no pares.
No paré. Seguí así, con ese doble ritmo, hasta que sentí que no podía aguantar más. Me salí, la giré y terminé en su cara. Ella cerró los ojos y dejó que cayera sobre sus mejillas, su frente, la comisura de sus labios. Me dijo que en la boca no, y respeté eso. Le limpié la cara con una toalla del baño y nos desplomamos en la cama.
***
No hablamos. No hacía falta. Su respiración se fue calmando hasta convertirse en algo regular y profundo, y me di cuenta de que se había dormido con la cabeza sobre mi pecho. Olía a tequila, a sudor y a algo dulce que no supe identificar. Me quedé mirando el techo un rato, procesando todo lo que había pasado en las últimas cinco horas. Esa mañana estaba cruzando una meta. Ahora tenía a la hermana de Lucía desnuda en mi cama.
La vida tiene esos giros.
Me desperté antes de que sonara la alarma. No fue por el ruido ni por la luz. Fue por su boca. Nerea estaba debajo de la sábana, y lo primero que sentí fue su lengua recorriéndome de abajo hacia arriba, lento, con una dedicación que me arqueó la espalda antes siquiera de abrir los ojos.
—Buenos días —dijo desde algún lugar por debajo de mi cintura.
No contesté. Me limité a poner la mano en su nuca y dejarla hacer. Su boca estaba caliente y húmeda, y alternaba entre chupar con fuerza y lamer la punta con una delicadeza que me hacía apretar los dientes. Me tomó entero, hasta el fondo, y sentí su garganta cerrarse alrededor de mí durante un segundo que me cortó la respiración.
Terminé en su boca esa vez. Ella tragó sin decir nada, se limpió los labios con el pulgar y se levantó como si acabara de tomarse el café de la mañana.
***
Nos duchamos por separado porque si entrábamos juntos no llegábamos a trabajar. Me vestí con lo primero que encontré. Ella se puso la misma ropa del día anterior: la falda vaquera, el top negro, los zapatos de tacón bajo.
Cuando iba hacia la puerta, me paré.
—¿Y las bragas? —pregunté.
Nerea se giró en el umbral. Sonrió de medio lado, con esa arruga en la nariz que ya empezaba a resultarme adictiva.
—Creo que te las quedaste tú anoche —dijo—. Pues hoy me las apañaré sin ellas.
Salió por la puerta sin mirar atrás. Bajé las escaleras un minuto después, me metí en el coche y encontré su tanga en el bolsillo de mi camisa, arrugado y todavía tibio.
Menudo lunes, pensé arrancando el motor.
Y en algún lugar de la ciudad, Nerea estaba sentándose en su silla de oficina sin ropa interior, con el recuerdo de mis manos todavía marcado en la piel.