Sola en el bosque de noche, con mi pequeño secreto
Fue durante la práctica de campo del segundo año cuando ocurrió lo que les voy a contar. Salimos un viernes por la mañana hacia una reserva forestal en la sierra, un grupo de unos cuarenta estudiantes: los de biología iban emocionados con sus cuadernos y sus trampas para insectos, los de veterinaria —entre los que estaba yo— más bien resignados. Era obligatoria, así que ahí estábamos.
Yo me había vestido con más criterio que la mayoría. Pantalón cargo beige, camiseta de manga larga, chaleco de múltiples bolsillos y botas de media caña. En el bolsillo lateral del muslo llevaba lo esencial: un encendedor, una linterna pequeña, toallitas húmedas, protector labial y algunas cosas más. Sí, también llevaba una compresa de repuesto. No porque la necesitara —mi ciclo había terminado unos días antes— sino porque una nunca sabe.
Lo del vello lo reconozco como una decisión práctica. Mi amiga Lucía, que había hecho prácticas de campo el año anterior, me advirtió que en el bosque cualquier mujer termina orinando entre matorrales sin el lujo de papel ni privacidad. Así que decidí no depilarme ahí abajo. Era más cómodo. Punto.
La jornada fue larga pero interesante. Los biólogos instalaron cámaras de trampeo nocturno para registrar fauna, buscaron hongos y colectaron muestras de suelo. Nosotras ayudamos donde pudimos y básicamente observamos cómo funcionaba un ecosistema cuando nadie lo perturba. O casi nadie.
Al anochecer levantamos el campamento junto al arroyo y empezó la otra parte de la práctica: la no oficial. Los profesores miraban hacia otro lado mientras aparecían las mochilas con alcohol. Había cerveza, vino barato en tetrabrik y alguien había traído una petaca de algo que quemaba demasiado como para tener nombre decente. Yo tomé. Más de lo que debería, pero tampoco una barbaridad. Digamos que estaba en ese punto agradable en el que todo parece divertido y las inhibiciones se relajan un poco.
A eso de la medianoche sentí la presión en la vejiga. Me levanté, cogí la linterna del chaleco —aunque la luna casi llena hacía que no fuera del todo necesaria— y caminé en dirección al arroyo. Era el sitio más lógico: lejos del campamento, con suficiente cobertura vegetal y el ruido del agua para disimular cualquier sonido.
Me alejé unos cien metros, encontré una roca grande junto al cauce y me acuclillé detrás de ella. El alivio fue inmediato y total. Después busqué las toallitas en el bolsillo lateral. Mis dedos rozaron el encendedor, la linterna, la compresa… y entonces tocaron algo que no era lo que buscaba.
El labial vibrador.
Lo saqué y me reí sola en la oscuridad. Era un juguete pequeño, discreto, perfectamente camuflado como una barra de labios de lujo. Me lo había regalado una amiga por mi cumpleaños y lo había guardado en ese bolsillo un par de semanas antes cuando lo estaba probando, olvidándome de devolverlo a su sitio habitual. Las toallitas, en cambio, seguramente estaban en casa, bien colocadas sobre el escritorio.
Permanecí agachada un momento, mirando el objeto entre mis dedos. La luna dibujaba un camino plateado sobre el agua. Las luciérnagas —cosa cada vez más rara de ver— parpadeaban entre los arbustos. No había nadie. Solo el sonido del arroyo y el viento entre los pinos.
Bueno.
Me senté en la roca. Era fría pero no insoportable. Me bajé el pantalón hasta las rodillas y me acomodé. Encendí el juguete con un giro suave y sentí la vibración familiar recorrerme los dedos.
Empecé por encima de la blusa. El chaleco estaba en el suelo, a mis pies. Me pasé el vibrador lentamente por el pecho izquierdo y noté que el tejido amortiguaba demasiado la sensación. Así que hice lo que tenía sentido: me desabroché el sujetador por debajo de la camiseta y lo saqué sin quitarme la prenda. Una habilidad que cualquier mujer domina sin pensar. Lo dejé sobre la roca, a mi lado.
Ahora sí. Con la tela fina de la camiseta como única barrera, la vibración llegaba directa al pezón. El frío de la noche ya los había puesto tensos, y el contacto con el juguete los hizo ponerse todavía más duros. Cerré los ojos un momento y dejé que el sonido del bosque se mezclara con la sensación.
Bajé la mano despacio.
Me había dicho que no me depilaría, y había cumplido. El roce del vello con mis propios dedos tenía algo de novedoso, casi íntimo, como si esa pequeña diferencia me recordara que estaba fuera del mundo conocido. Pasé el vibrador por el interior del muslo, dejando que la vibración se acercara sin llegar. Me mordí el labio. El alcohol hacía todo más lento y más intenso a la vez.
Cuando por fin lo puse donde quería, casi solté un sonido demasiado alto para el silencio del bosque. Me tapé la boca con la muñeca. El vibrador zumbaba suave contra mi clítoris y yo tenía que hacer un esfuerzo consciente por no tensar las piernas, por mantenerme abierta, expuesta al aire frío de la sierra.
Hubo un momento extraño, casi filosófico. Estoy en un bosque, en medio de la nada, masturbándome bajo la luna llena mientras mis compañeros duermen a cien metros. Y ese pensamiento, en lugar de frenarlo todo, lo aceleró.
Cambié el ángulo. Puse el extremo del vibrador en la entrada de mi vagina, sin penetrar demasiado, solo dejando que la vibración se transfiriera hacia adentro. Con la otra mano me sujeté el monte con fuerza, tirando ligeramente del vello, una costumbre que había desarrollado sola y que siempre funcionaba. La mezcla de esa pequeña tensión con la vibración directa era exactamente lo que necesitaba.
Gemí. Bajito, pero gemí. El sonido se diluyó en el ruido del arroyo.
Me recosté un poco más sobre la roca y dejé que todo fluyera. El orgasmo llegó de forma ordenada, acumulándose en oleadas cortas hasta que la última fue larga y me hizo doblar la espalda hacia atrás. Apreté los dientes. Los pies en el suelo, las botas húmedas de rocío, y el vibrador todavía zumbando contra mí hasta que lo alejé porque se volvió demasiado.
Me quedé quieta unos segundos, respirando.
Entonces el frío llegó de golpe. Ese tipo de frío que no sentís cuando estás excitada pero que te envuelve en cuanto el cuerpo vuelve a su temperatura normal. Me levanté de prisa, me acomodé el pantalón y busqué el sujetador a tientas sobre la roca. No lo encontré. Lo busqué de nuevo. Nada.
Encendí la linterna y rastreé el suelo alrededor. Entre las piedras, la hierba, el borde del arroyo. El sujetador había desaparecido, o al menos yo, en ese estado, no era capaz de localizarlo. Hacía demasiado frío para seguir buscando. Metí el vibrador en el bolsillo, agarré el chaleco y volví al campamento lo más rápido que pude.
Me metí en el saco de dormir sin desvestirme del todo y tardé un rato en entrar en calor. Cuando por fin lo hice, me dormí de golpe.
***
A la mañana siguiente me despertaron las voces antes de que mi cabeza estuviera lista para recibirlas. Salí de la tienda parpadeando, con el pelo revuelto y la boca seca, y vi a casi todo el grupo congregado alrededor de una de las laptops que los biólogos habían traído para revisar las imágenes de las cámaras de trampeo.
—¡Por fin! —dijo alguien cuando me vio—. Pensábamos que ibas a dormir hasta el mediodía.
—¿Qué pasa? —pregunté, bostezando.
—Que las cámaras nocturnas captaron algo muy interesante —respondió otro, con una sonrisa que no me gustó nada.
Me acerqué sin entender. Y entonces vi la pantalla.
Era yo.
La imagen era en blanco y negro, con esa textura granulada que tienen las fotos de infrarrojo, pero era inequívocamente yo. Sentada en la roca junto al arroyo. Con la camiseta pero sin sujetador, eso se notaba perfectamente. Y con el brazo en una posición que no admitía interpretaciones alternativas.
El silencio que siguió duró aproximadamente medio segundo.
—Lindo juguete, Dani —dijo alguien desde el fondo—. ¿Dónde lo compraste? Mi novia lo va a amar.
—Eso no es mío —respondí, sin convencer a nadie.
—Claro que no —dijeron al unísono, y el grupo estalló en carcajadas.
Entonces alguien agitó algo en el aire. Era mi sujetador.
—Lo encontré junto a las piedras del arroyo cuando fui a buscar agua esta mañana —dijo, con una sonrisa enorme—. Talla treinta y dos, con aro. Muy elegante para una práctica de campo, Daniela.
Noté que mis pezones, una vez más traidores, reaccionaban al frío matutino a través de la camiseta. Me crucé de brazos. No servía de mucho.
—Me lo devolvés ahora mismo —logré decir con algo parecido a la firmeza.
Lo que más me preocupaba no era la vergüenza del momento. Era la imagen en sí. ¿Cuántas copias habría ya? ¿Adónde iba a terminar eso? La carrera, los profesores, el departamento… mi mente empezó a construir catástrofes a toda velocidad.
Como si hubiera escuchado mis pensamientos, el profesor Herrera apareció entre los grupos. Era el responsable de la práctica, uno de esos docentes que tienen cara de haberlo visto todo y de no sorprenderse ya con nada.
—¿Qué es tanto escándalo a estas horas? ¿Ya recogieron todas las cámaras? —preguntó, mirando la pantalla de la laptop. La miró un segundo. Me miró a mí. Volvió a mirar la pantalla—. Daniela —dijo al fin, con una calma que me resultó más intimidante que cualquier grito—. Creo que necesitamos hablar. Cámbiate y ven a la cabaña cuando estés lista.
Se fue llevándose la laptop bajo el brazo.
Me cambié en tres minutos. Caminé hacia la cabaña preguntándome exactamente qué clase de conversación me esperaba.
Lo que ocurrió dentro de esa cabaña es otra historia.