El taxista que me llevó por el camino más largo
Aquel día en Sevilla había sido una maratón. Ocho horas de reuniones encadenadas en la torre de oficinas del centro, presentaciones a un cliente exigente y un aire acondicionado tan agresivo que me dejó la garganta áspera y la piel pegajosa. A las diez de la noche, cuando por fin firmamos el último anexo del contrato, lo único que tenía claro era que necesitaba salir de allí cuanto antes.
Me cambié los tacones por unas bailarinas que llevaba en el bolso. La blusa blanca, fina, se me había pegado a la espalda con el sudor del aire viciado, y llevaba sin sujetador desde el almuerzo, cuando me lo había quitado en el baño porque me apretaba demasiado. Los pezones se me marcaban a través de la tela como si quisieran respirar ellos también. La falda lápiz me ceñía las caderas; cada paso me recordaba que el espejo del ascensor, justo antes de salir, me había dicho que aquella noche tenía cara de necesitar algo.
Pedí el taxi por la app desde la acera. Me lo asignaron en menos de un minuto: un Mercedes negro, conductor con tres estrellas y media. La media estrella me hizo sonreír, no sé por qué.
Cuando el coche frenó delante de mí, el conductor se bajó para abrirme la puerta. Cuarenta y tantos, moreno, pelo corto con algunas canas en las sienes, barba de tres días recortada con cuidado. Llevaba la camisa arremangada hasta los codos, y los antebrazos tenían tatuajes que se le metían bajo la tela. No era guapo en el sentido habitual: era macizo, cuadrado, con cara de cansancio y unos ojos oscuros que me sostuvieron la mirada un segundo más de lo que dura una mirada de cortesía.
—Buenas noches —dijo con voz grave—. ¿Al hotel Alcázar Real?
—Sí, gracias.
Me senté detrás, en el lado del copiloto, para tenerlo cerca. Crucé las piernas despacio, sintiendo cómo la falda se me subía hasta el muslo. Él arrancó sin decir nada, pero sus ojos volvieron al espejo retrovisor antes de que el coche tomara la primera curva.
—¿Día largo? —preguntó.
—Demasiado.
—Las luces del centro a estas horas relajan, ya verá.
Asentí, fingiendo mirar por la ventanilla. Llevaba toda la tarde con un cosquilleo entre las piernas que ningún café había podido apagar. Es algo que me pasa cuando viajo sola: la rutina de casa me sujeta, pero en otra ciudad, en una habitación que no es mía, en un taxi que no recordaré pasado mañana, soy otra persona. Soy más yo, en realidad.
Desabroché el primer botón de la blusa. Luego el segundo. Hacía calor, claro. Después el tercero. La tela se abrió mostrando el escote profundo, las dos curvas pesadas brillando con sudor bajo la luz amarilla de las farolas. Sus ojos volvieron a buscarme en el espejo, y esta vez no se molestó en disimular.
Me incliné hacia delante apoyando un codo sobre el asiento del copiloto, fingiendo buscar algo en el bolso. La blusa se me cayó hacia los lados; los pezones, oscuros y duros, quedaron al aire. Un coche cruzó por la izquierda y la luz de los faros me iluminó el pecho como si fuera un escenario. Volví a mirarlo en el espejo. Estaba apretando el volante con las dos manos.
—Joder —dijo entre dientes.
—¿Algún problema?
—Conmigo, ninguno —respondió, y se rió bajito, una risa ronca, sin alegría—. ¿Vas a viajar así toda la carrera?
Me solté el botón del costado de la falda y la dejé subir un poco más. Me lamí el dedo y me lo pasé despacio por un pezón.
—Depende de cómo conduzcas —dije.
Él soltó el aire por la nariz. Tomó la siguiente avenida sin decir nada, pero noté que ya no iba por el camino más corto al hotel. La calle se abría hacia el extrarradio, y los semáforos eran cada vez más espaciados.
—Quítate las bragas —dijo de pronto, sin girarse, con la voz más baja—. Y abre las piernas. Quiero ver lo que escondes ahí debajo.
Por fin.
Me subí la falda hasta la cintura, enganché los dedos en el tanga y lo bajé despacio por los muslos. Lo dejé caer al suelo del coche, junto al bolso. Después puse un pie en el reposacabezas del copiloto, abriéndome del todo, y me bajé un poco más en el asiento. La luz de un cartel de neón naranja, al otro lado del cristal, me cruzaba el regazo en franjas.
—Mira lo que escondo —dije.
Él miró. Miró tan bien que el coche se desvió un palmo dentro del carril antes de que volviera a corregir.
—Hostia —murmuró—. Estás chorreando ya. ¿Llevas así toda la tarde?
—Desde el almuerzo, más o menos.
—¿Y nadie te ha echado una mano en toda la tarde?
—Nadie.
—Entonces tendré que ocuparme yo —dijo, y giró el volante hacia un desvío sin luz.
***
El polígono industrial estaba completamente vacío. Naves cerradas con persianas metálicas, contenedores azules, ni un alma. El conductor metió el coche por una calle lateral, entre dos almacenes que parecían abandonados, y apagó el motor. La radio quedó en silencio. Solo se oía el zumbido lejano de la autopista y mi propia respiración.
Se giró sobre el asiento, apoyando el brazo en el reposacabezas, para mirarme a la cara.
—Sal del coche —dijo—. Quiero verte entera bajo el cielo.
Salí. La falda se me arrolló hasta la cintura sin que yo hiciera nada para bajarla; las bragas se quedaron en el suelo del coche. Cerré la puerta de un empujón con la cadera. La noche estaba tibia, y el asfalto, todavía caliente del sol del día, me llegaba a los pies a través de las bailarinas.
Él bajó por su lado y rodeó el coche sin prisa. Cuando se paró delante de mí, era una cabeza más alto. Olía a tabaco frío y a colonia barata. Me cogió la cara con una mano, sin apretar, y me la giró para mirarme bajo la luz amarilla de la única farola que funcionaba.
—Eres preciosa —dijo, y la palabra sonó como un insulto en su boca—. Una mujer hecha y derecha haciendo el numerito de cría calentorra. ¿Sabes lo que voy a hacer contigo?
—No.
—Voy a usarte.
—Bien.
Me empujó con suavidad contra el lateral del coche. La chapa estaba caliente. Me bajó la blusa hasta dejarla colgando por los codos y me miró las tetas un buen rato sin tocarlas, como si necesitara grabárselas antes de empezar. Después me las cogió con las dos manos a la vez, las apretó, las pesó, me pellizcó los pezones con dos dedos hasta que se me escapó un gemido pequeño.
—Ponte de rodillas —dijo.
Bajé sin pensar. El asfalto me arañó las medias y, a los pocos segundos, sentí el roce áspero en las rodillas. Él se desabrochó el cinturón despacio, mirándome desde arriba, y se bajó el pantalón solo lo justo. La polla salió ya dura, gruesa, con una vena marcada en la parte de abajo. Me cogió del pelo —tenía el pelo recogido en una coleta de oficina, así que tuvo que soltármelo primero— y me lo agarró con el puño, tirando hacia atrás para que levantara la cara.
—Abre la boca.
Abrí. Me la metió hasta el fondo de un solo empujón, y yo tragué saliva atragantándome contra él. La barba de tres días me rozaba la frente cada vez que se inclinaba para empujar más adentro. Sabía a piel y a sudor, a hombre que ha pasado el día encerrado en un coche.
—Así, sí —murmuró—. Con las dos manos atrás. Quietas.
Crucé las muñecas a la espalda. Él me follaba la boca con un ritmo lento al principio, midiéndome, viendo hasta dónde aguantaba sin apartarme. Yo respiraba por la nariz y me concentraba en mantener los labios apretados alrededor del tronco. La saliva se me empezó a desbordar y a caerme por la barbilla, gota a gota, hasta el escote. El coche frío detrás, el asfalto caliente bajo las rodillas, el cielo negro sobre nosotros: nunca había sentido tanto el cuerpo en sitios tan distintos a la vez.
Cuando notó que yo empezaba a tener arcadas, sacó la polla y se quedó mirándome la cara. Tenía los labios hinchados y la barbilla brillante.
—Levántate. Date la vuelta.
Me levanté con piernas flojas. Me apoyé en el capó del coche, palmas abiertas sobre la chapa, las tetas aplastadas contra el metal todavía tibio del motor. Él me subió la falda hasta la cintura y me separó las piernas con la rodilla.
—Joder —dijo en voz muy baja, casi para él—. Mira esto.
Sentí su mano abrirse paso entre los muslos. Dos dedos primero, despacio, comprobando lo empapada que estaba. Luego tres, dentro, hasta los nudillos. Solté un quejido y empujé el culo contra él.
—¿Te gusta así?
—Más.
—¿Más cómo?
—Por detrás. Por el otro sitio.
Hubo un silencio largo. Él retiró los dedos despacio, los subió por mi raja y los apoyó allí, presionando suave.
—¿Estás segura?
—No te he pedido que me lo preguntes.
Se rió de nuevo, esa misma risa baja del semáforo. Se puso saliva en los dedos y los frotó despacio sobre mi entrada de atrás. Después agarró su polla, la pasó por mi humedad para mojarla y la apoyó en el centro.
—Empuja tú —dijo—. No quiero hacerte daño que no te guste.
Empujé hacia atrás. La cabeza entró de golpe y yo grité contra el capó del coche. Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas, no de dolor exactamente, sino de algo parecido al alivio. Me quedé quieta, respirando por la boca, mientras él apoyaba la frente entre mis omóplatos esperando.
—Ya —dije.
Empezó a moverse. Despacio al principio, midiéndome otra vez. Yo abría más los pies sobre el asfalto, ofreciéndome más, sintiendo cómo el coche entero se balanceaba un poco con cada empuje. Las tetas me rozaban la chapa cada vez que él me empujaba hacia delante. Cuando ya no me quejaba, cuando solo respiraba y empujaba contra él, soltó las riendas.
—Aguanta —dijo.
Las embestidas se volvieron largas, profundas, con un ruido seco de carne contra carne que me parecía obsceno y precioso a la vez. Él me cogía las caderas con las dos manos, y los anillos que llevaba —no me había fijado antes— se me clavaban en la piel. Yo me dejaba ir. Hablaba sola en alto, soltando frases que no recordaría después: que sí, que más, que así, que no parara.
—Date la vuelta otra vez —dijo de pronto, sacándomela.
Me giré, casi sin equilibrio. Él me cogió por la cintura, me sentó sobre el capó del coche y me levantó las piernas hasta apoyármelas sobre sus hombros. Volvió a entrar de un solo movimiento, esta vez mirándome a la cara. Yo le sostuve la mirada como había aprendido a sostener miradas en las salas de reuniones: sin pestañear, sin pedir nada.
—Quería verte la cara —dijo.
—Mírame.
Empezó a follarme más rápido, agarrándome los muslos, mordiéndome el cuello. Yo notaba el orgasmo subir por las piernas, por la espalda, hacia un sitio dentro de la cabeza donde se apaga el ruido. Cuando llegó, me agarré a la chapa con las dos manos y me arqueé entera, gritando contra su hombro.
—Ahora yo —dijo, jadeando—. Dime dónde lo quieres.
—Donde quieras.
—Dime.
—Dentro.
Empujó dos veces más, profundo, y se vino con un gruñido contenido, mordiendo el aire a un palmo de mi oreja. Se quedó dentro un rato largo, respirando contra mi cuello, hasta que la respiración le bajó.
***
Me ayudó a bajar del capó. Sacó del maletero una toalla limpia —una toalla limpia, en un taxi: aprendí algo nuevo aquella noche— y me la pasó él mismo, sin prisa, secándome los muslos, la espalda, el cuello. Yo me dejé limpiar como una niña en la playa.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Mejor que esta tarde.
Se rió. Esta vez sí, con alegría. Me ayudó a abrocharme la blusa, me alisó la falda. Recogí las bragas del suelo del coche y me las metí en el bolso.
—Te llevo al hotel —dijo.
—Sí, por favor.
Subí esta vez en el asiento del copiloto. No me crucé las piernas, no me solté botones. Apoyé la cabeza en la ventanilla y miré pasar las luces del polígono, después las del centro, después las del paseo del río. Él conducía con una mano y, de vez en cuando, me miraba de lado sin decir nada.
En la puerta del hotel se bajó otra vez para abrirme la puerta. Fue un gesto raro, casi formal, después de todo lo que había pasado.
—La próxima vez que vengas a la ciudad —dijo, mientras me devolvía el bolso—, llámame antes. Te llevo a sitios mejores.
Me dio una tarjeta. La guardé sin mirarla. En el ascensor, viendo subir los números, la saqué del bolsillo: solo un nombre, un número, ningún logo.
En la habitación me tiré en la cama sin desvestirme, con la falda todavía subida y el cuerpo todavía caliente por dentro. Apagué la luz y me quedé mirando el techo blanco del hotel. Supe que volvería. No al hotel: a la ciudad. No a la ciudad: al taxi.