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Relatos Ardientes

Le dije que la llevaba a casa, pero no llegamos

Nos cruzamos de nuevo en la escalera, mezclados con los del turno saliente y con los rezagados que llegaban a relevarnos. Todos los que habíamos pasado la tarde juntos teníamos varios días libres por delante, así que repetimos los típicos comentarios de despedida. Cuando llegamos al aparcamiento me dirigí hacia mi coche sin apenas haberle cruzado la mirada a ella.

—¡Eh, Marcos! —gritó, asegurándose de que la oyeran todos. Estaba claro que esa tarde el universo había decidido ponerme a prueba—. ¿Te acuerdas de que me ibas a llevar a casa? Al mío se le encendió un piloto al llegar y mañana paso a buscarlo con la grúa.

Nunca he sido buen actor, pero disimulé como pude.

—¡Ah, sí, claro! Con la cabeza en otro sitio, perdona.

Subimos al coche. Yo seguía un poco impresionado por la jugada que se acababa de inventar delante de los demás.

—Busca un callejón, un descampado, un aparcamiento, un hotel, lo que se te ocurra —me dijo mientras se ponía el cinturón y se desabrochaba el botón del pantalón—. Yo ni puedo ni quiero llegar así a casa.

Apenas habíamos salido del recinto de la empresa cuando deslizó la mano por debajo de la ropa interior y se recostó en el asiento con los ojos cerrados.

—Si te paras al lado de un camión, avísame. No tengo ganas de dar espectáculo —añadió, ya con la respiración acelerada.

En pocos minutos íbamos saliendo de la ciudad. Aunque ya estábamos entrados en verano, los domingos a esa hora apenas había tráfico. Ella seguía con la mano metida bajo la tela. Dentro de mis vaqueros, algo se estaba despertando otra vez. Tenía urgencia por parar; me bajé un poco la cremallera para aliviar la presión que me apretaba contra la costura.

La zona está llena de caminos rurales que terminan en fincas de pasto. A los pocos kilómetros teníamos el coche aparcado en un sendero sin salida, frente a una valla metálica oxidada. Apagué el motor y las luces se fueron con él. Nos quedamos solos bajo la luz tenue de la luna y el zumbido lejano de los grillos.

Abrimos las puertas casi a la vez y bajamos. Nos dirigimos al capó. Besos rápidos, bruscos, manos por todas partes. Mi camiseta voló al suelo y ella se desabrochó el sujetador en un movimiento. Los pantalones nos colgaban ya por los tobillos, igual que sus bragas y mis calzoncillos. Apoyó las manos en el capó tibio y separó un poco las piernas.

La penetré de un golpe firme de caderas. Soltó un grito breve, pero no encontré ninguna resistencia. La calentura acumulada toda la tarde, sumada a los masajes que se había hecho durante el trayecto, lo había preparado todo. Hundirme dentro de ella fue como entrar en una casa caldeada en pleno invierno, con olor a leña.

Seguí golpeando con fuerza, sin medirme. Ella había intuido desde el principio que la cosa no iba a durar mucho, así que se ayudó con las yemas de los dedos. Mi contención de toda la tarde no aguantaba ni un minuto más. Me agarré a sus caderas para no perder el equilibrio y, con un último empuje, sentí cómo me derretía dentro de ella.

Aguantó mi peso unos segundos. Sentí sus dedos rozándome entre las piernas y, mientras notaba que mi fuerza se apagaba, llegaron sus contracciones. Su excitación había sido tan grande como la mía y no le costó nada terminar. Nos separamos despacio para no caernos, jadeando, respirando hondo aquel olor a campo de verano. Caí en la cuenta de que desde que habíamos entrado por el camino apenas habíamos cruzado palabra.

Había sido un encuentro sucio, rápido, sin tiempo para disfrutarlo, pero necesario. Llevábamos una semana entera acumulando deseo y necesitábamos vaciarlo. Lo hicimos sin más. Sacó unas toallitas del bolso y me pasó una. Seguíamos sin hablar. Nos vestimos y volvimos al coche.

Cogió el teléfono.

—Sí, cariño, tranquila, se ha liado mucho la tarde. Sí, ya estoy saliendo, en un rato nos vemos.

Acababa de colgar a su hija. Yo ya enfilaba la carretera principal hacia su barrio.

—Mañana cojo un taxi para ir a buscar el coche a la oficina, no te preocupes. ¿Y cuánto te queda para tener listo tu apartamento?

Más que conversación era un monólogo, una manera de aterrizar después del despegue. Aquella semana había sido de locos, con una excitación constante que ninguno de los dos había podido descargar. La dejé delante de su portal. Salió disparada del coche; me entretuve un segundo mirándole ese culo que tanto me gustaba y arranqué hacia casa de mi amigo, donde estaba durmiendo esos días, para ducharme e intentar poner las ideas en orden. Cuando llegué él ya se había metido en la cama, así que, sin cenar, me metí bajo el agua caliente y me hice una paja antológica para aliviar la calentura que aún arrastraba. De ahí directo al colchón. Caí redondo.

***

A la mañana siguiente me despertó el teléfono. Era la empresa contratista. En dos días podía volver al apartamento. La obra quedaría terminada y el seguro mandaría a una empresa de limpieza. Esbocé una sonrisa de victoria. Nada más colgar volvió a sonar.

—Buenos días, ¿has dormido bien? —era ella. Su voz terminó de despertarme.

—Pues la verdad, muy bien, caí frito. Me acaba de llamar el contratista, en un par de días tengo el apartamento listo.

—¿Has desayunado?

—Ni se la hora que es —respondí—, pero tengo un hambre que me muero.

—Son las nueve. He ido a buscar el coche y he comprado bollos. La niña —seguía llamándola así aunque ya estaba a punto de empezar la universidad— está en casa de los abuelos. Me he inventado una excusa peregrina para que pase la mañana ayudándolos con unos recados. Estoy sola en casa hasta la tarde. ¿Vienes?

No me dejó contestar. Colgó.

A los diez segundos me vibró el móvil. Era un vídeo corto que me acababa de enviar. Llevaba un camisón fino, con dibujos infantiles que en cualquier otro cuerpo habrían parecido ridículos. Se bajaba los tirantes despacio, despacio, hasta que la prenda caía sola por la gravedad. Nunca un camisón con orejitas estampadas le había sentado tan bien a una mujer adulta. Me lavé los dientes y bajé las escaleras a trompicones. En pocos minutos estaba delante de su puerta.

Me abrió con el mismo camisón del vídeo. Empezamos a besarnos y a tocarnos en el recibidor. La prenda salió volando, igual que mi ropa. No nos dio tiempo a llegar al dormitorio. Nos tiramos sobre la alfombra del salón con la misma urgencia de la noche anterior, pero sin la prisa.

Del salón pasamos al sofá, del sofá a la cocina, de la cocina al pasillo, del pasillo al dormitorio. La mañana fue de besos largos, caricias lentas, saliva, dedos, lengua, juguetes, lubricante. Recuperamos cada caricia que la semana entera nos había robado. Hubo momentos pausados, casi tímidos, como si estuviéramos descubriéndonos por primera vez. Hubo otros frenéticos, en los que ninguno de los dos podía esperar. Le mordí los hombros y ella me clavó las uñas en la espalda. Me pidió cosas que sabía que solo me pedía a mí, cosas que su pareja oficial nunca había sabido darle, y se las di sin pensarlo dos veces.

Pasado el mediodía bajamos a la cocina para reponer fuerzas. Los bollos que había comprado por la mañana habían sido invadidos por un ejército de hormigas y se fueron directos al cubo de la basura. Nos reímos un rato largo de la escena, los dos desnudos, con el café puesto y la luz del sol entrando de lleno por la ventana del patio.

—¿Te das cuenta —dijo ella, sirviéndome un tazón— de que esta es la primera vez que desayunamos juntos?

Tenía razón. Llevábamos meses con encuentros furtivos en horas robadas: aparcamientos, hoteles alquilados al mediodía, la casa de mi amigo cuando él no estaba. Nunca habíamos compartido algo tan trivial como un café por la mañana, con la luz del sol pegándonos en los ojos. La miré despacio y me di cuenta de que me gustaba mucho más allá de la calentura.

—Cuando tenga el apartamento listo —le dije sin pensarlo—, ven a verme. Sin prisas. Sin turnos.

No contestó enseguida. Mojó un trozo de pan tostado en el café y me sostuvo la mirada un momento largo, como si estuviera midiendo el peso de cada una de mis palabras.

—Ya lo veremos —respondió por fin.

Volvimos arriba. Nos tumbamos en la cama, ya sin urgencia. Me dejó pasarle los dedos por el pelo, por la espalda, por los muslos, despacio, mientras me contaba cosas que no me había contado nunca. Lo difícil que estaba siendo la convivencia en su casa los últimos años. Lo poco que se reconocía a sí misma cuando hablaba con su pareja. La rabia de saber que su hija ya no necesitaba que aguantara por ella.

La escuché en silencio. La acaricié sin interrumpirla. Por primera vez en aquella semana la calentura no era lo más importante. Lo más importante era esa conversación, ese rato robado, esa mujer que se permitía estar desnuda en todos los sentidos a mi lado.

A media tarde sonó el teléfono. Su hija. La niña volvía antes de lo previsto. Nos vestimos sin prisa pero sin pausa. Antes de que yo cerrara la puerta detrás de mí, me agarró del brazo y me obligó a girarme.

—Avísame en cuanto tengas el apartamento. Quiero verte allí.

Sonreí. Me besó una última vez, despacio, sabiendo que ese beso tenía que durarme unos cuantos días. Bajé las escaleras del portal y, al llegar a la calle, respiré hondo. El aire olía a tierra mojada por el riego del jardín de enfrente. Algo había cambiado entre nosotros aquella mañana, y los dos lo sabíamos.

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Comentarios (9)

Fede1985

Tremendo relato!! me quede con ganas de mas, por favor continua

SandraRosario_

jajaja el titulo lo dice todo... y encima resulta aun mejor de lo que uno espera. Me encanto!

Mirante99

Que arranque tan bueno, se me hizo cortisimo. Esperando la segunda parte!

Kike_BA

Lo lei de un tiron y al final me quede pensando en ese momento... tremendo. Muy bueno

CarlosNoc

me recordo a algo que me paso hace unos años, igualito. Estas cosas pasan mas de lo que la gente admite jajaja

ValentinaR_

excelente!!! de los mejores que lei esta semana

TomásRN

La tension desde el principio es brutal. Bien escrito, uno se mete en la historia enseguida sin darse cuenta

Nadia_lee

Sigo esperando que me pase algo asi jajaja. Buen relato, muy entretenido, gracias

Maduromorboso

directo al grano y sin rodeos, como me gustan. Seguí subiendo!

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