Lo que perdí en una apuesta no fue solo orgullo
Marcos y yo nos conocíamos desde el colegio. Habíamos hecho de todo juntos —campamentos, tequilas mal medidos, un viaje a Mazatlán cuando teníamos veintiuno— pero nunca habíamos cruzado esa línea. Éramos amigos de verdad, de los que se cuentan las desgracias amorosas y se prestan dinero sin contar. Esa noche, en su departamento de la Roma Norte, ese límite se rompió. Y lo rompí yo.
Estábamos viendo el mundial. Tirados en su sofá viejo, con tres botellas vacías sobre la mesita y una bandeja de chilaquiles fríos encima del periódico del domingo. Yo iba con Italia. Él, con Suecia.
—¿En serio crees que les van a ganar? —me reí, casi escupiendo el trago de mezcal.
—En serio —dijo él, con esa sonrisa lenta que ponía cuando estaba seguro de algo.
—Ay, qué valiente. ¿Y qué te apuestas?
Sirvió otra ronda y se acomodó frente a mí.
—Lo que tú quieras.
—Cinco días de comidas. Las que yo elija. Sin reclamos.
Él se quedó callado un instante, mirándome fijo. Luego sonrió de lado.
—Si gano yo… una mamada.
Casi me caigo del sofá.
—¿Qué dijiste, imbécil?
—Una mamada. De principio a fin. Hasta el final.
Esperé que se riera. No lo hizo. Me quedé mirándolo y se me arrugó algo en el estómago, mitad incredulidad, mitad otra cosa que preferí no nombrar.
—Estás loco —le dije, ya riéndome nerviosa—. Te conozco desde los catorce. No me calientas en absoluto.
—Justo por eso es apuesta —contestó tranquilo—. Si tan segura estás, ¿por qué te asusta?
Italia era favorita. Histórica, técnica, con un mediocampo que se comía a cualquiera. No había forma.
—Trato hecho.
Chocamos los vasos. Italia anotó al minuto siete y le dediqué a Marcos una mueca de soberbia. Suecia empató en el veintinueve. Cuando cayó el segundo gol sueco en el descuento, me quedé mirando la televisión sin parpadear.
—Perdiste, Camila —dijo él, sin alzar la voz, sin festejar.
Me quedé un rato callada en el sofá. No estaba molesta con él. Estaba molesta conmigo. Soy de las que cumplen.
—Lo hago —dije al fin—. Pero a mi manera. Y cuando termino, terminamos. No quiero teatro.
—No tienes que…
—Cállate, Marcos.
Le hice un gesto para que se acomodara. Se quitó la playera, bajó el pantalón y el bóxer de un tirón. Joder. No lo había imaginado nunca, y ahora que lo tenía enfrente entendí que lo había estado ignorando a propósito durante años. Grueso, recto, marcado de venas que latían bajo la piel como cables.
Me arrodillé entre sus piernas. La alfombra rasposa contra mis rodillas, el corazón a mil. Lo tomé con la mano. Estaba caliente, casi febril, y pesaba más de lo que esperaba. Subí y bajé despacio, una sola vez, midiendo el grosor. Una gota brillante asomó en la punta. La miré, lo miré.
—Vas a sentir cada segundo de esto —dije, y no era coquetería. Era advertencia.
Acerqué la boca. Primero el aliento. Después la lengua, plana, desde la base hasta el glande, despacio. El sabor me explotó en el paladar: salado, ligeramente metálico, con ese fondo almizclado que reconoce el cuerpo antes que la cabeza. Lamí otra vez, dejando un rastro brillante de saliva que goteó por el tronco hasta sus testículos. Marcos respiró hondo y echó la cabeza hacia atrás.
Bajé. Lo metí entero en la boca. La cabeza me rozó el paladar, la garganta, el límite. Cuando llegó al fondo, contraje los músculos alrededor de él. Una vez, dos, tres. Mis ojos clavados en los suyos, sin sonreír. Empecé a moverme: salidas profundas, regresos firmes, mi mano apretando la base con cada subida. La saliva me chorreaba por la barbilla. El sonido era obsceno, chapoteante. Sus muslos temblaban contra mis hombros.
—Camila… joder… no aguanto…
No me aparté. Bajé una vez más hasta el fondo, contraje todo, y sentí el primer chorro caliente golpeándome la garganta. El segundo, el tercero. Tragué cada uno mientras seguía succionando, ordeñándolo despacio, hasta que las pulsaciones se apagaron. Lo solté con un hilo grueso de saliva colgando del glande. Lo limpié con la lengua, lamiendo la última gota.
Me senté sobre los talones. Garganta áspera, barbilla húmeda, rodillas dolidas.
—Cumplí —dije con voz ronca—. Apuesta saldada.
Él respiraba como si hubiera corrido. No pudo articular más que un «joder» entrecortado. Me levanté, fui al lavabo y me enjuagué con agua fría. El sabor seguía ahí, terco, grabado.
Cuando volví, ya tenía el bóxer puesto y prendía la tele.
—¿Holanda contra Senegal? —preguntó, voz neutra, como si no acabara de pasar lo que pasó.
—Holanda gana fijo —solté, con la rabia todavía caliente en el pecho—. Y esta vez subimos la apuesta.
Marcos volteó a verme.
—¿Qué quieres?
—Que me pagues comidas un mes entero. Y que te calles para siempre sobre lo de hace rato.
—¿Y si gano yo?
Se inclinó hacia mí. Voz baja, casi un susurro contra mi oído:
—Tu culo. Anal. Completo.
El aire se me cortó. Lo miré incrédula. Nunca lo había hecho. Mis dos novios anteriores me lo habían pedido y me había negado las dos veces. No por moralidad, sino por miedo. Y porque tengo buen culo —genética y gimnasio— y nunca lo había considerado un terreno abierto.
—No jodas, Marcos. Eso no.
—Tú quisiste subir. ¿Te bajas?
El orgullo me ardía como una quemadura.
—Trato hecho.
Holanda dominó todo el partido sin concretar nada. Senegal metió el gol al noventa y tres. Cuando sonó el silbato final, dejé la cerveza en la mesa con la mano temblando.
—Mierda —murmuré—. Mierda, mierda, mierda.
Marcos apagó la tele sin decir nada. El clic del control sonó como un disparo.
—Hazlo bien —dije sin mirarlo—. Y no me rompas.
Me llevó a la alfombra frente al sofá. Me arrodillé apoyada en el asiento, falda subida hasta la cintura, tanga corrida a un lado. El aire fresco contra la piel caliente me erizó la nuca.
—Respira —murmuró.
Sentí su lengua antes que sus dedos. Caliente, húmeda, trazando círculos lentos alrededor del anillo apretado. Saliva tibia goteando hacia abajo, mezclándose con la humedad que ya me corría por los muslos. Lamía con paciencia, presionando la lengua contra el pliegue, alternando con la punta. Cada lamida me arqueaba la espalda sin que pudiera evitarlo. Me mordí el cojín del sofá para no gemir alto.
Después los dedos. Lubricante frío que me hizo contraerme. Uno, dos, abriéndose despacio. Sentía cada centímetro: el ardor inicial, la presión expandiéndose, las paredes cediendo a regañadientes. Su lengua seguía rondando, alternando con los dedos.
—Empuja hacia afuera cuando entre. Como si pujaras.
Asentí. Sentí la cabeza presionando, gruesa, resbaladiza, ardiente. Empujé hacia afuera y entró. La cabeza sola. Grité contra el cojín, las uñas clavadas en la tela. El anillo se estiraba al límite.
—No te muevas —dijo, voz ronca, conteniéndose—. Espera. Cuando yo te diga.
Esperé. Diez segundos. Veinte. Poco a poco el ardor se mezcló con otra cosa, un calor profundo que no había sentido nunca. Marcos siguió entrando, centímetro a centímetro, hasta que sus caderas tocaron mis nalgas. Adentro, palpitando, llenando un espacio que yo creía sellado.
Empezó a moverse. Salidas lentas que dejaban un vacío caliente. Entradas profundas que me obligaban a aferrarme a la tela del sofá. El dolor seguía ahí —ardor punzante, presión en el vientre—, pero el clítoris hinchado se rozaba contra el borde del cojín con cada empujón y eso lo cambiaba todo.
—Más fuerte —solté entre dientes, sorprendiéndome a mí misma—. No pares.
No paró. Me agarró las caderas con las dos manos y me jaló hacia atrás contra él. Piel húmeda chocando contra piel húmeda, sus gruñidos bajos, mis gemidos rotos contra el cojín. El primer orgasmo me llegó como un latigazo: el ano apretándolo en espasmos, el coño contrayéndose vacío, lágrimas calientes rodando por las mejillas sin que las hubiera invitado.
No se detuvo. El segundo fue peor. O mejor. Empezó en el fondo y me recorrió entera. Mi cuerpo convulsionando, su pene hinchándose dentro de mí, y entonces lo sentí: chorros calientes, espesos, golpeando paredes que no sabía que existían. Se quedó adentro hasta que la última pulsación se apagó. Cuando se retiró, un hilo grueso bajó despacio por la cara interna de mi muslo.
Caí hacia adelante, antebrazos hundidos en el cojín, jadeando. Marcos se desplomó a mi lado en la alfombra. El departamento olía a sexo, a sudor, a algo que ya no era amistad.
—No digas nada —murmuré.
No dijo. Nos quedamos así un rato largo, respiraciones desincronizándose y volviéndose a encontrar.
Cuando me incorporé, miré la pantalla apagada. Pensé en el partido de la noche, Croacia contra Bélgica, transmisión retrasada. Tomé el celular sin pensar y abrí el portal de resultados. Croacia ganaba dos a cero al cierre del primer tiempo. Levanté la vista y lo encontré mirándome, con esa media sonrisa que ya empezaba a darme miedo.
—¿Otra apuesta? —preguntó, casi divertido.
Debí decir que no. Pero el orgullo —ese animal estúpido que me había metido en cada lío de mi vida— ya estaba decidiendo por mí.
—Croacia gana fijo. Ya está ganando dos cero.
—¿Y si pierde?
Lo miré. Le miré la boca, las manos, la marca tenue del pene semierecto debajo del bóxer. Y supe lo que iba a decir antes de que lo dijera.
—Te quedas a dormir aquí. En mi cama. Y mañana me despiertas con la boca.
—¿Y si gano yo?
—Comidas dos meses. Y cero broma sobre todo esto, nunca más.
Tragué saliva. Croacia ya iba dos cero. Era imposible.
—Trato hecho.
***
Cuando empezó la transmisión en diferido, me concentré en la pantalla con una cerveza temblando entre los dedos. Bélgica descontó al sesenta. Empató al ochenta. Volvió a anotar al ochenta y nueve. Tres a dos final. Apagué el celular como si quemara.
Marcos no celebró. Solo se levantó, me ofreció la mano y me llevó a su recámara. La luz tenue de la lámpara de noche pintaba franjas en las sábanas. Me quité la ropa en silencio. Él hizo lo mismo. Nos metimos bajo las sábanas y se pegó a mi espalda: pecho contra mi piel, brazo pesado en mi cintura, su olor —sudor seco, restos de sexo, jabón— rodeándome.
Dormí mal. Sueños cortos, calientes, donde sentía el grosor dentro de mí una y otra vez.
***
El sol entraba en franjas por las persianas cuando abrí los ojos. Marcos seguía dormido, la respiración pesada, el bulto firme bajo la sábana. Me deslicé debajo sin hacer ruido. El calor ahí abajo era denso: piel caliente, almizcle matutino, el rastro salado de la noche.
Lo tomé con la mano. Estaba duro casi al instante. Lamí desde la base hasta la punta, despacio, saboreando el líquido transparente que ya brillaba en la hendidura. Lo envolví con los labios, succionando suave, lengua girando en el frenillo. Marcos gimió bajo, todavía sin abrir los ojos del todo.
Bajé profundo. Garganta abriéndose, saliva chorreando por el tronco. Subí y bajé con ritmo constante, contrayendo cada vez que llegaba al fondo. Cuando abrió los ojos y me encontró mirándolo desde abajo, gruñó algo que sonó a mi nombre y se dejó ir. Chorros calientes, abundantes. Tragué cada uno, lengua presionando hasta que la última gota salió.
Salí de debajo de la sábana, labios hinchados.
—Date la vuelta —dijo, voz ronca.
No era parte de la apuesta. Lo sabía. Pero ya no era el orgullo el que decidía.
Me puse en cuatro sobre la cama. Lubricante frío, dedos suyos abriéndome con paciencia. Su lengua alternando, caliente, húmeda. Esta vez el estiramiento fue más fácil pero igual de brutal: cada vena marcada contra mis paredes, presión expandiéndose hacia el vientre. Cuando llegó al fondo, jadeé contra la almohada.
Empezó a moverse. Más rápido que la primera vez, más confiado. Sus caderas chocaban contra mis nalgas con golpes secos, su mano agarrándome la nuca para mantenerme arqueada. Cada embestida rozaba puntos profundos que me hacían gemir alto, sin filtro.
El orgasmo llegó pronto. Un latigazo eléctrico que me recorrió desde el ano hasta los dedos de los pies. Grité su nombre contra la almohada. No paró. Siguió, más profundo, más salvaje, hasta el segundo orgasmo, que me convulsionó entera. Se salió de golpe, me volteó boca arriba con facilidad y se arrodilló sobre mi pecho.
Se masturbó frente a mi cara. Lo miré desde abajo: boca abierta, lengua afuera, ojos fijos en los suyos. Se corrió fuerte, chorros calientes salpicando mi frente, mis mejillas, mis labios. Tragué lo que entró en mi boca. El resto se quedó ahí, pegajoso, mientras él respiraba como si volviera de correr.
Caí de espaldas. Él se desplomó a mi lado. El silencio en la habitación duró largo.
—El mundial se acabó —murmuré con voz rota—. Y las apuestas también.
Marcos sonrió de lado y, con el pulgar, limpió una gota espesa de mi mejilla, extendiéndola por la piel como si firmara algo.
—Hoy hay otra jornada —susurró.
Y yo, con su sabor en la boca, el culo palpitando, el cuerpo saciado hasta el agotamiento, no supe si quería que parara… o si en el fondo ya estaba esperando la próxima derrota.