Ella se desabrochó el pantalón nada más subir
El último turno de la semana terminaba siempre igual: las taquillas golpeando, los comentarios rápidos en el pasillo, el cruce de despedidas entre los que salían y los que llegaban tarde. Esa tarde de agosto no fue diferente, salvo por una cosa.
Laura estaba apoyada en la pared del pasillo cuando salí, mirando el teléfono con esa expresión neutra que había aprendido a leer en los últimos días. Me cruzó una mirada de reojo y siguió hablando con dos compañeras. Nada fuera de lo normal para quien no supiera lo que llevábamos acumulando desde el lunes.
Habían sido cinco días de roces calculados, de mensajes que decían exactamente lo suficiente y nada más, de ese tipo de tensión que se instala entre dos personas y convierte cada conversación inocente en otra cosa. El miércoles habíamos estado solos diez minutos en la sala de fotocopias y ninguno de los dos había hecho nada. Eso también era una forma de comunicarse.
Bajamos en grupo hacia el aparcamiento: los que acababan el turno y los rezagados que iban llegando, mezclados en esa confusión habitual del final de jornada. Me dirigí a mi coche sin apuro, convencido de que aquella tarde terminaría como el resto de la semana.
—¡Marcos! —La voz de Laura sonó con suficiente volumen para que todos la oyeran. Me giré. Sonreía—. ¿Te acuerdas de que me dijiste que me acercabas a casa? Al coche se le encendió una luz esta mañana cuando llegué. Mañana lo recojo con el seguro.
Soy un actor pésimo, pero conseguí esbozar algo parecido a sorpresa fingida.
—Sí, perdona. Venga, vamos.
Nos subimos. Ella se abrochó el cinturón con calma. Y antes de que yo arrancara, desabrochó el botón de sus pantalones.
—Busca un descampado, un camino de tierra, lo que encuentres. Necesito parar antes de llegar a casa. —Lo dijo sin dramatismo, como quien pide que bajes el volumen de la música. Mientras hablaba deslizó la mano dentro del pantalón, por debajo de las bragas, y cerró los ojos apoyando la cabeza en el respaldo. Vi cómo el dorso de su mano se movía en círculos lentos bajo la tela, y desde el asiento me llegó el ruido húmedo, inconfundible, de sus dedos entrando y saliendo de su coño.
Salí del aparcamiento y tomé la carretera en dirección contraria al centro. Era domingo por la tarde, el tráfico estaba muerto. Dentro del coche el silencio era casi físico, interrumpido solo por su respiración, que iba cambiando de ritmo de forma gradual, y por ese chapoteo bajo que salía de entre sus piernas cada vez que hundía los dedos.
—Llevo así desde el miércoles —susurró sin abrir los ojos—. Cada vez que me tocas en la sala de descanso me empapo entera. Anoche me la metí hasta el fondo pensando en tu polla y no me valió.
Llevaba la cremallera del pantalón a medias. Se me había puesto tan dura que el bulto me tiraba de la tela; se marcaba la forma entera, la punta rozando el metal del botón. Lo que cargaba encima desde hacía días no ayudaba a concentrarse en la carretera. Me aparté al arcén un momento para darme algo de margen, abrí el botón y me la saqué en el asiento para no reventar los pantalones.
Ella abrió los ojos justo entonces, ladeó la cabeza y sonrió al ver la verga tiesa apoyada en mi vientre.
—Mira lo que tenías ahí guardado, cabrón —dijo. Sin dejar de tocarse con una mano, alargó la otra y cerró los dedos alrededor de la base. Los tenía calientes y pegajosos de su propio flujo. Empezó a subirlos y bajarlos con calma, apretando cuando llegaba al glande, esparciendo el hilo de líquido preseminal por toda la cabeza—. Si paras al lado de alguien, avísame. No quiero dar espectáculo.
Seguí conduciendo con las dos manos en el volante y la de ella clavada en la polla, marcándome el ritmo. Cada vez que pasaba un bache el coche saltaba y su puño me subía de golpe hasta el capullo. Conocía bien esa zona. A unos kilómetros había caminos de servicio agrícola que llevaban a fincas privadas: sin salida, sin tráfico, sin nadie a esa hora.
Giré por uno de esos caminos. La gravilla crujía bajo las ruedas. Al fondo, una valla metálica. Paré el coche y apagué el motor. La oscuridad fue casi completa salvo por la luna, que entraba oblicua por el parabrisas e iluminaba el salpicadero con una luz grisácea.
Abrimos las puertas a la vez.
***
El capó todavía estaba caliente cuando nos apoyamos en él. Los besos fueron rápidos, con esa torpeza urgente de quien lleva demasiado tiempo esperando. Le metí la lengua hasta el fondo y ella me la mordió con hambre. Mi camiseta fue al suelo. Ella se desabrochó el sujetador por debajo de la blusa y lo sacó por la manga con una habilidad que me hizo pensar que no era la primera vez que hacía eso en circunstancias así. Le levanté la blusa hasta el cuello, dejando las tetas al aire bajo la luna, y le cerré la boca sobre un pezón, chupándolo hasta oírla gemir. Los tenía duros como piedras, oscuros, y con el frío del capó por debajo se le pusieron todavía más tiesos.
—Chupa —jadeó—, chúpalas fuerte, joder.
Los pantalones, los dos, quedaron en los tobillos junto con la ropa interior. Me arrodillé un momento en la gravilla y le abrí las piernas ahí de pie, contra el coche. Tenía el coño reluciente, brillando en la penumbra, con el vello recortado corto y los labios ya separados. Se lo comí a lengüetazos largos, de abajo arriba, notando el sabor salado y cargado que traía de toda la tarde. Le clavé la lengua en la entrada y la moví como si follara, y ella me agarró del pelo y me apretó la cara contra su sexo con las dos manos.
—Ahí, ahí, no pares, hijo de puta —siseó—. Métela más.
Le chupé el clítoris con los labios cerrados alrededor mientras le hundía dos dedos hasta los nudillos. El coño le apretaba, se le contraía en oleadas, y de pronto sentí cómo se le disparaba la primera corrida en la lengua: un chorro tibio, apretado, y todo el cuerpo temblándole contra el metal del capó.
—Dame la polla —me pidió sin acabar de recuperarse—, dámela ya, dentro.
Se giró y apoyó las palmas en el capó, arqueando la espalda y sacando el culo. Vi cómo se abría, cómo el coño le seguía palpitando de la corrida y le caía un hilo hasta el interior del muslo.
La penetré de un empuje firme. Lanzó un sonido entre sorpresa y alivio, y después un gemido largo y sucio que se le fue apagando en el metal. No hubo ningún impedimento: la semana entera, los roces, los mensajes, la sala de fotocopias del miércoles, todo había hecho su trabajo. Estaba lista desde hacía horas. Sentí cómo mi verga se hundía entera, hasta que las pelotas le chocaron contra el clítoris, y el coño me la apretó como un puño caliente.
—Fóllame —dijo con la boca contra la chapa—, fóllame como llevas toda la semana queriendo hacerlo. No te cortes.
Empujé con fuerza, agarrándola por las caderas, sacándomela casi entera para volver a metérsela de golpe. Cada estocada le arrancaba un jadeo corto y la hacía subirse un poco sobre las puntas de los pies. Le di una palmada en la nalga derecha y le vi la marca roja aparecer al segundo. Le di otra en la izquierda. Se rió con la cara pegada al capó.
—Más fuerte, joder, más fuerte.
La agarré del pelo, se lo enrollé una vuelta en el puño y le tiré de la cabeza hacia atrás. La ensarté a un ritmo brutal, oyendo el ruido de mis muslos golpeando contra sus nalgas y el chapoteo del coño empapado cada vez que entraba. Ella se buscó el clítoris con la mano libre y empezó a frotárselo en círculos rápidos, con esa técnica precisa de quien se conoce a sí misma. Había intuido desde el principio que aquello no iba a durar demasiado. Tenía razón. La contención de toda la semana tenía un límite, y yo lo había alcanzado hacía rato.
—Voy a correrme otra vez —avisó apretando los dientes—. Aguántame, aguántame ahí, no me la saques.
Me aferré con más fuerza, clavé los talones en la gravilla y aguanté lo suficiente para notar cómo ella se contraía antes que yo. El coño le convulsionó alrededor de la polla, apretándome a espasmos, y soltó un grito ahogado contra el metal. Sus dedos rozaron los míos un momento, casi sin querer.
—Córrete dentro —gimió—, dentro, dame todo lo que llevas guardado.
Luego me rendí. Le vacié la primera oleada tan al fondo que la sentí rebotarme en la punta, y seguí embistiendo de arranques cortos, descargando chorro a chorro, notando cómo mi propia leche se mezclaba con su corrida y empezaba a chorrear por los muslos de los dos.
Nos separamos despacio para no caer ninguno de los dos. Cuando saqué la polla, todavía goteando, un hilo grueso y blanco le resbaló por dentro del muslo hasta la rodilla. Respiramos el olor a campo seco de verano, a tierra caliente, a hierba sin regar, mezclado con el olor espeso y salado del sexo. Me di cuenta de que desde que habíamos girado por el camino apenas habíamos cruzado diez palabras que no fueran obscenas.
Había sido un encuentro sucio y rápido, sin apenas tiempo para disfrutarlo, pero necesario al mismo tiempo. Nuestros cuerpos llevaban una semana acumulando una tensión que necesitaba salida. Así la encontró.
Sacó unas toallitas del bolso. Me pasó una sin mirarme, como si supiera exactamente dónde tenía la mano. Se limpió el semen del interior de los muslos con dos pasadas rápidas y tiró la toallita usada al asfalto del camino. Nos compusimos la ropa en silencio. El tipo de silencio que no necesita rellenarse con nada.
De vuelta en el coche, cogió el teléfono.
—Sí, cariño. No, no te preocupes. Se complicó la tarde en el trabajo. Estoy saliendo ahora, en un rato llego —dijo con una voz completamente normal. Colgó, se acomodó en el asiento y miró por la ventanilla.
—Mañana pido un taxi para ir a buscar el coche a la empresa. No te complico más. —Una pausa—. ¿Cuánto te queda para que esté listo el apartamento?
Era casi un monólogo. No esperaba respuesta real, o al menos no la necesitaba en ese momento. La dejé en la puerta de su casa. Salió sin correr, pero tampoco despacio. Me entretuve un segundo mirándola alejarse antes de arrancar.
Esa noche llegué al piso de Rodrigo, donde llevaba dos semanas durmiendo mientras reformaban mi apartamento. Él ya dormía. Entré en la ducha sin encender ninguna luz, me quedé bajo el agua más tiempo del necesario y después, en la cama, tardé menos de dos minutos en quedarme frito.
***
El teléfono me despertó a las nueve menos cuarto. Era la empresa de reformas.
—Don Marcos, le llamamos para confirmar que el apartamento estará terminado el miércoles. La aseguradora manda la empresa de limpieza el martes por la tarde.
Colgué con una sonrisa involuntaria. Llevaba semanas esperando esa llamada. Casi en el mismo momento, el teléfono volvió a sonar.
—Buenos días. ¿Cómo has dormido? —La voz de Laura. Ronca todavía, de esas voces de primera hora que no fingen nada.
—Bien. Muy bien, la verdad. ¿Tú?
—He ido a buscar el coche. Ya está aquí. He parado a comprar cruasanes de camino. —Una pausa calculada—. Mi hijo está con mis padres hasta esta tarde. Les inventé una excusa para que lo llevaran a hacer unos recados y así pasan la mañana juntos. Estoy sola en casa. Sola y con las bragas empapadas, por si te sirve el dato.
Silencio.
—¿Vienes?
No esperó la respuesta. Colgó.
A los diez segundos llegó una notificación al teléfono. Un vídeo corto, sin música, sin filtros. Llevaba un camisón de tirantes finos, de esos que parecen más lencería que ropa de dormir. Lo bajaba despacio por un hombro mientras miraba a la cámara sin ninguna prisa. Se dejó caer el tirante, dejó una teta al aire, se pellizcó el pezón con dos dedos y sacó la lengua para lamerlo por encima. Al final del vídeo se metía la mano libre por debajo del camisón y se veía el bulto moverse en círculos entre las piernas. Nada más.
Me lavé los dientes más rápido de lo habitual.
***
Me abrió la puerta con el mismo camisón. Sin maquillaje, el pelo recogido de cualquier manera, descalza. Así era como mejor la había visto en toda la semana, sin la ropa del trabajo ni la máscara de compañera de turno.
Nos besamos en el umbral. Le metí la mano por debajo del camisón nada más entrar y me la encontré sin bragas, mojada, caliente, con el vello corto ya empapado. Ella me apretó la polla por encima del pantalón y sonrió contra mi boca al notarla dura otra vez.
No llegamos al sofá. La ropa fue al suelo en el pasillo, entre la entrada y el salón, y terminamos sobre la alfombra con más calma que la noche anterior, sin la urgencia del coche ni la gravilla bajo los pies ni el capó caliente en la espalda.
Esa mañana no hubo prisa.
La tumbé bocarriba y le abrí las piernas todo lo que daban. Le comí el coño despacio, dibujando la letra del alfabeto con la lengua igual que había leído hacer en algún sitio, y ella se rió al principio y dejó de reírse a la be. Le chupé los labios uno a uno, se los mordisqueé sin apretar, le clavé la lengua en el clítoris y la mantuve ahí, plana, mientras le metía dos dedos y le buscaba la esponja de arriba con las yemas. Tardó un buen rato en correrse, más que la tarde anterior, y cuando lo hizo lo hizo largo, un temblor que le empezó en los muslos y le subió por el vientre, y me empapó la barbilla entera.
—Ven aquí —jadeó tirándome del brazo—. Métemela en la boca.
Me subí a horcajadas sobre su pecho y le pasé la polla por los labios. Sacó la lengua y me lamió la punta con calma, chupándome el capullo primero, con esa concentración de quien lo hace porque quiere, no porque toque. Después abrió la boca y me la tragó hasta la mitad, cerró los labios apretados y empezó a subir y bajar. Le agarré el pelo, se lo aparté de la cara para verla mejor y le empujé un poco más adentro. Ella dejó que le llegara al fondo de la garganta, se atragantó un segundo, echó la cabeza atrás para respirar y volvió a tragármela con los ojos llorosos y una mueca de placer. Me chupó con babas, con ruido, sin ningún pudor, y cada vez que me la sacaba de la boca me la agarraba con el puño y me la sacudía apuntándose a los labios.
—Fóllame la cara —murmuró—. Con ganas.
Me apoyé en el cabecero improvisado del pasillo y empecé a moverme, entrando y saliendo entre sus labios apretados. Le follé la boca durante un buen rato, controlando para no correrme todavía, oyendo cómo tragaba saliva entre embestida y embestida. Cuando noté que iba a soltar, se la saqué.
—Ponte a cuatro —le dije.
Se puso sin discutir, con el culo bien levantado, el coño abierto y todavía brillante, y una sonrisa por encima del hombro. Me hundí en ella hasta el fondo. Esta vez con calma, marcando cada embestida entera, entrando lento y saliendo despacio para verme salir cubierto de flujo. Le agarré las caderas, le froté el pulgar por el ojo del culo mientras la follaba y ella se echó atrás para clavárselo también.
—Hostia —siseó—, ahí también, mete ahí también.
Me humedecí el pulgar en su saliva y su coño, y se lo introduje despacio, hasta la primera falange, mientras seguía metiéndosela por el otro agujero. Ella empujaba hacia atrás en cada estocada, gimiendo cada vez más alto, con la casa vacía y sin nadie a quien disimular. Le di la vuelta antes de correrme, la puse bocarriba otra vez y le levanté las piernas hasta apoyármelas en los hombros, doblándola por la mitad. La ensarté así, mirándola a la cara, viéndole las tetas rebotar a cada embestida y la boca abierta buscando aire.
—Córrete conmigo —le pedí.
Ella se buscó el clítoris con dos dedos y se lo trabajó rápido, mordiéndose el labio de abajo. Vinimos a la vez, o casi. Yo me vacié dentro por segunda vez en menos de doce horas, y ella me apretó con el coño durante lo que pareció un minuto entero, arañándome la espalda hasta hacerme daño.
Pasamos por el salón, por la habitación, por la ducha a media mañana. Recuperamos con cuidado todo lo que habíamos saltado a la carrera el día anterior: el tiempo para mirar, para tocarse despacio, para equivocarse y volver a intentarlo. En la ducha me arrodillé y le comí el coño otra vez con el agua caliente cayéndonos encima, y ella se apoyó contra los azulejos con una pierna sobre mi hombro hasta que se corrió por tercera vez esa mañana. Ella tenía una forma de moverse que pedía atención, y esa mañana yo tenía toda la atención del mundo disponible.
Hubo conversación también, entre medias. Cosas sin ninguna urgencia: cuándo estaría listo mi apartamento, qué turno le tocaba la semana siguiente, si alguna vez habíamos tenido razón en hacer lo que habíamos hecho. A ninguna de esas preguntas le dimos una respuesta definitiva. Solo palabras para que el silencio no se volviera demasiado serio.
En la habitación me contó que llevaba meses sin dormir bien, que el trabajo la agotaba más de lo que admitía, que su hijo se iba a empezar la universidad en septiembre y la casa iba a quedar muy grande. Lo dijo sin buscar compasión, solo como quien finalmente puede decir algo en voz alta. Mientras hablaba me acariciaba la polla, medio dormida entre sus dedos, sin ninguna intención más que tenerla en la mano.
Yo le conté lo del apartamento, lo de Rodrigo, lo de llevar dos semanas viviendo de una maleta. Nos reímos de algunas cosas. Fue una mañana extrañamente tranquila para lo que era.
A mediodía bajamos a la cocina con hambre real.
Los cruasanes tenían una fila de hormigas recorriéndolos de punta a punta. Los tiramos directamente a la basura sin ningún drama.
—Hay huevos —dijo ella, asomándose a la nevera.
—Sé hacer tortilla —respondí.
—Eso habrá que verlo.
Me puse a hacerla. Ella se sentó en la encimera a observarme, todavía con el camisón, el pelo suelto ya después de la ducha, los pies cruzados. Me fue dando indicaciones que yo fingía ignorar. La tortilla quedó razonablemente bien. La comimos de pie, en la cocina, sin platos, con tenedor directamente de la sartén.
Cuando me fui, pasado el mediodía, ninguno de los dos dijo nada sobre lo que venía después. No hacía falta todavía.