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Relatos Ardientes

El mandado al taller en mi última semana de colegio

Esto pasó hace tres años, en la última semana antes del viaje de egresados. No tenía que ir al colegio: estábamos en esos días raros donde todo es trámite y nada importa demasiado. Bajé a desayunar después de las nueve y mi papá me esperaba con la pava en la mano.

—Necesito un favor —me dijo—. ¿Le podés llevar un dinero a Aníbal, al taller? Mamá viajó a Catamarca por trabajo y a mí me agarró el día complicado.

Le pregunté si podía ir al mediodía. Me contestó que daba igual, pero que sí o sí tenía que ser hoy: dentro de tres días él se iba a Tucumán por trabajo y necesitaba el motor a punto. Agarré los dos sobres anudados con una bandita elástica.

Hacía un calor que no se aguantaba, así que me puse una pollera de lino claro y una musculosa blanca de tirantes finos. No me puse corpiño: con esa tela el aro me iba a marcar. Sí, se me notaban los pezones, pero también me gustaba cómo me quedaba el pecho sin sostén, redondo y un poco alzado. Estrené una tanga de algodón color salmón. Se me erizó la piel cuando la tela se acomodó entre las nalgas. Chatas en los pies. En una mochila ajustada al cuerpo metí los sobres.

Antes de salir me puse anteojos negros enormes, de esos que tapan media cara. Me hicieron sentir libre, adulta, fuera de la rutina del aula. La pollera flotaba con el viento. Nunca me habían mirado tanto: sentía las cabezas de los hombres girarse a mi paso. Las caderas me tomaban una cadencia distinta, sin que yo lo decidiera. Sonreía y quebraba más la cintura, serpenteando por la vereda como si la calle entera fuera mía.

En una esquina el viento me levantó la pollera y la bajé de un manotazo. —¡Qué cola, mami! —me gritó el acompañante de un Corsa que esperaba el semáforo. Me puse colorada, pero me reí con la cabeza baja y seguí caminando. Algo en el pecho me latía distinto.

Hacía como dos años que no pisaba el taller, pero reconocí el portón verde apenas doblé la esquina. Entré. Adentro estaba oscuro, con ese olor a grasa y metal que se te mete en la ropa. Uno de los muchachos dejó caer la herramienta y se acercó. Me miró las piernas antes de hablar.

—¿Sí? ¿Te puedo ayudar?

—Busco a Aníbal. Le tengo que dejar algo de parte de mi papá.

—Aníbal hoy no vino. Pero está Mateo. —Lo miré sin entender—. El hijo. Está arriba, ¿querés que le avise?

—Bueno, sí. Gracias.

Subió por una escalera angosta. Los otros muchachos interrumpieron lo que hacían para mirarme y volvieron a lo suyo, pero los pillé. Cada tanto un golpe metálico me hacía dar un saltito. La oficina de arriba tenía una puerta con vidrio esmerilado y, al lado, una ventana con persianas americanas. Vi que se abrieron un par de varillas y dos ojos espiaron hacia abajo, hacia mí. El muchacho volvió como un perro que trae el palo.

—Me dijo que subas.

Miré la escalera. Era de metal, alta, y los escalones eran de chapa calada con el dibujo de unos rombos. La base era abierta. Me agarré la pollera y la apreté contra los muslos, pero igual era insuficiente. Fui subiendo despacio; no me animé a mirar para abajo, pero ya sentía que las miradas trepaban por entre mis piernas como hormigas. Llegué arriba y golpeé el vidrio con los nudillos.

—Sí, dale, pasá —contestó una voz en movimiento.

El picaporte estaba flojo. Cuando entré lo encontré subido a una silla, descolgando unos pósters de la pared. Alcancé a ver la cara de una modelo rubia, una de esas chicas de calendario, antes de que la enrollara.

—La saco para que no se ponga celosa de vos —me dijo, y me reí.

Era mucho más joven que el padre, no debía pasar de los veintiocho. Flaco, una camisa abierta en el cuello, una sonrisa enorme con los dientes muy parejos. En los antebrazos se le marcaba un tatuaje tribal que le subía hasta el codo.

—Vengo de parte de Bohdan Kovalenko —dije, leyendo medio el sobre.

—¿El ucraniano? Sí, ya sé.

—Ucraniano, sí. No ruso, ojo, que se enoja.

—Igual se nota, ¿eh? Sos una rusita igual a él. Más blanca y más rubia, imposible.

Reímos los dos. Me miró bien la cara y arrugó la frente.

—¿En serio no te acordás de mí?

Recordaba haber ido al taller cuando tenía diez u once años, sentada en un escritorio dibujando, pero no me acordaba de él para nada.

—Eras chiquitita. Te traíamos a esta misma oficina y te dábamos hojas y lápices. Se notaba que ibas a salir hermosa. Ahora se te oscureció un poco el pelo, pero esa piel de porcelana está igual. Eras flaquita, ahora ya tenés más curvas que el circuito de Suzuka.

—No conozco —me reí—. Sí, me acuerdo de los dibujos.

—Bueno, dejá la mochila ahí, en el sillón de atrás.

Dejé la mochilita en el sillón de cuerina marrón. Volví y me invitó a sentarme frente a su escritorio de vidrio. Charlamos un rato. Me preguntó por el colegio y le conté que en una semana me iba al sur con todos mis compañeros, al viaje de egresados.

—Uy, el descontrol que vas a hacer vos —dijo riéndose.

Me explicó que los muchachos del taller estaban por bajar a comer a la oficina de abajo y me preguntó si me quedaba a almorzar con él, que pedía algo, que me invitaba. Dudé dos segundos y le dije que sí. Pidió ensalada con carne para los dos.

Cuando llegó la comida, me sirvió agua bien fría y la tomé de un sorbo, temblando un poquito. Se me escapó una gota por la comisura de la boca. Él comía detrás del escritorio de vidrio, y cada tanto la mirada se le escapaba al límite de la pollera, donde nacían los cuádriceps. Yo me bajaba la tela apenas con la mano izquierda. Cuando tuve que cortar la carne, la pollera se corrió y tuve que usar las dos manos. La mirada de él entró directo, sin disimular, por debajo. Crucé las piernas; ya no me importaba. Le miré el pantalón y noté que estaba hinchado, tirante. Sentí un calor que me arrancó desde los pies y trepó por las pantorrillas hasta los muslos.

—Está rica, ¿no? ¿Cuántos novios tenés vos?

Me atraganté con un pedazo de tomate. Me sirvió más agua riéndose y volví a tomar rápido; otra vez me cayó un poco sobre la pollera y un chorrito en la pierna. Se levantó, fue a buscar un repasador y me secó. Cuando me limpiaba la pierna me dejó sin querer una mancha de grasa. Bufó, se disculpó y me la sacó con la palma. Estaba tibio. Yo me acomodé más adentro de la silla y arqueé la columna, sin querer del todo.

—Era solo una pregunta —dijo, parándose para levantar los platos.

—No, no tengo novio —contesté.

Levantó las cejas y, mirándome al triángulo que formaba la pollera entre las piernas, me dijo que era increíble. Para romper el silencio me apuré.

—Te paso la plata.

—Sí, como quieras —me contestó, sentándose.

Caminé hasta el sillón. Me agaché a abrir la mochila.

—Ah, no. Quedate así para siempre —me dijo desde atrás, con la voz más baja.

Me di cuenta de que la pollera se me había levantado y le estaba regalando la vista del nacimiento del culo. Me quedé. En vez de levantar la mochila, abrí el cierre ahí mismo, sobre el sillón, y empecé a sacar el sobre lentamente. Escuché que se paraba y caminaba hacia mí. Dejé caer el sobre y volví a buscarlo, a propósito.

—Es mucha plata —me dijo al oído, suave pero penetrante—. Rico perfume.

Sentí el olor a metal y a grasa que tenía pegado en la ropa. Me paré y quedamos enfrentados, con el sobre entre su pecho y el mío. Lo agarró y los dedos rozaron apenas el nacimiento de mis pechos. Los sentí pesados, duros, como si tuvieran vida propia. Me mordí el labio sin pensar y él se rió. Se dejó caer en el sillón, abrió el sobre y empezó a contar los billetes. Me preguntó si le alcanzaba un papel del escritorio. Pensé que me quería ver de atrás. Caminé despacio, lo agarré y se lo llevé.

—Acá hay solo la mitad.

Me agarró un temblor, esta vez de verdad.

—Pero podés empezar igual, ¿no? —dije tartamudeando un poquito.

—No, así no puedo.

—Llamo a mi papá y le digo que te traiga el resto.

—No, olvidate. En una hora viene el flaco con el repuesto y le tengo que pagar. No importa, lo empezamos otro día.

—No, por favor. Te juro que mi papá lo necesita para el viaje del jueves. ¿No le podés pedir al tipo del repuesto que te lo deje y mañana yo te traigo la diferencia?

—No, le fui clarito. Este flaco no me deja nada, y menos como está todo en el país. Quieren la guita ya.

—Perdoná, ¿y vos no tenés algo acá y yo te lo traigo mañana sin falta?

—No sé, qué sé yo.

Empecé a rogarle. Me arrodillé sin pensarlo demasiado, por inercia. Me acerqué así, de rodillas. Él me miraba con el ceño fruncido. Apoyé los codos en sus rodillas. Sentí cómo la erección le estiraba el pliegue del jean. Lo miré. Se dio cuenta de que yo me había dado cuenta. Deslicé las manos por el costado de sus piernas; carraspeó y se acomodó en la silla.

—No sé —dijo con la voz temblorosa—, capaz tengo algo guardado en la caja chica.

—¿Sí? —murmuré, y apoyé la cabeza en su rodilla derecha mirándolo con los ojos muy abiertos.

La mano izquierda la arrastré despacio hasta el bulto del pantalón. La levanté y la mantuve a un milímetro de la tela; solo se tocaban los calores, mi piel y su bulto, sin contacto. Bufó. Me bajó la mano con la suya. Con la otra me abrió los labios; sentí el pulgar tocarme los dientes, que se abrieron como una puerta automática. Lo recibí con la punta de la lengua afilada como una lanza.

Sentí cómo nuestras respiraciones se aceleraron, pero a ritmos distintos. Se apuró y fue con las manos al botón del pantalón. Lo frené. Moví la cabeza y le dije que no, sin palabras. Le abrí las piernas y entré entera entre ellas. Lo miraba llevando el mentón al pecho, y le desabroché el botón yo misma. Metí la mano. Hubo un choque de calores: la mía tibia, la suya ardiendo, pero un poco flácido todavía. Lo saqué forzando la tela del pantalón. Lo agarré con las dos manos. Empecé a masajearlo de arriba abajo. Junté saliva y la dejé caer.

—¿Podés? —murmuré.

—Sí —contestó finito, largo.

—Bien.

Acerqué la cara. Junté más saliva, saqué la lengua y le mostré cómo caía un hilo sobre la cabeza rosada. Tiró la cabeza hacia atrás, pero volvió enseguida; no quería perderse nada. Le pasé la lengua en círculos hasta que me lo metí en la boca, despacio. Me agarró de la cabeza y le saqué la mano: no le dejé manejar el ritmo. Le tiraba la piel hacia atrás con una mano, le daba besos en la punta, dejaba caer saliva que se mezclaba con la que él mismo producía.

—No podés ser tan puta —murmuró.

—¿Viste? —dije, y lo miré desde abajo.

Se paró y me levantó. Me dio vuelta y empezó a darme besos en el cuello, mientras la otra mano me bajaba por delante hasta debajo de la pollera. Sentía sus dedos grandes pasarme por los labios y, cada tanto, acertar al clítoris. Se me chocaron las rodillas y gemí por primera vez. Me levantó la pollera y apoyó la pija en la parte más fría de la cola. Fuimos hacia atrás hasta apoyarnos contra el escritorio. Mis manos quedaron contra el vidrio frío. Me bajó la musculosa y los pechos quedaron al aire. Movió la tanga a un costado; abajo ya estaba empapada. Empezó a besarme desde la cintura, bajó hasta las nalgas y metió la cabeza entera entre ellas. Los dedos se deslizaron a la concha. Gemí más fuerte. Sentí que intentaba alcanzarme con la lengua y no llegaba; los dedos entraron y contraje toda la pelvis.

—Cogeme ya —supliqué.

Se paró. Me irguió. Bailamos un instante lento; mi cabeza apoyada en su pecho buscaba que se juntaran las bocas. Nos besamos. Murmuró algo que no entendí, pero yo sabía que era brutal. Le dije que sí con los ojos húmedos. Me terminó de sacar la musculosa y los pechos quedaron al descubierto. Empujándome la cabeza, me apoyó contra el vidrio frío. Los pezones se me hincharon contra la superficie. Sentí que volvía a correr la tanga, hasta el límite donde se escuchó un pequeño desgarro de la tela.

—Uy, sí —recé bajito.

En cuatro, entregada, con la cola empinada, sentí cómo la pija húmeda me pasaba primero por una nalga, después por el medio, y empezaba a buscarme los labios de la vagina. Apreté las manos contra el vidrio. Fue entrando de a poco; me fui abriendo, elástica. Cuando entró del todo tuve que tirar la cabeza hacia atrás. Me agarró del pelo, me tiró para atrás, y la cintura empezó a marcar un ritmo cada vez más rápido. No pude contener los gemidos agudos. Una gota de baba se me cayó de la boca al vidrio. Empezó a bajarme la tanga y lo ayudé levantando primero un pie y después el otro.

Me levanté, me di vuelta y me sentó arriba del escritorio. Todo el frío del vidrio se me trasladó al culo. Se escupió la pija y yo se la esparcí con la mano. Después se escupió la mano y me la pasó por la concha. Nos besamos. El gusto a metal y a sexo en la boca era delicioso. Sin que me diera cuenta, su miembro entró como un ariete prendido fuego. Me expandió, sentí los tejidos estirarse y el calor entrar despacio. Crucé los brazos por su cuello y encontramos un ritmo igual. Me agarró del culo y me cargó, con la pija adentro; abracé su cintura con las piernas. Caminó dos pasos y se sentó en su silla giratoria. Empecé a saltar, a gemir; me chupaba las tetas. Me puso la mano en la boca y le chupé el dedo. Me dio una cachetada suave.

—Más —le dije sin pensarlo.

Me volvió a pegar.

—Sí, dame, dame.

Me agarró el pelo con una mano y con la otra me golpeaba la mejilla mientras yo saltaba. Todo era agua.

Empecé a gritar bajito porque sentía nacer un cosquilleo en la pelvis. Tiró la silla para atrás, se paró conmigo encima y me bajó. Sorprendida, me di vuelta. Me puso de nuevo en cuatro contra el escritorio. Otra vez el frío en las tetas.

—No, no, pará —le dije.

—Callate.

Se arrodilló, me abrió las nalgas y me empezó a chupar el ano. Era violento, húmedo, necesario. Me temblaban las piernas. Se paró; lo escuché escupirse la mano. Suspiré cuando volvió a entrar por la concha. Después escupió sobre mi espalda y llevó la saliva al culo. Me empezó a bordear el ano con un dedo. Intenté sacarle la mano, pero me la agarró y me la llevó hacia adelante. Empezó a entrar despacio con el dedo. Dolía. Pero me gustaba. Fui subiendo el volumen del gemido. La otra mano me buscó la boca, me metió el dedo y se lo mordí. Se sacó, escupió y entró por el culo sin pedir permiso. Tuve que juntar las rodillas del dolor y grité. Al principio fue muy doloroso, pero había calor. Después el movimiento se hizo natural. Escuchaba cómo le golpeaba la pelvis contra la cola. Me decía cosas fuertes; yo solo intentaba ahogar el grito. Apoyé la cabeza de perfil contra el vidrio frío. Escuché que se venía galopando el final. La sacó, me tiró del pelo. Entendí. Me puse de rodillas. Se masajeó la pija contra mi cara, pintándomela de blanco. Llena de semen tibio, lo miré y le sonreí.

Me paré y nos abrazamos suavecito.

—Esta vez me tocó pintar a mí —dijo, y me alcanzó una toalla de mano. Me limpié la cara como pude.

Me quedé escuchando. Abajo, el movimiento del taller había vuelto.

—¿Está la gente?

—Sí, comen en la oficina de abajo.

Cerré los ojos y sentí una vergüenza horrible. Busqué la tanga en el piso y me la puse. La tela se había desgarrado de un costado, pero igual aguantaba.

—Me muero. Bueno, me voy. Mañana te traigo el resto.

—No, está bien. Te lo regalo, para el viaje de egresados. Volvé cuando quieras.

Le di un beso corto en los labios. Busqué el celular en la mochila para ver la hora y descubrí que el sobre seguía adentro, junto a la bandita elástica rota. Me reí sola.

—No me animo a salir.

—No deben haber escuchado nada. Quedate tranquila.

Me lo dijo y se sentó. Empezó a mirar un cuaderno, como si nada hubiera pasado. Salí. Todos los muchachos del taller miraron para arriba apenas escucharon abrirse la puerta y se quedaron mirándome. Vi que uno le daba un codazo a otro y murmuraba algo. Empecé a bajar por la escalera de chapa calada; miré los rombos del piso y descubrí que uno de ellos me miraba directamente desde abajo. Pensé en cubrirme con la pollera, pero decidí sonreír y seguir bajando como si no pasara nada.

Me puse los anteojos al salir del taller y volví a casa caminando despacio, con las piernas ardiendo. Esa noche, en la cama, tardé un rato en darme cuenta de que todavía me temblaban las manos.

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Comentarios (8)

CuentoFan99

Joya!!! me enganchó desde el titulo mismo

marianela22

que bien narrado, se siente como si lo estuvieras viviendo. Por favor subi la segunda parte!

FedeK_89

jajaja eso de subir la escalera... me mató la escena. tremendo relato

Wolf1122

Ufff la tension que genera esa situacion, buenísimo. Saludos desde Córdoba

Silvia_Paz

increible como lo contas, muy real todo. ¿tenes mas historias de esa epoca?

DiegoRiver

de las mejores confesiones que lei por aca, 5 estrellas sin dudarlo

MartaRN

me identifiqué muchísimo, esos últimos días del colegio quedan grabados para siempre. gracias por compartirlo

NachoDelSur

muy bueno, esperando mas relatos tuyos!!

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