El mandado al taller antes del viaje de fin de carrera
Esto pasó hace tres años, en la última semana antes del viaje de fin de carrera. Tenía 21 y no me tocaba cursar: estábamos en esos días raros donde todo es trámite y nada importa demasiado. Bajé a desayunar después de las nueve y mi papá me esperaba con la pava en la mano.
—Necesito un favor —me dijo—. ¿Le podés llevar un dinero a Aníbal, al taller? Mamá viajó a Catamarca por trabajo y a mí me agarró el día complicado.
Le pregunté si podía ir al mediodía. Me contestó que daba igual, pero que sí o sí tenía que ser hoy: dentro de tres días él se iba a Tucumán por trabajo y necesitaba el motor a punto. Agarré los dos sobres anudados con una bandita elástica.
Hacía un calor que no se aguantaba, así que me puse una pollera de lino claro y una musculosa blanca de tirantes finos. No me puse corpiño: con esa tela el aro me iba a marcar. Sí, se me notaban los pezones, pero también me gustaba cómo me quedaba el pecho sin sostén, redondo y un poco alzado. Estrené una tanga de algodón color salmón. Se me erizó la piel cuando la tela se acomodó entre las nalgas y sentí que la costura se me metía apenas en la raja del culo. Chatas en los pies. En una mochila ajustada al cuerpo metí los sobres.
Antes de salir me puse anteojos negros enormes, de esos que tapan media cara. Me hicieron sentir libre, adulta, fuera de la rutina de la cursada. La pollera flotaba con el viento. Nunca me habían mirado tanto: sentía las cabezas de los hombres girarse a mi paso. Las caderas me tomaban una cadencia distinta, sin que yo lo decidiera. Sonreía y quebraba más la cintura, serpenteando por la vereda como si la calle entera fuera mía.
En una esquina el viento me levantó la pollera y la bajé de un manotazo. —¡Qué cola, mami! —me gritó el acompañante de un Corsa que esperaba el semáforo. Me puse colorada, pero me reí con la cabeza baja y seguí caminando. Algo en el pecho me latía distinto, y algo más abajo también: la tela suave de la tanga me rozaba con cada paso y sentía que los labios de la concha se me humedecían de nada.
Hacía como dos años que no pisaba el taller, pero reconocí el portón verde apenas doblé la esquina. Entré. Adentro estaba oscuro, con ese olor a grasa y metal que se te mete en la ropa. Uno de los muchachos dejó caer la herramienta y se acercó. Me miró las piernas antes de hablar.
—¿Sí? ¿Te puedo ayudar?
—Busco a Aníbal. Le tengo que dejar algo de parte de mi papá.
—Aníbal hoy no vino. Pero está Mateo. —Lo miré sin entender—. El hijo. Está arriba, ¿querés que le avise?
—Bueno, sí. Gracias.
Subió por una escalera angosta. Los otros muchachos interrumpieron lo que hacían para mirarme y volvieron a lo suyo, pero los pillé. Cada tanto un golpe metálico me hacía dar un saltito. La oficina de arriba tenía una puerta con vidrio esmerilado y, al lado, una ventana con persianas americanas. Vi que se abrieron un par de varillas y dos ojos espiaron hacia abajo, hacia mí. El muchacho volvió como un perro que trae el palo.
—Me dijo que subas.
Miré la escalera. Era de metal, alta, y los escalones eran de chapa calada con el dibujo de unos rombos. La base era abierta. Me agarré la pollera y la apreté contra los muslos, pero igual era insuficiente. Fui subiendo despacio; no me animé a mirar para abajo, pero ya sentía que las miradas trepaban por entre mis piernas como hormigas, buscándome la tanga entre las nalgas. Llegué arriba y golpeé el vidrio con los nudillos.
—Sí, dale, pasá —contestó una voz en movimiento.
El picaporte estaba flojo. Cuando entré lo encontré subido a una silla, descolgando unos pósters de la pared. Alcancé a ver la cara de una modelo rubia, una de esas chicas de calendario, antes de que la enrollara.
—La saco para que no se ponga celosa de vos —me dijo, y me reí.
Era mucho más joven que el padre, no debía pasar de los veintiocho. Flaco, una camisa abierta en el cuello, una sonrisa enorme con los dientes muy parejos. En los antebrazos se le marcaba un tatuaje tribal que le subía hasta el codo.
—Vengo de parte de Bohdan Kovalenko —dije, leyendo medio el sobre.
—¿El ucraniano? Sí, ya sé.
—Ucraniano, sí. No ruso, ojo, que se enoja.
—Igual se nota, ¿eh? Sos una rusita igual a él. Más blanca y más rubia, imposible.
Reímos los dos. Me miró bien la cara y arrugó la frente.
—¿En serio no te acordás de mí?
Recordaba haber ido al taller cuando tenía diez u once años, sentada en un escritorio dibujando, pero no me acordaba de él para nada.
—Eras chiquitita. Te traíamos a esta misma oficina y te dábamos hojas y lápices. Se notaba que ibas a salir hermosa. Ahora se te oscureció un poco el pelo, pero esa piel de porcelana está igual. Eras flaquita, ahora ya tenés más curvas que el circuito de Suzuka.
—No conozco —me reí—. Sí, me acuerdo de los dibujos.
—Bueno, dejá la mochila ahí, en el sillón de atrás.
Dejé la mochilita en el sillón de cuerina marrón. Volví y me invitó a sentarme frente a su escritorio de vidrio. Charlamos un rato. Me preguntó por la facultad y le conté que en una semana me iba al sur con todos mis compañeros, al viaje de fin de carrera.
—Uy, el descontrol que vas a hacer vos —dijo riéndose.
Me explicó que los muchachos del taller estaban por bajar a comer a la oficina de abajo y me preguntó si me quedaba a almorzar con él, que pedía algo, que me invitaba. Dudé dos segundos y le dije que sí. Pidió ensalada con carne para los dos.
Cuando llegó la comida, me sirvió agua bien fría y la tomé de un sorbo, temblando un poquito. Se me escapó una gota por la comisura de la boca. Él comía detrás del escritorio de vidrio, y cada tanto la mirada se le escapaba al límite de la pollera, donde nacían los cuádriceps. Yo me bajaba la tela apenas con la mano izquierda. Cuando tuve que cortar la carne, la pollera se corrió y tuve que usar las dos manos. La mirada de él entró directo, sin disimular, por debajo, buscando el triángulo de tela salmón entre mis piernas. Crucé las piernas; ya no me importaba. Le miré el pantalón y noté que estaba hinchado, tirante, con un bulto grueso que le empujaba la cremallera hacia afuera. Sentí un calor que me arrancó desde los pies y trepó por las pantorrillas hasta los muslos, y me di cuenta de que la tanga se me estaba mojando otra vez, ahora en serio.
—Está rica, ¿no? ¿Cuántos novios tenés vos?
Me atraganté con un pedazo de tomate. Me sirvió más agua riéndose y volví a tomar rápido; otra vez me cayó un poco sobre la pollera y un chorrito en la pierna. Se levantó, fue a buscar un repasador y me secó. Cuando me limpiaba la pierna me dejó sin querer una mancha de grasa. Bufó, se disculpó y me la sacó con la palma. Estaba tibio. Yo me acomodé más adentro de la silla y arqueé la columna, sin querer del todo. La palma se le quedó un segundo de más sobre el muslo, muy cerca del borde de la pollera, y sentí que la piel me chispeaba abajo del pulgar.
—Era solo una pregunta —dijo, parándose para levantar los platos.
—No, no tengo novio —contesté.
Levantó las cejas y, mirándome al triángulo que formaba la pollera entre las piernas, me dijo que era increíble. Para romper el silencio me apuré.
—Te paso la plata.
—Sí, como quieras —me contestó, sentándose.
Caminé hasta el sillón. Me agaché a abrir la mochila.
—Ah, no. Quedate así para siempre —me dijo desde atrás, con la voz más baja.
Me di cuenta de que la pollera se me había levantado y le estaba regalando la vista del nacimiento del culo, con la tanga salmón ajustada al medio, seguro marcándome la humedad. Me quedé. En vez de levantar la mochila, abrí el cierre ahí mismo, sobre el sillón, y empecé a sacar el sobre lentamente. Escuché que se paraba y caminaba hacia mí. Dejé caer el sobre y volví a buscarlo, a propósito, arqueando más la espalda para que se me abriera el culo bajo la tela.
—Es mucha plata —me dijo al oído, suave pero penetrante—. Rico perfume.
Sentí el olor a metal y a grasa que tenía pegado en la ropa. Me paré y quedamos enfrentados, con el sobre entre su pecho y el mío. Lo agarró y los dedos rozaron apenas el nacimiento de mis pechos. Los sentí pesados, duros, como si tuvieran vida propia; los pezones se me apretaron contra la musculosa hasta que se dibujaron dos puntos gruesos que él no dejó de mirar. Me mordí el labio sin pensar y él se rió. Se dejó caer en el sillón, abrió el sobre y empezó a contar los billetes. Me preguntó si le alcanzaba un papel del escritorio. Pensé que me quería ver de atrás. Caminé despacio, lo agarré y se lo llevé.
—Acá hay solo la mitad.
Me agarró un temblor, esta vez de verdad.
—Pero podés empezar igual, ¿no? —dije tartamudeando un poquito.
—No, así no puedo.
—Llamo a mi papá y le digo que te traiga el resto.
—No, olvidate. En una hora viene el flaco con el repuesto y le tengo que pagar. No importa, lo empezamos otro día.
—No, por favor. Te juro que mi papá lo necesita para el viaje del jueves. ¿No le podés pedir al tipo del repuesto que te lo deje y mañana yo te traigo la diferencia?
—No, le fui clarito. Este flaco no me deja nada, y menos como está todo en el país. Quieren la guita ya.
—Perdoná, ¿y vos no tenés algo acá y yo te lo traigo mañana sin falta?
—No sé, qué sé yo.
Empecé a rogarle. Me arrodillé sin pensarlo demasiado, por inercia. Me acerqué así, de rodillas. Él me miraba con el ceño fruncido. Apoyé los codos en sus rodillas. Sentí cómo la erección le estiraba el pliegue del jean, un bulto grueso y duro que le empujaba la tela hacia mi cara. Lo miré. Se dio cuenta de que yo me había dado cuenta. Deslicé las manos por el costado de sus piernas; carraspeó y se acomodó en la silla, y el bulto le saltó otro poco, buscando salida.
—No sé —dijo con la voz temblorosa—, capaz tengo algo guardado en la caja chica.
—¿Sí? —murmuré, y apoyé la cabeza en su rodilla derecha mirándolo con los ojos muy abiertos.
La mano izquierda la arrastré despacio hasta el bulto del pantalón. La levanté y la mantuve a un milímetro de la tela; solo se tocaban los calores, mi piel y su bulto, sin contacto. Bufó. Me bajó la mano con la suya y me hizo apoyar toda la palma sobre la verga, encima del jean. La sentí latir contra la línea de la vida. Con la otra me abrió los labios; sentí el pulgar tocarme los dientes, que se abrieron como una puerta automática. Lo recibí con la punta de la lengua afilada como una lanza y le chupé el dedo entero hasta el nudillo, mirándolo a los ojos.
Sentí cómo nuestras respiraciones se aceleraron, pero a ritmos distintos. Se apuró y fue con las manos al botón del pantalón. Lo frené. Moví la cabeza y le dije que no, sin palabras. Le abrí las piernas y entré entera entre ellas. Lo miraba llevando el mentón al pecho, y le desabroché el botón yo misma. La cremallera cedió sola con la presión de la pija. Metí la mano por adentro del calzoncillo. Hubo un choque de calores: la mía tibia, la suya ardiendo, pesada, latiendo contra mis dedos. Estaba grueso, todavía un poco flácido, con esa textura de piel finita que se estira cuando se pone dura. Lo saqué forzando la tela del pantalón y me apareció enfrente una polla larga, morena en la base, con la cabeza rosada y brillosa que le asomaba entre el prepucio. Un hilito transparente le colgaba de la punta. La agarré con las dos manos, una arriba de la otra, y me di cuenta de que las dos manos no alcanzaban a cubrirla toda. Empecé a masajearla de arriba abajo, sintiendo cómo se me endurecía en el puño, cómo latía cada dos o tres segundos, cómo el prepucio se le corría y le dejaba la cabeza completamente afuera, mojada, brillante. Junté saliva y la dejé caer desde bien arriba, un hilo blanco que le cayó justo en el glande y se le escurrió por los costados hasta mis dedos. Ahora la mano resbalaba mejor, y le hice puño arriba, puño abajo, torciendo un poco la muñeca en cada bajada.
—¿Podés? —murmuré.
—Sí —contestó finito, largo.
—Bien.
Acerqué la cara. Junté más saliva, saqué la lengua y le mostré cómo caía un hilo sobre la cabeza rosada. Tiró la cabeza hacia atrás, pero volvió enseguida; no quería perderse nada. Le pasé la lengua en círculos alrededor del glande, despacio, mojándole la punta hasta que le brilló como si estuviera barnizado. Después se lo besé con los labios muy suaves, sin abrirlos, un beso de novia. Y ahí abrí la boca y me la empecé a meter, despacio, apretándole la piel con los labios, sintiendo cómo el calor de su verga me llenaba la boca hasta el paladar. Me la fui metiendo cada vez más, hasta que sentí la cabeza chocarme contra la garganta y las lágrimas me nublaron los ojos. Me agarró de la cabeza y le saqué la mano: no le dejé manejar el ritmo. Le tiraba la piel hacia atrás con una mano, le daba besos en la punta, dejaba caer saliva que se mezclaba con la que él mismo producía. La saliva me chorreaba por el mentón y me caía entre las tetas, mojándome la musculosa.
La saqué entera con un sonido húmedo y le lamí toda la parte de abajo, de arriba abajo, larga, insistente, como si fuera un helado que se me estaba derritiendo. Le agarré los huevos con la mano libre y se los apreté suavecito, jugando con ellos entre los dedos. Bajé la boca hasta las bolas y se las chupé, una y después la otra, mientras la mano seguía haciéndole puño en la verga. Volví a subir la boca hasta la cabeza y esta vez me la enterré hasta el fondo, hasta que la nariz me tocó el hueso de la pelvis. Me quedé ahí, ahogándome un segundo, sintiéndole el pulso en la lengua. Después la saqué de golpe y un hilo grueso de baba me quedó colgando del labio a la punta de la pija.
—No podés ser tan puta —murmuró.
—¿Viste? —dije, y lo miré desde abajo, con la boca abierta, la lengua afuera y la verga apoyada encima como una bandera.
Me la volví a meter y le empecé a mamar rápido, con la mano acompañando la boca, girando la muñeca en la base mientras los labios subían y bajaban. Sentí que las caderas se le movían solas contra mi cara y supe que si seguía así se venía en dos minutos. No quería. Todavía no. Le saqué la boca con un chasquido y le soplé aire frío sobre la punta mojada. Se le sacudió toda la verga y le salió un gemido apretado.
Se paró y me levantó. Me dio vuelta y empezó a darme besos en el cuello, mientras la otra mano me bajaba por delante hasta debajo de la pollera. Sentía sus dedos grandes pasarme por los labios de la concha, entrando apenas entre ellos, encontrando cuánto tenía yo mojado ahí abajo. Se le escapó un "la puta madre" cuando le empapé la mano con el primer roce. Buscó y encontró el clítoris; me lo apretó entre dos dedos y me hizo girar la yema en círculos sobre él. Se me chocaron las rodillas y gemí por primera vez, un gemido largo, cerrado con la boca apretada. Me metió dos dedos hasta el fondo y sentí cómo me abría la concha, cómo la palma me golpeaba el clítoris cada vez que el puño le entraba entero. Con los dedos adentro me la empezó a mover como si estuviera haciendo una seña de "vení, vení" contra la pared de adelante. Me temblaron las piernas y tuve que apoyarme en el escritorio para no caerme.
Me levantó la pollera del todo y me la dejó arrollada en la cintura. Apoyó la pija en la parte más fría de la cola. Fuimos hacia atrás hasta apoyarnos contra el escritorio. Mis manos quedaron contra el vidrio frío. Me bajó la musculosa y los pechos quedaron al aire. Me los agarró de atrás, uno con cada mano, y me pellizcó los pezones hasta hacerme gritar. Movió la tanga a un costado; abajo ya estaba empapada, la tela chorreaba. Empezó a besarme desde la cintura, bajó hasta las nalgas y metió la cabeza entera entre ellas. Sentí la lengua tibia recorrerme la raja de arriba abajo, de la cintura al ojete y del ojete a los labios de la concha. Se paró un segundo en el culo y me hizo dar un saltito. Después bajó y me chupó la concha entera, de un lengüetazo largo. Los dedos se deslizaron adentro y me la abrió con el pulgar y el índice mientras la lengua me buscaba el clítoris. Gemí más fuerte, sin poder taparme la boca. Sentí que intentaba alcanzarme con la lengua desde atrás y no llegaba; los dedos entraron y contraje toda la pelvis contra ellos.
—Cogeme ya —supliqué.
Se paró. Me irguió. Bailamos un instante lento; mi cabeza apoyada en su pecho buscaba que se juntaran las bocas. Nos besamos, sucios, con la lengua adentro, sintiendo yo el gusto de mi concha en la suya. Murmuró algo que no entendí, pero yo sabía que era brutal. Le dije que sí con los ojos húmedos. Me terminó de sacar la musculosa y los pechos quedaron al descubierto. Empujándome la cabeza, me apoyó contra el vidrio frío. Los pezones se me hincharon contra la superficie y se aplastaron blancos. Sentí que volvía a correr la tanga, hasta el límite donde se escuchó un pequeño desgarro de la tela, y esa tira me quedó apretada contra un costado del muslo como una cinta rota.
—Uy, sí —recé bajito.
En cuatro, entregada, con la cola empinada, sentí cómo la pija húmeda me pasaba primero por una nalga, después por el medio de la raja, rozándome el culo, y empezaba a buscarme los labios de la concha desde atrás. La cabeza se apoyó en la entrada y quedó ahí, latiendo. Apreté las manos contra el vidrio. Fue entrando de a poco; me fui abriendo, elástica, sintiendo cómo cada centímetro me estiraba por dentro. Cuando entró del todo tuve que tirar la cabeza hacia atrás y se me escapó un "aaayyy" largo, agudo. Me llenó tanto que sentí el golpe en el fondo, ahí donde nada llega. Me agarró del pelo, me tiró para atrás, y la cintura empezó a marcar un ritmo cada vez más rápido. Sonaba el choque, plaf, plaf, plaf, de la pelvis contra las nalgas, y el chapoteo húmedo de la verga entrando y saliendo de mi concha inundada. No pude contener los gemidos agudos, aunque me acordaba de los muchachos abajo. Una gota de baba se me cayó de la boca al vidrio y quedó ahí, temblando con cada embestida. Empezó a bajarme la tanga y lo ayudé levantando primero un pie y después el otro, hasta que quedó tirada en el piso, un trapo salmón manchado.
Me clavó un dedo entre las tetas para empujarme más contra el vidrio y me la empezó a meter más profundo, más lento, retorciéndole la cintura en cada embestida como para pasarme la punta por todos los rincones. Sentía cómo el glande me tocaba adentro puntos que yo no sabía que existían. Me estiró la nalga con la mano libre para verse mejor cómo entraba y salía; se veía en el vidrio el reflejo de su cara concentrada, mordiéndose el labio.
—Mirá cómo se te chupa la conchita, cómo me la come —dijo detrás mío, con la voz rota.
—Sí, dale, más, más —le pedí, buscándolo con el culo hacia atrás.
Me levantó, me dio vuelta y me sentó arriba del escritorio. Todo el frío del vidrio se me trasladó al culo. Se escupió la pija y yo se la esparcí con la mano, extendiéndole la saliva por toda la superficie hasta que le brilló. Después se escupió la mano y me la pasó por la concha, deslizándome dos dedos abiertos por los labios y frotándome el clítoris con la yema del pulgar. Nos besamos. El gusto a metal y a sexo en la boca era delicioso. Sin que me diera cuenta, su miembro entró como un ariete prendido fuego. Me expandió, sentí los tejidos estirarse y el calor entrar despacio. Crucé los brazos por su cuello y encontramos un ritmo igual. Empezó a cogerme con la cintura, entrando desde abajo, con embestidas cortas y hondas que me hacían saltar las tetas. Me agarró una con la boca y me chupó el pezón hasta enrojecerlo, mientras la mano libre me apretaba la otra teta hasta que me dolió y a la vez me gustaba.
Me agarró del culo con las dos manos y me cargó, con la pija adentro; abracé su cintura con las piernas. Caminó dos pasos así, colgada de él como un mono, y me sentí atravesada de arriba abajo por la verga, apoyándome más cada vez que él daba un paso. Se sentó en su silla giratoria y me dejó caer entera sobre él. Ahí sentí que la pija me entraba hasta un lugar nuevo, más adentro. Empecé a saltar sobre ella, apoyándome en los pies para subir y dejándome caer con todo el peso. Cada vez que caía se me escapaba un gemido corto. Le chupaba las tetas. Me puso la mano en la boca y le chupé el dedo. Me dio una cachetada suave, en la mejilla derecha, casi como una caricia fuerte.
—Más —le dije sin pensarlo.
Me volvió a pegar, esta vez más fuerte. Sonó seco, y la mejilla me quedó ardiendo.
—Sí, dame, dame.
Me agarró el pelo con una mano y me lo enrolló en el puño, tirándome la cabeza para atrás hasta que el cuello me quedó estirado. Con la otra me golpeaba la mejilla mientras yo saltaba. Cada cachetada me hacía apretar la concha alrededor de la verga sin que yo lo decidiera, y él sentía la contracción y bufaba. Todo era agua: el sudor de él, mi transpiración, la saliva que me caía del mentón, el flujo que me chorreaba por los muslos y le mojaba el escroto. Se escuchaba el chip-chap chip-chap de mi concha ensopada aceptando la pija hasta el fondo. La silla giraba un poco con cada salto, crujiendo, amenazando con romperse.
Empecé a gritar bajito porque sentía nacer un cosquilleo en la pelvis, un burbujeo que me subía por adentro de las piernas hasta el centro. Estaba a punto de acabar. Me di cuenta de que él también, porque las piernas se le tensaron y me apretó más fuerte el pelo. Tiró la silla para atrás, se paró conmigo encima y me bajó. Sorprendida, me di vuelta. Me puso de nuevo en cuatro contra el escritorio. Otra vez el frío en las tetas, ahora las dos aplastadas contra el vidrio, dos manchas de sudor alrededor.
—No, no, pará —le dije, porque estaba tan cerca de acabar que casi lloraba de frustración.
—Callate.
Se arrodilló, me abrió las nalgas con las dos manos y me empezó a chupar el ano. La lengua me daba vueltas alrededor del ojete y de golpe se me metía adentro, tibia, húmeda. Era violento, mojado, necesario. Me temblaban las piernas y se me abría la concha vacía, esperando. Metió dos dedos por adelante y me clavó la lengua atrás al mismo tiempo, y ahí grité, no me pude aguantar. Se paró; lo escuché escupirse la mano. Suspiré cuando volvió a entrar por la concha, ahora más brutal, hasta el fondo de un solo empujón. Me cogió así unos segundos, cortos, duros, mientras se juntaba saliva. Después escupió sobre mi espalda y llevó la saliva al culo, con el dedo del medio, extendiéndomela por el ojete en círculos. Me empezó a bordear el ano con un dedo. Intenté sacarle la mano, pero me la agarró y me la llevó hacia adelante, apoyándome la palma sobre mi propio clítoris. Empezó a entrar despacio con el dedo. Dolía. Pero me gustaba. Fui subiendo el volumen del gemido. Cuando lo tuvo entero adentro lo dejó ahí un rato, moviéndolo apenas, mientras la verga me seguía entrando y saliendo de la concha en simultáneo.
Después sacó el dedo. Sacó también la pija de la concha. Sentí el aire frío ahí abajo. La otra mano me buscó la boca, me metió el dedo y se lo mordí. Se sacó, escupió y apoyó la cabeza de la verga contra el ojete. Empujó despacio. La cabeza se abrió camino contra el anillo apretado y me quemó. Empujó otra vez. Y otra. De golpe cedí, y entró de un tirón mucho más de lo que yo esperaba. Tuve que juntar las rodillas del dolor y grité, un grito que me salió de la panza. Al principio fue muy doloroso, sentía la pija enterrada en el culo como si fuera un fierro caliente, y cada latido de ella me lo transmitía a las paredes del recto. Pero había calor, había algo prohibido y ardiente que me gustaba. Me quedé quieta unos segundos, respirando por la nariz, mientras él me acariciaba la cintura y esperaba que me acostumbrara. Después empezó a moverse, muy despacio al principio. El movimiento se fue haciendo natural. La concha me chorreaba y él me metió dos dedos ahí mientras me seguía cogiendo por el culo, y el placer se me multiplicó por diez. Escuchaba cómo la pelvis le golpeaba contra la cola, plaf, plaf, ahora más fuerte, sin control. Me decía cosas fuertes; me llamaba puta, me decía que le encantaba mi culito, que era el más rico que había cogido en la vida, que le iba a llenar todo de leche. Yo solo intentaba ahogar el grito contra el vidrio. Apoyé la cabeza de perfil contra el vidrio frío y vi mi propia cara reflejada, la boca abierta, el rímel corrido, mientras el cuerpo me sacudía entera con cada embestida. Escuché que se venía galopando el final: los movimientos se le hicieron más cortos, más rápidos, más entrecortados. La sacó del culo. Me tiró del pelo hacia atrás y me obligó a arrodillarme rápido. Entendí. Me puse de rodillas y abrí la boca, sacando la lengua. Se masajeó la pija a diez centímetros de mi cara, rápido, con el puño cerrado. Vi cómo se le hinchaban las venas y cómo se le tensaba toda la cara. El primer chorro me pegó en la frente y me bajó por la nariz. El segundo me llenó la boca y me llegó hasta la garganta. El tercero me cayó en el mentón y me chorreó por el cuello hasta las tetas. Todavía siguió saliendo, en chorritos más chicos, que fue pintándome sobre los labios, sobre la lengua, sobre las mejillas. Llena de semen tibio, lo miré desde abajo y le sonreí, con los dientes blancos brillando entre toda esa leche. Cerré la boca, tragué lo que había caído adentro, saqué la lengua y le limpié la punta de la pija con un lengüetazo lento.
Me paré y nos abrazamos suavecito. Sentí cómo mis tetas mojadas de semen se pegaban a su camisa abierta.
—Esta vez me tocó pintar a mí —dijo, y me alcanzó una toalla de mano. Me limpié la cara como pude, sin espejo, pasándome la tela por los ojos, la nariz, la boca, el cuello. Me quedó todo pegajoso, tirante, pero por fuera al menos limpio.
Me quedé escuchando. Abajo, el movimiento del taller había vuelto.
—¿Está la gente?
—Sí, comen en la oficina de abajo.
Cerré los ojos y sentí una vergüenza horrible. Busqué la tanga en el piso y me la puse. La tela se había desgarrado de un costado, pero igual aguantaba.
—Me muero. Bueno, me voy. Mañana te traigo el resto.
—No, está bien. Te lo regalo, para el viaje de fin de carrera. Volvé cuando quieras.
Le di un beso corto en los labios. Busqué el celular en la mochila para ver la hora y descubrí que el sobre seguía adentro, junto a la bandita elástica rota. Me reí sola.
—No me animo a salir.
—No deben haber escuchado nada. Quedate tranquila.
Me lo dijo y se sentó. Empezó a mirar un cuaderno, como si nada hubiera pasado. Salí. Todos los muchachos del taller miraron para arriba apenas escucharon abrirse la puerta y se quedaron mirándome. Vi que uno le daba un codazo a otro y murmuraba algo. Empecé a bajar por la escalera de chapa calada; miré los rombos del piso y descubrí que uno de ellos me miraba directamente desde abajo. Pensé en cubrirme con la pollera, pero decidí sonreír y seguir bajando como si no pasara nada.
Me puse los anteojos al salir del taller y volví a casa caminando despacio, con las piernas ardiendo y sintiendo la mezcla de saliva y semen y transpiración escurrirse por dentro del muslo. Esa noche, en la cama, tardé un rato en darme cuenta de que todavía me temblaban las manos.