Lo que le enseñé al hijo de mi amiga esa tarde
Esto pasó hace más de quince años, pero si cierro los ojos todavía puedo sentir su olor mezclado con ese nerviosismo que le salía por los poros. Yo tenía cuarenta y cinco en ese entonces y estaba en mi mejor momento: pelo castaño con algo de ayuda del tinte, curvas que se habían vuelto generosas con el tiempo y una forma de caminar que seguía robando miradas aunque no lo buscara. No era delgada. Era de esas mujeres que tienen todo en su sitio.
Tenía mi vida armada: esposo, dos hijos ya mayores y, de vez en cuando, un amiguito que me quitaba el tedio. Pero lo de Rodrigo fue otra cosa completamente distinta.
Rodrigo era el hijo de Claudia, una de mis amigas de toda la vida. Tenía diecinueve años y cuando nos juntábamos en su casa, el muchacho saludaba educado y desaparecía en su cuarto. Claudia me había contado que era de esos chicos tranquilos: videojuegos, cómics japoneses, poca calle. No tenía novia y, según ella, tampoco parecía interesarle tenerla.
No era guapo de modo obvio. Todavía cargaba algunas marcas de acné en las mejillas y un bigote que apenas asomaba. Pero medía casi un metro ochenta, lo cual era mucho comparado con mi metro sesenta, y lo que me llamó la atención de verdad fue algo que descubrí por accidente: la cara que ponía cuando me miraba el trasero sin darse cuenta. En cuanto lo pescaba, se ponía rojo como un tomate y miraba hacia otro lado. Yo le sonreía y no decía nada.
Fue en una reunión en casa de Claudia cuando tomé la decisión. Rodrigo pasó por el salón con una camiseta de manga corta y me quedé pegada mirando las venas de sus antebrazos. Tenía esos brazos que contradicen el resto: marcados, fuertes, los brazos de alguien que ha crecido sin darse cuenta. En ese momento me entró el antojo con toda claridad. Me dije: ese chico va a terminar en mi cama.
Esperé a que Claudia se fuera a la cocina y me acerqué a él despacio. Rodrigo estaba apoyado contra la pared con el celular en la mano, mirando la pantalla como si fuera su escudo.
—Oye, Rodrigo... ¿tú no tienes novia? —le pregunté, con la sonrisa que sé que funciona.
El pobre bajó la vista al celular.
—No, no tengo —soltó en voz baja.
—Qué raro. Mira, fíjate que me compré un mueble en kit y no puedo con las instrucciones. ¿No podrías venir mañana a ayudarme a armarlo? Tú que eres hábil para estas cosas seguro lo entiendes en cinco minutos.
Me miró como si no acabara de entender bien la pregunta. Parpadeó dos veces y asintió. Yo le toqué el brazo un segundo de más, le sonreí y me alejé.
Antes de irme de la reunión, hice el último movimiento. Delante de él, le dije a Claudia: «Oye, qué buen hijo tienes. Me ofreció venir mañana a ayudarme con un mueble que no puedo armar sola, ¿le das permiso?». Claudia se rio y le dijo que fuera a echarme una mano. Rodrigo no sabía dónde meterse, pero asintió con cara seria.
Al día siguiente me arreglé con cuidado. Unos jeans que me marcaban el cuerpo de una forma que no dejaba mucho a la imaginación y una blusa de tiras fina, bien pegada. Me solté el pelo castaño, me puse perfume en el cuello y me retoqué los labios. Estaba lista.
***
Cuando sonó el timbre, fui a abrir y ahí estaba él. Todo vestido de negro, con una camiseta ancha de esas que esconden lo que hay dentro y unos pantalones que le quedaban flojos. Se veía igual de tímido que siempre.
—Hola, Rodrigo. Pasa, te estaba esperando —le dije, dándole la espalda a propósito mientras caminaba hacia adentro.
Entró mirando la sala como si esperara encontrar a alguien más. No había nadie. Solo yo y toda la tarde por delante.
Lo llevé hasta donde había dejado las piezas del mueble. Él se agachó de inmediato y se puso manos a la obra, ordenando tornillos y tablones con una concentración que daba ternura. Era su escudo, como esos chicos que se refugian en la tarea para no tener que hablar.
—Dime una cosa, Rodrigo —solté, caminando despacio hacia él—. Con lo bien que estás, ¿de verdad no tienes a ninguna chica volviéndote loco?
Vi cómo se le tensaron los hombros al instante. No levantó la vista de las instrucciones.
—No, tía... de verdad, no tengo tiempo para esas cosas —balbuceó.
Me acerqué hasta quedar a su lado, apoyando una mano en la pared y la otra en el borde de la caja, encerrándolo sin que lo notara del todo.
—¿No tienes tiempo o eres muy exigente? —le pregunté, inclinándome lo suficiente para que el calor de mi cuerpo llegara hasta él—. Un hombre como tú no debería estar solo.
Rodrigo soltó lo que tenía en las manos y se quedó quieto. Levantó la vista y, al estar él agachado y yo de pie, quedó con la cara frente a mi escote. No sabía dónde poner los ojos. Los clavaba en el suelo, los levantaba, miraba la pared.
—No te pongas así —le dije, pasando los dedos muy despacio por su nuca—. Solo estamos hablando.
—Es que... no estoy acostumbrado a que me hablen así —logró decir.
Seguimos así un rato, con yo acercándome cada vez un poco más y él resistiendo como podía. Hasta que le lancé la pregunta que sabía que lo iba a romper por dentro:
—Dime la verdad, Rodrigo. ¿Tú sabes besar?
El cuarto se quedó en silencio total. No dijo que sí, no dijo que no. Se quedó congelado, la respiración entrecortada, y yo supe que había dado justo en el blanco.
—No me digas que nunca has besado a nadie —le dije, acercándome todavía más—. Un chico tan alto, con esos brazos... no me lo creo.
—Tuve una novia hace tiempo —logró decir, intentando sonar seguro—. Nos dábamos besos.
—¿Besos? ¿Qué clase de besos?
Rodrigo bajó la vista.
—De... de piquito —soltó al final.
Solté una carcajada suave, desde el pecho. No podía evitarlo.
—Rodrigo. Una mujer no es para darle piquitos. Una mujer es para devorarla. —Bajé la voz—. ¿Quieres que te enseñe cómo se besa de verdad?
Vi cómo se le iluminaron los ojos antes de que pudiera controlarlo. Puse mis manos en sus mejillas, sintiendo ese calor que le subía por toda la cara, y lo besé despacio. Empecé suave, enseñándole el ritmo, cómo mover la boca. Cuando metí la lengua, se sobresaltó. No sabía qué hacer con la suya, estaba torpe, perdido, pero yo no le di tregua. Lo guié con paciencia hasta que encontró el camino.
Y entonces algo cambió.
Sus manos, que antes temblaban sobre sus rodillas, subieron de golpe a mi cintura. Me agarró con una fuerza que no esperaba y se puso de pie sin romper el beso. Ahora era él quien tenía la altura. Me pegó contra su cuerpo y el beso se volvió hambriento, desesperado. Rodrigo aprendía por segundos y ya no era yo quien llevaba el ritmo.
Me separé apenas para respirar. Tenía los labios hinchados y el pulso a mil.
—Parece que el aprendiz aprende rápido —le dije, pasando el pulgar por su labio inferior—. Eso no era un piquito, ¿verdad?
Él me miraba con los ojos encendidos. Sus manos en mi cintura apretaban cada vez más fuerte.
—Tengo... tengo mucho calor —logró decir.
—Yo también. —Lo miré—. ¿Por qué no te quitas esa camiseta? Quiero ver si esos brazos que me gustaron tienen el cuerpo que imagino.
Fue como darle una orden que estaba esperando. Se llevó las manos al borde de la camiseta y se la sacó de un tirón.
Me quedé sin palabras. Los hombros anchos, los pectorales firmes, el abdomen marcado bajando en esa línea que desaparece hacia el pantalón. No era el cuerpo de un atleta; era el de un chico en su mejor momento, con esa piel tersa y esa energía que solo se tiene una vez.
—Vaya, Rodrigo —solté, pasando las manos por sus abdominales—. Tenías un tesoro escondido ahí dentro.
—Nadie me mira así —dijo con la voz quebrada.
Me pegué a él, dejando que mis pechos rozaran su pecho desnudo. El calor de su piel contra la mía, a través de la fina tela de mi blusa, fue exquisito.
—Ven. Esto no va a seguir en el salón.
Lo llevé de la mano hacia mi habitación. Caminaba casi en trance, mirando cómo yo me movía delante de él. Entramos y él se quedó parado en medio del cuarto, imponente e inseguro al mismo tiempo.
Lo agarré de los hombros y lo besé de nuevo, largo. Mientras lo besaba, fui directa al cinturón. Sentí cómo se le cortaba la respiración.
—Quítame la blusa —le susurré contra los labios.
Peleó con las tiras con las manos temblorosas. Yo le bajé el cierre del pantalón y la tela cayó al suelo. Se quedó en bóxers y lo que se le marcaba no dejaba ninguna duda de cómo estaba.
Intentó quitarme el sostén. Le daba vueltas al broche con una desesperación que me dio ternura. Al final me lo solté yo misma. Cuando mis pechos quedaron libres, Rodrigo se quedó paralizado mirándolos.
—Son perfectas —logró decir.
—Chúpalos —le ordené.
Se abalanzó hacia mí y caímos a la cama. Quedé debajo, sintiendo el peso de ese cuerpo joven sobre el mío, y Rodrigo bajó por mi cuello hasta mis pechos. Los metió en su boca con una hambre que me sacó un gemido largo. Lo hacía con una devoción que habría dado envidia a hombres con mucha más historia. Sentía su lengua recorriéndome, su boca apretando mis pezones con esa fuerza que me enviaba una corriente por todo el cuerpo.
—Así... no pares —le decía, enterrándole los dedos en el pelo.
Pero yo ya no podía esperar más. Me quité la ropa interior sola y lo miré.
—Rodrigo. Métela de una vez.
Se llevó las manos al elástico del bóxer y se lo bajó de un tirón. Ahí fue cuando entendí que la naturaleza había sido muy generosa con él: largo, grueso, duro con esa firmeza que solo dan los diecinueve años.
Se detuvo en seco, buscando en la ropa tirada en el suelo.
—No tengo condón —dijo con una voz que sonó al borde del llanto—. Se me olvidó en casa.
—Rodrigo, por Dios. —Me senté en la cama, mirándolo ahí parado, desnudo y desesperado—. ¿Cómo se te olvida eso?
No sabía qué decir. Estaba con toda esa energía sin saber qué hacer con ella.
—No importa. Ven aquí.
Apoyó la punta en mi entrada y, con un empujón torpe pero cargado de fuerza, entró. Soltó un sonido que era mitad gemido, mitad alivio, cerrando los ojos con fuerza. Sentirlo así, sin nada de por medio, fue una delicia. Estaba caliente y duro y llenaba por completo.
Empezó a moverse con un ritmo descontrolado, sin experiencia pero con una energía que me sacudía entera. No pasaron tres minutos antes de que sus caderas se volvieran erráticas. Soltó un gruñido, se quedó rígido y sentí cómo todo él pulsaba dentro de mí en una descarga que pareció no terminar.
Se desplomó sobre mi pecho, respirando como si hubiera corrido una carrera.
Después de un momento, levantó la cabeza. Rojo de esfuerzo y de vergüenza.
—Perdón... fue muy rápido, ¿verdad?
Le acaricié la nuca.
—Tranquilo —le dije—. Para ser la primera vez, estuvo muy bien.
Me miró con alivio y con algo que se parecía a la adoración. Se quedó acostado sobre mí, el corazón todavía acelerado.
Nos quedamos así un rato, en silencio, con el sonido de nuestras respiraciones llenando el cuarto. Yo lo besaba despacio, sin prisa, disfrutando del calor de su piel. Y entonces noté que algo cambiaba ahí abajo. Su cuerpo, con esa vitalidad que tienen los diecinueve años, ya estaba listo de nuevo.
—Vaya, Rodrigo —le dije, separándome apenas para verle la cara—. ¿Se te puso dura otra vez? Pues no la desperdicies.
Esta vez fue distinto. Me dio con una fuerza que me hacía saltar contra el colchón. Olvidó la timidez, me agarró los pechos con ganas, me mordió los pezones con una desesperación que me arrancaba gemidos profundos. Duró un poco más, pero el cuerpo le traicionó igual: soltó un gruñido, me apretó y se corrió de nuevo, enterrando la cara en mi cuello.
Le mentí que mi marido podía llegar de un momento a otro.
—Ya, amor. Vístete rápido, que mi esposo ya llega.
Saltó de la cama como un resorte. Se vistió a toda velocidad, todavía con esa expresión aturdida de quien acaba de conocer un mundo que no sabía que existía. En la puerta, ya con su ropa negra de vuelta, se detuvo.
—¿Me das tu número? —preguntó—. Por si... por si necesitas ayuda con algo más.
Sonreí y se lo dicté mientras él lo guardaba como si fuera un tesoro. Lo agarré de la nuca y le planté un beso largo antes de soltarlo.
—Escríbeme, Rodrigo. Que todavía quedan muchas cosas que enseñarte.
***
No aguantó ni un día tranquilo. Me escribía a cada rato, con cualquier pretexto: que si el mueble había quedado bien, que si necesitaba algo más. Al tercer día decidí que ya era suficiente.
«Ven a las cuatro. Estoy sola», le escribí.
Esta vez no había mueble ni excusa. Cuando sonó el timbre, abrí la puerta en lencería negra de encaje: un conjunto que me levantaba los pechos y me marcaba la cintura, con una tanga que dejaba poco a la imaginación. Me había soltado el pelo y me había puesto brillo en los labios.
Rodrigo se quedó petrificado en el umbral. Me recorrió con los ojos de arriba abajo y la boca se le abrió sola.
—Pasa de una vez —le dije, agarrándolo de la camiseta—. Cierra la puerta, que hoy no perdemos el tiempo.
Me acorraló contra la pared sin que yo tuviera que decirle nada. Tres días pensando en esto lo habían transformado.
—Me tuvo loca estos días —dijo con la voz ronca, pegando su pecho contra el mío—. No pude ni dormir.
—Pues aprovéchalo —le susurré.
Esta vez fui yo quien lo llevó a la cama y lo acosté boca arriba. Me subí encima, dejando que sintiera el peso de mis caderas sobre su abdomen, y lo besé con esa calma que sé que vuelve locos a los hombres. Le fui quitando la ropa poco a poco, besando su cuello, su pecho, sus abdominales hasta llegar abajo.
Le desabroché el pantalón y lo bajé junto con el bóxer de un solo tirón. Su erección quedó libre y yo le sonreí antes de acercarme y rozar la punta con los labios, solo para escuchar cómo soltaba un gemido y se arqueaba en la cama.
—Tranquilo, aprendiz —le dije, levantando la vista para verlo—. Hoy vamos a hacerlo bien.
Saqué el condón que tenía preparado en la mesita. Se lo puse con calma, sintiendo cómo temblaba cada vez que mis dedos lo rozaban. En cuanto terminé, me coloqué sobre él.
—Escúchame bien, Rodrigo. Hoy aguantas. Si sientes que ya te vas, piensa en otra cosa. Pero no te corras hasta que yo te diga.
Me dejé caer despacio, sintiendo cómo esa dureza me llenaba por completo. Solté un suspiro largo. Empecé a moverme con ritmo, subiendo y bajando, marcando yo el paso, disfrutando de cómo sus manos grandes buscaban mis caderas para intentar seguirme.
—Dios —exclamó, aferrándose a mi cintura—. Se siente... se siente mucho mejor así.
—No pienses. Solo siente —le dije, empezando a moverme con más fuerza.
Rodrigo ya no era el chico tímido. Sus manos se hundían en mis nalgas, apretándolas con desesperación. Las subió hasta mis pechos y los tomó con hambre, mordiéndome los pezones mientras yo lo cabalgaba. Resistía como podía, con los ojos cerrados y los dientes apretados, aguantando como yo le había ordenado.
—¿Te gusta cómo te aprieto? —le pregunté, inclinándome para rozarle los labios con los pezones—. ¿Te gusta sentirme así?
—¡Me está volviendo loco! —exclamó, agarrándome de las nalgas para estamparme contra él con más fuerza—. ¡Siento que me muero aquí mismo!
No pudo más. Sus abdominales se pusieron rígidos bajo mis palmas y su cuerpo entero se arqueó. Soltó un gruñido largo y sentí las pulsaciones a través del condón, una tras otra, hasta que quedó inmóvil debajo de mí.
Me aparté despacio. Le quité el condón, le hice un nudo y lo tiré a la basura. Me eché a su lado y lo observé jadear, empapado en sudor, con los ojos todavía vidriosos.
Pasaron unos minutos de silencio. Entonces Rodrigo estiró la mano hacia la mesita, tomó otro condón y se lo puso él solo, sin que yo le dijera nada. Se acomodó encima de mí.
Esta vez no había timidez de ningún tipo. Me embistió con una intensidad que me hacía saltar en el colchón, mordiéndome el cuello y los hombros, totalmente perdido en el instinto. Cuando le pedí que cambiáramos de posición, me giré y él se acomodó detrás de mí. Entró de nuevo y empezó a darme desde atrás con una fuerza que me hizo meterme la almohada en la boca. El sonido de nuestros cuerpos chocando era rítmico y seco, llenando todo el cuarto.
Llegó al límite con un rugido. Se desplomó sobre mí, aplastándome con todo su peso y el calor de su cuerpo sudado.
Ese día terminamos tres veces. Cada encuentro era corto, sí, porque los diecinueve años y la novedad no dan para mucho más, pero la energía le volvía en minutos y esa vitalidad me hacía sentir más viva que en años.
Lo que empezó con un mueble por armar se convirtió en algo que duraría mucho tiempo. A partir de esa tarde, Rodrigo volvía semana tras semana, y yo le fui enseñando todo lo que sé sobre el placer. De ese chico tímido que solo sabía dar piquitos hice el hombre que me daría las mejores tardes de mi vida. Y eso, como digo siempre, fue solo el principio.