Lo que le enseñé al hijo de mi amiga esa tarde
Esto pasó hace más de quince años, pero si cierro los ojos todavía puedo sentir su olor mezclado con ese nerviosismo que le salía por los poros. Yo tenía cuarenta y cinco en ese entonces y estaba en mi mejor momento: pelo castaño con algo de ayuda del tinte, curvas que se habían vuelto generosas con el tiempo y una forma de caminar que seguía robando miradas aunque no lo buscara. No era delgada. Era de esas mujeres que tienen todo en su sitio.
Tenía mi vida armada: esposo, dos hijos ya mayores y, de vez en cuando, un amiguito que me quitaba el tedio. Pero lo de Rodrigo fue otra cosa completamente distinta.
Rodrigo era el hijo de Claudia, una de mis amigas de toda la vida. Tenía diecinueve años y cuando nos juntábamos en su casa, el muchacho saludaba educado y desaparecía en su cuarto. Claudia me había contado que era de esos chicos tranquilos: videojuegos, cómics japoneses, poca calle. No tenía novia y, según ella, tampoco parecía interesarle tenerla.
No era guapo de modo obvio. Todavía cargaba algunas marcas de acné en las mejillas y un bigote que apenas asomaba. Pero medía casi un metro ochenta, lo cual era mucho comparado con mi metro sesenta, y lo que me llamó la atención de verdad fue algo que descubrí por accidente: la cara que ponía cuando me miraba el culo sin darse cuenta. En cuanto lo pescaba, se ponía rojo como un tomate y miraba hacia otro lado. Yo le sonreía y no decía nada.
Fue en una reunión en casa de Claudia cuando tomé la decisión. Rodrigo pasó por el salón con una camiseta de manga corta y me quedé pegada mirando las venas de sus antebrazos. Tenía esos brazos que contradicen el resto: marcados, fuertes, los brazos de alguien que ha crecido sin darse cuenta. En ese momento me entró el antojo con toda claridad. Me dije: ese chico va a terminar clavándome la polla hasta el fondo en mi cama.
Esperé a que Claudia se fuera a la cocina y me acerqué a él despacio. Rodrigo estaba apoyado contra la pared con el celular en la mano, mirando la pantalla como si fuera su escudo.
—Oye, Rodrigo... ¿tú no tienes novia? —le pregunté, con la sonrisa que sé que funciona.
El pobre bajó la vista al celular.
—No, no tengo —soltó en voz baja.
—Qué raro. Mira, fíjate que me compré un mueble en kit y no puedo con las instrucciones. ¿No podrías venir mañana a ayudarme a armarlo? Tú que eres hábil para estas cosas seguro lo entiendes en cinco minutos.
Me miró como si no acabara de entender bien la pregunta. Parpadeó dos veces y asintió. Yo le toqué el brazo un segundo de más, le sonreí y me alejé.
Antes de irme de la reunión, hice el último movimiento. Delante de él, le dije a Claudia: «Oye, qué buen hijo tienes. Me ofreció venir mañana a ayudarme con un mueble que no puedo armar sola, ¿le das permiso?». Claudia se rio y le dijo que fuera a echarme una mano. Rodrigo no sabía dónde meterse, pero asintió con cara seria.
Al día siguiente me arreglé con cuidado. Unos jeans que me marcaban el culo de una forma que no dejaba mucho a la imaginación y una blusa de tiras fina, bien pegada, sin sostén debajo para que los pezones se notaran contra la tela. Me solté el pelo castaño, me puse perfume en el cuello y entre las tetas, y me retoqué los labios. Estaba lista para comerme entero a ese chiquillo.
***
Cuando sonó el timbre, fui a abrir y ahí estaba él. Todo vestido de negro, con una camiseta ancha de esas que esconden lo que hay dentro y unos pantalones que le quedaban flojos. Se veía igual de tímido que siempre.
—Hola, Rodrigo. Pasa, te estaba esperando —le dije, dándole la espalda a propósito mientras caminaba hacia adentro, meneando el culo con cada paso.
Entró mirando la sala como si esperara encontrar a alguien más. No había nadie. Solo yo y toda la tarde por delante para follármelo despacio.
Lo llevé hasta donde había dejado las piezas del mueble. Él se agachó de inmediato y se puso manos a la obra, ordenando tornillos y tablones con una concentración que daba ternura. Era su escudo, como esos chicos que se refugian en la tarea para no tener que hablar.
—Dime una cosa, Rodrigo —solté, caminando despacio hacia él—. Con lo bien que estás, ¿de verdad no tienes a ninguna chica volviéndote loco?
Vi cómo se le tensaron los hombros al instante. No levantó la vista de las instrucciones.
—No, tía... de verdad, no tengo tiempo para esas cosas —balbuceó.
Me acerqué hasta quedar a su lado, apoyando una mano en la pared y la otra en el borde de la caja, encerrándolo sin que lo notara del todo.
—¿No tienes tiempo o eres muy exigente? —le pregunté, inclinándome lo suficiente para que el calor de mi cuerpo llegara hasta él—. Un hombre como tú no debería estar solo.
Rodrigo soltó lo que tenía en las manos y se quedó quieto. Levantó la vista y, al estar él agachado y yo de pie, quedó con la cara frente a mi escote. No sabía dónde poner los ojos. Los clavaba en el suelo, los levantaba, miraba la pared.
—No te pongas así —le dije, pasando los dedos muy despacio por su nuca—. Solo estamos hablando.
—Es que... no estoy acostumbrado a que me hablen así —logró decir.
Seguimos así un rato, con yo acercándome cada vez un poco más y él resistiendo como podía. Hasta que le lancé la pregunta que sabía que lo iba a romper por dentro:
—Dime la verdad, Rodrigo. ¿Tú sabes besar?
El cuarto se quedó en silencio total. No dijo que sí, no dijo que no. Se quedó congelado, la respiración entrecortada, y yo supe que había dado justo en el blanco.
—No me digas que nunca has besado a nadie —le dije, acercándome todavía más—. Un chico tan alto, con esos brazos... no me lo creo.
—Tuve una novia hace tiempo —logró decir, intentando sonar seguro—. Nos dábamos besos.
—¿Besos? ¿Qué clase de besos?
Rodrigo bajó la vista.
—De... de piquito —soltó al final.
Solté una carcajada suave, desde el pecho. No podía evitarlo.
—Rodrigo. Una mujer no es para darle piquitos. Una mujer es para devorarla, para chupársela entera. —Bajé la voz—. ¿Quieres que te enseñe cómo se besa de verdad?
Vi cómo se le iluminaron los ojos antes de que pudiera controlarlo. Puse mis manos en sus mejillas, sintiendo ese calor que le subía por toda la cara, y lo besé despacio. Empecé suave, enseñándole el ritmo, cómo mover la boca. Cuando metí la lengua, se sobresaltó. No sabía qué hacer con la suya, estaba torpe, perdido, pero yo no le di tregua. Le chupé la lengua entera, se la mordí despacio, le enseñé cómo enroscarla en la mía. Lo guié con paciencia hasta que encontró el camino y empezó a devolverme el beso con hambre.
Y entonces algo cambió.
Sus manos, que antes temblaban sobre sus rodillas, subieron de golpe a mi cintura. Me agarró con una fuerza que no esperaba y se puso de pie sin romper el beso. Ahora era él quien tenía la altura. Me pegó contra su cuerpo y sentí, por primera vez, el bulto duro apretándose contra mi vientre a través de la tela del pantalón. Era grande. Muy grande. El beso se volvió hambriento, desesperado, y Rodrigo aprendía por segundos y ya no era yo quien llevaba el ritmo.
Me separé apenas para respirar. Tenía los labios hinchados y el pulso a mil.
—Parece que el aprendiz aprende rápido —le dije, pasando el pulgar por su labio inferior—. Eso no era un piquito, ¿verdad?
Él me miraba con los ojos encendidos. Sus manos en mi cintura apretaban cada vez más fuerte y la polla, todavía atrapada en el pantalón, latía contra mi cadera.
—Tengo... tengo mucho calor —logró decir.
—Yo también, y noto que a ti se te ha puesto muy dura ahí abajo. —Bajé la mano y le apreté el bulto por encima de la tela. Rodrigo soltó un jadeo brusco—. Vaya, vaya. ¿Por qué no te quitas esa camiseta? Quiero ver si esos brazos que me gustaron tienen el cuerpo que imagino.
Fue como darle una orden que estaba esperando. Se llevó las manos al borde de la camiseta y se la sacó de un tirón.
Me quedé sin palabras. Los hombros anchos, los pectorales firmes, el abdomen marcado bajando en esa línea que desaparece hacia el pantalón. No era el cuerpo de un atleta; era el de un chico en su mejor momento, con esa piel tersa y esa energía que solo se tiene una vez.
—Vaya, Rodrigo —solté, pasando las manos por sus abdominales y bajando hasta rozar el elástico del bóxer con las uñas—. Tenías un tesoro escondido ahí dentro.
—Nadie me mira así —dijo con la voz quebrada.
Me pegué a él, dejando que mis tetas rozaran su pecho desnudo. El calor de su piel contra la mía, a través de la fina tela de mi blusa, fue exquisito. Sentía sus pezones endureciéndose contra los míos y su polla marcada empujando contra mi vientre como si quisiera romper el pantalón.
—Ven. Esto no va a seguir en el salón.
Lo llevé de la mano hacia mi habitación. Caminaba casi en trance, mirando cómo yo me movía delante de él. Entramos y él se quedó parado en medio del cuarto, imponente e inseguro al mismo tiempo.
Lo agarré de los hombros y lo besé de nuevo, largo, metiéndole la lengua hasta la garganta. Mientras lo besaba, fui directa al cinturón. Sentí cómo se le cortaba la respiración.
—Quítame la blusa —le susurré contra los labios.
Peleó con las tiras con las manos temblorosas. Yo le bajé el cierre del pantalón y la tela cayó al suelo. Se quedó en bóxers y lo que se le marcaba no dejaba ninguna duda de cómo estaba: la polla erguida deformaba la tela, con la punta empapada dibujando una mancha oscura.
Intentó quitarme el sostén. Le daba vueltas al broche con una desesperación que me dio ternura. Al final me lo solté yo misma. Cuando mis tetas quedaron libres, Rodrigo se quedó paralizado mirándolas.
—Son perfectas —logró decir.
—Chúpalos —le ordené, agarrándole la cabeza y guiándolo hacia mi pecho.
Se abalanzó sobre mí y me atrapó un pezón con la boca. Empezó torpe, chupando con demasiada fuerza, pero yo lo fui guiando con los dedos enredados en su pelo.
—Más despacio... con la lengua, dale vueltas... eso, así, muérdelo suave...
Aprendió rápido. Pasó de una teta a la otra, dedicándoles atención a los dos pezones, con una devoción que habría dado envidia a hombres con mucha más historia. Su lengua caliente los recorría en círculos, los apretaba entre los labios, los tironeaba con los dientes. Yo sentía cómo se me humedecía el coño con cada tirón, cómo la ropa interior se me empapaba de puro deseo.
Caímos a la cama sin dejar de besarnos. Quedé debajo, sintiendo el peso de ese cuerpo joven sobre el mío, y le agarré la mano y me la metí entre las piernas por encima de la tanga.
—¿Sientes cómo estoy? Toca. Está todo mojado por ti.
Rodrigo apretó los dedos contra la tela empapada y soltó un gemido ronco. Nunca había tocado un coño así de excitado y se le notaba en la cara. Le aparté la tanga a un lado y le guié dos dedos dentro. Los metió torpes, pero enseguida empezó a moverlos, descubriendo el terreno.
—Así... más adentro... arriba, busca ahí arriba... eso, ¿lo sientes hinchado? Es mi clítoris. Frótalo con el pulgar mientras me metes los dedos.
Le costó coordinar, pero cuando encontró el ritmo yo empecé a arquearme contra su mano. Le fui explicando todo, sin vergüenza, dictándole cada movimiento como quien enseña a manejar. Y él aprendía. Vaya si aprendía. En un par de minutos ya me tenía jadeando, con las caderas subiéndole al encuentro de los dedos.
—Ahora bájate y cómemelo —le ordené—. Con la lengua.
Se quedó paralizado un segundo.
—No sé cómo...
—Te enseño. Bájate ahí y hazme caso.
Se acomodó entre mis piernas. Le agarré la cabeza y le fui guiando la boca hasta donde yo quería.
—Lengua plana, lame de abajo hacia arriba. Todo, no tengas asco. Eso... así... ahora arriba, en el clítoris, chúpalo suave, envuélvelo con los labios...
La primera lamida me la dio tímida, casi con miedo. La segunda ya con más ganas. Cuando entendió el sabor y sintió cómo yo empezaba a gemir, se soltó. Empezó a chuparme el coño como si tuviera hambre atrasada, mordiéndome los labios con cuidado, hundiéndome la lengua bien adentro, subiendo al clítoris para envolvérmelo con la boca.
—Ay, joder, Rodrigo... así, no pares, así...
Le enterré los dedos en el pelo y le pegué la cara contra el coño, restregándomela como me daba la gana. Él no se resistía; al contrario, gemía contra mí y ese zumbido me llegaba hasta el vientre. En cosa de minutos me tenía temblando entera. Se me apretaron los muslos alrededor de su cabeza y me corrí en su boca con un gemido largo, empapándole la barbilla.
Levantó la cara, con los labios brillantes y una sonrisa boba de orgullo.
—¿Te ha gustado?
—Ven aquí, aprendiz.
Lo agarré del brazo, lo tiré boca arriba y me abalancé sobre el bóxer. Se lo bajé de un tirón y su polla saltó libre, dura como una piedra, gruesa y larga, con la punta hinchada y roja goteando. Ahí fue cuando entendí que la naturaleza había sido muy generosa con él.
—Madre mía. Menuda polla te cargas.
La agarré con la mano y le apreté la base. Rodrigo se estremeció entero y soltó un jadeo. Empecé a masturbarlo despacio, sintiendo cómo latía en mi puño, viéndole la cara de asombro. Después me incliné y le pasé la lengua por toda la punta, recogiendo la gota que le brotaba.
—Ay, tía... —gimió, con las manos apretadas en las sábanas.
Me la metí en la boca hasta la mitad, envolviéndola con la lengua. Se la mamé despacio, dejándole ver cómo entraba y salía, cómo le humedecía el tronco con la saliva, cómo le chupaba la punta con los cachetes hundidos. Cada vez que aflojaba, él soltaba un gemido de frustración. Cada vez que me la tragaba más profundo, se le tensaban los muslos.
—Me voy a correr —dijo desesperado, intentando apartarme.
—Todavía no, aprendiz.
Me aparté y le solté la polla. Rodrigo tenía la cara descompuesta, con la boca abierta y el pecho subiendo y bajando. Le di un beso en el vientre y me trepé encima de él. Me quité la tanga de un tirón y la tiré al suelo.
Se detuvo en seco, con una expresión de pánico.
—No tengo condón —dijo con una voz que sonó al borde del llanto—. Se me olvidó en casa.
—Rodrigo, por Dios. —Me senté a horcajadas sobre él, sintiendo la polla dura latiendo contra mi coño mojado—. ¿Cómo se te olvida eso?
No sabía qué decir. Estaba con toda esa energía sin saber qué hacer con ella.
—No importa. Yo me cuido. Túmbate.
Le agarré la polla con la mano, la puse en mi entrada y me dejé caer despacio. Sentí cómo esa dureza me abría, cómo se metía centímetro a centímetro, ensanchándome, hasta que se hundió del todo y quedé sentada sobre él con las nalgas apoyadas en sus muslos. Rodrigo soltó un sonido que era mitad gemido, mitad alivio, cerrando los ojos con fuerza. Sentirlo así, sin nada de por medio, era una delicia. Estaba caliente y duro y me llenaba por completo.
—Quieto. No te muevas, que te vas ya —le dije, sonriéndole—. Yo lo hago.
Empecé a mecerme encima de él, adelante y atrás, apretándolo por dentro. Rodrigo tenía las manos clavadas en mis caderas y la cara desencajada. Aguantó menos que nada. Bastó que yo empezara a saltar de verdad, con las tetas rebotándole en la cara, para que soltara un gruñido y se pusiera rígido debajo de mí. Sentí cómo se corría dentro, cómo la polla le pulsaba una y otra vez descargándome caliente todo adentro. Fue una descarga que pareció no terminar.
Se desplomó, respirando como si hubiera corrido una carrera. Me dejé caer sobre su pecho.
Después de un momento, levantó la cabeza. Rojo de esfuerzo y de vergüenza.
—Perdón... fue muy rápido, ¿verdad?
Le acaricié la nuca.
—Tranquilo —le dije—. Para ser la primera vez, estuvo muy bien.
Me miró con alivio y con algo que se parecía a la adoración. Se quedó acostado sobre mí, el corazón todavía acelerado.
Nos quedamos así un rato, en silencio, con el sonido de nuestras respiraciones llenando el cuarto. Yo lo besaba despacio, sin prisa, disfrutando del calor de su piel. Y entonces noté que algo cambiaba ahí abajo. Su cuerpo, con esa vitalidad que tienen los diecinueve años, ya estaba listo de nuevo. Sentí cómo la polla, todavía dentro de mí, se le volvía a hinchar.
—Vaya, Rodrigo —le dije, separándome apenas para verle la cara—. ¿Se te puso dura otra vez? Pues no la desperdicies. Fóllame.
Esta vez se dio la vuelta y me puso debajo. Me abrió las piernas de un tirón y se hundió en mi coño otra vez, todavía empapado de su corrida anterior. Me embistió con una fuerza que me hacía saltar contra el colchón, los muelles chirriando bajo nosotros. Olvidó la timidez, me agarró las tetas con ganas, me mordió los pezones con una desesperación que me arrancaba gemidos profundos. Cada embestida sonaba, con el chapoteo del coño mojado de semen recibiéndolo entero.
—Así, más fuerte, dámela toda... rómpeme...
Duró un poco más esta vez, pero el cuerpo le traicionó igual. Empezó a moverse más rápido, cada vez más descoordinado, hasta que soltó un gruñido, me apretó las caderas y se corrió de nuevo dentro de mí, enterrando la cara en mi cuello. Sentí la segunda descarga, más liviana pero igual de intensa, mientras seguía embistiéndome hasta la última pulsación.
Después se quedó tirado a mi lado, empapado. Le mentí que mi marido podía llegar de un momento a otro.
—Ya, amor. Vístete rápido, que mi esposo ya llega.
Saltó de la cama como un resorte. Se vistió a toda velocidad, todavía con esa expresión aturdida de quien acaba de conocer un mundo que no sabía que existía. Yo me quedé desnuda en la cama, con las piernas todavía abiertas y su semen corriéndome por los muslos, viéndolo vestirse. En la puerta, ya con su ropa negra de vuelta, se detuvo.
—¿Me das tu número? —preguntó—. Por si... por si necesitas ayuda con algo más.
Sonreí y se lo dicté mientras él lo guardaba como si fuera un tesoro. Lo agarré de la nuca y le planté un beso largo antes de soltarlo.
—Escríbeme, Rodrigo. Que todavía quedan muchas cosas que enseñarte.
***
No aguantó ni un día tranquilo. Me escribía a cada rato, con cualquier pretexto: que si el mueble había quedado bien, que si necesitaba algo más. Al tercer día decidí que ya era suficiente.
«Ven a las cuatro. Estoy sola», le escribí.
Esta vez no había mueble ni excusa. Cuando sonó el timbre, abrí la puerta en lencería negra de encaje: un conjunto que me levantaba las tetas y me marcaba la cintura, con una tanga que se me metía entre las nalgas y no cubría casi nada. Me había soltado el pelo y me había puesto brillo en los labios.
Rodrigo se quedó petrificado en el umbral. Me recorrió con los ojos de arriba abajo y la boca se le abrió sola. Vi enseguida cómo se le marcaba el bulto en el pantalón.
—Pasa de una vez —le dije, agarrándolo de la camiseta—. Cierra la puerta, que hoy no perdemos el tiempo.
Me acorraló contra la pared sin que yo tuviera que decirle nada. Tres días pensando en esto lo habían transformado. Me metió la lengua en la boca sin ceremonias, apretando su erección contra mi vientre, con las manos hundidas en mis nalgas.
—Me tuvo loca estos días —dijo con la voz ronca, pegando su pecho contra el mío—. No pude ni dormir. Me la cascaba pensando en usted.
—¿Cuántas veces? —le susurré, bajándole la mano al pantalón y apretándole el bulto.
—Perdí la cuenta.
—Pues aprovéchalo. Hoy me la vas a vaciar en serio.
Esta vez fui yo quien lo llevó a la cama y lo acosté boca arriba. Le fui quitando la ropa poco a poco, besando su cuello, su pecho, sus abdominales hasta llegar abajo. Le desabroché el pantalón y lo bajé junto con el bóxer de un solo tirón. Su polla saltó libre, ya dura, ya goteando.
—Hoy vas a aprender a que te la mamen bien —le dije, mirándolo desde abajo—. Y a aguantar mientras te la mamo.
Le agarré la base con una mano y me la llevé a la boca. Empecé por la punta, chupándosela con los labios apretados, con la lengua dándole vueltas al glande. Rodrigo soltó un gemido y clavó los talones en la cama. Fui bajando despacio, tragándomela más y más hondo, hasta sentir cómo me llegaba al fondo de la garganta.
—Dios, dios, dios... —gemía, agarrándome del pelo.
Empecé a subir y bajar con ritmo, chupándosela entera, dejando que la saliva le corriera por el tronco hasta los cojones. Con la mano libre le agarré los huevos y se los masajeé despacio. Le pasé la lengua por debajo, chupándoselos uno a uno, mientras seguía masturbándole la polla con la mano.
—Me... me voy a...
Le apreté la base con fuerza y le corté la corrida en seco. Rodrigo soltó un gemido de frustración que me hizo reír.
—Todavía no, aprendiz. Hoy vas a aguantar.
Volví a metérmela en la boca y le repetí la faena. Le mamé la polla hasta que otra vez estuvo al borde, y otra vez le apreté la base para pararlo. Rodrigo se retorcía en la cama, con los ojos cerrados y las manos aferradas a las sábanas, sudando.
—Por favor... por favor, tía, no aguanto...
—Un poquito más.
Saqué el condón que tenía preparado en la mesita. Se lo puse con calma, sintiendo cómo temblaba cada vez que mis dedos lo rozaban. En cuanto terminé, me coloqué sobre él.
—Escúchame bien, Rodrigo. Hoy aguantas. Si sientes que ya te vas, piensa en otra cosa. Pero no te corras hasta que yo te diga.
Me dejé caer despacio, sintiendo cómo esa dureza me llenaba por completo. Solté un suspiro largo. Empecé a moverme con ritmo, subiendo y bajando, marcando yo el paso, disfrutando de cómo sus manos grandes buscaban mis caderas para intentar seguirme.
—Dios —exclamó, aferrándose a mi cintura—. Se siente... se siente mucho mejor así.
—No pienses. Solo siente —le dije, empezando a moverme con más fuerza.
Rodrigo ya no era el chico tímido. Sus manos se hundían en mis nalgas, apretándolas con desesperación, separándomelas para embestirme desde abajo. Las subió hasta mis tetas y las tomó con hambre, mordiéndome los pezones mientras yo lo cabalgaba. Resistía como podía, con los ojos cerrados y los dientes apretados, aguantando como yo le había ordenado.
—¿Te gusta cómo te aprieto el coño? —le pregunté, inclinándome para rozarle los labios con los pezones—. ¿Te gusta sentirme así? Dilo.
—Me encanta, joder, me encanta tu coño...
—Más fuerte. Dilo más fuerte.
—¡Me encanta tu coño! ¡Está apretadísimo!
—Así me gusta. —Le agarré una mano y me la puse en el clítoris—. Frótame ahí mientras te la clavo. Con el pulgar, en círculos.
Obedeció como un perro entrenado. Yo empecé a saltar más fuerte, sintiendo cómo esa polla me golpeaba el fondo con cada bajada, cómo su pulgar me daba justo donde tenía que darme. En pocos minutos empecé a sentir el vientre apretarse. Le clavé las uñas en el pecho y le monté cada vez más rápido, gimiendo sin ningún pudor.
—¡Me está volviendo loco! —exclamó, agarrándome de las nalgas para estamparme contra él con más fuerza—. ¡Siento que me muero aquí mismo!
—¡Aguanta! ¡Aguanta hasta que yo...!
Me corrí montada encima de él, con un gemido largo, apretándole la polla con el coño en espasmos. Fue entonces cuando le di permiso.
—¡Ahora, córrete ahora!
No pudo más. Sus abdominales se pusieron rígidos bajo mis palmas y su cuerpo entero se arqueó. Soltó un gruñido largo y sentí las pulsaciones a través del condón, una tras otra, hasta que quedó inmóvil debajo de mí, temblando.
Me aparté despacio. Le quité el condón, le hice un nudo y lo tiré a la basura. Me eché a su lado y lo observé jadear, empapado en sudor, con los ojos todavía vidriosos.
Pasaron unos minutos de silencio. Entonces Rodrigo estiró la mano hacia la mesita, tomó otro condón y se lo puso él solo, sin que yo le dijera nada. Me miró con una decisión nueva.
—Ahora yo —dijo, con la voz ronca.
Se acomodó encima de mí y me metió la polla de un solo empujón. Esta vez no había timidez de ningún tipo. Me embistió con una intensidad que me hacía saltar en el colchón, mordiéndome el cuello y los hombros, totalmente perdido en el instinto. Cada estocada era profunda y seca, con las caderas chocándome contra el interior de los muslos.
—Ponte a cuatro —jadeó.
Le hice caso. Me giré, apoyé las rodillas y las manos en el colchón y le presenté el culo. Rodrigo me agarró de las caderas y se enterró de nuevo, ahora hasta el fondo. Empezó a darme desde atrás con una fuerza que me hizo meterme la almohada en la boca. El sonido de nuestros cuerpos chocando era rítmico y seco, llenando todo el cuarto: plaf, plaf, plaf, sus caderas contra mis nalgas, sin parar.
—Dios, qué culo tienes... —gemía, apretándomelo con las dos manos—. Se te ve todo desde aquí.
Me dio una nalgada. Yo solté un gemido ahogado en la almohada. Me dio otra, más fuerte. Y otra. El calor se me subía a la cara y el coño me chorreaba encima de la polla.
—Más, dame más...
Se inclinó sobre mi espalda, me agarró el pelo con una mano y siguió embistiéndome mientras me susurraba al oído.
—Voy a llenarte otra vez... me tienes loco, tía... me tienes loco...
Llegó al límite con un rugido. Se desplomó sobre mi espalda, aplastándome contra el colchón con todo su peso y el calor de su cuerpo sudado.
Ese día terminamos tres veces. La tercera se la mamé hasta el final y le hice correrse en mi cara, viendo cómo se le desencajaba la expresión mientras los chorros me caían en las mejillas, en los labios, en las tetas. Cada encuentro era corto, sí, porque los diecinueve años y la novedad no dan para mucho más, pero la energía le volvía en minutos y esa vitalidad me hacía sentir más viva que en años.
Lo que empezó con un mueble por armar se convirtió en algo que duraría mucho tiempo. A partir de esa tarde, Rodrigo volvía semana tras semana, y yo le fui enseñando todo lo que sé sobre el placer: a mamarme el coño hasta hacerme gritar, a follarme en todas las posturas, a durar más, a correrse donde yo le dijera. De ese chico tímido que solo sabía dar piquitos hice el hombre que me daría las mejores tardes de mi vida. Y eso, como digo siempre, fue solo el principio.