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Relatos Ardientes

La mujer madura del café que no pude olvidar

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Era sábado por la mañana, poco antes de las diez, y llevaba encima el peso de una semana que se resistía a cerrarse. Dormí menos de cuatro horas. Tenía pendiente leer unos informes antes de que el teléfono comenzara a sonar, pero antes quería un café en calma, sin prisa, con el periódico en la mano y sin que nadie me molestara.

Los locales de siempre estaban cerrados a esa hora del sábado. Recordé una confitería a dos calles, de esas que abren desde temprano y huelen a bollería recién hecha. Aparqué cerca, entré y pedí un café con leche en la barra. El sitio estaba tranquilo: cuatro mesas ocupadas, la radio en voz muy baja, gente con el vaso en la mano y los ojos en ninguna parte. Tomé un periódico del soporte y me senté en el rincón del fondo, desde donde se veían la puerta y la mitad del local.

Estaba en la tercera página cuando entró él primero: un chico joven, alto, con una cazadora de trabajo y el móvil ya en la mano. No le presté atención más de dos segundos. Pasé a la siguiente hoja.

Entonces abrió la puerta ella.

Hay personas que entran a un sitio y llenan el espacio de una manera que no tiene que ver con el ruido ni con el tamaño. Sin anunciarse, sin hacer nada especial, pero te obligan a levantar la vista de lo que estás haciendo. Ella era así. Cuarenta y dos, cuarenta y tres años, quizás algo más, aunque eso era lo de menos. Botas negras de cuero hasta la rodilla, un vestido oscuro de tela gruesa levemente entallado, un jersey de cuello en pico que dejaba ver suficiente escote para que resultase difícil mirar a otro lado sin esfuerzo. Llevaba el pelo oscuro recogido en un moño suelto, un aro pequeño en la parte exterior de la nariz y esa manera de caminar que tienen las personas que saben exactamente adónde van, sin necesidad de comprobar si alguien las está mirando.

El chico la esperaba. Ella le señaló con la barbilla una mesa justo al lado de la mía, separadas por un pasillo estrecho. Se sentaron, pidieron café y comenzaron a hablar con esa naturalidad distendida que hay entre dos personas que se conocen por trabajo pero no tienen más que eso. No eran pareja, eso estaba claro desde el principio. Ninguna de esa tensión silenciosa, ninguno de esos gestos pequeños que se dan sin darse cuenta.

Pedí otro café sin necesitarlo. Era una excusa para girar la cabeza hacia la barra y, de paso, mirar hacia su mesa. Al cruzar la vista con la de ella, no apartó los ojos de inmediato. Un segundo, dos. Luego volvió a su conversación sin prisa.

Eso es algo.

La observé sin que pareciese que la observaba. Hablaba con calma, con frases cortas y precisas, sin ese afán de llenarlo todo con palabras que tienen algunas personas cuando están nerviosas. En un momento dado se recostó en la silla con el móvil en la mano. El vestido subió lo justo por los muslos. Cruzó las piernas y yo dejé de leer sobre economía y política exterior. Era una mujer que se movía con una seguridad sin aspavientos, de esas que no necesitan convencer a nadie de nada porque ya saben quiénes son.

El chico recibió una llamada. Se levantó, señaló hacia la puerta con un gesto y salió a la calle gesticulando mientras hablaba. Ella lo vio irse, dejó el móvil sobre la mesa y se acomodó el moño con las dos manos. Entonces me miró.

No fue un vistazo casual ni una mirada que se pierde entre mesas. Fue directamente, de frente, como diciéndome: ¿vas a hacer algo o no?

Me levanté, saqué una tarjeta del bolsillo interior de la chaqueta y la dejé sobre su mesa sin sentarme.

—Disculpa que invada tu espacio. Me llamo Marcos. Si alguna vez te apetece tomar un café con alguien que no tenga nada que contarte sobre mudanzas, ya tienes dónde encontrarme.

Se le escapó una risa corta y genuina.

—Vaya, qué directo. ¿Y si estuviera comprometida?

—Lo habría notado antes de levantarme.

Me miró un momento, sin prisa, evaluando.

—Soy Natalia. Ya veremos.

El chico volvía desde la puerta. Me di la vuelta, pagué en la barra y salí sin mirar atrás. Había apostado. Podía salir bien o salir mal, y las dos opciones eran perfectamente asumibles. Lo que no era opción era quedarse sentado mirando cómo el momento se esfumaba.

***

A las once y cuarto de la noche sonó el teléfono. Un número sin nombre guardado.

—Soy Natalia. La del café.

—Lo supe antes de que lo dijeras.

Hablamos casi dos horas seguidas. Me contó que el chico era el responsable de su mudanza, que venía del norte para hacerse cargo de una dirección comercial en su empresa, que el lunes descargaban sus cosas en el nuevo piso y el martes empezaba a trabajar. Cuarenta y dos años. Llevaba dos y medio sola desde que una relación larga se había roto sin escándalo, pero con mucho desgaste acumulado. Hacía tiempo que no hablaba así con alguien sin ninguna razón práctica para hacerlo.

—¿Qué planes tienes mañana? —preguntó cerca del final de la llamada.

—Eso depende de ti.

Silencio breve.

—Adónde vayamos me da igual. Pero que sea algo que no cuente con tener.

***

La recogí al día siguiente a mediodía frente a su hotel. Estaba en el vestíbulo cuando llegué, de pie junto a la ventana con un vestido de punto gris y las mismas botas del día anterior. Me tendió la mano con una sonrisa diferente a la del café: más abierta, sin la reserva del primer encuentro.

—¿Y el coche? —preguntó al salir.

—A la vuelta de la esquina.

Cuando lo vio se detuvo a mitad de una frase. Lo rodeó con la mirada, despacio, antes de subirse.

—Esto es tuyo de verdad.

—De verdad.

Camino de un restaurante que conozco a las afueras de la ciudad, hablamos sin parar. Natalia era de las que escuchan bien y preguntan mejor, con esa capacidad de la gente inteligente para encontrar el ángulo exacto de una pregunta. Me contó sobre su trabajo, sobre los tres años que vivió fuera cuando tenía poco más de treinta, sobre cómo aprendió a viajar sola y a no tener miedo de empezar en un sitio nuevo. Hablé yo también, sin adornar demasiado.

Comimos bien. Vino tinto, bacalao al horno, postre que compartimos sin pensarlo. Fue una de esas comidas que no se sienten largas porque la conversación lleva su propio ritmo. Al salir, mientras buscaba las llaves, le pregunté si quería conducir de vuelta.

—¿Tú confías en mí para eso?

—Si no confiara, no te lo propongo.

Condujo despacio los primeros minutos, con cuidado, evaluando el coche. Luego fue soltando las manos sobre el volante y algo en ella cambió: más asentada, más tranquila. Me miró de reojo en una recta larga.

—Es adictivo.

—Ya lo sé.

Apoyé la mano en su espalda, justo encima de la cintura. No la retiró. Bajé un poco los dedos, hasta rozarle el arranque del culo por encima del vestido de punto. Tampoco dijo nada, pero cambió la postura para que la mano me quedara más cómoda. La carretera pasaba rápida bajo las ruedas y yo ya sabía que esa mano no iba a volver al reposabrazos.

***

Llegamos a mi casa entrada la tarde. Le enseñé la planta de abajo: la cocina, el salón con la cristalera que da al jardín, el pequeño estudio donde los libros se apilan sin demasiado orden. Nos quedamos un momento de pie frente a la cristalera trasera, mirando el jardín en penumbra mientras la luz del día se terminaba de apagar.

Me acerqué por detrás sin decir nada. Puse las manos sobre sus hombros. Bajé una por su brazo, la otra le cruzó el vientre y la pegué contra mí, hasta que notó por el culo lo dura que ya la tenía dentro del pantalón. Ella empujó las caderas hacia atrás, muy despacio, con la respiración cortada.

Se giró despacio. Nuestras caras estaban muy cerca.

—Llevo todo el día pensando en esto —dijo.

—Yo desde que te vi entrar en la cafetería.

—Mentiroso.

—No.

Nos besamos sin prisa, como si los dos supiéramos que no había motivo para apresurarse. Sus manos subieron a mi pecho, me abrieron los primeros botones de la camisa y se metieron dentro. La mía fue hacia su espalda, hacia la curva que ya conocía del coche, y le apreté el culo con la mano abierta hasta clavarle los dedos por encima de la tela. Soltó un gemido bajo dentro de mi boca.

Nos movimos al sofá. Ella se sentó encima de mí con las piernas a ambos lados. El vestido se le subió hasta la cintura de un tirón. Debajo llevaba unas bragas negras de encaje, finas, ya húmedas en el centro. Le puse la mano por encima de la tela y noté el calor. Ella cerró los ojos un segundo.

—Esto no debería pasar tan rápido —dijo, aunque sus caderas empezaron a moverse contra mis dedos.

—¿Por qué no?

—Porque apenas nos conocemos.

—Segunda cita. El café cuenta.

Se rió contra mi boca. Aparté la tela hacia un lado con dos dedos y la toqué directamente. Estaba empapada. El coño le latía debajo de mis dedos, muy caliente, y en cuanto le rocé el clítoris se le escapó un jadeo largo que le vibró en la garganta.

—Joder —murmuró—. Llevo horas así.

—Se te nota.

Le metí un dedo despacio. Ella apretó por dentro con una fuerza que no me esperaba. Metí un segundo. Empezó a montarme la mano encima de la ropa, con el vestido arrugado en la cintura y las bragas corridas a un lado, moviendo las caderas en círculos pequeños y cada vez más urgentes. Con la otra mano le bajé el escote del jersey y del sujetador de un solo gesto y le saqué una teta. Se la chupé sin cuidado, mordiéndole el pezón hasta que se puso duro entre mis dientes.

—Así no voy a durar —dijo con la voz ronca—. Espera.

La tumbé en el sofá con cuidado. Besé su cuello, la clavícula, el borde del escote. Ella me sujetó la nuca con los dedos y apretó.

—Dos años sin esto —murmuró—. No imaginaba que fuera tan fácil volver.

Me separé un momento para mirarla. Tenía los ojos medio cerrados, el pelo suelto sobre el cojín, el vestido arrugado en la cintura, las bragas colgando de un tobillo. Era hermosa de esa manera concreta que tienen las mujeres que han vivido: sin la rigidez de quien todavía está aprendiendo a estar en su propio cuerpo.

La terminé de desnudar despacio. Ella me ayudó sin apuro, quitándose el vestido por encima de la cabeza con un gesto limpio y natural y desabrochándose el sujetador por delante. Su cuerpo era firme y cuidado, con las curvas de alguien que se ha tratado bien a lo largo de los años. Tetas medianas, redondas, con los pezones ya duros y oscuros de tanto morderla. El coño depilado por completo, con los labios hinchados y brillantes de lo mojada que estaba. Tenía una cicatriz pequeña bajo la clavícula izquierda que no me explicó y que yo no pregunté.

Bajé besando su pecho, el vientre, la curva de la cadera. Cuando llegué entre sus piernas separó los muslos despacio, sin urgencia, dejándome espacio. Le abrí el coño con dos dedos y me quedé un segundo mirándolo antes de meter la lengua. Estaba rosa por dentro, hinchado, chorreando. Empecé con calma, lamiéndole toda la raja de abajo arriba, entreteniéndome en el clítoris con la punta de la lengua, bajando de vuelta a metérsela dentro. Ella puso las manos en mi cabeza y comenzó a guiarme con una precisión que no admitía dudas.

—Ahí. Justo ahí. No pares.

Me quedé ahí. Le chupé el clítoris como quien no quiere gastarlo, con presión constante, mientras le metía dos dedos en el coño y le buscaba ese punto por dentro. Lo encontré por cómo se le arqueó la espalda. Sus caderas se levantaron del sofá y empezaron a moverse contra mi cara. La respiración se le fue convirtiendo en algo que ya no controlaba: jadeos cortos, algún tacoco medio dicho, mi nombre entre dientes.

—Voy, voy, voy —repetía muy bajo—. Marcos, voy.

Se corrió con los muslos apretándome la cabeza y los talones clavados en el sofá. Un temblor sostenido que empezó en las piernas y le subió por el vientre, los dedos apretándome el pelo, un grito breve y honesto que no intentó disimular ni exagerar. Le seguí chupando despacio mientras bajaba, hasta que me apartó suavemente con la mano.

—Dios —dijo al final. Solo eso.

Esperé a que se tranquilizara antes de moverme. Subí por su cuerpo besándole el vientre y las tetas de camino, y la besé en la boca. Ella se saboreó a sí misma en mis labios sin remilgos. Me desabrochó el cinturón con dedos seguros, sin titubear, y me bajó el pantalón y el bóxer de un solo gesto. La polla saltó fuera, dura, tensa contra el vientre. Ella la agarró con la mano y la apretó midiéndola, con la boca entreabierta.

—Joder, sí —murmuró—. Ven aquí.

Se incorporó en el sofá, me hizo dar un paso hacia delante y se me metió la polla en la boca de un solo movimiento. Sin preámbulos. La chupaba con hambre, con la mano en la base y la lengua trabajando la punta, sacándomela para lamerme los huevos y volviendo a metérsela hasta el fondo. Yo le sujetaba el pelo con la mano cerrada, sin empujar, dejándola llevar. Me miraba desde abajo con los ojos brillantes y la boca llena.

—Así se te ha desolvidado hacer esto, ¿no? —le dije con la voz espesa.

Se la sacó de la boca un segundo para responder, con la punta apoyada en el labio inferior y un hilo de saliva bajándole por la barbilla.

—Cállate y disfrútalo.

Volvió a metérsela hasta que la sentí golpearle la garganta. Si la dejaba, me corría ahí mismo. La aparté de la polla con un tirón suave del pelo.

—¿Tienes protección? —preguntó, jadeando.

—Sí.

Pasamos al dormitorio. La tumbé de espaldas sobre la cama y me puse el condón mientras la miraba abierta, con las piernas separadas, tocándose el clítoris despacio esperándome. No le dije nada. Me subí, le agarré los muslos, se los abrí un poco más y le puse la punta de la polla en la entrada del coño. La froté ahí, arriba y abajo, sin meterla todavía. Ella empujaba las caderas hacia arriba buscándome.

—Métemela ya —dijo—. No me hagas suplicar.

Se la metí despacio, controlando el ritmo, hasta el fondo de una sola embestida larga. Ella cerró los ojos y soltó un gemido gutural que le salió de muy abajo. La tenía muy apretada, muy caliente, chorreando alrededor de la polla. Me quedé quieto un segundo dentro de ella, notando cómo el coño le latía adaptándose.

—Así —dijo en voz muy baja—. Así, joder.

Empecé a moverme. Primero lento, sacándola casi entera y volviéndola a hundir hasta los huevos. Ella se agarró al cabecero por encima de su cabeza y empezó a acompañarme con las caderas. Cada embestida le hacía botar las tetas y le arrancaba un jadeo distinto. Me incliné hacia delante y le chupé un pezón mientras seguía follándola, y ella me clavó las uñas en la espalda.

—Más fuerte —pidió—. Métemela más fuerte.

Le levanté las piernas y se las apoyé en mis hombros. Desde ahí la penetré con todo, hasta el fondo, con el ruido húmedo de los cuerpos chocando llenando el dormitorio. Ella soltó una retahíla de tacos y gemidos, con los ojos cerrados y la boca abierta, y se llevó una mano al clítoris para tocarse mientras yo se la metía.

—No pares —repetía—. No pares, no pares.

Cambió de posición sin pedirme permiso. Me empujó por el pecho para que saliera de ella, se dio la vuelta y se puso a cuatro patas encima de la cama, con el culo levantado y la cabeza apoyada en los antebrazos. Me miró por encima del hombro.

—Ven. Así.

Me arrodillé detrás de ella y volví a metérsela de un empujón. Desde ese ángulo entraba distinto, más profundo, y ella empezó a echar el culo hacia atrás contra mí en cada embestida. Le agarré las caderas con las dos manos y la follé con ganas, mirándole cómo la polla entraba y salía brillante entre sus nalgas. Le di una palmada en el culo, ni fuerte ni suave, y ella gimió más alto.

—Otra.

Le di otra. Y otra más, hasta dejarle una mano roja marcada en la nalga derecha. Ella se reía y gemía a la vez, con el pelo pegado a la cara.

—Estás loca —le dije.

—Me estás encantando.

Se dejó caer sobre el costado sin sacarla, y yo me acomodé detrás pegado a su espalda. Le pasé el brazo por debajo del cuello, le agarré una teta con la mano libre y volví a moverme, más lento ahora, cucharita. Su culo apoyado en mi pelvis, mi polla dentro, mi mano bajando desde la teta hasta el clítoris para frotárselo mientras la follaba. Ella giró la cara hacia atrás buscándome la boca y nos besamos así, jadeando el uno en la boca del otro.

—Voy otra vez —jadeó al cabo de un minuto—. Otra vez, no pares, no pares.

No paré. Le seguí frotando el clítoris con dos dedos mientras se la metía desde atrás, y noté cómo el coño se le iba cerrando alrededor de la polla en espasmos cada vez más juntos. Se corrió con un gemido largo y ronco que le duró varios segundos, temblándome pegada al pecho, con mi brazo apretándola. Fue más largo y más ruidoso que el primero. Cuando terminó se quedó quieta, con los ojos cerrados y la respiración lenta y profunda, la polla mía todavía dentro sintiéndole las últimas sacudidas.

Después se giró hacia mí. Todavía con las mejillas rojas.

—Quiero que termines. Dime cómo.

—En la boca —le dije, sin rodeos—. Quiero acabar en tu boca.

—¿Con condón te has puesto de por medio?

—Quítamelo tú.

Negó con la cabeza y sonrió con esa media sonrisa tranquila de quien sabe lo que hace y no necesita escenificarlo. Me sacó la polla del coño despacio, me quitó el condón con dedos hábiles y lo tiró en la papelera de al lado de la cama. Se arrodilló entre mis piernas, me agarró la polla con las dos manos y se la metió en la boca hasta el fondo.

Fue preciso y sin prisa: su boca, sus manos, su manera de no apresurarse sin perder la intención. Chupaba la punta con los labios apretados y bajaba luego hasta la base, con la lengua trabajando la parte de abajo. De vez en cuando se la sacaba y me lamía los huevos uno por uno, sin dejar de acariciarme la polla con la mano. Yo apoyé los dedos en el cabecero y cerré los ojos, porque si la miraba iba a durar menos.

—Así, así —murmuré—. No pares.

—Córrete en mi boca —dijo ella con la polla apoyada en la mejilla—. Quiero notarlo.

Se la volvió a meter, ahora más rápido, con la mano acompañando el ritmo. Sentí cómo se me juntaba todo en la base y le avisé apretándole el pelo.

—Voy.

Se quedó ahí. Me corrí en su boca en tres o cuatro sacudidas fuertes, aguantando el gemido entre los dientes, notando cómo cada chorro se le iba directo al fondo. Ella no se apartó. Me chupó hasta la última gota, apretándome la polla con los labios de arriba abajo para no dejar nada, con los ojos cerrados. Cuando terminó, tragó, abrió la boca para enseñármela vacía y sonrió.

Después de un momento, se limpió la comisura de la boca con el dorso de la mano.

—Llevaba mucho tiempo sin hacer eso —dijo.

—¿Y?

—No se me había olvidado. —Sonrió sin mirarme todavía.

***

Nos quedamos tumbados en silencio. Ella tenía la cabeza apoyada en mi pecho y la mano en mi costado. La lámpara del pasillo dejaba entrar una franja de luz bajo la puerta. Afuera, el jardín estaba completamente oscuro.

—Dos años —dijo después de un rato.

—Ya me lo dijiste.

—Lo repito para mí. Para recordarlo. —Hizo una pausa—. Elegí bien.

No añadí nada. A veces lo mejor que puedes hacer es no estropear lo que ya está dicho.

Se quedó a dormir. A las siete y media sonó su alarma y se levantó sin protestar, con esa eficiencia tranquila de quien sabe organizarse sin dramas. La acerqué a trabajar. Al bajar del coche se inclinó hacia la ventanilla y me dio un beso corto y preciso.

—Llámame cuando puedas.

La vi entrar al edificio. Arranqué despacio.

Dos días después, cuando ya estaba instalada en su piso nuevo, quedamos de nuevo. Y luego otra vez. Natalia era de esas personas que mejoran con el tiempo: más directa, más abierta, más ella misma lejos del protocolo que imponen los primeros encuentros. En la cama también: más segura, más presente, más sucia en el oído, sin esa reserva inicial que desaparece cuando alguien ya no tiene nada que demostrar.

Todo empezó con un café que no tenía planeado tomar. Con un periódico del sábado y el instinto de reconocer cuándo vale la pena arriesgarse.

A veces la vida te pone delante algo que no esperabas. Lo importante es no quedarse sentado mirando cómo pasa.

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3.9(12)

Comentarios(10)

Madurero

excelente!!! Las maduras tienen algo que no te lo explica nadie pero lo sientes en el momento. Muy bien contado.

CarinaR

Me quede con ganas de mas, por favor seguí con la historia!

viajero73

Me recordo a una situacion parecida que tuve hace años en un bar. El detalle de las botas es todo jaja

FelipeMza

genail!! espero la continuacion

Sandra_Mdq

Que buen comienzo, me gusto mucho como describis ese momento de animarse a dar el paso. Sigue subiendo!

Noctambulo_k

Hay algo en las mujeres que ya saben lo que quieren... eso que describes se siente real. Muy buen relato.

LectoR_casual

Corto pero intenso, quiero saber si ella llamo o no jajaja. Esperando la segunda parte

Panzeta

Buenisimo. Saludos

Damian77

Esa mirada que describis la conocemos todos aunque pocos se animan a actuar como vos. Chapeau

lectora_silen

Me encanto como lo contaste, sin ser burdo se siente intenso igual. Mas de esto por favor!

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