Confesión: el día que llevé el sobre al taller
Esto pasó hace un par de años, cuando tenía 22, en aquellos días raros entre que terminaba la facultad y el viaje de fin de carrera. Mi mamá había salido el día anterior a Tucumán por trabajo y mi papá me agarró en la cocina con cara de pedir un favor. Necesitaba que le acercara plata al taller mecánico, en mano, antes del mediodía. Le habían arreglado una salida urgente al norte y el auto tenía que estar listo para la semana siguiente.
Le pregunté si podía ir después de almorzar y me dijo que no, que el flaco de los repuestos cobraba en efectivo y que si no le llevaba la mitad esa misma mañana no empezaba. Agarré dos sobres atados con una bandita elástica y los dejé sobre la mesa del comedor mientras subía a cambiarme.
Hacía un calor pegajoso desde temprano. No quería ropa que se me marcara en la espalda, así que saqué una pollera liviana que llegaba dos dedos arriba de la rodilla y una musculosa blanca, finita. Pensé en ponerme corpiño, pero los pezones se notaban demasiado y la idea me pareció más entretenida sin él.
Estrené una tanga de algodón. Me la subí despacio; el roce contra la piel me dejó la espalda erizada un par de segundos. En los pies, unas chatitas. Comí media manzana de pie en la cocina y guardé el paquete con la plata en la mochilita ajustada que uso para cosas chicas.
Antes de salir me acomodé el pelo y me puse anteojos negros. Me miré en el espejo del recibidor y me sentí otra: la chica que un día de semana hace un mandado importante, con plata adulta en la espalda, fuera del horario de la facultad. Adulta. Dejé la puerta atrás y caminé sintiendo cómo el aire pasaba por todos lados.
Nunca me habían mirado tanto. A mitad de cuadra empecé a notar el doble take, ese giro de cabeza de los autos que pasan. Cambié la cadencia sin pensarlo, quebré un poco más la cintura y dejé que la cadera tomara su propio ritmo. Sonreía bajo los anteojos.
Una ráfaga de viento en una esquina me levantó la pollera unos centímetros y la bajé con la palma de un golpe seco. —¡Qué cola, mi amor! —gritó el copiloto de un Fiat blanco que pasó frenando despacio. Bajé la cabeza, me reí sola y seguí.
Hacía mucho que no iba al taller, pero apenas vi la cortina metálica medio levantada lo reconocí. Adentro hacía un calor distinto, calor de lámpara y aceite, y el aire estaba cargado del olor a grasa y metal. Uno de los muchachos dejó caer una llave inglesa contra el piso y se acercó secándose las manos en un trapo. Me miró las piernas tres segundos enteros antes de hablar.
—¿Sí? ¿En qué te puedo ayudar?
—Busco a Hugo. Tengo que dejarle un sobre de parte de mi papá.
—Hugo no está, está Damián. Es el hijo, el que está manejando el taller esta semana. Pará que subo y le aviso.
Subió por una escalera de chapa con escalones calados, esos que parecen rejas de diamantes. Lo vi tocar la puerta de la oficina de arriba y desaparecer un segundo. A mi alrededor los demás dejaron lo que estaban haciendo y siguieron mirándome sin ningún disimulo. Cada tanto un golpe metálico me hacía dar un saltito. Me saqué los anteojos y me los enganché en el escote.
A través del ventanal de persianas americanas vi cómo se levantaba alguien del escritorio y se asomaba hacia abajo. Volvió el muchacho como un perrito.
—Te dijo que subas.
Miré la escalera. Las rejas de diamantes me hicieron pensar inmediatamente en los ojos que estaban abajo, esperando ese ángulo. Me agarré la pollera y la apreté contra los muslos, pero ya sabía que la tela era demasiado liviana. Subí lento, escalón por escalón, sin animarme a girar la cabeza. Cuando llegué arriba golpeé el vidrio con los nudillos.
—Pasá —contestó una voz que se movía por la oficina.
El picaporte estaba flojo y giró torcido. Cuando entré lo vi de espaldas, con una camisa azul abierta hasta el segundo botón, descolgando un póster de una modelo en bikini negro de la pared del fondo.
—¡Ja! La saco para que no se ponga celosa de vos —dijo, sin darse vuelta del todo.
Me reí. Era mucho más joven y más flaco que el padre que yo recordaba. Cuando se giró, vi una sonrisa enorme, blanca, llena de dientes, y en los antebrazos un tatuaje de líneas tribales medio descolorido por el sol.
—Vengo de parte de Tomasz Nowak —dije.
—El polaco. Sí, ya sé.
—Es ucraniano —corregí, aunque a esa altura yo tampoco estaba segura.
—Da lo mismo. Igual se nota. Sos una rusita. Más blanca y rubia imposible.
Nos reímos juntos.
—¿No te acordás de mí?
Yo me acordaba del taller de cuando tenía diez, doce años, pero la cara de él no me decía nada.
—Eras chiquita —me ayudó—. Ya se notaba que ibas a ser linda. Se te oscureció un poco el pelo, pero esa piel de porcelana no cambió. Venías con tu viejo y yo te ponía acá, en el escritorio, a dibujar. Eras flaquita; ahora tenés más curvas que la ruta a la costa.
—Jaja, no entiendo de rutas —dije—. Pero me acuerdo de los lápices de colores.
—Exacto. Dejá la mochila ahí, en el sillón del fondo.
Caminé hasta el sillón, lo apoyé y volví. Me invitó a sentarme del otro lado del escritorio de vidrio. Hablamos un rato de cosas suaves: la facultad, qué iba a hacer después, el viaje. Le conté que en una semana me iba con las amigas a la costa.
—¡Uh! El descontrol que vas a hacer —se reía.
A los diez minutos me dijo que los muchachos siempre se iban a comer al kiosco de enfrente y que él se quedaba con la oficina. Que si quería me invitaba algo. Dudé tres segundos y le dije que sí. Pidió por teléfono y a los veinte minutos llegó una bolsa con dos viandas: ensalada con carne fría. Acomodó todo arriba del escritorio de vidrio y me sirvió agua de una jarra que había sacado de la heladera chica que tenía en un rincón. Tomé un sorbo largo y un poco se me escapó por la comisura del labio.
***
Él estaba sentado del otro lado, mirándome comer. Cada tanto la mirada se le iba al borde de la pollera, al límite donde mis cuádriceps tocaban el vidrio. Yo me la bajaba apenas con dos dedos, sin saber bien si el blanco de la tanga se asomaba o no. Para cortar un trozo grande de carne tuve que usar las dos manos. La pollera se subió y la mirada de él se metió ahí, directo. Crucé las piernas y no me importó. Cuando volví a mirarlo, el pantalón le marcaba un bulto que antes no estaba.
—Está rica, ¿no? —dijo él, mientras se servía agua—. ¿Cuántos novios tenés?
Me atraganté con un pedazo de tomate. Se rió, me sirvió más agua y volví a tomar rápido. Esta vez se me escapó un chorro por el mentón y me cayó en la pollera. Damián se paró, fue hasta una repisa y volvió con un trapo limpio. Se agachó al lado de mi silla y me secó la pollera primero. Después la pierna.
Me dejó un manchón de grasa al costado del muslo, soltó una puteada bajita, me pidió disculpas y lo limpió con la mano abierta. Los dedos se le fueron subiendo por la cara interna del muslo, como si estuviera concentradísimo en sacar la mancha, y yo sentí la palma áspera raspándome la piel a milímetros de la tanga. Me hundí más en la silla y arqueé la espalda sin querer.
—Era solo una pregunta —dijo, levantando los platos.
—No —contesté—. No tengo novio.
Levantó las cejas. La mirada le bajó al triángulo de mi pollera y se quedó un segundo de más.
—Increíble.
Para romper el silencio dije lo único útil que se me ocurrió.
—Te doy la plata.
—Sí, como quieras.
Fui hasta el sillón y me agaché para abrir la mochilita. Sentí enseguida que la pollera se había levantado un poco y le estaba dando de vista el nacimiento de la cola.
—¡Eh, no! Quedate siempre así —dijo, con voz que se reía de mí.
Me quedé. En vez de levantar la mochila, abrí el cierre desde donde estaba y empecé a sacar el sobre con dos dedos. Escuché que se paraba y caminaba hacia mí. Dejé caer el sobre adentro y volví a buscarlo, lento.
—Es mucha plata —me dijo al oído. La voz era suave, pero entraba como un alfiler—. Rico perfume.
Me llegó el olor a metal y a grasa de su camisa. Me incorporé y quedamos enfrentados, con el sobre apretado entre su pecho y el mío. Lo agarró y, sin querer, los dedos le pasaron por el nacimiento de las tetas. Los pezones ya estaban duros bajo la musculosa fina, marcados como dos botones, y él tardó demasiado en mover la mano. Me mordí el labio sin darme cuenta y se rió bajito.
Se dejó caer en el sillón, abrió el sobre y empezó a separar billetes en pilas chicas sobre el apoyabrazos. Yo seguía parada delante. Me costaba mantener las piernas firmes porque adentro de la tanga ya sentía la humedad avanzándome, mojándome la costura del algodón.
—¿Me alcanzás un papel del escritorio? —dijo, sin levantar la vista.
Me daba cuenta de que era una excusa para verme caminar. Igual fui. Crucé la oficina sintiendo la mirada en la nuca, agarré el papel y se lo llevé rápido.
—Es la mitad de la plata —dijo después de hojearlo.
—Sí —contesté—. La otra mitad es contra entrega. Pero podés empezar igual, ¿no?
—No, no puedo.
—Llamo a mi papá —se me trabó la voz— y le digo que la traiga.
—Olvidate. En una hora viene el flaco con el repuesto y yo le tengo que pagar todo junto. Si no, no me deja nada y menos como está todo en el país: quieren la guita ya.
—¿Y vos no podés ponerla y mañana te la traigo?
Se quedó callado, mirándome. Mirándome de una manera que ya no era la del chico que descolgaba el póster. Ahora me miraba las tetas, las piernas, la boca. Me miraba como si ya me estuviera desnudando de a pedazos con los ojos.
—No sé.
***
No sé en qué momento decidí. El miedo a volver a casa y decirle a mi papá que no se podía empezar fue más fuerte que la vergüenza. Pero también había otra cosa adentro, una corriente que venía caminando con la pollera al viento desde la mañana y que ya no tenía dónde meterse. La concha me latía. Se me estaba encharcando la tanga y él lo sabía; me daba cuenta por cómo tragaba saliva cada vez que cruzaba una pierna sobre la otra.
Me arrodillé. Apoyé los codos en sus rodillas y lo miré. Él respiró hondo y se acomodó atrás, contra el respaldo del sillón. Le deslicé las manos por los muslos, sin tocar todavía el centro, arrastrando las palmas por encima del jean gastado. Vi cómo el bulto se le marcaba más en el pantalón, cómo la tela se ponía tirante en diagonal, y adiviné hasta dónde le llegaba.
—No sé —repitió, con una voz que ahora temblaba un poco—. Quizás tengo algo de plata acá.
—¿Sí? —dije, e incliné la cabeza hasta apoyarla en su rodilla derecha. Lo miraba con los ojos muy abiertos. La mano izquierda la arrastré, lenta, hasta el milímetro exacto antes del bulto. No lo toqué. Solo se tocaban los calores: mi mano y la tela tirante.
Suspiró. Me bajó la mano suavemente y, con la otra, me abrió los labios. Sentí su pulgar tocarme los dientes, que se abrieron como puerta mecánica, y lo recibí con la punta de la lengua hecha lanza. Se la chupé apenas, cerrándole los labios alrededor y succionándole el nudillo, y saqué la lengua por debajo del dedo para que viera cómo lo lamía. Sentí que la respiración se le aceleraba a un ritmo distinto al mío.
Apuró la mano hacia el botón del pantalón y se lo frené con dos dedos.
—No.
Le abrí las piernas con las rodillas, me metí entera y le desabroché yo el pantalón, mirándolo. Primero el botón, después el cierre, uno a uno, sin apuro, mientras él aguantaba la respiración. Le entré con la mano por adentro del bóxer y le enganché la pija de raíz. Era gruesa, más pesada de lo que había imaginado, y latía en mi puño como si tuviera su propio pulso. La piel de él ardía; la mía estaba tibia. La saqué forzando la tela, que rebotó al volver a su lugar, y quedó parada, roja, con una vena marcada corriéndole por debajo y una gota transparente asomando en la punta. Me entraba justo entre las dos manos. Empecé a subir y bajar lento, la puse contra mi mejilla, dejé que me golpeara suave, la froté contra mi pómulo. El olor a piel caliente, a hombre sudado, me llenó la nariz y se me escapó un gemidito.
Junté saliva, saqué la lengua y la dejé caer en hilo, en cámara lenta, hasta la cabeza rosada. El hilo cayó justo en el frenillo, se resbaló por los lados y bajó por el tronco hasta mis dedos. Tiró la cabeza hacia atrás un instante y la trajo de nuevo, sin perderse nada. La rodeé con la lengua en círculos, la punta primero, después toda la cabeza dentro de la boca, chupándola despacio como un caramelo. Me la llevé adentro despacio, milímetro a milímetro, hasta que topé con el fondo del paladar. Me agarró la nuca, pero le saqué la mano. Quería hacerlo yo. No dejé de mirarlo. Llevaba la piel para atrás con dos dedos y le dejaba caer saliva que se mezclaba con la suya y le chorreaba hasta las bolas. Se las lamí también, una y la otra, mientras seguía haciéndole la paja con el puño cerrado.
—No podés ser tan puta —dijo, casi sin aire.
—¿Viste? —contesté, y le devoré la pija hasta el fondo, tragando lo que pude tragar, sintiendo la punta empujarme contra la garganta. Los ojos se me llenaron de lágrimas y babas y me la saqué apenas para respirar. Un hilo grueso de saliva quedó colgando desde mi labio hasta la cabeza. Me lo pasé por las tetas y volví a metérmela hasta el fondo.
—Mirá lo que hacés, mirá cómo te la comés —murmuró—. Sos una guarra, una nena guarra.
Le respondí con un gemido que salió amortiguado, con la boca llena. Cerré los labios ajustados alrededor del tronco y empecé a subir y bajar la cabeza rápido, chapoteando, apretando cachetes, hueca, mientras con la mano libre le acariciaba las bolas. Él me agarró del pelo, esta vez lo dejé, y empezó a marcarme el ritmo, empujándome contra su pelvis. Cada embestida me hacía tragar más y me dejaba menos aire. Cuando me la sacaba tosía, me chorreaba baba por la barbilla, se me pegaban mechones al costado de la cara, y volvía a metérsela sola.
Se paró y me levantó por los codos. Me dio vuelta, me agarró del cuello con una mano y me llenó de besos cortos detrás de la oreja mientras la otra mano se metía por debajo de la pollera. Sus dedos eran grandes; pasaban primero por los labios de la concha por encima de la tanga, apretándomela, después la corría con el índice y me acariciaba la carne mojada directo. Encontró el clítoris hinchado y me hizo círculos lentos, después rápidos, después volvían a perderse en la abertura. Un dedo entró apenas y se me escapó un grito que me tuve que morder yo misma en el hombro para que no bajara.
—Estás empapada, hija de puta —me dijo al oído—. Mirá cómo te chorreás.
Levantó la mano y me la puso delante de la cara. Los dedos le brillaban, ensartados con mi humedad. Me los metió en la boca y se los chupé, sintiendo mi propio gusto salado, mientras él con la otra mano me apretaba la teta por debajo de la musculosa. Las rodillas me chocaron entre sí y se me escapó otro gemido más largo.
Me levantó la pollera lo justo y me apoyó contra el escritorio de vidrio. El frío me pegó en las palmas y en los muslos al mismo tiempo. Me bajó la musculosa hasta la cintura y las tetas cayeron aplastadas contra el vidrio helado, los pezones acalambrándose de golpe. Me corrió la tanga a un costado; sentí el desplazamiento de la tela y un poquito de humedad ahí, justo en la costura, cuando el algodón mojado se me despegó de la carne.
Se arrodilló atrás y me besó desde la cintura hacia abajo, hasta hundir la cara entre las nalgas. Me abrió el culo con las dos manos y me clavó la lengua entre la raya, primero sin llegar a ningún lado en concreto, después bajando hasta la concha, dando lengüetazos largos que me subían por toda la vulva. Sentí la barba raspándome la piel de las nalgas, sentí la lengua entrar y salir de la abertura, y los dedos pasaron del clítoris adentro. Contraje toda la pelvis contra el vidrio. Dos dedos me entraron, después tres, curvándose hacia arriba, buscando ese punto que me hacía temblar las rodillas. Intentó llegar con la lengua al culo y no llegó del todo. Los dedos sí.
—Cogeme ya —pedí, con los cachetes ardiendo contra el vidrio—. Cogeme, por favor, no aguanto más.
Se paró. Me irguió. Danzamos un instante chico con mi cabeza buscando su boca. Nos besamos con gusto a metal y a sexo, a mi concha en su lengua y a su pija en la mía. Murmuró algo en el oído que no entendí del todo, pero que sonaba pesado. Le dije que sí con los ojos.
Me sacó la musculosa por la cabeza y quedé completamente desnuda de la cintura para arriba contra el vidrio. Los pezones se hincharon de golpe con el frío, morados y erectos, y él se los pellizcó desde atrás, uno con cada mano, mientras me mordía el cuello. Me empujó otra vez de la nuca hasta apoyarme apenas. En cuatro, con la cola en el aire, sentí la pija húmeda primero por la nalga, deslizándose entre las mejillas, después bajando y marcando los labios de la concha, restregándose de arriba abajo sobre la humedad, cargándose de mi flujo. Apreté las dos manos contra el vidrio.
Entró de a poco. La cabeza primero, ensanchándome, la carne se abrió, se mezcló con la mía. Después media pija. Después toda, hasta que sentí las bolas golpear contra el clítoris. Tuve que tirar la cabeza atrás y hacer un par de movimientos para acomodarme, respirar, aguantar. Tenía ganas de llorar, pero no de tristeza. Me agarró del pelo con una mano y con la otra de la cadera y empezó a marcar un ritmo de metrónomo que se aceleraba solo. Cada embestida me subía el cuerpo entero sobre el vidrio y me hacía chocar las tetas aplastadas contra el frío. Escuchaba el chapoteo de mi concha empapada tragándose la pija una y otra vez, un ruido líquido, sucio, que me daba más calor.
—Mirá cómo la mojás toda —me susurraba, sin dejar de embestir—. Mirá lo puta que sos, viniste hasta acá a que te llene la concha.
—Sí —respondí, casi sin voz—. Rompémela, dale.
Mientras me decía cosas que ahora no me animo a repetir, una baba mía cayó sobre el vidrio y él, sincronizado, la limpió con la palma. Me la usó para untarse los dedos y llevárselos a la boca. Después esos mismos dedos me los pasó por los labios y me los hizo chupar mientras me seguía cogiendo.
Me bajó la tanga del todo y lo ayudé levantando una pierna y la otra. Quedó colgada en el tobillo de un pie y la pateé lejos. Le tocaba la pija dura y húmeda cada vez que podía mandar la mano para atrás; le tocaba las bolas apretadas, el punto donde estaba entrando en mi cuerpo. Sentía mis propios jugos en los dedos, viscosos, calientes.
Me incorporé, me di vuelta y me sentó arriba del escritorio. El frío me pasó del culo a la espalda. Me abrió las piernas de un tirón, se puso al medio y volvió a entrar de frente. Esta vez, viéndolo. Vi cómo la pija se hundía en mí, cómo mis labios se estiraban para tragársela, cómo se retiraba brillante de mi humedad y volvía a entrar. Crucé los brazos en su nuca y encontramos un mismo ritmo. Estuvimos un rato largo así, mirándonos, él bajando la cabeza a chuparme una teta y después la otra, mordiéndome los pezones justo cuando entraba hasta el fondo. La concha me hacía ruidos vergonzosos y a él le gustaba más cada vez.
Me cargó del culo, sin sacarse, y me llevó a la silla del escritorio. Se sentó él, me quedé encima, ensartada, y empecé a moverme. Me chupó las tetas mientras yo subía y bajaba, apoyándome con las manos en sus hombros para no caerme, dejándome caer con todo mi peso sobre la pija hasta el fondo. Cada vez que bajaba se me escapaba un gemido más agudo, y él respondía con una mordida en el pezón. Me puso un dedo en la boca y se lo mordí. Me pegó suave en la cara con la palma.
—Más —dije, sin pensar—. Más fuerte.
Me pegó otra vez, con más ganas, y el ardor en la mejilla me pegó directo a la concha. Dije que sí con la cabeza. Una mano en el pelo, tirándome hacia atrás para que se me marcara el cuello, la otra en la mejilla, y yo saltando arriba, ensartándome cada vez más profundo, sintiendo el nudo del orgasmo empezando a acumularse en la boca del estómago. Le clavé las uñas en los hombros. Le mordí el cuello. Le grité en el oído "cogeme, cogeme, cogeme" hasta que me tapó la boca con la mano llena de mi propia baba.
***
Cuando sintió que se me venía el cosquilleo desde la pelvis tiró la silla para atrás. Me paró de un tirón, me dio vuelta y volvió a ponerme en cuatro contra el escritorio. Las tetas chocaron con el frío otra vez y las manos volvieron a resbalarse en la propia baba que había quedado del rato anterior.
—No, pará —dije, más por reflejo que por otra cosa—. Me voy a venir.
—Callate —contestó, y me clavó una palmada en la nalga que me hizo pegar un grito ahogado—. Vos te venís cuando yo diga.
Se arrodilló atrás, me abrió las nalgas con los dos pulgares y me metió la lengua directo en el culo. Era violento y necesario. Sentí la punta empujando, entrando, saliendo, dando vueltas alrededor del orto mientras un dedo se le colaba en la concha. Me temblaban las piernas. Me estaba deshaciendo. Se paró, se escupió la mano y volvió a entrar en la concha de una sola estocada, hasta las bolas. Al mismo tiempo sentí cómo me bordeaba el ano con un dedo, primero apenas, mojado con mi propio flujo, y después con más confianza, empujando la yema hasta pasar el anillo.
Intenté sacarle la mano con el brazo y me lo trajo adelante, retorciéndomelo suave contra la espalda. El dedo entró hasta el nudillo. Dolía, pero era una clase de dolor que se confundía con el resto, que se mezclaba con la pija abriéndome la concha, con el fuego que ya no distinguía de dónde venía. Subí el volumen y el espesor del gemido a medida que entraba y salía por todos lados. La otra mano me buscó la boca, me metió el dedo y lo mordí. Me pasé y se quejó.
—Ahora te la voy a meter por el culo —me dijo, casi con calma—. ¿Sí?
—Sí —contesté, sin pensarlo—. Metémela.
Salió de la concha, chorreando, se escupió la mano y se la untó de arriba abajo. Con el otro dedo terminó de abrirme el ano, moviéndolo en círculos, y después apoyó la punta de la pija contra el agujero. Empujó despacio al principio. Junté las rodillas por el dolor y solté un grito ahogado que él me tapó con la mano. La cabeza entró de golpe y sentí como si me partiera en dos. Me quedé quieta, con la boca abierta contra el vidrio, sin respirar. Él tampoco se movió.
—Quieta, quieta —me murmuró en la nuca—. Aflojá. Aflojá el culo, dale.
Respiré hondo, dos veces, y sentí cómo el músculo cedía. Empezó a entrar más, milímetro a milímetro, hasta que se hundió del todo y sentí sus bolas apoyadas contra la concha. El primer minuto fue lento y duro. Se movía apenas, sacándomela hasta la mitad y volviendo a entrarla completa. Después se hizo natural. El dolor se transformó en otra cosa, en un placer sordo, profundo, que me estaba abriendo por dentro. Se metió dos dedos en la concha y empezó a cogerme por los dos lados al mismo tiempo.
Escuchaba el sonido de su pelvis contra mi cola, un plaf plaf constante y húmedo, las palmas mías arrastrándose por el vidrio, sus dedos entrando y saliendo de la concha con un ruido de barro. Me dijo cosas crudas que solo intenté ahogar en la garganta. Que me estaba dejando el orto abierto. Que iba a caminar como pato la próxima semana. Que iba a andar por la playa con mis amigas pensando en su pija. Apoyé la mejilla contra el escritorio frío y me dejé llevar. Los dedos me encontraron el clítoris al mismo tiempo que la pija me machacaba el culo y sentí que se me venía todo encima, la corriente subiéndome desde las plantas de los pies hasta la nuca. Me vine gritando contra el vidrio, mordiéndome el propio antebrazo para que no se escuchara abajo, mientras él seguía embistiendo sin parar.
Cuando sintió que llegaba la sacó de un tirón, me tiró del pelo, entendí. Me arrodillé, todavía temblando, con las piernas flojas. Se masajeó la pija a centímetros de mi cara, rápido, con la mano cerrada en un puño mojado, y me terminó pintándola de blanco tibio. El primer chorro me pegó en la frente y bajó por el puente de la nariz. El segundo, en la mejilla y el labio. Los últimos se le derramaron sobre mi pecho, sobre las tetas que todavía tenía marcadas por el vidrio. Saqué la lengua y lamí lo que me alcanzó, lo tragué, y con dos dedos junté lo que me chorreaba por la barbilla y me lo llevé también a la boca. Lo miré desde abajo y me reí.
—Me tocó pintar a mí —dijo, todavía agitado, y me alcanzó una toalla del cajón de abajo del escritorio.
Me limpié la cara despacio. Recién ahí escuché que en el taller, abajo, había vuelto el ruido de las herramientas.
—¿Está la gente?
—Sí. Comen en la oficina de la planta baja. No deben haber escuchado nada.
Cerré los ojos y sentí la vergüenza de golpe, atrás de los ojos. Busqué la tanga, la encontré contra una pata del sillón con un pequeño desgarro en la costura. Me la puse igual, sintiendo la humedad y el semen que me chorreaba por la cara interna del muslo, tratando de retenerlo con el algodón.
—Me muero. Bueno, me voy. Mañana te traigo la otra mitad.
—No, dejá. Te la regalo, para el viaje. Volvé cuando quieras.
Le di un pico apretado, sin abrir la boca. Cuando agarré la mochila vi adentro el sobre vacío y la bandita elástica rota.
—No me animo a salir.
—Tranqui.
Se sentó atrás del escritorio y abrió un cuaderno como si nada. Salí, cerré la puerta y bajé despacio por la escalera de diamantes. Sentí cómo todos me miraban desde abajo. Uno le dio un codazo a otro y murmuró algo. Pensé en taparme, pero decidí sonreír y seguir bajando. Las piernas me ardían como si hubiera corrido una cuadra entera. Me puse los anteojos en la calle y caminé hasta casa con el calor del mediodía pegándome en la nuca.
No conté nada, ni esa tarde ni después. Mi papá nunca preguntó cómo me había ido en el mandado. Una semana más tarde estaba en el viaje de fin de carrera, en una habitación llena de mis amigas, escuchando a una de ellas contar lo más loco que había hecho en su vida. Yo me quedé mirando el techo, callada, con una sonrisa que ninguna de las chicas iba a entender.