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Relatos Ardientes

Confesión: el día que llevé el sobre al taller

Esto pasó hace un par de años, en aquellos días raros entre que terminaba el colegio y el viaje de egresados. Mi mamá había salido el día anterior a Tucumán por trabajo y mi papá me agarró en la cocina con cara de pedir un favor. Necesitaba que le acercara plata al taller mecánico, en mano, antes del mediodía. Le habían arreglado una salida urgente al norte y el auto tenía que estar listo para la semana siguiente.

Le pregunté si podía ir después de almorzar y me dijo que no, que el flaco de los repuestos cobraba en efectivo y que si no le llevaba la mitad esa misma mañana no empezaba. Agarré dos sobres atados con una bandita elástica y los dejé sobre la mesa del comedor mientras subía a cambiarme.

Hacía un calor pegajoso desde temprano. No quería ropa que se me marcara en la espalda, así que saqué una pollera liviana que llegaba dos dedos arriba de la rodilla y una musculosa blanca, finita. Pensé en ponerme corpiño, pero los pezones se notaban demasiado y la idea me pareció más entretenida sin él.

Estrené una tanga de algodón. Me la subí despacio; el roce contra la piel me dejó la espalda erizada un par de segundos. En los pies, unas chatitas. Comí media manzana de pie en la cocina y guardé el paquete con la plata en la mochilita ajustada que uso para cosas chicas.

Antes de salir me acomodé el pelo y me puse anteojos negros. Me miré en el espejo del recibidor y me sentí otra: la chica que un día de semana hace un mandado importante, con plata adulta en la espalda, fuera del horario del colegio. Adulta. Dejé la puerta atrás y caminé sintiendo cómo el aire pasaba por todos lados.

Nunca me habían mirado tanto. A mitad de cuadra empecé a notar el doble take, ese giro de cabeza de los autos que pasan. Cambié la cadencia sin pensarlo, quebré un poco más la cintura y dejé que la cadera tomara su propio ritmo. Sonreía bajo los anteojos.

Una ráfaga de viento en una esquina me levantó la pollera unos centímetros y la bajé con la palma de un golpe seco. —¡Qué cola, mi amor! —gritó el copiloto de un Fiat blanco que pasó frenando despacio. Bajé la cabeza, me reí sola y seguí.

Hacía mucho que no iba al taller, pero apenas vi la cortina metálica medio levantada lo reconocí. Adentro hacía un calor distinto, calor de lámpara y aceite, y el aire estaba cargado del olor a grasa y metal. Uno de los muchachos dejó caer una llave inglesa contra el piso y se acercó secándose las manos en un trapo. Me miró las piernas tres segundos enteros antes de hablar.

—¿Sí? ¿En qué te puedo ayudar?

—Busco a Hugo. Tengo que dejarle un sobre de parte de mi papá.

—Hugo no está, está Damián. Es el hijo, el que está manejando el taller esta semana. Pará que subo y le aviso.

Subió por una escalera de chapa con escalones calados, esos que parecen rejas de diamantes. Lo vi tocar la puerta de la oficina de arriba y desaparecer un segundo. A mi alrededor los demás dejaron lo que estaban haciendo y siguieron mirándome sin ningún disimulo. Cada tanto un golpe metálico me hacía dar un saltito. Me saqué los anteojos y me los enganché en el escote.

A través del ventanal de persianas americanas vi cómo se levantaba alguien del escritorio y se asomaba hacia abajo. Volvió el muchacho como un perrito.

—Te dijo que subas.

Miré la escalera. Las rejas de diamantes me hicieron pensar inmediatamente en los ojos que estaban abajo, esperando ese ángulo. Me agarré la pollera y la apreté contra los muslos, pero ya sabía que la tela era demasiado liviana. Subí lento, escalón por escalón, sin animarme a girar la cabeza. Cuando llegué arriba golpeé el vidrio con los nudillos.

—Pasá —contestó una voz que se movía por la oficina.

El picaporte estaba flojo y giró torcido. Cuando entré lo vi de espaldas, con una camisa azul abierta hasta el segundo botón, descolgando un póster de una modelo en bikini negro de la pared del fondo.

—¡Ja! La saco para que no se ponga celosa de vos —dijo, sin darse vuelta del todo.

Me reí. Era mucho más joven y más flaco que el padre que yo recordaba. Cuando se giró, vi una sonrisa enorme, blanca, llena de dientes, y en los antebrazos un tatuaje de líneas tribales medio descolorido por el sol.

—Vengo de parte de Tomasz Nowak —dije.

—El polaco. Sí, ya sé.

—Es ucraniano —corregí, aunque a esa altura yo tampoco estaba segura.

—Da lo mismo. Igual se nota. Sos una rusita. Más blanca y rubia imposible.

Nos reímos juntos.

—¿No te acordás de mí?

Yo me acordaba del taller de cuando tenía diez, doce años, pero la cara de él no me decía nada.

—Eras chiquita —me ayudó—. Ya se notaba que ibas a ser linda. Se te oscureció un poco el pelo, pero esa piel de porcelana no cambió. Venías con tu viejo y yo te ponía acá, en el escritorio, a dibujar. Eras flaquita; ahora tenés más curvas que la ruta a la costa.

—Jaja, no entiendo de rutas —dije—. Pero me acuerdo de los lápices de colores.

—Exacto. Dejá la mochila ahí, en el sillón del fondo.

Caminé hasta el sillón, lo apoyé y volví. Me invitó a sentarme del otro lado del escritorio de vidrio. Hablamos un rato de cosas suaves: el colegio, qué iba a hacer después, el viaje. Le conté que en una semana me iba con las amigas a la costa.

—¡Uh! El descontrol que vas a hacer —se reía.

A los diez minutos me dijo que los muchachos siempre se iban a comer al kiosco de enfrente y que él se quedaba con la oficina. Que si quería me invitaba algo. Dudé tres segundos y le dije que sí. Pidió por teléfono y a los veinte minutos llegó una bolsa con dos viandas: ensalada con carne fría. Acomodó todo arriba del escritorio de vidrio y me sirvió agua de una jarra que había sacado de la heladera chica que tenía en un rincón. Tomé un sorbo largo y un poco se me escapó por la comisura del labio.

***

Él estaba sentado del otro lado, mirándome comer. Cada tanto la mirada se le iba al borde de la pollera, al límite donde mis cuádriceps tocaban el vidrio. Yo me la bajaba apenas con dos dedos, sin saber bien si el blanco de la tanga se asomaba o no. Para cortar un trozo grande de carne tuve que usar las dos manos. La pollera se subió y la mirada de él se metió ahí, directo. Crucé las piernas y no me importó. Cuando volví a mirarlo, el pantalón le marcaba un bulto que antes no estaba.

—Está rica, ¿no? —dijo él, mientras se servía agua—. ¿Cuántos novios tenés?

Me atraganté con un pedazo de tomate. Se rió, me sirvió más agua y volví a tomar rápido. Esta vez se me escapó un chorro por el mentón y me cayó en la pollera. Damián se paró, fue hasta una repisa y volvió con un trapo limpio. Se agachó al lado de mi silla y me secó la pollera primero. Después la pierna.

Me dejó un manchón de grasa al costado del muslo, soltó una puteada bajita, me pidió disculpas y lo limpió con la mano abierta. Yo me hundí más en la silla y arqueé la espalda sin querer.

—Era solo una pregunta —dijo, levantando los platos.

—No —contesté—. No tengo novio.

Levantó las cejas. La mirada le bajó al triángulo de mi pollera y se quedó un segundo de más.

—Increíble.

Para romper el silencio dije lo único útil que se me ocurrió.

—Te doy la plata.

—Sí, como quieras.

Fui hasta el sillón y me agaché para abrir la mochilita. Sentí enseguida que la pollera se había levantado un poco y le estaba dando de vista el nacimiento de la cola.

—¡Eh, no! Quedate siempre así —dijo, con voz que se reía de mí.

Me quedé. En vez de levantar la mochila, abrí el cierre desde donde estaba y empecé a sacar el sobre con dos dedos. Escuché que se paraba y caminaba hacia mí. Dejé caer el sobre adentro y volví a buscarlo, lento.

—Es mucha plata —me dijo al oído. La voz era suave, pero entraba como un alfiler—. Rico perfume.

Me llegó el olor a metal y a grasa de su camisa. Me incorporé y quedamos enfrentados, con el sobre apretado entre su pecho y el mío. Lo agarró y, sin querer, los dedos le pasaron por el nacimiento de los pechos. Los sentí duros, pesados, despiertos. Me mordí el labio sin darme cuenta y se rió bajito.

Se dejó caer en el sillón, abrió el sobre y empezó a separar billetes en pilas chicas sobre el apoyabrazos. Yo seguía parada delante. Me costaba mantener las piernas firmes.

—¿Me alcanzás un papel del escritorio? —dijo, sin levantar la vista.

Me daba cuenta de que era una excusa para verme caminar. Igual fui. Crucé la oficina sintiendo la mirada en la nuca, agarré el papel y se lo llevé rápido.

—Es la mitad de la plata —dijo después de hojearlo.

—Sí —contesté—. La otra mitad es contra entrega. Pero podés empezar igual, ¿no?

—No, no puedo.

—Llamo a mi papá —se me trabó la voz— y le digo que la traiga.

—Olvidate. En una hora viene el flaco con el repuesto y yo le tengo que pagar todo junto. Si no, no me deja nada y menos como está todo en el país: quieren la guita ya.

—¿Y vos no podés ponerla y mañana te la traigo?

Se quedó callado, mirándome. Mirándome de una manera que ya no era la del chico que descolgaba el póster.

—No sé.

***

No sé en qué momento decidí. El miedo a volver a casa y decirle a mi papá que no se podía empezar fue más fuerte que la vergüenza. Pero también había otra cosa adentro, una corriente que venía caminando con la pollera al viento desde la mañana y que ya no tenía dónde meterse.

Me arrodillé. Apoyé los codos en sus rodillas y lo miré. Él respiró hondo y se acomodó atrás, contra el respaldo del sillón. Le deslicé las manos por los muslos, sin tocar todavía el centro. Vi cómo el bulto se le marcaba más en el pantalón.

—No sé —repitió, con una voz que ahora temblaba un poco—. Quizás tengo algo de plata acá.

—¿Sí? —dije, e incliné la cabeza hasta apoyarla en su rodilla derecha. Lo miraba con los ojos muy abiertos. La mano izquierda la arrastré, lenta, hasta el milímetro exacto antes del bulto. No lo toqué. Solo se tocaban los calores: mi mano y la tela tirante.

Suspiró. Me bajó la mano suavemente y, con la otra, me abrió los labios. Sentí su pulgar tocarme los dientes, que se abrieron como puerta mecánica, y lo recibí con la punta de la lengua hecha lanza. Se la chupé apenas. Sentí que la respiración se le aceleraba a un ritmo distinto al mío.

Apuró la mano hacia el botón del pantalón y se lo frené con dos dedos.

—No.

Le abrí las piernas con las rodillas, me metí entera y le desabroché yo el pantalón, mirándolo. Le entré con la mano. La piel de él ardía; la mía estaba tibia. La saqué forzando la tela, que rebotó al volver a su lugar. Me entraba justo entre las dos manos. Empecé a subir y bajar lento.

Junté saliva, saqué la lengua y la dejé caer en hilo, en cámara lenta, hasta la cabeza rosada. Tiró la cabeza hacia atrás un instante y la trajo de nuevo, sin perderse nada. La rodeé con la lengua en círculos y me la llevé adentro despacio. Me agarró la nuca, pero le saqué la mano. No dejé de mirarlo. Llevaba la piel para atrás con dos dedos y le dejaba caer saliva que se mezclaba con la suya.

—No podés ser tan puta —dijo, casi sin aire.

—¿Viste? —contesté.

Se paró y me levantó por los codos. Me dio vuelta, me agarró del cuello y me llenó de besos cortos detrás de la oreja. La otra mano se metió por debajo de la pollera. Sus dedos eran grandes; pasaban primero por los labios, después acertaban al clítoris, después volvían a perderse. Las rodillas me chocaron entre sí y se me escapó el primer gemido.

Me levantó la pollera lo justo y me apoyó contra el escritorio de vidrio. El frío me pegó en las palmas y en los muslos al mismo tiempo. Me bajó la musculosa hasta la cintura. Me corrió la tanga a un costado; sentí el desplazamiento de la tela y un poquito de humedad ahí, justo en la costura.

Se arrodilló atrás y me besó desde la cintura hacia abajo, hasta hundir la cara entre las nalgas. Los dedos pasaron del clítoris adentro y contraje toda la pelvis contra el vidrio. Intentó llegar con la lengua y no llegó. Los dedos sí.

—Cogeme ya —pedí.

Se paró. Me irguió. Danzamos un instante chico con mi cabeza buscando su boca. Nos besamos con gusto a metal y a sexo. Murmuró algo en el oído que no entendí del todo, pero que sonaba pesado. Le dije que sí con los ojos.

Me sacó la musculosa por la cabeza y mis pechos quedaron al descubierto contra el vidrio. Los pezones se hincharon de golpe con el frío. Me empujó otra vez de la nuca hasta apoyarme apenas. En cuatro, con la cola en el aire, sentí la pija húmeda primero por la nalga y después marcando los labios de la concha. Apreté las dos manos contra el vidrio.

Entró de a poco. La carne se abrió, se mezcló con la mía. Tuve que tirar la cabeza atrás y hacer un par de movimientos para acomodarme. Tenía ganas de llorar, pero no de tristeza. Me agarró del pelo y empezó a marcar un ritmo de metrónomo que se aceleraba solo. Mientras me decía cosas que ahora no me animo a repetir, una baba mía cayó sobre el vidrio y él, sincronizado, la limpió con la palma.

Me bajó la tanga del todo y lo ayudé levantando una pierna y la otra. Le tocaba la pija dura y húmeda cada vez que podía mandar la mano para atrás.

Me incorporé, me di vuelta y me sentó arriba del escritorio. El frío me pasó del culo a la espalda. Volvió a entrar de frente. Crucé los brazos en su nuca y encontramos un mismo ritmo. Estuvimos un rato largo así, mirándonos.

Me cargó del culo, sin sacarse, y me llevó a la silla del escritorio. Me senté encima. Me chupó las tetas mientras yo subía y bajaba. Me puso un dedo en la boca y se lo mordí. Me pegó suave en la cara.

—Más —dije, sin pensar.

Me pegó otra vez. Dije que sí con la cabeza. Una mano en el pelo, la otra en la mejilla, y yo saltando arriba.

***

Cuando sintió que se me venía el cosquilleo desde la pelvis tiró la silla para atrás. Me paró, me dio vuelta y volvió a ponerme en cuatro contra el escritorio. Las tetas chocaron con el frío otra vez.

—No, pará —dije.

—Callate —contestó.

Se arrodilló atrás, me abrió las nalgas y me metió la lengua. Era violento y necesario. Me temblaban las piernas. Se paró, se escupió la mano y volvió a entrar en la concha. Sentí cómo me bordeaba el ano con un dedo, primero apenas y después con más confianza.

Intenté sacarle la mano con el brazo y me lo trajo adelante. El dedo entró. Dolía, pero era una clase de dolor que se confundía con el resto. Subí el volumen y el espesor del gemido a medida que entraba y salía por todos lados. La otra mano me buscó la boca, me metió el dedo y lo mordí. Me pasé y se quejó.

Salió de la concha, se escupió y entró por atrás sin pedir permiso. Junté las rodillas por el dolor y solté un grito ahogado. El primer minuto fue lento y duro. Después se hizo natural. Escuchaba el sonido de su pelvis contra mi cola, las palmas mías arrastrándose por el vidrio. Me dijo cosas crudas que solo intenté ahogar en la garganta. Apoyé la mejilla contra el escritorio frío.

Cuando sintió que llegaba la sacó, me tiró del pelo, entendí. Me arrodillé. Se masajeó la pija a centímetros de mi cara y me terminó pintándola de blanco tibio. Lo miré desde abajo y me reí.

—Me tocó pintar a mí —dijo, y me alcanzó una toalla del cajón de abajo del escritorio.

Me limpié la cara despacio. Recién ahí escuché que en el taller, abajo, había vuelto el ruido de las herramientas.

—¿Está la gente?

—Sí. Comen en la oficina de la planta baja. No deben haber escuchado nada.

Cerré los ojos y sentí la vergüenza de golpe, atrás de los ojos. Busqué la tanga, la encontré contra una pata del sillón con un pequeño desgarro en la costura. Me la puse igual.

—Me muero. Bueno, me voy. Mañana te traigo la otra mitad.

—No, dejá. Te la regalo, para el viaje. Volvé cuando quieras.

Le di un pico apretado, sin abrir la boca. Cuando agarré la mochila vi adentro el sobre vacío y la bandita elástica rota.

—No me animo a salir.

—Tranqui.

Se sentó atrás del escritorio y abrió un cuaderno como si nada. Salí, cerré la puerta y bajé despacio por la escalera de diamantes. Sentí cómo todos me miraban desde abajo. Uno le dio un codazo a otro y murmuró algo. Pensé en taparme, pero decidí sonreír y seguir bajando. Las piernas me ardían como si hubiera corrido una cuadra entera. Me puse los anteojos en la calle y caminé hasta casa con el calor del mediodía pegándome en la nuca.

No conté nada, ni esa tarde ni después. Mi papá nunca preguntó cómo me había ido en el mandado. Una semana más tarde estaba en el viaje de egresados, en una habitación llena de mis amigas, escuchando a una de ellas contar lo más loco que había hecho en su vida. Yo me quedé mirando el techo, callada, con una sonrisa que ninguna de las chicas iba a entender.

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Comentarios (9)

Romi87

increible... me dejo sin palabras

AnaBel22

Ay por favor decime que hay segunda parte. Me quedé con el corazón en la garganta y sin poder parar de leer

PabloSur_99

tremendo!!! de los mejores que leí acá en mucho tiempo, en serio

MarcelaBaires

Qué buena manera de narrar. Se siente todo tan real que da escalofríos. Espero que sigas publicando mas seguido

NataliaBsAs

Y el sobre??? jajaja el suspenso me mata, tremendo arranque

LecturaK

excelente relato!!!

Rodrigo_Cba

Los talleres tienen su magia jajaja. Me recordo algo que me paso hace tiempo en una situacion parecida. Muy bueno, segui asi

Valentina_SCL

La pollera al viento y los anteojos negros me pintaron la escena de entrada. Sos muy buena describiendo sin decir demasiado, eso es lo mas dificil de lograr en este tipo de relatos. Muchas gracias por compartirlo

SilvinaK

Se me hizo corto! Quiero saber todo lo que paso despues

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