Mi tercera confesión de sexo por dinero
Fui por veinte euros y por el morbo de dejarme usar, pero cuando reconocí aquella furgoneta supe que esa noche iba a salir de control.
Fui por veinte euros y por el morbo de dejarme usar, pero cuando reconocí aquella furgoneta supe que esa noche iba a salir de control.
Me acompañó hasta la parada, me cargó la mochila y terminé arrastrándolo detrás de los arbustos para agradecerle de la forma más sucia.
Cerré la puerta y él ya me tenía contra la pared; lo que habíamos escrito durante semanas por fin iba a pasar sin frenos.
Era alto, gracioso y no era para nada mi tipo. Pero esa madrugada me subí a su carro sabiendo que iba directo a meterme en problemas, y no me arrepentí.
Jamás imaginé que el placer pudiera llegar tan lejos. Esa noche mi amante despertó en mí una curiosidad que ya no pude apagar a la mañana siguiente.
Bajé las escaleras con el conjunto que había escondido durante semanas, y por la forma en que me miró supe que esa noche no iba a haber marcha atrás.
Cada noche inventaba una excusa nueva por teléfono mientras él la esperaba en el cuarto de arriba. Sabía que tarde o temprano todo iba a estallar.
Eché el pestillo, me arrodillé sobre las baldosas frías y supe que iba a obedecerle hasta el final, aunque cualquiera pudiera entrar en el baño de al lado.
Su madre iba a misa los miércoles por la tarde, y ese hueco de media hora se convirtió en el secreto mejor guardado de toda la oficina.
Lo tenía sentado en bata frente a mi mesa, todavía sudado, y yo solo pensaba en lo que habíamos hecho esa tarde mientras mi hijo comía a mi lado.
Cuando me di cuenta de que no llevaba ni la billetera ni el teléfono, el taxi ya iba demasiado lejos. Y el conductor empezó a mirarme distinto por el espejo.
Llevaba el chantaje de mi ex en el móvil y la cuenta del bufete en la cabeza. Cuando él vio los vídeos y sonrió, supe que aquella minuta no iba a pagarse con dinero.
Le había arruinado el vestido al principio de la fiesta. No imaginé que esa misma desconocida me arrinconaría contra la barandilla cuando ya no quedaba casi nadie en la azotea.
De día tenía un nombre corriente y pasos prácticos. De noche, entre luces rojas, elegía a un desconocido y no fallaba jamás.
Cerró la puerta sin echar la llave y se quedó mirándolo, sin saber todavía que ese hombre estaba a punto de desmentir todo lo que ella creía sobre el sexo casual.
Cuando se fue la luz y quedamos atrapados entre dos plantas, supe que esas horas a oscuras iban a cambiarlo todo. Y yo no hice nada por evitarlo.
Quería sorprenderlo en la ducha, como cada tarde. Me deslicé desnuda detrás de esa espalda ancha y, cuando empezó a girarse, entendí que no era mi novio.
Bajé la pantalla del celular pensando que solo charlaríamos, pero lo que vi en su cama esa madrugada cambió por completo lo que yo creía querer.
En el juego del «yo nunca» confesé mi lista secreta: los lugares donde me arrodillé sin que nadie lo supiera. Hoy te cuento tres de ellos, sin censura.
Hay quien colecciona sellos o recuerdos de viajes. Yo colecciono noches, bocas y manos que ya olvidé, y todavía no entiendo por qué eso debería avergonzarme.