Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que pasó entre mi jefe y yo en el almacén

3.2(25)

Llegué a esta ciudad con una maleta mediana, dos números de teléfono y la certeza de que no tenía plan B. Había dejado atrás el trabajo mal pagado, el piso compartido con cuatro personas que no me importaban, y la sensación de estar atascado en un sitio que no era el mío. Acá, al menos, todo era nuevo. Incluso los fracasos tendrían otra textura.

Tres meses mandando currículums y haciendo entrevistas que terminaban en «ya te llamamos» me dejaron con los ahorros muy justos. Por eso, cuando me llamaron de una empresa de logística en las afueras, a una hora en autobús del centro, salí corriendo.

La nave era enorme. Camiones de carga entrando y saliendo, carretillas elevadoras moviéndose entre pasillos de palés apilados hasta el techo, el ruido constante de motores y máquinas. Una de esas empresas que nunca cierran del todo, que siempre huelen a aceite de motor y cartón húmedo. No era glamoroso. Pero era trabajo real y yo lo necesitaba.

La entrevista fue en una sala pequeña junto al muelle de carga. Me recibió primero una mujer de recursos humanos con cara de haber repetido las mismas preguntas demasiadas veces. Luego entró Mateo.

Mateo era el supervisor de área. Tendría unos cuarenta años, hombros anchos, el pelo entrecano peinado hacia atrás con una sencillez que parecía descuido pero no lo era. Vino con una tablet bajo el brazo, me dio la mano y me miró directamente a los ojos durante un segundo que duró demasiado para ser solo profesional. No era hostil. Era otra cosa. Me clavó la mirada como quien tantea, como quien ya sabe leer a un tipo por la manera en que aguanta el pulso.

Me hizo hacer una prueba con la máquina de carga. La pasé sin problemas porque ya había trabajado con equipos similares antes. Cuando terminé, se acercó, revisó el resultado sin decir nada, y luego se volvió hacia mí.

—El puesto es tuyo —dijo—. ¿Tienes familia aquí?

—No. Vine solo.

Asintió. Extendió la mano. Cuando la estreché, la apretó con firmeza y la mantuvo así un momento, sin prisa, antes de soltarla. No dijo nada más. Pero algo en ese gesto me quedó dando vueltas todo el camino de vuelta a casa. Esa noche, en el colchón del piso que apenas podía pagar, me la pelé pensando en la mano gruesa de Mateo, imaginándome esos dedos apretándome la nuca mientras me obligaba a arrodillarme. Me corrí rápido y sucio, con la boca abierta contra la almohada para no despertar al vecino de al lado.

***

Los primeros meses fueron exactamente lo que tenían que ser: trabajo. Carga, descarga, protocolos de almacenamiento, las dinámicas del turno de mañana. Aprendí quién era quién, qué zonas eran más pesadas, cómo funcionaba el equipo. Me fui ganando el sitio poco a poco, con la cabeza baja y el trabajo hecho.

Mateo supervisaba desde una mesa en el centro de la nave, rodeado de sus coordinadores logísticos. Pero cada vez que yo cruzaba por esa zona, lo encontraba con la vista puesta en mi dirección. No de forma obvia. Era sutil. Una mirada que duraba un instante de más antes de volver a la pantalla.

Al principio pensé que me lo imaginaba. Que le buscaba sentido a algo que no lo tenía.

Pero entonces empezaron los detalles que ya no podían ser casualidad. Cuando asignaban los turnos, a mí me tocaba el mejor horario sin que yo lo pidiera. Cuando alguien cometía un error en el equipo, Mateo lo señalaba con la misma calma de siempre; si el error era mío, lo mencionaba de pasada y cambiaba el tema antes de que la cosa escalara. Y cuando llegó el momento de formarme en el protocolo de carga de camiones de largo recorrido, en lugar de delegarlo a uno de sus coordinadores como hacía habitualmente, se levantó de su silla y me acompañó por los muelles durante dos horas explicándomelo todo, él mismo, paso a paso.

Eso generó comentarios. No todos buenos.

Algunos compañeros con más antigüedad empezaron a tratarme con una frialdad que antes no había notado. Uno de los coordinadores, un tipo flaco con el ceño siempre fruncido, me paró un día en el pasillo y me dijo en voz baja:

—No te confundas. A él le entran todos igual al principio.

No respondí. Seguí caminando. Esa misma tarde, Mateo llamó al coordinador a su mesa. No escuché lo que le dijo, pero debió ser suficientemente claro, porque el tipo no me volvió a hablar directamente. Tampoco volvió a molestarme.

Después de ese episodio, algo cambió entre nosotros. No de manera dramática. Era sutil, como todo lo que había entre nosotros. Si antes intercambiábamos pocas palabras, ahora había más. Si antes evitaba buscarlo para las dudas del trabajo, ahora iba directamente a él. Y si antes los dos apartábamos los ojos cuando nuestras miradas coincidían desde el otro lado de la nave, ahora las dejábamos durar un poco más antes de romper el contacto.

Yo sabía perfectamente lo que estaba pasando. Solo que no sabía si él también lo sabía, o si era yo el único que lo leía así.

***

El día que todo cambió fue un martes a finales de mes, cuando el volumen de trabajo había bajado lo suficiente como para que la mayoría del turno saliera antes de hora. Yo me quedé porque tenía un camión de carga tardía que terminar: uno de esos que llegan a última hora y hay que despachar antes del cierre. No me importó quedarse. A veces prefería la nave vacía al piso en el que vivía.

Era ya de noche cuando empujé el último palé hacia el interior del remolque. La nave estaba prácticamente vacía. Solo el zumbido de las luces de emergencia y el eco de mis propios pasos sobre el suelo de hormigón.

Oí pasos en el muelle.

Cuando levanté la vista, Mateo estaba ahí, apoyado en el lateral del camión con los brazos cruzados, mirándome sin decir nada.

—¿Cómo vas? —preguntó al final.

—Bien. Ya termino.

Asintió. No se movió.

Seguí trabajando. Lo sentía ahí, parado, observando. No era una supervisión de trabajo y los dos lo sabíamos. Era otra cosa. Una de esas situaciones en que el aire se vuelve más pesado sin que nadie haga nada todavía.

Cuando acomodé el último palé y apagué la máquina, entré al remolque a revisar que todo estuviera bien alineado. Unos segundos después, oí que Mateo subía detrás de mí.

Dentro del camión la luz era casi nada. Solo la claridad que entraba desde el muelle, suficiente para distinguir las siluetas pero no las expresiones.

—Los de la derecha están torcidos —dijo él.

Me agaché para revisar.

—Están bien —respondí sin mirarlo.

—El segundo desde el fondo, míralo bien.

Me desplacé hacia allí. Me puse en cuclillas junto al palé y lo examiné desde la base. Y cuando levanté la vista, Mateo estaba justo delante de mí, de pie en la penumbra, y yo quedaba exactamente a la altura de su cadera.

Hubo un silencio que no era incómodo. Era de los que pesan.

—El palé está bien —dije.

—Ya —dijo él. No se movió.

Entonces lo vi. El botón de arriba de su pantalón desabrochado, la cremallera a medio bajar. Y el bulto que empujaba la tela por debajo, marcado, inconfundible.

—Se te ha abierto —le dije.

Una pausa breve.

—¿Sí? —respondió, con una calma que era todo menos inocente.

—La cremallera.

Otro silencio. Luego, en voz baja:

—Ciérrala.

No me moví durante dos o tres segundos que se sintieron mucho más largos. Luego alcé la mano, despacio, y la puse sobre la tela del pantalón, buscando la lengüeta de la cremallera. Sentí el calor a través de la ropa, y el bulto endurecido latiendo contra la palma de mi mano. Noté que él aguantaba la respiración.

Tiré de la cremallera hacia arriba muy lentamente. Y en lugar de soltar, mantuve la mano ahí, presionando la palma contra la polla dura que tensaba la tela.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó en voz muy baja.

—Lo que me pediste.

No respondió. Cerró los ojos un momento. Yo no retiré la mano. La froté encima del pantalón, sintiendo cómo la polla crecía todavía más bajo mis dedos, cómo se marcaba entera contra la tela, gruesa y caliente. Mateo soltó el aire por la nariz con un temblor que no pudo disimular.

Mis dedos volvieron a bajar la cremallera, esta vez del todo. Encontré el botón del pantalón y lo abrí. Él no me detuvo. Su respiración cambió de ritmo: más lenta, más profunda, como quien intenta no delatarse. Cuando metí la mano dentro del calzoncillo y le agarré la polla directamente, piel contra piel, soltó el aire de golpe y se apoyó con la palma contra la pared lateral del remolque para no perder el equilibrio.

La tenía gruesa, dura como una barra caliente en mi puño, con la punta ya mojada de esa gota espesa que se le había escapado antes de que yo la sacara. Se la ordeñé despacio, apretando desde la base hacia arriba, y cuando el prepucio se recogió y dejó la cabeza expuesta y brillante, la olí sin querer: olor a hombre sudado después de un turno entero de nave, a cuero, a algo salado y crudo que me tensó el estómago de puras ganas.

Saqué la lengua y la pasé plana por debajo del glande, recogiendo esa primera gota. Mateo se estremeció entero. La sal me estalló en la boca y me mojé los labios con ella antes de meterme la polla dentro. Me la tragué hasta la mitad de una sola vez, sintiendo cómo se me estiraban las mejillas, cómo la cabeza me empujaba contra el paladar.

—Joder —susurró—. Joder, joder…

Me quedé de rodillas ante él en la oscuridad del camión, con la polla ocupándome la boca entera y las manos aferradas a la parte de atrás de sus muslos. Empecé a mamársela despacio, chupando desde la punta hasta la mitad, subiendo y bajando con la lengua enrollada por debajo, haciendo ese ruido húmedo y sucio que en el silencio del remolque sonaba enorme.

Él puso las manos sobre mi cabeza con una suavidad inesperada para alguien de su porte: sus dedos, callosos y anchos, perdiéndose en mi pelo sin apretar, solo sosteniéndome. Pero cuando le tragué la polla entera hasta la garganta y noté cómo la cabeza se me hundía en el fondo, esos dedos se cerraron. Me agarró del pelo con fuerza y aguantó la respiración.

—Mírame —dijo, muy bajo.

Levanté los ojos sin sacármela de la boca. Nos miramos en la penumbra: yo con los labios estirados alrededor de su verga y la saliva escurriéndoseme por la barbilla, él con la mandíbula apretada intentando no perder el control. Vi cómo se le movía la nuez al tragar en seco. Le sostuve la mirada mientras tragaba más profundo, mientras dejaba que la garganta se me abriera para él, y sentí cómo la polla le latió contra la lengua.

Empezó a moverse. Al principio despacio, apenas unos centímetros de vaivén, dejándome llevar el ritmo. Después, cuando comprobó que yo la aguantaba entera, que no me apartaba ni me atragantaba, empezó a follarme la boca en serio. Sus caderas se adelantaban con pequeños empujones controlados, metiendo y sacando la polla mojada, entrando cada vez un poco más hondo. Yo mantenía las manos en la parte de atrás de sus muslos, sintiendo cómo se le tensaban los músculos con cada envión.

El olor a semen y a sudor lo llenaba todo. Yo mismo estaba durísimo dentro del pantalón de trabajo, apretándome contra la tela cada vez que sus caderas me acercaban la ingle a la cara. Me solté una mano y bajé a desabrocharme yo también, saqué mi polla mojada y me la empecé a machacar mientras él me seguía usando la boca.

—Eso es —murmuró al ver lo que hacía—. Sigue así.

Le pasé la lengua por toda la vena gruesa que le corría por debajo, desde la base hasta la punta, y luego le mamé los huevos uno por uno, metiéndomelos en la boca mientras le hacía una paja con el puño mojado de mi propia saliva. Estaban pesados, tensos, ya subidos contra el cuerpo. No iba a aguantar mucho más.

Volví a la polla y me la tragué entera de golpe, hasta que la nariz se me hundió contra el vello del pubis y sentí el calor de sus huevos contra la barbilla. Me quedé ahí, ahogándome un poco, tragando saliva alrededor de la polla mientras la garganta le apretaba la cabeza.

Lo sentí tensarse antes de que pudiera avisarme de nada. Intentó separarse un poco, empujar suavemente mis hombros hacia atrás, pero yo lo sujeté de las caderas y no me moví. Me la clavó hasta el fondo cuando se corrió. Soltó un sonido contenido, corto, de quien ha aprendido a no hacer ruido en los momentos que importan. Su cuerpo entero se sacudió en oleadas lentas y yo lo sostuve mientras la primera descarga de semen espeso me golpeaba el fondo de la garganta.

Sentí cada chorro. Uno, dos, tres, cuatro. Caliente, denso, con ese sabor salado y amargo que te llena la boca entera. Me la sacó un poco para el último y dejó que las últimas gotas me cayeran sobre la lengua, gruesas, pegajosas, hilándose desde la punta hasta mis labios. Me lo tragué todo sin apartar los ojos de los suyos. Le pasé la lengua por la cabeza para limpiarle lo que quedaba y él soltó un jadeo entrecortado, con la polla tan sensible que ya no aguantaba ni el roce.

Yo me corrí un par de segundos después, todavía de rodillas, sin dejar de mirarlo. Me disparé sobre el suelo de metal del remolque con dos, tres tirones bruscos de mi puño, mordiéndome el labio para no soltar ningún ruido. Mi semen quedó goteando entre los tablones y sobre la punta de una de sus botas de trabajo.

Quedó apoyado contra la pared del remolque casi un minuto, con los ojos cerrados, los brazos flojos a los lados y la polla todavía fuera, brillando de saliva a la luz que se colaba por la puerta.

—Joder —murmuró al fin, en voz muy baja.

No dije nada. Me pasé el dorso de la mano por los labios y me tragué lo que me quedaba en la boca.

***

Se agachó hasta quedar a mi altura. Me sostuvo la cara con una mano y me miró de una manera que no le había visto antes: sin la distancia del supervisor, sin la calma de quien siempre tiene todo bajo control. Solo él. Un hombre en un camión en la oscuridad, mirándome como si acabara de descubrir algo que no esperaba encontrar.

Me besó.

No fue un beso urgente ni improvisado. Fue lento, con intención, hondo, metiéndome la lengua sin asco aunque supiera perfectamente dónde había estado mi boca dos minutos antes. Me chupó el labio de abajo, me lamió lo que me quedaba de su propio semen en la comisura, y volvió a besarme como si eso también le gustara. Luego se puso de pie, se guardó la polla dentro del calzoncillo, se abrochó el pantalón con la misma tranquilidad de siempre, y me tendió la mano para ayudarme a levantarme.

—Termina el registro del camión —dijo—. Luego cerramos.

Y salió del remolque.

Yo me quedé ahí un momento, en la oscuridad, con el corazón todavía acelerado, el sabor de su corrida en la lengua y una sonrisa que no había pedido permiso para aparecer.

***

Desde esa noche, nada cambió de cara. En la nave seguíamos siendo exactamente lo que siempre habíamos sido: él el supervisor, yo el trabajador. Las mismas distancias delante de los demás, las mismas conversaciones breves junto a la mesa de coordinación, el mismo trato profesional de siempre.

Pero cuando el turno se vaciaba y quedábamos pocos en la nave, a veces lo encontraba cerca sin que yo lo hubiera buscado. A veces era solo una mirada desde el otro extremo del muelle que decía más de lo que cualquier conversación habría podido decir. A veces era algo más: un empujón contra la pared del almacén de repuestos, su mano metida dentro de mi pantalón agarrándome la polla mientras me tapaba la boca con la otra; o yo de rodillas otra vez, en el hueco entre dos filas de palés, mamándosela rápido y desesperado antes de que alguien apareciera por el pasillo.

Una noche me lo llevé al fondo del vestuario cuando ya no quedaba nadie, le bajé el pantalón hasta las rodillas y me lo follé yo a él contra los casilleros, con la mano en la nuca aplastándole la cara contra el metal para que no se oyera cómo gemía. Se corrió sin tocarse, solo con mi verga metiéndole por detrás, apretando el culo alrededor de mi polla como si no quisiera soltarme. Y cuando se dio la vuelta y me vio con la punta todavía chorreando, se arrodilló él y me limpió la polla con la lengua sin decir palabra.

Nunca pusimos nombre a lo que había entre nosotros. No hubo conversación sobre ello, ni preguntas, ni acuerdos explícitos. Solo esa complicidad de dos personas que comparten algo que nadie más puede ver, y que se saben ya el cuerpo del otro de memoria: el punto exacto en el que él pierde el control, la manera en que yo cierro los ojos justo antes de correrme, la forma en que se nos endurece la polla solo con cruzarnos una mirada al otro lado de la nave.

Meses después, cuando ya me conocía la empresa entera y ya nadie cuestionaba mi sitio en el equipo, seguíamos guardando ese secreto con la misma naturalidad con que lo habíamos empezado: en silencio, con cuidado, y sin que nadie sospechara nunca nada.

Hay cosas que funcionan precisamente porque no se explican. Esto era una de ellas.

Ver todos los relatos de Relatos Gay

Valora este relato

3.2(25)

Comentarios(10)

Felix_Mendo

excelente!!! tremendo relato, me dejo sin palabras

Denacho72

La tension desde el primer parrafo es brutal. Se nota que sabes como enganchar al lector, ojala haya mas

Roberto_MX

Me dejo con ganas de saber que paso despues. Segunda parte por favor!!

casadosumiso

El ambiente del almacen lo describes perfecto, uno se mete de lleno en la escena. Muy bueno!

Marcos_77

buenisimo!!!

pablomdq33

Me gusto mucho la dinamica entre los dos, esa tension que va creciendo sin que digas nada. Sigue subiendo relatos, que se leen de un tiron.

Tiago_Cba

jajaja me recordo a algo que me paso en el trabajo, aunque no tan asi... Tremendo el relato

DeltaLector

Muy bien escrito, se disfruta de principio a fin. Gracias por compartirlo

Rodrigo_lect

Corto pero intenso, eso es lo que mas me gusta. Buen trabajo!

SergioDF

hay alguna posibilidad de una segunda parte? quede enganchado jaja

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.