La semana sin él y lo que no nos dijimos
El lunes por la mañana, Rodrigo cerró la puerta con suavidad, como si no quisiera despertar lo que habíamos construido juntos. Lo vi bajar con su bolso de lona, darme un beso rápido en la boca y perderse escaleras abajo con esa sonrisa suya, la que guardaba para los momentos en que sabía que lo echaríamos de menos. «Una semana en Barcelona», había dicho la noche anterior. «Solo trabajo.» Diego y yo nos quedamos mirando la puerta cerrada un momento demasiado largo antes de que alguno de los dos dijera algo.
Esa noche Diego me buscó en la cama con la urgencia acumulada de todo el fin de semana. Sus manos me conocían de memoria. Bajó despacio por mi cuello, por mis pechos, y continuó hasta hundirse entre mis piernas con esa determinación suya que siempre funcionaba. Lo enredé entre mis muslos y lo dejé hacer, cerré los ojos y escuché mi propia respiración cambiar mientras su boca trabajaba sobre mí. El orgasmo llegó limpio y real, y me sacudió de verdad.
Después lo quise dentro de mí. Lo guié, lo recibí, y nos movimos juntos con ese ritmo que llevábamos años construyendo. Diego empujaba con fuerza y yo me aferraba a su espalda, y todo era correcto, familiar, honesto. Pero en algún momento, sin que yo lo eligiera, noté el espacio vacío a mi lado en la cama. El lugar donde Rodrigo hubiera estado.
Me vine con fuerza, y Diego también poco después. Nos quedamos enredados en silencio. Él se durmió con el brazo sobre mi cintura. Yo me quedé mirando el techo.
No era que el sexo hubiera sido malo. Era que sabía cómo hubiera sido diferente con Rodrigo ahí. La manera en que él aportaba algo que no era solo un cuerpo más, sino una fricción específica, una atención que cambiaba la dinámica de todo. Con los tres, cada cosa que hacíamos tenía una carga distinta. Sin él, Diego y yo éramos perfectamente suficientes, y aun así algo faltaba.
Me toqué un rato en la oscuridad, con cuidado de no despertar a Diego, recordando imágenes del fin de semana anterior. No fue un orgasmo glorioso. Fue más bien un intento de resolver algo que no tenía solución fácil. Me dormí confundida, con la sensación extraña de que echar de menos a alguien podía ser también una forma de descubrir cosas que no sabías que querías.
Las noches siguientes fueron variaciones del mismo tema. Diego y yo teníamos sexo, y era bueno. Una tarde se me tiró encima en el sofá y terminamos en el suelo con las rodillas marcadas en la alfombra, jadeando, y me reí mientras me recomponía. Lo quería, eso no estaba en duda. Pero algo se había desplazado, como cuando mueves un mueble y el cuarto funciona igual pero notas el espacio donde antes no había nada.
A veces, tumbada en la oscuridad mientras Diego dormía, me preguntaba qué clase de cosa era lo que sentía. No estaba segura de que hubiera una palabra para eso. Era deseo, pero no urgente. Era añoranza, pero no dolorosa. Era, quizás, la conciencia de que algo había empezado y que todavía no tenía claro a dónde llevaba.
En el trabajo me sorprendí más de una vez con la mirada perdida en ninguna parte. Una vez, mientras revisaba unos informes, me descubrí pensando en una noche específica de la semana anterior, antes de que Rodrigo se fuera, en cómo los tres habíamos estado juntos y en cómo yo los había observado a los dos desde el borde de la cama, con una sensación extraña en el pecho que no era solo deseo sino también algo parecido a la gratitud. No sabía por qué lo llamaba gratitud. Pero era eso.
Una mañana me encontré calculando cuántos días quedaban para que Rodrigo volviera. Lo conté dos veces.
***
La semana sin Rodrigo fue como volver a una casa con una habitación clausurada. Todo funcionaba, todo estaba en su lugar, pero había algo detrás de esa puerta que mi cabeza no dejaba de visitar.
Elena y yo mantuvimos la rutina con esa obstinación silenciosa con que uno hace las cosas cuando no quiere admitir que algo ha cambiado. Café por la mañana, besos antes de salir, sexo por las noches que era honesto y real pero que tenía un peso extraño. La primera mañana la arrastré a la ducha, empujé su espalda contra los azulejos fríos y la tomé de pie con el agua caliente cayendo sobre los dos. Ella se aferró a mis hombros y se corrió antes que yo, y cuando yo me vine segundos después me quedé con la frente apoyada en su hombro más tiempo del necesario.
Pensaba en Rodrigo.
No lo había admitido todavía, ni siquiera para mí mismo, pero era así. No de una manera que supiera clasificar fácilmente: no era solo deseo, o quizás era deseo mezclado con algo más complicado. Pensaba en la manera en que me había mirado el fin de semana anterior, esa forma que tenía de hacer que te sintieras visto de una manera específica, sin que hiciera nada particular para lograrlo. Y pensaba en lo que había pasado entre nosotros dos, en cómo me había dejado llevar sin resistencia y en lo que eso decía sobre mí.
Con Elena yo siempre llevaba el peso. Iniciaba, marcaba el ritmo, decidía. Me gustaba hacerlo, era algo que me salía solo. Pero Rodrigo había hecho algo distinto: había tomado el control sin que yo tuviera que cederlo conscientemente, como si fuera la cosa más natural. Y yo me había rendido sin drama, sin pensarlo, y después me había quedado con esa sensación extraña de haber soltado algo que cargaba sin saber que pesaba.
Una noche tomé a Elena por detrás, mis manos en sus caderas, moviéndonos juntos con fuerza hasta que los dos nos vaciamos. Fue intenso y me gustó, y al mismo tiempo me sorprendí pensando cómo hubiera sido si Rodrigo estuviera ahí, mirando, o participando, o simplemente presente con su manera de ocupar el espacio. No era una comparación. Era más bien como escuchar una canción a la que le falta un instrumento que apenas sabías que existía.
Otra tarde nos tomamos un descanso largo a mediodía, algo que no hacíamos desde hacía meses. Elena y yo nos quedamos en la cama hasta las tres, hablando de nada en particular, y en algún momento le hice el sexo oral despacio, sin apresurarnos, solo porque tenía ganas y el tiempo era nuestro. Ella se vino dos veces y luego me tomó entre sus manos y me llevó al límite con paciencia. Fue uno de los mejores ratos de la semana. Y aun así, al terminar, los dos miramos el techo en silencio durante demasiado tiempo.
Una tarde le pregunté si estaba bien. Ella levantó la vista del libro y me miró un momento antes de responder:
—Sí. ¿Y tú?
—También —dije.
Los dos sabíamos que era cierto y que no era toda la verdad al mismo tiempo.
No le escribí a Rodrigo. No supe cómo formular lo que quería decir sin que sonara a más de lo que probablemente era. O a exactamente lo que era, que era lo que más me daba miedo.
La última noche antes de que volviera, Elena y yo nos acostamos tarde después de una película que ninguno de los dos siguió del todo. Hicimos el amor despacio, con más cuidado que urgencia, y cuando terminamos nos quedamos en silencio un rato.
—Mañana vuelve —dijo ella, sin que yo hubiera dicho nada.
Asentí. Ninguno de los dos dijo más. No hacía falta.
***
Barcelona en febrero tiene esa luz fría y directa que hace que todo parezca más serio de lo que es. Las reuniones habían ido bien, las sesiones de fotos también, y cada noche volvía al hotel con las piernas cansadas y la cabeza poblada de imágenes que no tenían nada que ver con el trabajo.
El cuarto día, casi sin pensarlo, abrí una aplicación que hacía tiempo que no usaba. No era que me faltara algo concreto. Era más bien que el apetito que habían despertado en mí no se apagaba fácilmente, y las habitaciones de hotel tienen esa forma de amplificar la inquietud de la noche. Encontré un perfil que llamó mi atención: una pareja buscando alguien dispuesto a compartir. La foto era de los dos, sonriendo. El mensaje que me mandaron fue más directo que la foto.
Los conocí dos noches después en un bar del Eixample. Él se llamaba Tomás, cuarenta años o cerca, con los hombros anchos y esa tranquilidad de la gente que no necesita demostrar nada. Ella era Vera, pelo negro, mirada que evaluaba sin disimulo. Tomamos algo y hablamos de cosas intrascendentes durante una hora, y en ningún momento el tema derivó directamente hacia lo que todos sabíamos que íbamos a hacer. Me gustó que no se apresuraran.
La habitación de su hotel era cálida y amplia. Vera fue la primera en moverse, sin prisa, y lo que siguió fue intenso y directo de la manera en que lo son las cosas entre personas que no se deben nada. Marcaba el ritmo con esa precisión de quien sabe exactamente lo que quiere en cada momento. Tomás era físico y sin rodeos. Los tres nos movimos durante un buen rato en esa dinámica que cambia a cada instante, donde nadie es solo una cosa y el deseo circula sin dirección fija.
La tomé a ella mientras Tomás me tomaba a mí desde atrás. Encontramos un ritmo que funcionó durante más tiempo del que hubiera esperado. Vera se corrió primero, ruidosa y sin vergüenza. Tomás poco después, apretando mis caderas con las manos. Yo me vacié en la boca de ella, que lo recibió sin apartar los ojos de los míos, y los tres caímos sobre las sábanas sudados y saciados.
Fue bueno. Genuinamente bueno.
Pero en algún momento, tumbado entre los dos con la respiración todavía acelerada, me sorprendí pensando en Diego.
No en él de golpe, al principio. Pensé en la dinámica que acababa de tener con Tomás y Vera y en lo que había estado bien y en lo que faltaba. Y solo al llegar a esa pregunta apareció Diego. Con Tomás y Vera lo había pasado bien, y ellos también, y eso era todo. Era como un plato bien cocinado que se acaba y no deja rastro.
Con Diego había capas. Esa resistencia suya que no era rechazo sino todo lo contrario: un tipo de pudor que hacía que cada cosa tuviera más peso que la anterior. La manera en que la primera vez que lo dominé no hizo falta decir nada, solo moverme de una forma determinada y verlo ceder, y en sus ojos algo que parecía alivio. Eso no era algo que sucediera con cualquiera.
Pensé en Elena también. En la manera en que lo miraba todo sin perder detalle, en esa forma de participar que era también una forma de dirigir sin que nadie se diera cuenta. En cómo aquella primera noche, cuando los tres terminamos enredados y exhaustos, ella había sonreído de una manera que no era solo satisfacción sino también algo parecido a la curiosidad de quien acaba de descubrir algo que quiere seguir explorando.
Me vestí deprisa con una excusa que Tomás aceptó sin molestarse y Vera con una sonrisa que no era ofensa sino simple comprensión. Salí a la calle y caminé sin rumbo por el Born, con el aire frío entrando por el cuello de la chaqueta. No me sentía vacío. Me sentía localizado, como cuando de pronto sabes dónde dejaste algo que llevabas buscando sin recordar que lo habías perdido.
Quedaban dos días. Me paré frente a una librería cerrada, con las manos en los bolsillos, mirando los lomos de los libros en el escaparate sin ver ninguno. Saqué el móvil, abrí el chat con los dos y escribí «¿Estáis bien?». Lo borré. Escribí «Vuelvo el jueves» y lo envié.
La respuesta de Elena llegó en un minuto: «Ya sé». La de Diego tardó un poco más: «Bien».
Guardé el teléfono y seguí caminando. No era la conversación que quería tener, pero era la que podía tener a través de una pantalla a las dos de la madrugada. La otra, la que importaba, podía esperar dos días más.