La semana sin él y lo que no nos dijimos
El lunes por la mañana, Rodrigo cerró la puerta con suavidad, como si no quisiera despertar lo que habíamos construido juntos. Lo vi bajar con su bolso de lona, darme un beso rápido en la boca y perderse escaleras abajo con esa sonrisa suya, la que guardaba para los momentos en que sabía que lo echaríamos de menos. «Una semana en Barcelona», había dicho la noche anterior. «Solo trabajo.» Diego y yo nos quedamos mirando la puerta cerrada un momento demasiado largo antes de que alguno de los dos dijera algo.
Esa noche Diego me buscó en la cama con la urgencia acumulada de todo el fin de semana. Sus manos me conocían de memoria. Me arrancó la camiseta y se llevó un pezón a la boca, lo chupó fuerte hasta que se me escapó un gemido, y después el otro, mordiendo apenas, tirando con los dientes hasta dejármelos duros y palpitantes. Bajó despacio por mi cuello, por mis pechos, por el vientre, y continuó hasta hundirse entre mis piernas con esa determinación suya que siempre funcionaba. Me abrió los muslos con las dos manos y me miró un segundo antes de lanzarse. Su lengua trazó todo el largo de mi coño, de abajo hacia arriba, lento, y después se cerró sobre mi clítoris chupándomelo como si quisiera arrancármelo. Lo enredé entre mis muslos y lo dejé hacer, cerré los ojos y escuché mi propia respiración cambiar mientras su boca trabajaba sobre mí.
—Así, joder, así —le dije apretándole el pelo con los dos puños—. No pares, cómemelo entero.
Y él no paró. Me metió dos dedos hasta el fondo, curvándolos, buscándome ese punto que conocía de memoria, mientras seguía lamiéndome el clítoris con la punta de la lengua. Los sacaba brillantes de mí y volvía a hundirlos, cada vez más rápido, y yo empecé a apretar los talones contra el colchón. El orgasmo me subió por las piernas, se me clavó en el vientre y me sacudió de verdad, con la espalda arqueada y un grito que no supe reprimir. Me corrí en su boca, empapándole la barbilla, y él siguió lamiendo hasta la última contracción, bebiéndome, sin dejarme escapar.
Después lo quise dentro de mí. Le agarré la polla con la mano, se la sentí dura, gruesa, palpitando contra mi palma, y lo guié hacia mi coño todavía tembloroso. Se hundió de un solo empujón, hasta el fondo, y los dos gemimos a la vez. Le clavé las uñas en los omóplatos y le exigí más.
—Fóllame, Diego, fóllame fuerte, quiero sentirte mañana.
Empujó con toda su fuerza, apoyado en los brazos, con la mandíbula apretada. Cada embestida me hacía subir por el colchón, cada golpe de sus caderas contra las mías sonaba en el cuarto como una bofetada seca. Me giró de lado, me levantó una pierna sobre su hombro y volvió a entrar, más profundo aún, machacándome desde ese ángulo hasta que se me nubló la vista. Nos movimos juntos con ese ritmo que llevábamos años construyendo. Diego empujaba con fuerza y yo me aferraba a su espalda, y todo era correcto, familiar, honesto. Pero en algún momento, sin que yo lo eligiera, noté el espacio vacío a mi lado en la cama. El lugar donde Rodrigo hubiera estado.
Me vine con fuerza, apretándole la polla con el coño hasta oírle jadear, y Diego también poco después, hundiéndose una última vez y vaciándose dentro de mí con un gruñido ronco. Sentí el chorro caliente llenarme y después escurrirse entre mis muslos cuando se retiró. Nos quedamos enredados en silencio. Él se durmió con el brazo sobre mi cintura y su semen todavía tibio pegándome los muslos. Yo me quedé mirando el techo.
No era que el sexo hubiera sido malo. Era que sabía cómo hubiera sido diferente con Rodrigo ahí. La manera en que él aportaba algo que no era solo un cuerpo más, sino una fricción específica, una atención que cambiaba la dinámica de todo. Con los tres, cada cosa que hacíamos tenía una carga distinta. Sin él, Diego y yo éramos perfectamente suficientes, y aun así algo faltaba.
Me toqué un rato en la oscuridad, con cuidado de no despertar a Diego, recordando imágenes del fin de semana anterior. Me pasé dos dedos por el coño todavía mojado con la corrida de Diego, los subí al clítoris y empecé a frotarme en círculos lentos, mordiéndome el labio para no hacer ruido. Me acordé de la boca de Rodrigo, de su polla, de la manera en que me había tomado de la nuca la última vez para que me la tragara hasta el fondo. Me metí dos dedos, tres, buscando llenar el vacío. No fue un orgasmo glorioso. Fue más bien un intento de resolver algo que no tenía solución fácil. Me dormí confundida, con los dedos todavía húmedos y la sensación extraña de que echar de menos a alguien podía ser también una forma de descubrir cosas que no sabías que querías.
Las noches siguientes fueron variaciones del mismo tema. Diego y yo teníamos sexo, y era bueno. Una tarde se me tiró encima en el sofá, me arrancó la ropa interior con dos dedos enganchados en la cintura y terminamos en el suelo con las rodillas marcadas en la alfombra. Me montó boca abajo, me levantó el culo con una mano bajo el vientre y me la metió hasta el fondo desde atrás, follándome a golpes secos mientras yo me agarraba de la pata del sofá. Me corrí gritándole obscenidades y él se vino sobre mi espalda, dejándome un reguero espeso desde los omóplatos hasta la cintura. Me reí mientras me recomponía, sintiendo su semen escurrirse hacia el nacimiento del culo. Lo quería, eso no estaba en duda. Pero algo se había desplazado, como cuando mueves un mueble y el cuarto funciona igual pero notas el espacio donde antes no había nada.
A veces, tumbada en la oscuridad mientras Diego dormía, me preguntaba qué clase de cosa era lo que sentía. No estaba segura de que hubiera una palabra para eso. Era deseo, pero no urgente. Era añoranza, pero no dolorosa. Era, quizás, la conciencia de que algo había empezado y que todavía no tenía claro a dónde llevaba.
En el trabajo me sorprendí más de una vez con la mirada perdida en ninguna parte. Una vez, mientras revisaba unos informes, me descubrí pensando en una noche específica de la semana anterior, antes de que Rodrigo se fuera, en cómo los tres habíamos estado juntos y en cómo yo los había observado a los dos desde el borde de la cama, con la polla de Rodrigo hundida en la boca de Diego, y con una sensación extraña en el pecho que no era solo deseo sino también algo parecido a la gratitud. No sabía por qué lo llamaba gratitud. Pero era eso.
Una mañana me encontré calculando cuántos días quedaban para que Rodrigo volviera. Lo conté dos veces.
***
La semana sin Rodrigo fue como volver a una casa con una habitación clausurada. Todo funcionaba, todo estaba en su lugar, pero había algo detrás de esa puerta que mi cabeza no dejaba de visitar.
Elena y yo mantuvimos la rutina con esa obstinación silenciosa con que uno hace las cosas cuando no quiere admitir que algo ha cambiado. Café por la mañana, besos antes de salir, sexo por las noches que era honesto y real pero que tenía un peso extraño. La primera mañana la arrastré a la ducha, empujé su espalda contra los azulejos fríos y le abrí las piernas de un rodillazo. Le agarré una teta con una mano y con la otra guié mi polla hasta su coño ya empapado. Me hundí de una embestida, con el agua caliente cayendo entre los dos, y ella soltó un gemido que se enredó con el ruido de la ducha.
—Fuerte —me pidió mordiéndome el hombro—. Rómpeme, Diego.
La agarré por el culo, la levanté y la sostuve contra los azulejos con mi propio peso, machacándola de abajo hacia arriba con cada empujón. Sus tetas botaban contra mi pecho, resbaladizas, y yo se las apretaba, se las pellizcaba, mientras seguía taladrándola. Ella se aferró a mis hombros y se corrió antes que yo, apretándome la polla con todo el coño, gimiendo contra mi cuello. Salí de ella un segundo antes de vaciarme, la dejé en el suelo y le empujé la cabeza hacia abajo. Se arrodilló en la ducha y me la metió en la boca a tiempo para tragarse el primer chorro. Los siguientes le cayeron en la lengua, en los labios, en la barbilla, y ella me miraba desde abajo con los ojos entrecerrados sin dejar de chuparme. Cuando yo me vine segundos después me quedé con la frente apoyada en el azulejo más tiempo del necesario.
Pensaba en Rodrigo.
No lo había admitido todavía, ni siquiera para mí mismo, pero era así. No de una manera que supiera clasificar fácilmente: no era solo deseo, o quizás era deseo mezclado con algo más complicado. Pensaba en la manera en que me había mirado el fin de semana anterior, esa forma que tenía de hacer que te sintieras visto de una manera específica, sin que hiciera nada particular para lograrlo. Y pensaba en lo que había pasado entre nosotros dos, en cómo me había dejado llevar sin resistencia cuando me abrió las nalgas con las dos manos y me metió la polla despacio, centímetro a centímetro, hasta el fondo, y en lo que eso decía sobre mí.
Con Elena yo siempre llevaba el peso. Iniciaba, marcaba el ritmo, decidía. Me gustaba hacerlo, era algo que me salía solo. Pero Rodrigo había hecho algo distinto: había tomado el control sin que yo tuviera que cederlo conscientemente, como si fuera la cosa más natural. Me había puesto a cuatro patas, me había escupido en el culo, me la había metido sin preguntar y me había follado hasta hacerme correr sin tocarme la polla. Y yo me había rendido sin drama, sin pensarlo, y después me había quedado con esa sensación extraña de haber soltado algo que cargaba sin saber que pesaba.
Una noche tomé a Elena por detrás. La puse a cuatro patas al borde de la cama, le separé las nalgas con los pulgares y me quedé un momento mirándole el coño abierto y brillante, el culito apretado justo encima. Le pasé la lengua por todo el surco, de arriba abajo, y ella se estremeció y empujó el culo contra mi cara. La comí un buen rato, alternando entre el coño y el culo, hasta dejarla suplicando. Después me enderecé, me la metí en el coño de un solo empujón y empecé a follármela con las manos clavadas en sus caderas, moviéndonos juntos con fuerza hasta que los dos nos vaciamos. Cuando salí de ella, un hilo blanco de mi corrida le colgó de los labios del coño y le resbaló muslo abajo. Fue intenso y me gustó, y al mismo tiempo me sorprendí pensando cómo hubiera sido si Rodrigo estuviera ahí, mirando, o participando, o simplemente presente con su manera de ocupar el espacio. No era una comparación. Era más bien como escuchar una canción a la que le falta un instrumento que apenas sabías que existía.
Otra tarde nos tomamos un descanso largo a mediodía, algo que no hacíamos desde hacía meses. Elena y yo nos quedamos en la cama hasta las tres, hablando de nada en particular, y en algún momento le hice el sexo oral despacio, sin apresurarnos, solo porque tenía ganas y el tiempo era nuestro. Le abrí las piernas y me instalé entre ellas con toda la calma. Empecé por los muslos, mordiéndolos suavemente, subiendo con la lengua hasta rozarle apenas el coño y bajando otra vez. Cuando por fin la lamí, lo hice con la lengua plana, entera, cubriéndola. Le chupé los labios, uno y otro, se los abrí con los dedos y le trabajé el clítoris con la punta de la lengua en círculos lentísimos. Ella se aferró a las sábanas y me sujetó la cabeza y se meneó contra mi boca hasta correrse una primera vez, larga, temblando. Le metí la lengua entera en el coño para bebérmela y seguí. Se vino dos veces y luego me tumbó de espaldas, se puso a horcajadas sobre mi cara para que la siguiera comiendo, y me tomó la polla entre sus manos y me llevó al límite con paciencia, chupándome despacio, sacándomela de la boca para lamerme los huevos, tragándomela otra vez hasta la garganta. Me hizo correrme en su boca sin dejar de moverse contra mi lengua, y los dos gemimos al mismo tiempo, atragantados uno con el otro. Fue uno de los mejores ratos de la semana. Y aun así, al terminar, los dos miramos el techo en silencio durante demasiado tiempo.
Una tarde le pregunté si estaba bien. Ella levantó la vista del libro y me miró un momento antes de responder:
—Sí. ¿Y tú?
—También —dije.
Los dos sabíamos que era cierto y que no era toda la verdad al mismo tiempo.
No le escribí a Rodrigo. No supe cómo formular lo que quería decir sin que sonara a más de lo que probablemente era. O a exactamente lo que era, que era lo que más me daba miedo.
La última noche antes de que volviera, Elena y yo nos acostamos tarde después de una película que ninguno de los dos siguió del todo. Follamos despacio, cara a cara, con más cuidado que urgencia. Yo la penetré muy lento, la sentí abrirse alrededor de mi polla milímetro a milímetro, y me quedé quieto dentro de ella un momento antes de empezar a moverme. Ella me rodeó con las piernas y me buscó la boca. Nos movimos así, sin prisa, mirándonos, hasta que ella se corrió apretada contra mí, y yo me vine dentro de ella un minuto después, temblando. Cuando terminamos nos quedamos en silencio un rato, con mi polla ablandándose todavía dentro suyo y mi semen goteando entre los dos.
—Mañana vuelve —dijo ella, sin que yo hubiera dicho nada.
Asentí. Ninguno de los dos dijo más. No hacía falta.
***
Barcelona en febrero tiene esa luz fría y directa que hace que todo parezca más serio de lo que es. Las reuniones habían ido bien, las sesiones de fotos también, y cada noche volvía al hotel con las piernas cansadas y la cabeza poblada de imágenes que no tenían nada que ver con el trabajo.
El cuarto día, casi sin pensarlo, abrí una aplicación que hacía tiempo que no usaba. No era que me faltara algo concreto. Era más bien que el apetito que habían despertado en mí no se apagaba fácilmente, y las habitaciones de hotel tienen esa forma de amplificar la inquietud de la noche. Encontré un perfil que llamó mi atención: una pareja buscando alguien dispuesto a compartir. La foto era de los dos, sonriendo. El mensaje que me mandaron fue más directo que la foto.
Los conocí dos noches después en un bar del Eixample. Él se llamaba Tomás, cuarenta años o cerca, con los hombros anchos y esa tranquilidad de la gente que no necesita demostrar nada. Ella era Vera, pelo negro, mirada que evaluaba sin disimulo. Tomamos algo y hablamos de cosas intrascendentes durante una hora, y en ningún momento el tema derivó directamente hacia lo que todos sabíamos que íbamos a hacer. Me gustó que no se apresuraran.
La habitación de su hotel era cálida y amplia. Vera fue la primera en moverse, sin prisa. Se me acercó, me agarró de la nuca y me besó con la lengua entera dentro de la boca, mientras la mano de Tomás me subía por la espalda por debajo de la camisa. Me desnudaron entre los dos, sin apuro, y yo los desnudé a ellos. Ella tenía las tetas pequeñas y los pezones oscuros y erguidos; él la tenía dura ya, gruesa, curvada. La empujé a la cama y me arrodillé entre sus piernas y le comí el coño mientras Tomás se ponía detrás de mí y me la metía en la boca desde arriba. Chupé a los dos a la vez, alternando, con la lengua metida en el coño de ella y la polla de él golpeándome contra el paladar.
Vera marcaba el ritmo con esa precisión de quien sabe exactamente lo que quiere en cada momento. Me tiró del pelo para que dejara de comerla, se dio la vuelta, se puso a cuatro patas y me ofreció el culo.
—Métemela ya —dijo—. Y tú —le señaló a Tomás— fóllatelo a él mientras me folla.
Tomás era físico y sin rodeos. Yo le agarré las caderas a Vera y me hundí en su coño empapado hasta el fondo mientras Tomás me abría las nalgas con las manos, me escupía y me la metía despacio. Sentí su polla llenarme y por un segundo dejé de moverme, adaptándome a los dos empujes. Después encontramos un ritmo: cuando él empujaba en mí, yo salía de ella; cuando él se retiraba, yo me hundía de vuelta en el coño de Vera. Los tres jadeábamos, sudados, encajados. Los tres nos movimos durante un buen rato en esa dinámica que cambia a cada instante, donde nadie es solo una cosa y el deseo circula sin dirección fija.
La tomé a ella mientras Tomás me tomaba a mí desde atrás. Encontramos un ritmo que funcionó durante más tiempo del que hubiera esperado. Vera se corrió primero, ruidosa y sin vergüenza, gritando y apretándome la polla con el coño hasta hacerme ver luces. Tomás poco después, apretando mis caderas con las manos, vaciándose dentro de mí con un gemido largo. Los sentí calientes, resbalando cuando salió. Yo salí de Vera y me arrastré hacia adelante; ella se giró, se puso de espaldas y abrió la boca. Le agarré la cabeza con las dos manos y me la metí hasta la garganta, y ella me tragó entero, sin arcadas, con los ojos fijos en los míos. Me corrí a chorros gruesos en el fondo de su boca, que ella no apartó de mí ni un segundo, tragando cada disparo, con los labios cerrados alrededor de mi polla hasta la última contracción. Los tres caímos sobre las sábanas sudados y saciados.
Fue bueno. Genuinamente bueno.
Pero en algún momento, tumbado entre los dos con la respiración todavía acelerada y la corrida de Tomás resbalándome muslo abajo, me sorprendí pensando en Diego.
No en él de golpe, al principio. Pensé en la dinámica que acababa de tener con Tomás y Vera y en lo que había estado bien y en lo que faltaba. Y solo al llegar a esa pregunta apareció Diego. Con Tomás y Vera lo había pasado bien, y ellos también, y eso era todo. Era como un plato bien cocinado que se acaba y no deja rastro.
Con Diego había capas. Esa resistencia suya que no era rechazo sino todo lo contrario: un tipo de pudor que hacía que cada cosa tuviera más peso que la anterior. La manera en que la primera vez que lo dominé no hizo falta decir nada, solo moverme de una forma determinada y verlo ceder, empujarlo boca abajo, escupirle entre las nalgas y hundirle la polla en el culo apretado hasta oírlo jadear en la almohada, y en sus ojos algo que parecía alivio. Eso no era algo que sucediera con cualquiera.
Pensé en Elena también. En la manera en que lo miraba todo sin perder detalle, en esa forma de participar que era también una forma de dirigir sin que nadie se diera cuenta. En cómo aquella primera noche, cuando los tres terminamos enredados y exhaustos, con su coño lleno de la corrida de Diego y su boca lamiéndome los restos de la mía en los dedos, ella había sonreído de una manera que no era solo satisfacción sino también algo parecido a la curiosidad de quien acaba de descubrir algo que quiere seguir explorando.
Me vestí deprisa con una excusa que Tomás aceptó sin molestarse y Vera con una sonrisa que no era ofensa sino simple comprensión. Salí a la calle y caminé sin rumbo por el Born, con el aire frío entrando por el cuello de la chaqueta. No me sentía vacío. Me sentía localizado, como cuando de pronto sabes dónde dejaste algo que llevabas buscando sin recordar que lo habías perdido.
Quedaban dos días. Me paré frente a una librería cerrada, con las manos en los bolsillos, mirando los lomos de los libros en el escaparate sin ver ninguno. Saqué el móvil, abrí el chat con los dos y escribí «¿Estáis bien?». Lo borré. Escribí «Vuelvo el jueves» y lo envié.
La respuesta de Elena llegó en un minuto: «Ya sé». La de Diego tardó un poco más: «Bien».
Guardé el teléfono y seguí caminando. No era la conversación que quería tener, pero era la que podía tener a través de una pantalla a las dos de la madrugada. La otra, la que importaba, podía esperar dos días más.