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Relatos Ardientes

Esa noche junto al fuego les enseñé a sentirlo todo

La lluvia llevaba toda la tarde golpeando los cristales de la cabaña, y el sonido se había convertido en una especie de metrónomo extraño que marcaba lo que pasaba dentro. La chimenea soltaba ese olor a madera de pino que solo aparece cuando el ambiente está húmedo afuera. Sebastián seguía en la alfombra, con la espalda contra el sofá, todavía intentando recuperar el aire. Camila estaba a su lado, con los ojos entrecerrados, una sonrisa floja en la cara y una mano sobre el muslo de él. Los tres habíamos perdido la ropa hacía rato.

—¿Qué fue eso? —preguntó él, todavía con la voz ronca—. Mariela, en serio, ¿qué carajos fue eso?

Me senté con las piernas cruzadas frente a él, sintiendo la alfombra rozarme la piel. Llevaba años trabajando como acompañante terapéutica en un consultorio de sexología en la capital, y ese tipo de preguntas las había escuchado muchas veces. La diferencia era que esta vez la persona del otro lado era alguien con quien me acostaba.

—Eso fue tu próstata —le dije, sin levantar la voz—. Lo que las mujeres llaman punto G tiene un equivalente masculino. La mayoría de los hombres lo ignora toda la vida.

Sebastián parpadeó, como si la información tardara en acomodarse en algún lugar de su cabeza. Camila soltó una risa baja, todavía adormilada por el orgasmo que la había recorrido un rato antes.

—¿Estás hablando en serio? —preguntó él.

—Bastante en serio.

—Entonces tenemos que volver a hacerlo. Los tres. Ahora.

Negué con la cabeza despacio.

—Date un minuto, mi amor. No es un truco de magia. Necesitás respirar.

Pero yo ya estaba pensando en la siguiente media hora.

Me deslicé hacia Camila y le besé los labios. Ella respondió con un suspiro, sus dedos buscaron mis pezones y los apretaron con la torpeza dulce de quien todavía no ha vuelto del todo. La conocía desde hacía un año, desde aquel taller en el que las dos terminamos compartiendo cuarto en el hotel y luego cama. Sebastián había llegado a nuestra vida tres meses después, y los tres habíamos descubierto que las cosas funcionaban mejor en triángulo que en línea recta.

***

Veinte minutos más tarde, los tres seguíamos frente al fuego, y el resplandor naranja le daba a la piel un tono de algo recién salido del horno. Sebastián estaba acostado boca arriba sobre la alfombra, con los brazos abiertos y los ojos clavados en el techo de madera. Su cuerpo, que normalmente tensaba a propósito para mostrar el trabajo del gimnasio, esta vez estaba simplemente entregado.

—¿Listo? —le pregunté.

—Listo.

Camila se acercó a él con la lentitud de un gato y le pasó una mano por el muslo, hacia adentro. Yo busqué el frasco de lubricante que había dejado sobre el reposabrazos del sofá. Vacié una buena cantidad sobre mis dedos, los froté para entibiarlos, y me coloqué entre las piernas de Sebastián.

—Vas a sentir frío al principio. Es normal. Después se va.

Asintió. Camila tomó su mano izquierda y la sostuvo con las dos suyas, como si lo estuviera anclando. Yo apoyé el dedo índice contra el ano y empecé con un movimiento circular muy suave, sin entrar todavía. Esa parte la había aprendido en un curso de masajes terapéuticos hacía años: la idea era darle al cuerpo el tiempo de decirte que sí, no forzar nada.

—Respirá despacio —dije.

Cuando lo sentí ceder, deslicé el dedo. Sebastián soltó un sonido breve, sorprendido, que no era de dolor sino de algo nuevo. Lo dejé adaptarse. Camila aprovechó para inclinarse y rozarle el pene con la punta de la lengua. Apenas un toque, una caricia que prometía. La piel de él reaccionó al instante.

—Mariela —murmuró Sebastián—, lo que estás haciendo...

—Todavía no llegué.

Doblé el dedo hacia adelante, hacia su ombligo, hasta sentir esa textura ligeramente diferente, esa zona que no se parece a la pared del recto. La encontré con paciencia, y cuando empecé a presionar en círculos pequeños, Sebastián arqueó la espalda y se le escapó un gemido tan grave que pareció subir desde otro lado.

—Dios. Dios. Dios.

Camila levantó la vista y me miró sonriendo, como diciendo «esto va a ser largo». Después abrió la boca y se tragó el pene de Sebastián con una avidez que no le había visto antes, ni en nuestra primera noche ni en ninguna de las que siguieron. Su cabello castaño claro le caía sobre la cara y le tapaba los ojos, y desde donde yo estaba podía ver cómo sus mejillas se hundían cada vez que respiraba.

El cuerpo de Sebastián se transformó en cuestión de segundos. La cabeza de un lado al otro, los talones plantados en la alfombra, las manos apretando el pelo de Camila sin saber si guiarla o detenerla. Yo seguía con mi presión, atenta a cualquier cambio en su respiración. Sabía cuándo estaba cerca; era cuestión de aprenderlo.

—Me voy a correr —avisó.

—No —dije.

Saqué el dedo. Camila levantó la cabeza con un sonido húmedo. Sebastián abrió los ojos con una mezcla de desesperación e incredulidad que me hizo reír por dentro.

—Mariela, por favor.

—Confiá.

Esperé veinte segundos, no más. Después volví a deslizar el dedo, encontré el punto otra vez, y esta vez aumenté el ritmo. Camila volvió a inclinarse sobre él, ahora con menos delicadeza, con la convicción de quien sabe a dónde va. Yo presionaba en círculos firmes, y la combinación —su boca, mi mano— construyó algo que ya no se podía detener.

El orgasmo de Sebastián fue largo. Largo y desordenado. Le tembló todo el cuerpo, desde los pies hasta los hombros, y los gritos que dio ni siquiera eran palabras. Camila tragó lo que pudo, pero parte cayó sobre su pecho y otra parte le salpicó el cuello. Verla así, brillando a la luz del fuego, fue lo que me llevó a mí también; me apoyé contra el sofá y empecé a frotarme el clítoris hasta encontrar mi propia ola, más pequeña que la suya pero igual de necesaria.

Cuando recuperamos el aire, Sebastián se quedó mirando el techo, con los brazos abiertos como si lo hubieran clavado en la alfombra.

—Nunca había sentido nada así —dijo.

—Lo sé.

—¿Cómo aprendiste a hacer eso?

—Estudié sexología tres años. Y después lo practiqué bastante.

Camila se rió contra el hombro de él, y yo me incliné sobre ella para limpiarle el pecho con la lengua. Lo hice despacio, sintiendo el sabor —salado, raro, familiar—, y ella tuvo un pequeño temblor secundario, más como un eco que como un orgasmo nuevo.

***

El silencio que vino después fue distinto al de antes. Antes era un silencio de descanso, de cuerpos vaciados. Este era un silencio de tregua, un descanso entre rounds. La lluvia seguía afuera, persistente, sin urgencia. La leña crepitaba, soltando chispas que subían por la chimenea y se apagaban contra la malla metálica.

Camila fue la primera en romperlo. Se incorporó, todavía desnuda, con el cabello revuelto y los pezones erguidos por el frío que se filtraba a pesar del fuego. Se acercó a Sebastián y le besó el pecho, los pectorales, la piel todavía pegajosa de sudor.

—Quiero sentirlo otra vez —dijo, los labios contra su oreja—. Pero ahora quiero ser yo la que decida.

Sebastián la miró con los párpados entrecerrados. Tenía esa media sonrisa lenta que le aparece cuando algo le gusta más de lo que admite.

—Adelante.

Yo me retiré un poco hacia el sofá. Quería verlos. Quería ser, por un momento, solo testigo. Camila se montó sobre él con las rodillas a cada lado de las caderas. No lo penetró todavía: empezó a frotarse, despacio, con las caderas en círculos largos, su clítoris contra la base del pene de él, que empezaba a despertarse otra vez. Era una forma de tomarse el tiempo, de obligarlo a esperar.

—Camila —murmuró él.

—Esperá.

Yo, mientras tanto, había metido dos dedos dentro de mí. La estaba mirando, sí, pero también estaba pensando en lo que había visto antes, en el modo en que Sebastián se había deshecho debajo de mi mano. Me acordé del temblor, del modo en que se le escapaba la voz, y tuve que apretar los muslos para no terminar antes de tiempo.

Cuando Camila lo sintió listo, se elevó un poco, se acomodó, y se dejó caer de a poco. La cara que puso —los ojos cerrados, la boca abierta sin sonido— era de las que se quedan grabadas. Se quedó quieta un instante, como acostumbrándose, y después empezó a moverse.

El ritmo lo manejaba ella. Lento al principio, casi cruel. Las manos apoyadas en el pecho de Sebastián, las caderas en círculos, los pezones rebotando apenas. Sebastián tenía las manos en sus muslos, dejándola hacer, sin guiarla. Estaba aprendiendo, otra vez, lo que era estar del otro lado.

—Así —decía ella, casi sin voz—. Así, así.

Yo aguanté un rato más, pero no pude. Me arrastré hasta ellos y me incliné sobre Camila por detrás. Le pasé la lengua por la nuca, por los hombros, y después rodeé su cintura y le tomé un pecho con la mano. Con la otra busqué su clítoris. Cuando empecé a frotarlo en círculos cortos, ella aceleró el ritmo sobre Sebastián casi sin darse cuenta.

—Mariela...

—Yo te ayudo.

Las tres cosas a la vez —el pene de Sebastián adentro, mi mano en el clítoris, mi boca sobre la nuca— la rompieron rápido. Camila gritó, un sonido sin forma, y se sacudió encima de él con una fuerza que casi la desplaza en la alfombra. Sentí cómo se contraía contra mi mano. Pero no se detuvo. Siguió moviéndose, ahora más errática, buscando el segundo orgasmo antes de que el primero terminara de retirarse.

Sebastián tenía la mandíbula apretada. Le veía las venas del cuello, los músculos del estómago tensos.

—No voy a aguantar —dijo entre dientes.

—No aguantes —respondió Camila, sin parar—. Acabá adentro mío.

Eso lo terminó. Sebastián arqueó la cadera, gimió largo, y Camila lo sintió llegar; lo supe porque apretó los ojos y soltó un sonido nuevo, más profundo que los anteriores. Se desplomó sobre él, y los dos quedaron pegados, respirando en el mismo ritmo, las pieles selladas por sudor y por todo lo demás.

Yo me senté contra la pata del sofá y los miré. La satisfacción que sentí no era solo física: era la de quien arma algo y ve que funciona.

***

Después de un rato largo, Camila se separó de él con la lentitud de quien no quiere romper algo. Su cuerpo todavía temblaba un poco. Bajó por el pecho de Sebastián, por el abdomen, y sin pedir permiso le tomó el pene en la boca otra vez. Esta vez no era una felación: era un acto de cierre, un agradecimiento. Le pasó la lengua por toda la longitud, recogiendo lo que ella misma había dejado, lo que él acababa de dejar, los fluidos de los dos mezclados.

Sebastián gimió bajo, sobre estimulado, pero no la frenó. La dejó hacer. Cuando ella terminó, se arrastró hasta acomodarse contra su pecho. Yo me uní enseguida, del otro lado. Los tres formamos un nudo de extremidades sobre la alfombra, frente al fuego que ya empezaba a bajar.

—Esto cambió algo —dijo Camila contra el hombro de Sebastián.

—Sí —dijo él.

No agregaron más. No hacía falta.

Yo me quedé mirando las brasas y escuchando la lluvia, que seguía cayendo afuera, ahora más fina, casi un susurro. No iba a olvidarme de esa noche por un buen tiempo. No por el sexo —antes habíamos tenido noches igual de intensas—, sino por la confianza. Sebastián se había dejado abrir, literalmente, frente a las dos. Camila había tomado el control sin pedir disculpas. Y yo había podido ser la que enseñaba sin que eso me convirtiera en jueza.

Pasaron quizás veinte minutos en los que ninguno habló. La leña terminó de consumirse. La luz de la habitación bajó hasta el resplandor mínimo de las brasas.

—¿Vamos a la cama? —preguntó Camila en un susurro.

—Vamos —dije.

Sebastián se levantó primero y nos extendió las manos a las dos. Lo seguimos por el pasillo de madera, todavía desnudos, sin hablar. La cama estaba fría al principio, pero se calentó rápido. Nos acomodamos en una posición que ya conocíamos, los tres entrelazados, con Camila en el medio porque siempre era la que tenía más frío.

Antes de quedarme dormida, escuché la voz de Sebastián, baja, casi para él mismo.

—No sabía que se podía sentir así.

Faltaba mucho por aprender. Pero esa noche había sido un buen comienzo.

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Comentarios (9)

CarmenSol45

Que relato tan intenso... me dejó sin palabras. Sigue así!!

SebasLector

La lluvia, el fuego... la atmósfera que creaste es increible. Tiene algo muy cinematográfico, de verdad

MartaK_Sur

Me recordó a una noche similar que tuve hace años, esa tensión del principio la sentí identica. Hermoso

Fabian_77

Hay segunda parte?? Dejó todo muy abierto al final, quiero saber cómo siguió...

EnzoNoche

Impecable. Escribís con una naturalidad que hace que fluya solo. No pude parar hasta el final

LectorSolo77

Buenisimo!! justo lo que necesitaba leer hoy jaja

GabiCordoba

Lo que más me gustó fue como describís la incomodidad del principio. Se siente real, no forzado. Felicitaciones

ValeriaRB

Se hizo muy corto, quede con ganas de mas. Esperando mas relatos así!!

Marcos_Cba

Tremendo. Una duda, esto es historia real o ficcion? Porque se siente muy vivido, como si lo estuvieras contando tal cual pasó

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