Lo que hice para no volver a casa de mis padres
Tenía veintidós años cuando la beca se agotó y la universidad dejó de ser mi hogar. Me quedaban dos meses para graduarme en turismo, pero el problema del alquiler pesaba más que cualquier examen final. Para calmarme, salía a caminar por los senderos del campus todos los días, entre edificios que pronto dejarían de ser míos.
Fue en uno de esos paseos cuando apareció Andrés.
Era alto, con mandíbula marcada y esa sonrisa fácil que tienen los hombres que pocas veces reciben un no. Se me acercó sin vacilar.
—Perdona que te interrumpa. Me llamo Andrés. Tengo veintinueve años y trabajo como modelo.
Le di la mano con pocas ganas.
—Mia. Turismo. Veintidós.
—¿Tus padres son de Corea?
—Sí. Yo nací aquí.
Me miró de arriba abajo sin disimulo.
—¿Por qué una chica tan bonita anda sola por el campus?
—Porque prefiero mi propia compañía.
Se rio.
—¿Me dejarías acompañarte igualmente?
No dije que no. Caminamos durante una hora y algo en su forma directa de hablar resultó menos molesto de lo que esperaba. En las semanas siguientes nos cruzamos casi todos los días y lo que empezó como casualidad se convirtió en costumbre.
Un mes después, cuando le conté que terminar la carrera significaba perder la habitación en el campus y que no tenía adónde ir, Andrés frunció el ceño. Le expliqué que solo había conseguido trabajos esporádicos y que a este ritmo tendría que volver a la ciudad donde vivían mis padres. Me escuchó sin interrumpir.
—La agencia con la que trabajo busca chicas —dijo—. Modelaje de trajes de baño. Si quieres, te presento.
—Nunca he modelado.
—Para eso no necesitas experiencia. Solo el cuerpo que tienes.
Era una salida. No la que hubiera elegido en otras circunstancias, pero el dinero no deja mucho margen para el orgullo.
—Llévame.
***
La agencia operaba desde una mansión en las afueras de la ciudad. Esa primera tarde, el director me observó durante varios minutos con la mirada de alguien que está tasando algo, antes de pedirme que me quitara el vestido. Dudé. Andrés estaba a mi lado.
—Es solo para evaluar proporciones —dijo el director—. Así trabaja todo el mundo aquí.
Me quedé en ropa interior. El director me pidió que girara, que me detuviera, que lo mirara de frente. Me hizo bajar el sostén para verme las tetas y comprobar que no tenía marcas. Le pidió a Andrés que me ayudara a sostener las copas mientras él se acercaba a tomar medidas con una cinta sobre mi piel desnuda. Sentí cómo la cinta rozaba mis pezones endurecidos por el aire acondicionado y traté de no mover ni un músculo de la cara. Después le habló a Andrés como si yo no estuviera en la sala.
—Me parece bien. Vuelvan mañana para las pruebas fotográficas.
Al día siguiente llegué nerviosa y me llevaron directo a maquillar. Una mujer de unos cuarenta años me explicó con absoluta normalidad que tenía que recortarme el vello del coño para el bikini y lo hizo sin más preámbulos, con las piernas abiertas sobre una camilla, como si fuera parte de cualquier trabajo de oficina. Supongo que para ella lo era. Me dejó casi lampiña, con una línea estrecha de pelo recortado que apenas cubría nada.
Las primeras sesiones fueron en la piscina de la mansión. Bikinis de distintas marcas, dentro y fuera del agua. Posé con la misma concentración con la que había dado mis exámenes finales. Hasta que un viernes me metí al agua con una tanga blanca y al salir noté que el tejido mojado se volvía transparente. Podía verse el rosa de mi coño con perfecta claridad a través de la tela, los labios marcados, la hendidura que el bañador empapado dibujaba sobre la piel.
Me paralicé en el último escalón de la piscina.
—Sube despacio —ordenó el fotógrafo—. Despacio, así, dejá que se te vea todo.
Subí. Sentí los flashes disparándose justo sobre mi entrepierna, capturando cada milímetro de la tela transparente pegada a mi coño. El fotógrafo me pidió que me tocara el pelo, que arqueara la espalda, que sacara las tetas hacia adelante. Los pezones se me marcaban duros bajo la parte de arriba mojada. Andrés estaba en un rincón del set y cuando crucé su mirada asentí para mí misma. Al terminar firmé el recibo, recibí el dinero y no dije nada durante el viaje de vuelta.
Esa semana me mudé al departamento de Andrés. Como compañeros de piso, me aclaró desde el principio. Él tenía su cuarto y yo el mío.
***
Pasó casi un mes de esa convivencia tranquila cuando una tarde, mientras yo leía en el sofá, Andrés me miró de una manera diferente.
—Podrías ganar mucho más —dijo.
—¿Haciendo qué?
—Fotos desnuda. Después video, si quieres.
—¿Pornografía?
—Primero erotismo. Solo mostrarte. Después lo que tú decidas.
—¿Cuál es la diferencia práctica entre uno y otro?
—El erotismo es posado, sin contacto. La pornografía es follar de verdad frente a cámara, sí, pero como cualquier otro trabajo: lo hacés, cobrás y lo dejás ahí.
Lo miré fijamente.
—¿Tú lo haces?
—Desde hace dos años. Por eso tengo departamento, auto y algo ahorrado.
No respondí enseguida. Seguí mirando las páginas del libro sin leerlas de verdad. Pensé en los currículos que nadie respondía, en el saldo de la cuenta corriente, en la cara que pondría mi madre si volvía con las manos vacías.
—Déjame pensarlo —dije al final.
Lo pensé durante semanas, mientras seguía mandando solicitudes de empleo que se perdían sin respuesta. La conclusión llegó sola, en una noche de martes sin ningún acontecimiento particular.
—Si estás tú en el set cuando lo hagamos —le dije—, me animo.
Me dio un beso en la mejilla.
—Voy a estar ahí.
***
El casting desnuda fue en una habitación de la mansión. Me dijeron que me desvistiera despacio mientras las cámaras grababan. Obedecí con la misma determinación con la que uno se mete al agua fría: de una vez, sin pensarlo demasiado. Me acostaron en la cama boca abajo primero, con el culo en alto y las rodillas separadas, luego boca arriba, y el director siguió con las instrucciones como si estuviera organizando una mudanza: dobla las rodillas, pon las plantas sobre la sábana, separa el coño con las manos.
Obedecí. Abrí los labios de mi coño con dos dedos mientras tres hombres se acercaban a mirar de cerca. Uno me pidió que me metiera un dedo y lo hice. Cuando lo saqué brillaba húmedo bajo la luz del foco, y eso pareció gustarles.
Alguien comentó que tenía la piel muy blanca. Otro que los ángulos de cadera eran buenos. Un tercero que el coño se veía muy estrecho y rosado, casi virgen, y que eso funcionaría muy bien en pantalla. Otro pidió que me girara y me abriera el culo con las dos manos. Lo hice. Sentí la cámara aproximarse hasta casi tocarme.
Eran comentarios de trabajo. Me repetí eso mientras esperaba.
Esa misma semana el director me llamó a su oficina.
—El dueño quiere filmarte en escena completa. Follar hasta el final, con corrida en la cara. —Hizo una pausa—. Podemos ponerte de pareja a Andrés, para que te resulte más fácil.
Me explicó la escena con todo el detalle: una estudiante que no puede pagar el alquiler, un casero que acepta otra forma de cobro. Diálogos breves, una silla, una cama y un final específico que debía quedar registrado en primer plano.
—De acuerdo —respondí.
Me llevaron a maquillarme y a ponerme un camisón corto de color marfil, sin bragas debajo. Cuando entré al set con el equipo técnico alrededor y Andrés al fondo charlando con el camarógrafo, los nervios que tenía en el estómago cambiaron de naturaleza. Dejaron de ser miedo y se convirtieron en algo más parecido a la concentración.
Andrés en el trabajo era diferente al Andrés del departamento. Seguro, preciso, sin incomodidad visible. Cuando se desnudó entendí por qué llevaba dos años dedicándose a esto: tenía un cuerpo que imponía y una polla gruesa, larga, que colgaba todavía a medio levantar contra el muslo. No tuve que fingir la reacción. Se me hizo agua la boca antes de que el director gritara «acción».
La escena empezó con él sentado en la silla y yo arrodillada entre sus piernas, suplicándole por el alquiler. Me agarró de la nuca y me empujó la cara contra su verga.
—Vas a tener que pagarme de otra manera, pendeja. Abrí la boca.
Lo chupé despacio primero, lamiendo la cabeza con la punta de la lengua, sintiendo cómo se iba poniendo más dura entre mis labios. Después me la metí hasta el fondo. Andrés me sostuvo la cabeza con las dos manos y empezó a follarme la boca a su ritmo, hasta que se me saltaron las lágrimas y el rímel empezó a correrme por las mejillas. La saliva se desbordaba y caía en hilos pegajosos sobre mis tetas. El director pedía planos cerrados de mi boca llena, de su polla brillando empapada, del culo de él tensándose con cada embestida.
Me levantó del pelo y me tiró sobre la cama boca arriba. Me abrió las piernas de un tirón y se hundió la cara entre los muslos. Me lamió el coño con la lengua extendida, de abajo hacia arriba, deteniéndose en el clítoris para chupármelo con los labios. Yo le agarré la cabeza y empujé contra su boca, gimiendo de verdad. Cuando me metió dos dedos al mismo tiempo que seguía mamando el clítoris, sentí el primer orgasmo recorrerme la columna como una descarga. No tuve que actuar.
—Pedímela —dijo él, mirándome desde abajo, con la boca brillando de mis flujos.
—Metémela —respondí—. Metémela toda, por favor.
Se incorporó, se agarró la polla con la mano y la apoyó en la entrada de mi coño. La frotó arriba y abajo sobre los labios mojados, jugando, hasta que empujó la cabeza adentro. Me arqueé. Era gruesa y entraba forzando. Empujó hasta el fondo de un solo golpe y los dos gemimos al mismo tiempo. El director pidió un plano cenital del coño abierto comiéndose la verga.
Me folló duro, agarrándome de las caderas para tener apoyo. Después me dio vuelta, me puso de rodillas con la cara contra el colchón y el culo levantado, y se la metió otra vez por atrás. En esa posición la sentía golpear en el fondo, contra un punto que me hacía cerrar los puños sobre la sábana. Andrés me dio una palmada en el culo. Después otra. Me agarró del pelo y me tiró la cabeza hacia atrás.
—Decime que te gusta.
—Me gusta. Más fuerte. Más fuerte, Andrés.
Cambiamos de posición tres veces más. Cabalgándolo, viéndolo apretarme las tetas desde abajo. Costado, con una pierna levantada. De vuelta de espaldas, con las piernas sobre sus hombros y él clavándomela hasta lo más profundo. Yo me corrí dos veces más, una de ellas con tanta fuerza que el camarógrafo soltó una risa baja detrás del foco.
—Voy a acabar —dijo Andrés.
—En la cara —recordó el director—. Cerrá la boca abierta, Suki.
Me arrodillé en el suelo y él se paró encima de mí, masturbándose con golpes secos. La polla brillaba mojada de mi coño. Cuando se corrió, los primeros chorros de semen me cayeron sobre la frente y la mejilla, y los últimos me llenaron la boca entreabierta y el cuello. Saqué la lengua para mostrar lo que quedaba, como me había indicado el director antes de empezar. Andrés me apoyó la cabeza de la verga sobre los labios y la moví con la lengua para limpiarla.
Trabajamos en total casi dos horas. Hubo cortes para ajustar la iluminación, para aplicar lubricante, para cambiar el ángulo de la cámara. Yo cerré los ojos cuando pude y me concentré en lo físico, dejando que las sensaciones tomaran el control. Lo hicieron. Cuando terminó la escena, el director dijo que había sido perfecto y me entregó un sobre con más dinero del que había ganado en el mes anterior.
El nombre artístico fue idea del director. Suki. Corto, exótico, fácil de pronunciar en cualquier idioma.
***
Durante los meses siguientes filmé otros videos.
Con Valentina, una chica rubia de mirada calmada que al terminar se acercó y me susurró al oído que había disfrutado de verdad trabajar conmigo. La escena lésbica fue diferente a lo que había imaginado: más lenta, más atenta, sin la urgencia que tenía el trabajo con los hombres. Nos besamos durante largo rato sobre la cama, ella encima de mí, sus tetas pequeñas rozando las mías. Después fue bajando con la boca, chupándome los pezones uno por uno hasta dejármelos hinchados y duros. Cuando llegó al coño, lo abrió con los pulgares y me lo lamió con una paciencia que no había sentido nunca, dibujando círculos sobre el clítoris con la punta de la lengua, metiéndome la lengua bien adentro, volviendo a chupar arriba. Me corrí en su boca dos veces antes de que cambiáramos de posición.
Después fui yo. Me arrodillé entre sus piernas y le devolví exactamente lo que ella me había hecho. Su coño tenía un sabor distinto al mío y la sentía temblar cada vez que cerraba los labios sobre su clítoris. Terminamos en sesenta y nueve, con la cara hundida en el coño de la otra, gimiendo contra su carne. Después usamos un consolador doble que sacó el utilero. Nos pusimos espalda contra espalda, cada una con una mitad metida adentro, y nos movimos como si nos estuviéramos follando entre nosotras. El director pidió ese plano desde arriba durante mucho tiempo. Cuando terminó, yo no sabía muy bien qué había sentido, pero el cuerpo estaba cansado de una manera concreta.
Con Marcus, un hombre de casi dos metros de altura y complexión de atleta que hablaba con una calma que contrastaba con todo lo demás. Cuando lo vi desnudo en el set me quedé parada con la mirada fija más tiempo del que correspondía. Tenía una verga negra, gruesa, considerablemente más larga que la de Andrés. El director tuvo que decirme dos veces que la cámara estaba corriendo. Me arrodillé enfrente suyo y traté de chupársela. No me entraba completa, ni siquiera la mitad. La lamí por los costados, le besé los huevos, le metí la cabeza en la boca y la chupé con todo lo que tenía. Él me agarraba el pelo con suavidad y me iba empujando milímetro a milímetro más adentro.
Las primeras penetraciones dolieron de verdad. Estaba acostada boca arriba con las piernas levantadas y él se la metió despacio, parando cada centímetro para dejarme acomodar. Cuando entró del todo, sentí como si me hubiera atravesado. Después dejaron de doler y empezaron a producir algo diferente, más profundo, más difícil de ignorar. Cuando me dio vuelta y me la metió en cuatro patas, me golpeaba contra el fondo con cada embestida y yo terminé mordiendo la almohada para no gritar tan fuerte. Tuve orgasmos que traté de disimular y no pude del todo. Marcus acabó adentro de mí, llenándome el coño de semen que después me chorreó por los muslos mientras él se retiraba lentamente. La cámara siguió grabando ese plano durante un minuto entero. Cuando terminó, Marcus me ayudó a levantarme y dijo en voz muy baja: «Sos una chica muy valiente, Suki.»
Con César, un actor latino de cuerpo musculoso y buena disposición, en un trío junto a otra compañera de la agencia. Tres cuerpos, dos cámaras en movimiento constante, instrucciones que llegaban desde fuera del encuadre. Empezamos las dos chupándosela a César, lamiéndole la verga desde lados opuestos, juntando nuestras bocas sobre la cabeza. Después él me follaba a mí por delante mientras la otra chica me comía el culo por atrás, abriéndome las nalgas con las manos y metiéndome la lengua. Cambiamos: ella se sentó sobre la cara de César y yo me senté sobre su verga, cara a cara con la otra, besándonos por encima del cuerpo de él. En un momento me hizo una doble penetración: una verga en el coño, sus dedos llenos de lubricante en el culo, primero uno, después dos, después tres. Acabó sobre las dos a la vez, chorreándonos las tetas. Fue la sesión más larga y técnicamente complicada que había tenido hasta entonces. Terminé agotada.
También filmé una escena grupal con cuatro actores. Andrés era uno de ellos. Me usaron en todos los huecos al mismo tiempo: una verga en la boca, una en el coño, una en el culo, y mis manos masturbando a los dos que quedaban libres. Me rotaron entre ellos durante una hora y media. Andrés me folló cuando le tocó como si no me conociera, sin mirarme a los ojos. Terminaron los cuatro corriéndoseme encima, dándome la vuelta entre todos y dejándome cubierta de semen de la frente hasta el ombligo. Esa noche, de vuelta en el departamento, no hablamos de lo que había pasado.
Aprendí cosas en esos rodajes. Que el sexo frente a cámara tiene más pausas que acción real, más logística que pasión. Que los hombres con los que trabajas siempre dicen algo amable cuando terminan, en voz baja, como para sí mismos. Que el cuerpo responde aunque la cabeza esté pensando en el ángulo de la cámara o en el dolor de espalda de llevar demasiado tiempo en una posición forzada. Que uno puede salir del set con el coño irritado, los muslos pegajosos de semen ajeno, las rodillas marcadas, y no procesar lo que acaba de ocurrir hasta mucho más tarde, en la ducha, con el agua caliente cayendo sobre los hombros.
***
Una noche de sábado, después de que Andrés me felicitara por cómo había manejado una escena complicada con un actor nuevo, le pregunté lo que llevaba meses queriendo preguntarle.
—¿Tienes chicas? Fuera del trabajo, digo.
Me miró un momento antes de responder.
—No.
—¿Cómo que no?
—Soy muy tímido con eso. En el trabajo nadie te puede rechazar. Afuera sí.
—¿Y hay alguna que te guste?
Asintió con la cabeza, poniéndose de pie.
—Buenas noches, Mia.
Se metió en su cuarto y yo me quedé en el sofá con la cerveza en la mano y la respuesta que me faltaba.
***
Semanas después, mientras cenábamos, le dije que ya tenía suficiente dinero para buscar mi propio departamento.
No respondió. Asintió una sola vez y siguió comiendo.
Esa misma noche, mucho más tarde, escuché que la puerta de mi cuarto se abría. Andrés encendió la luz de la mesita de noche. Se quedó de pie al lado de la cama, mirándome sin decir nada durante varios segundos.
—No tienes que irte —dijo al fin.
—Andrés…
—No tienes que irte —repitió.
Lo miré. Tenía las manos a los lados del cuerpo y algo en su postura que no le conocía: la rigidez de quien está a punto de hacer algo que le aterra.
—¿Me estás diciendo que quieres quedarte conmigo? —pregunté.
No respondió de palabra. Se sentó despacio en el borde de la cama, acercó la cara a la mía y esperó. Fui yo quien cerró la distancia.
El beso fue largo y diferente a cualquier cosa que hubiera pasado entre nosotros frente a una cámara. Tenía otra temperatura, otra intención. No había encuadres que cumplir ni ángulos que sostener. Él me tocó despacio, con una delicadeza que no tenía nada de mecánica, y eso fue lo que más me descolocó.
Me desabrochó la camiseta de dormir botón por botón, besándome la piel a medida que la iba descubriendo. Cuando bajó por mi cuello y llegó a mis tetas, las chupó con una atención que nada tenía que ver con las cámaras: sin prisa, sin pensar en planos, demorándose en cada pezón hasta que me arqueé contra su boca. Cuando bajó más y me abrió las piernas y usó la boca entre mis muslos, solté el aire que llevaba tiempo conteniendo. Me lamió el coño despacio, como si fuera la primera vez que lo hacía, deteniéndose en el clítoris sin la urgencia teatral de los rodajes. Me aferré a las sábanas y dejé que pasara lo que tenía que pasar. Me corrí en su boca casi sin darme cuenta, en una ola larga y silenciosa que no se parecía a nada anterior.
Subió por mi cuerpo besándome el vientre, el ombligo, los pechos otra vez. Cuando me penetró, lo hizo mirándome a los ojos. Suspiró. Su polla, esa misma que había visto entrar en tantos coños frente a tantas cámaras, ahora se movía adentro de mí sin marca de ritmo externo, sin nadie pidiendo planos, sin más urgencia que la nuestra. Me follaba despacio, profundo, con la frente contra la mía. Después dijo mi nombre, el de verdad. No «Suki». «Mia».
—Mia. Mia.
Le rodeé la cintura con las piernas y lo apreté contra mí. Él aceleró un poco, no demasiado. La cama crujía bajo nuestro peso. Sus manos me sostenían la cara, los pulgares acariciándome las mejillas. El orgasmo fue diferente a los del trabajo. Más lento en llegar, más profundo al llegar, más difícil de procesar después. Le clavé las uñas en la espalda y sentí cómo se corría adentro de mí con un gemido ahogado contra mi cuello, sin retirarse, sin separarse, dejándolo todo donde correspondía esta vez. Al terminar, él me apartó el pelo de la cara con los dedos y dijo:
—Te quiero, Mia.
Me tensé.
—¿A pesar de todo lo que has visto?
—Esta es la primera vez que te veo hacer el amor —respondió sin vacilar.
Me quedé callada. Él me abrazó por la espalda y apagó la luz.
***
Los celos llegaron sin aviso. Verlo trabajar con otra actriz me producía una incomodidad que antes no existía. A él le pasaba lo mismo: lo notaba en sus silencios después de ciertas escenas, en la forma en que me miraba al salir del set sin decir nada.
Hablamos de dejarlo. No una sola vez, sino varias, hasta que la conversación dejó de ser hipotética.
Andrés usó sus ahorros para abrir un taller mecánico en otra ciudad. Yo conseguí trabajo en una cadena hotelera usando el título que me había costado cuatro años terminar. Nos mudamos juntos, sin cámaras, sin directores, sin nombres artísticos.
Tengo veintinueve años ahora. Cinco de matrimonio con Andrés y un embarazo que llegó sin que lo planificáramos demasiado. Hay momentos en que algún cliente del hotel me mira de una manera particular, con ese reconocimiento que nunca llega a concretarse en palabras.
No me molesta. Fue trabajo, como Andrés siempre decía.
La diferencia es que ahora sé lo que es el resto.
