La noche que nadie supo mi nombre
Tengo 32 años y una curiosidad sexual que me ha llevado a lugares donde muchas mujeres no se atreverían a ir. Lo que cuento aquí pasó hace tres años, en un viaje que hice sola a Cartagena de Indias. No tenía plan concreto. Solo quería escapar de mi rutina porteña, de mi trabajo, de mi ex. Quería sentirme libre de verdad, sin testigos ni consecuencias.
La persona que cambió el rumbo del viaje fue Camila, una diseñadora colombiana que conocí la segunda noche en el bar del hotel. Le gustaba hablar claro y reírse fuerte. Cuando le dije que buscaba algo diferente, algo que no supiera cómo iba a terminar, me miró por encima de su copa con una expresión difícil de definir.
—Hay una fiesta el sábado —dijo—. No preguntes dónde. Yo te llevo.
No pregunté más. Acepté el misterio con una determinación que me sorprendió a mí misma.
La fiesta era en una casona colonial restaurada en las afueras de la ciudad, a cuarenta minutos por una carretera que bordeaba el mar. Camila me dijo que llevara máscara y que vistiera según mi estado de ánimo. Mi estado de ánimo esa noche era radical, así que actué en consecuencia.
Me puse un abrigo largo de lino blanco, cerrado hasta el cuello. Debajo, nada. Ni ropa interior ni nada que se le pareciera. Solo mi cuerpo recién duchado, con unas gotas de aceite de argán en los hombros y en el cuello. La máscara era un antifaz negro con detalles bordados en plata que me cubría desde la frente hasta el puente de la nariz. Me la até despacio frente al espejo y no reconocí a la mujer que me miraba desde el otro lado del cristal. Era otra persona completamente. Eso era exactamente lo que buscaba.
***
La casona tenía un patio interior con naranjos y una fuente que nadie escuchaba por encima de la música. Era percusión caribeña mezclada con algo electrónico: un pulso lento y continuo que se metía en el pecho y no salía. Dentro había unas cuarenta personas, todas enmascaradas, todas con esa actitud particular de quien lleva algo guardado. Las velas daban luz suficiente para moverse pero no para leer las expresiones de nadie.
Camila me susurró al oído antes de soltarme en el salón principal:
—Aquí nadie pregunta el nombre. Dos reglas: nada que no quieras tú también, y nada que no sea explícito. El resto es tuyo.
Desapareció entre la gente antes de que yo pudiera responder.
Me quedé de pie junto a una columna de piedra, sosteniendo una copa de ron que alguien me había puesto en la mano sin que yo lo pidiera. Observé. Había parejas bailando muy juntas, otras personas conversando en rincones oscuros, una mujer sentada en el regazo de un hombre que le hablaba lentamente al oído mientras ella cerraba los ojos y le desabrochaba el pantalón bajo la mesa sin ninguna vergüenza. El calor de Cartagena entraba por las ventanas abiertas y pegaba en la piel como una tela.
Me solté el abrigo y lo dejé caer al suelo.
El aire del salón me rozó el pecho, el vientre, los muslos. Me quedé completamente quieta un momento, sintiendo el contraste: el calor de afuera, el ventilador de techo girando lento, el aceite fresco en mi piel, los pezones endureciéndose por la corriente y al menos tres miradas distintas clavadas en mí al mismo tiempo. No hice nada. Solo levanté la copa, bebí despacio y empecé a moverme al ritmo de la música, consciente de que el coño ya se me estaba mojando antes de que nadie me tocara.
***
El hombre que se acercó primero llevaba una máscara de cuero marrón que le cubría los ojos y parte de la frente. Camisa entreabierta, pantalón oscuro, manos grandes que vi antes de sentirlas. Se colocó detrás de mí sin anunciarse y empezó a seguir mi ritmo, sin contacto todavía, solo respondiendo al movimiento de mis caderas con el suyo. Podía sentir su calor a dos centímetros de mi espalda y el bulto de su verga ya dura tanteando el aire entre nosotros.
Esperé.
Cuando sus manos me encontraron la cintura fue despacio, con una firmeza que no era urgente sino segura. Empujé las caderas hacia atrás y él entendió la respuesta sin necesitar más. Encajó la polla contra el surco de mi culo, todavía por encima de la tela del pantalón, y empezó a frotarse conmigo al mismo compás de la percusión. Nos movimos juntos varios minutos: su ropa contra mi piel desnuda, su respiración acelerándose poco a poco en mi cuello, sus dedos subiendo desde la cintura hasta abarcarme las tetas y pellizcarme los pezones con una calma exasperante.
Una mano bajó por mi vientre. Se detuvo justo encima del pubis, como preguntando.
Tomé esa mano y la guié sin rodeos, abriéndole las piernas yo misma, apretándole los dedos contra mi coño empapado para que no le quedara ninguna duda de lo que quería.
Sus dedos encontraron el clítoris sin tropezos. Dos dedos adentro hasta los nudillos, el pulgar dibujando círculos afuera, un ritmo sostenido que hizo que se me doblaran las rodillas y tuviera que apoyar la espalda en su pecho para no caer. Entrelacé mis dedos con los suyos para marcarle el tempo, más rápido, más profundo, curvando la yema contra el punto exacto que me hacía temblar. No dijo nada. Solo presionó más, hasta que el chapoteo húmedo de su mano moviéndose dentro de mí se hizo audible por encima de la música. Sentí cómo un tercer dedo forzaba la entrada y me abría un poco más, y el gemido que se me escapó fue tan alto que la pareja que bailaba al lado giró la cabeza para mirarnos.
Me corrí de pie, apoyada contra él, con su mano sujetándome fuerte por la cadera para que no me cayera, empapándole los dedos y la muñeca. Los espasmos me sacudieron dos, tres veces, y él no sacó la mano hasta que estuvieron listos de terminarse.
—Dios —murmuró al final, en voz tan baja que casi no lo escuché, mientras se llevaba los dedos brillantes a la boca y los chupaba uno por uno.
Eso fue todo lo que dijo en un buen rato.
***
La mujer llegó del lado izquierdo. Llevaba una máscara de plumas rojas y un vestido negro que era básicamente una tela cruzada en el pecho y nada más. Se plantó frente a mí sin preámbulos y me besó directamente en la boca. No era un beso tentativo ni exploratorio: era el beso de alguien que ya sabe lo que quiere y simplemente lo toma. Me metió la lengua hasta el fondo, me mordió el labio de abajo, me agarró una teta con la mano abierta y me pellizcó el pezón entre el índice y el pulgar hasta que gemí dentro de su boca.
Me tomó de la mano y nos miró a los dos. Una pregunta sin palabras.
Los tres nos movimos hacia un pasillo lateral. La casona tenía varios cuartos en la parte trasera: camas anchas, sábanas blancas, un ventilador girando lento en el techo. Entramos en el primero que estaba libre y ella cerró la puerta con el pie.
La mujer me empujó suavemente hacia la cama y se arrodilló frente a mí. Me abrió las piernas con las dos manos y se tomó un segundo para mirarme desde abajo, con esa pausa deliberada que es mitad crueldad y mitad promesa. Se relamió los labios sin apartar los ojos de mi coño abierto.
—Estás empapada —dijo, casi con admiración—. Ese que estaba contigo hizo bien el trabajo.
—Termínalo tú —le respondí.
Bajó la cabeza.
Su lengua era lenta y metódica. Sin prisa. Iba de arriba abajo aprendiendo qué producía qué reacción, ajustando la presión según lo que escuchaba, deteniéndose para chuparme los labios entre los suyos, entrando con la punta de la lengua para lamerme por dentro y saliendo para volver al clítoris. Cuando encontró el ritmo exacto, apoyó las palmas abiertas en mis muslos para mantenerme quieta y no se movió de ahí. Chupaba con hambre, hacía un ruido húmedo y sucio que me estaba volviendo loca, y cada tanto me metía dos dedos mientras seguía trabajándome con la boca.
El hombre se había quitado la camisa y también el pantalón mientras tanto. Lo miré desde donde estaba, tumbada con las piernas abiertas y la cabeza echada hacia atrás, y le hice un gesto para que se acercara. Se sentó en el borde de la cama a mi lado, la polla dura apuntándome directamente a la cara, y yo giré la cabeza y me la metí en la boca sin más rodeos. Estaba pesada, caliente, gruesa. La chupé hasta el fondo, dejé que me tocara la garganta, saqué la lengua para lamerle los huevos mientras se la sostenía con la mano y le seguía sacudiendo la base con el puño. Él enredó los dedos en mi pelo y empezó a follarme la boca despacio, marcándome el ritmo, empujando cada vez un poco más adentro.
Entre la boca de ella entre mis piernas y la verga de él llenándome la garganta, el orgasmo llegó sin aviso, fuerte, con una contracción que me arqueó la espalda y me hizo apretar los dedos en torno a la base de su polla hasta que protestó en voz baja.
—Quieta —dijo, aunque sin quejarse del todo, sacándola de mi boca con un hilo de saliva colgando.
Fue la única vez que me reí en toda la noche.
***
Cambiamos de posición varias veces. A cuatro patas sobre la cama, con el culo levantado y la cara hundida en el coño de ella, que se había recostado contra las almohadas con las piernas abiertas de par en par. Le lamí despacio, aprendiendo el sabor, metiéndole la lengua adentro y luego subiendo al clítoris para chupárselo hasta que me tiró del pelo. Él se colocó detrás de mí y me clavó la polla de un solo empujón, sin advertencia, hasta el fondo. Grité contra el coño de ella y ella soltó una carcajada baja.
—Fóllala fuerte —le dijo a él por encima de mi cabeza—. Le encanta.
Y él obedeció.
Me la clavó a fondo, con la mano abierta en el hueco de la espalda para mantenerme inclinada, sacando la verga casi entera antes de volver a empujarla adentro. El sonido de sus caderas chocando contra mi culo llenó el cuarto. Yo seguía comiéndole el coño a ella, con la barbilla y las mejillas empapadas de su humedad, sin poder concentrarme del todo porque cada embestida por detrás me sacaba un gemido que se le hundía a ella entre los muslos.
Después boca arriba, con las piernas sobre los hombros de él y ella sentada encima de mi cara. Le lamí sin descanso, sujetándola por las caderas para no dejarla escapar, sintiendo el peso de sus muslos apretándome las orejas. Me corrí otra vez con la polla de él golpeándome profundo, tan hondo que sentí un tirón en el vientre, y ella se corrió casi al mismo tiempo empapándome la boca y la barbilla, temblando encima de mí con una serie de gemidos cortos.
De costado también. Él entró en mí desde atrás mientras la mujer se colocó en ángulo para poder usar la boca al mismo tiempo sobre mi clítoris, y también sobre la polla de él cada vez que la sacaba. Era una coordinación que hablaba de práctica: sabían cuándo moverse, cuándo detenerse, cuándo dejar que una sola sensación ocupara todo el espacio y cuándo sumar otra encima. En un momento ella le sacó la verga de mí, se la chupó entera lamiendo mi humedad de su piel, y se la volvió a meter hasta el fondo con la mano.
—Toda para ti —le dijo, y le mordió la nalga.
En algún momento me di vuelta y lo monté de frente. Sus manos en mis caderas, guiándome pero dejándome el control del ritmo. Me la clavaba yo misma, subiendo y bajando, sintiendo cómo me abría cada vez que me dejaba caer entera sobre él. La mujer se sentó detrás de mí, me rodeó con los brazos y apoyó la boca en mi cuello mientras yo me movía. Con una mano me agarraba una teta, con la otra bajó entre mis piernas y empezó a frotarme el clítoris al ritmo que yo marcaba con las caderas. Sentía el calor de su pecho en mi espalda. Su respiración siguiendo el compás del mío. Sus dedos húmedos de mí misma, dando vueltas exactas.
—Así —dijo ella en voz baja, una sola vez, mordiéndome el lóbulo de la oreja—. Córrete otra vez para nosotros.
Y así fue.
Me corrí montada sobre él, con los dedos de ella dentro de mí junto a su polla, con las contracciones apretándolo tanto que él soltó un jadeo largo y me clavó las uñas en las caderas. Se corrió también, un segundo después, empujándome hacia abajo hasta el fondo y quedándose adentro mientras terminaba, llenándome de semen caliente que sentí correrme por dentro en pulsos.
Perdí la noción del tiempo. Solo existían el calor, el peso de los dos cuerpos, el sonido de la música llegando desde el salón amortiguada por las paredes de piedra, y el olor espeso a sexo que ya llenaba el cuarto. Tuve al menos tres orgasmos que puedo recordar con claridad. Probablemente hubo más que no registré bien.
***
Salí del cuarto a buscar agua en algún momento de la madrugada. Todavía notaba el semen corriéndome despacio por la cara interna de un muslo. El salón principal seguía activo: otras personas, otras combinaciones, el mismo aire espeso de música lenta y cuerpos en movimiento. En el sofá largo del rincón, dos mujeres se comían la boca mientras un hombre arrodillado entre ellas iba pasando la lengua de un coño a otro. Me detuve en el umbral un momento, mirando sin que nadie me mirara todavía.
Un hombre con máscara plateada me vio desde el otro lado del salón. Cruzó hacia mí con dos copas en las manos y me ofreció una sin decir nada. La acepté. Era ron con algo frío y dulce.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
—Muy bien —respondí.
Me miró un momento como si quisiera preguntar algo más. No preguntó. Se quedó de pie a mi lado bebiendo su copa, los dos observando el centro del salón, sin necesidad de llenar el silencio con nada. Había algo en esa situación que encontré más íntimo que cualquier otra cosa de la noche: dos personas completamente desconocidas compartiendo un momento sin pretender nada, sin historia previa ni futura que proteger.
Lo miré de reojo.
—Ven —dije.
Y me siguió de vuelta hacia el pasillo.
***
Lo que pasó después fue diferente. Más pausado. Sin la energía del trío anterior, sin la carga de demostrar nada. Él me desabrochó el abrigo con calma, uno por uno los botones, y me acostó en la cama sin hablar. Me besó primero la boca, largo, con lengua, saboreando el ron. Después me besó el cuello, las clavículas, cada pecho con dedicación, deteniéndose a chuparme los pezones hasta ponerlos duros de nuevo. Fue bajando por el vientre, mordiendo suave la piel, y cuando me abrió las piernas se tomó su tiempo también ahí. Su lengua era distinta a la de ella: más ancha, más lenta, sin urgencia ninguna. Me lamió todo el coño de arriba abajo varias veces antes de concentrarse en el clítoris, y cuando empecé a temblar aflojó a propósito, obligándome a esperar.
—Todavía no —murmuró contra mi piel.
Cuando por fin me la metió lo hizo despacio, mirándome a los ojos a través de las dos máscaras, empujando la polla dentro un centímetro por vez hasta que me tuvo llena hasta el fondo. Se quedó ahí quieto un momento, dejándome sentirlo, y recién entonces empezó a moverse. Era cuidadoso de una manera que no había esperado: atento a mis reacciones, cambiando el ángulo cuando encontraba un sonido nuevo en mi garganta, deteniéndose a besarme cada vez que sentía que yo estaba a punto y no quería que se acabara todavía. Me folló despacio boca arriba, después de costado, después me puso encima de nuevo, todo sin apuro, todo estirando el momento. Me hizo correrme dos veces más antes de dejarse ir él mismo, y cuando se corrió lo hizo callado, con la cara enterrada en mi cuello y un temblor largo que me atravesó a mí también.
No tenía ninguna prisa. Eso fue, de alguna manera extraña, lo que más me sorprendió de toda la noche.
Me dormí un rato después, sin querer. Cuando abrí los ojos él ya no estaba. En la almohada, doblada en cuatro, había una servilleta con una frase escrita a bolígrafo: «Fue un placer no conocerte.»
La guardé en el bolsillo del abrigo.
***
Cuando salí de la casona ya aclaraba el cielo. El jardín con los naranjos olía a tierra húmeda y a noche que se estaba terminando. Me até el abrigo despacio, sola entre los árboles, escuchando los últimos acordes de música que llegaban desde adentro.
No me despedí de nadie. No sabía el nombre de nadie. Ellos no sabían el mío.
Caminé hasta la entrada y pedí un taxi desde el teléfono. Llegó en quince minutos. El conductor no dijo nada raro cuando vio el antifaz que todavía llevaba puesto. Me lo quité recién en el hotel, frente al espejo del baño. Me miré la cara sin maquillaje, el pelo enredado, los labios todavía un poco hinchados.
La mujer del espejo se veía completamente diferente.
No diferente como alguien a quien le ha pasado algo malo. Diferente como alguien que acaba de recordar quién es.
***
Han pasado tres años. Volví a Buenos Aires, volví a mi trabajo, salí con otras personas, deshice y rehíce mi vida de las maneras habituales. Pero hay noches, cuando no puedo dormir y el verano hace que todo sea insoportable, que recuerdo el patio con los naranjos y el olor a ron y el pulso lento de aquella música y el peso del abrigo cayendo al suelo.
Y sé, con una certeza que no tengo para casi ninguna otra cosa en mi vida, que aquella noche hice exactamente lo que quería hacer.
Eso no se olvida.

