Nos fuimos lejos para poder quedarnos juntos
Me llamo Lucía. Tengo 38 años. Mi compañero de cama, de vida y de silencio es Andrés, que acaba de cumplir los 36. Para nuestros padres, que siguen su rutina de siempre en Zaragoza, y para nuestros otros hermanos —Roberto, Marta y Nora—, Andrés y yo somos esos dos que decidieron irse lejos después de una crisis mía que nunca fue del todo lo que contamos. Pero Andrés no es solo mi hermano. Es mi obsesión, mi lugar seguro y el padre de mis hijos.
Vivimos en Haro, un pueblo de La Rioja encajado entre viñedos y el curso bajo del Ebro. Compramos esta casa hace siete años. Está lo bastante lejos de Zaragoza para que nadie aparezca de improviso, pero lo bastante cerca para llegar si hay una urgencia real. Aquí, entre el olor a tierra mojada después de la lluvia y el silencio que cae sobre el pueblo cuando termina la vendimia, hemos construido algo que se parece a una vida ordinaria.
Todo empezó mucho antes de venir aquí, en el piso de nuestros padres en el centro de Zaragoza. Yo tenía 23 años y él, 21. Siempre hubo algo entre nosotros que no sabía nombrar. Lo llamaba cariño fraternal porque era lo único que podía llamarlo. Hasta que empecé a notar algo raro con mi ropa interior.
Mis bragas, las que dejaba en el cesto de la ropa sucia, aparecían colocadas de manera diferente a como las había dejado. A veces la tela en la entrepierna estaba rígida, como si se hubiera secado al aire después de estar mojada. Otras veces olían distinto: a mí, pero mezclado con algo más intenso, más masculino, más urgente. Sospechaba, pero me negaba a seguir el hilo. Era más fácil hacerse la tonta.
La confirmación llegó un martes de otoño. El profesor de mi última clase había cancelado y volví a casa antes de lo previsto. La puerta de la habitación de Andrés estaba entreabierta. Escuché antes de ver: una respiración pesada y rítmica, el crujido contenido del somier.
Me acerqué al umbral.
Lo vi de espaldas, sentado en el borde de su cama, encorvado sobre sí mismo. Tenía los vaqueros en los tobillos. Se masturbaba con una concentración que parecía casi dolorosa. Y en su mano, apretadas contra la nariz, estaban mis bragas. Unas de encaje beis que había llevado el día anterior y dejado en el cesto esa misma mañana.
Las hundía contra la cara con desesperación. Aspiraba. Buscaba mi olor en la tela.
—Lucía… —murmuraba en voz baja, como si la palabra fuera a romperse—. Por qué tienes que oler así… joder…
En lugar de retroceder, me quedé paralizada. Sentí cómo mis pezones se endurecían contra la tela del suéter. Una corriente caliente me bajó por el vientre y llegó hasta los muslos. Ver a mi hermano menor profanando mi intimidad de esa manera, buscando mi olor sin que yo lo supiera, me excitó más que cualquier cosa que hubiera vivido antes. Era sucio. Era incorrecto. Por eso mismo era irresistible.
Empujé la puerta. El clic del pestillo sonó como un disparo en el silencio de la casa.
Andrés se giró de golpe. Blanco como el yeso, los ojos desorbitados. Intentó ocultar las bragas detrás de su espalda, pero su erección seguía ahí, evidente, sin disimulo posible. Cuando vio que yo no huía —que me desabrochaba el suéter sin apartar la vista de él—, el terror en su cara fue cediendo terreno a algo completamente diferente.
—Lucía, yo no… esto no es lo que parece, te lo juro —tartamudeó, temblando.
No le dejé terminar. Me acerqué despacio, sin dejar de mirarle, hasta quedar entre sus rodillas abiertas.
—No las escondas —le dije—. Dámelas.
Abrió la mano lentamente. La tela estaba arrugada y tibia de su calor.
—Soy un enfermo —susurró, y la voz se le rompió—. Soy un enfermo de mierda, Lucía. No se lo digas a papá, por favor. Me voy de casa esta semana. Desaparezco y no vuelves a verme así, te lo prometo.
—Cállate —dije.
Me arrodillé frente a él con una calma que me sorprendió a mí misma. Puse las manos sobre sus muslos y noté cómo los músculos le temblaban debajo de mis palmas.
—¿Crees que estoy enfadada? —le pregunté—. ¿Crees que no me había dado cuenta de cómo me miras?
Acerqué la cara a su erección. El olor era una mezcla de él y de mí, fusionados en la tela de encaje, y algo en ese olor me hizo perder lo poco que me quedaba de sentido común.
—¿Desde cuándo? —pregunté, mirándole hacia arriba.
—Desde siempre —dijo, cerrando los ojos, incapaz de sostenerme la mirada—. Me paso el día pensando en ti. En tu olor. En cómo te queda esa falda oscura que llevas los viernes. Quiero follarte y sé que me voy a ir al infierno por eso, Lucía. Pero no puedo evitarlo. Me está volviendo loco.
Sonreí. Una sonrisa que nació en algún sitio muy hondo.
—Pues nos iremos juntos.
Me quité el pantalón. Me subí a horcajadas sobre él y le empujé el pecho hasta que cayó de espaldas en el colchón. La fricción de mi sexo húmedo contra su piel fue como meter la mano en un enchufe y no querer soltarlo.
—Lucía, no podemos… —intentó decir, pero sus manos ya me aferraban las caderas con una fuerza que desmontaba cada palabra.
—Bésame, hermanito.
Fue un choque de dientes y lenguas, salado por sus lágrimas. Cogí su pene con la mano —era la primera vez que tocaba algo de él y sin embargo no me resultó extraño, sino inevitable— y me dejé caer sobre él de golpe.
El sonido que soltamos los dos fue algo entre un grito y un gemido, ahogado por la boca del otro.
Me llenó por completo. Una sensación de plenitud tan incorrecta y tan absolutamente perfecta que me hizo arquear la espalda hasta que las vértebras me crujieron.
—Joder, Lucía —jadeó debajo de mí, aferrándome más fuerte—. Eres mía. Me cago en todo, eres mía.
—Sí —dije, y empecé a moverme.
***
Esa tarde no hablamos más. Nos devoramos durante horas, aprovechando la casa vacía, postergando la culpa para después.
La culpa llegó, claro que llegó. Pero llegó disfrazada de rutina, mezclada con el día a día de una manera que resultaba casi manejable. Durante los meses siguientes seguimos en el piso de nuestros padres: cenas en familia, tardes de domingo, el mismo mapa de siempre. Por las noches, Andrés se colaba en mi habitación, o yo en la suya, y lo que había empezado como un accidente se convirtió en la única parte del día que esperábamos con urgencia real.
Lo que no habíamos calculado era que aquello iba a durar para siempre.
Un año después de aquel martes de otoño, cuando ya era imposible fingir que era una fase, tomamos la decisión. Buscamos trabajo fuera de Zaragoza. Contamos en casa que yo necesitaba un cambio de aires después de una ruptura inventada, y que Andrés se venía conmigo para ayudarme mientras encontraba estabilidad. Nuestros padres lo entendieron sin hacer demasiadas preguntas. Siempre habíamos sido los dos más unidos de los cinco hermanos.
Llegamos a Haro con dos maletas cada uno y sin mucho más. Andrés encontró trabajo en un taller de carpintería metálica a los dos meses. Yo empecé dando clases particulares mientras buscaba algo estable. Alquilamos un piso pequeño, compramos una cama de matrimonio sin que nadie nos preguntara nada, y construimos, poco a poco, algo que desde fuera se parecía a una vida normal.
Tres años después compramos la casa donde vivimos ahora.
***
Los mellizos llegaron cuando yo tenía 34 años. Mateo y Celia.
Sabíamos los riesgos. Habíamos leído lo suficiente como para entender que cuando dos personas con la misma carga genética tienen hijos, las probabilidades de que algo salga diferente aumentan. Lo discutimos durante noches enteras, con la honestidad que solo existe cuando no hay nadie más delante. Y aun así decidimos que queríamos una parte del otro en el mundo. Era egoísta. Lo sabíamos y lo hicimos igual.
Los notamos antes de los dos años.
Mateo no señalaba los aviones cuando pasaban. No miraba a los ojos cuando le hablabas de frente. Pasaba horas alineando coches de juguete en filas perfectas y obsesivas, y si uno se desplazaba aunque fuera un centímetro, el mundo entero se hundía para él. Tiene una inteligencia que a veces nos deja sin palabras: una memoria fotográfica, una facilidad con los números que asusta a sus propios profesores. Pero necesita que todo ocurra de una manera exacta, siempre la misma. Si el camino al colegio cambia, o si su taza favorita no está donde debe estar, el día puede derrumbarse en minutos.
Celia es distinta. A los 7 años todavía no habla. Emite sonidos: canturreos suaves cuando está contenta y se balancea en el sofá, gritos agudos y desgarradores cuando siente dolor o frustración y no puede decirle a nadie qué le pasa. Vive en un mundo propio, con su propia lógica, al que yo llego solo a medias y en los mejores días.
Para nuestra familia en Zaragoza, los niños son hijos míos de una relación que se torció. Andrés es el hermano bueno que se sacrificó. Nadie pregunta demasiado porque la historia cuadra: yo siempre fui la más complicada de los cinco, él siempre fue el más protector.
Si supieran la verdad, prefiero no imaginar qué pasaría.
***
Andrés trabaja doce horas al día en el taller. Vuelve con las manos ásperas y el olor a metal impregnado en la ropa, en el pelo, en la piel del cuello. Todo lo que ganamos se va en las terapias: la logopeda de Celia, el psicólogo de Mateo, el material sensorial que necesitan, el transporte al colegio de educación especial en Logroño al que los llevo cada mañana.
Yo no trabajo fuera de casa. Mi trabajo son ellos. Es agotador de una manera para la que no existen palabras exactas.
Hay días en que Celia tiene una crisis porque algo le duele y no puede decirme qué. Se golpea la cabeza contra el suelo y yo la sujeto por detrás, envolviéndola con los brazos para que no se haga daño, llorando sin que ella me vea porque si me ve llorar se asusta más. Hay días en que Mateo entra en bucle por algo tan pequeño como que su vaso favorito está en el lavavajillas y necesita cuarenta minutos para salir de ese estado. Hay días en que los dos tienen sus peores momentos a la vez, y entonces la casa es un lugar al borde del abismo durante horas.
Pero también hay otras cosas.
Celia tiene una manera de coger mi mano que nadie más en el mundo ha tenido jamás: la envuelve con las dos suyas y la lleva a su mejilla sin decir nada. Solo eso. Mateo, a veces, sin previo aviso y sin que venga a cuento, me recita de memoria páginas enteras de libros que le hemos leído, con una entonación perfecta. Son formas de amor que existen en una frecuencia que yo entiendo solo a medias y que no cambiaría por nada que fuera más fácil de explicar.
Son nuestros. Son perfectos a su manera, aunque esa manera duela.
***
Por las noches, cuando la casa por fin está en silencio, Andrés se sienta en el borde de la cama. Coge mis pies entre sus manos. Empieza a masajearlos con esa concentración que tiene cuando hace algo con cuidado: dedo a dedo, articulación a articulación, la planta entera. De vez en cuando levanta mis pies y los besa en el empeine, con una ternura que no encaja con la fuerza que le conozco.
—Perdóname, Lucía —me dice entonces, con la voz muy baja, sin levantar la vista—. Por el sufrimiento. Por los niños. Merecías una vida distinta. Una vida normal, no esto. Es culpa mía por desearte tanto cuando no debía.
Yo le paso los dedos por el pelo. Siento el peso de lo que arrastra.
—No tienes que pedirme perdón —le digo—. Nunca.
Él no siempre me cree cuando se lo digo. Pero yo sí me creo lo que le digo.
Porque lo que tenemos no es solo culpa. Es también esto: sus manos en mis pies a las once de la noche, el olor a metal y a casa mezclados en su cuello cuando me abraza, los canturreos de Celia desde el cuarto de al lado cuando duerme bien. Es el error más grande que hemos cometido y la única vida que sería capaz de reconocer como mía.
Y sé, sin necesidad de decirlo, que volveríamos a cometerlo. Los dos lo sabemos.