La vecina me usó para espiar a una milf casada
Todo empezó frente a una ventana encendida, pero cuando la oí jadear a mi lado entendí que no solo quería mirar.
Todo empezó frente a una ventana encendida, pero cuando la oí jadear a mi lado entendí que no solo quería mirar.
Ella solo quería hacer una pregunta incómoda; esa misma noche terminó en mi cama, decidida a descubrir qué podía sentir.
Fui a enfrentar a la amante de mi ex y terminé mirando su cuerpo demasiado tiempo, imaginando todo lo que no debía desear.
Entré al sendero tomada de la mano de un desconocido, con mi esposo vigilando afuera y la falda pegada a mis muslos del puro morbo.
Lo vi detenerse junto al banco para atarse el cordón, y en segundos dejé de pensar como un corredor para empezar a mirar como un hombre excitado.
Me senté frente al sofá con las piernas apretadas y la ropa interior empapada, decidida a no tocar nada y a verlo todo.
Acepté por morbo, por nervios y por no echarme atrás; cuando me arrodillé frente a él, ya no había forma de fingir inocencia.
Fui a esa fiesta jurando que no haría nada, pero cuando me quedé sola con él supe que no iba a salir de ese cuarto con la boca limpia.
Creí que me esperaba una noche romántica, pero al abrir la puerta del hotel encontré a un desconocido mirándome como si ya supiera lo que iba a hacerme.
Tiene veintidós años y me preguntó, mirando la calle, si de verdad me gustaba bajar entre las piernas de una mujer. Esa noche le conté todo lo que sé.
Subí por las escaleras eléctricas sabiendo que medio centro comercial me veía por debajo de la falda. Y esa noche todavía no había hecho lo más atrevido.
Bruno me retó a calentar al camionero desde el coche. Lo que no imaginé fue que aquel desconocido nos seguiría hasta el bar para cobrarse el favor.
Fui por dos días de trabajo a la costa y me llevé a mi amiga. No imaginé que una cena con vestidos rojos terminaría marcándome el cuerpo de aquella manera.
Habían pasado meses desde la ruptura cuando su nombre iluminó la pantalla del móvil. Necesitaba pedirme algo, y por su tono supe que no sería nada sencillo.
Tenía las maletas en el coche y la renuncia en la mano. Solo le faltaba cruzar una puerta más antes de empezar de cero, y esa puerta lo cambió todo.
Apreté las piernas alrededor de su cintura justo cuando se corría. No fue casualidad: yo sabía perfectamente lo que estaba haciendo, y lo quería.
La primera mano en mi culo me asustó. La segunda la estuve esperando toda la noche, agachándome más de la cuenta para que volviera a pasar.
Llevaba meses escribiéndome. Esa noche por fin lo tenía enfrente, y entonces apareció el chico que me cruzaba en el tren cada tarde.
Acababa de borrar las pruebas de la noche anterior cuando lo vi en el hall, listo para marcharse. Solo tenía que decirle que no. No lo dije.
La primera vez fue un reflejo en el cristal: una silueta inmóvil al otro lado del patio, mirándola desayunar en bata. No apartó la cortina. Tampoco la cerró.