Lo que le confesé a mi hermano sobre el sexo oral
Tiene veintidós años y me preguntó, mirando la calle, si de verdad me gustaba bajar entre las piernas de una mujer. Esa noche le conté todo lo que sé.
Tiene veintidós años y me preguntó, mirando la calle, si de verdad me gustaba bajar entre las piernas de una mujer. Esa noche le conté todo lo que sé.
Subí por las escaleras eléctricas sabiendo que medio centro comercial me veía por debajo de la falda. Y esa noche todavía no había hecho lo más atrevido.
Bruno me retó a calentar al camionero desde el coche. Lo que no imaginé fue que aquel desconocido nos seguiría hasta el bar para cobrarse el favor.
Fui por dos días de trabajo a la costa y me llevé a mi amiga. No imaginé que una cena con vestidos rojos terminaría marcándome el cuerpo de aquella manera.
Habían pasado meses desde la ruptura cuando su nombre iluminó la pantalla del móvil. Necesitaba pedirme algo, y por su tono supe que no sería nada sencillo.
Tenía las maletas en el coche y la renuncia en la mano. Solo le faltaba cruzar una puerta más antes de empezar de cero, y esa puerta lo cambió todo.
Apreté las piernas alrededor de su cintura justo cuando se corría. No fue casualidad: yo sabía perfectamente lo que estaba haciendo, y lo quería.
La primera mano en mi culo me asustó. La segunda la estuve esperando toda la noche, agachándome más de la cuenta para que volviera a pasar.
Llevaba meses escribiéndome. Esa noche por fin lo tenía enfrente, y entonces apareció el chico que me cruzaba en el tren cada tarde.
Acababa de borrar las pruebas de la noche anterior cuando lo vi en el hall, listo para marcharse. Solo tenía que decirle que no. No lo dije.
La primera vez fue un reflejo en el cristal: una silueta inmóvil al otro lado del patio, mirándola desayunar en bata. No apartó la cortina. Tampoco la cerró.
La calentura del ascensor seguía encendida cuando entramos al departamento, y mi novio ya se había acomodado en una silla, dispuesto solo a mirar.
Cada vez que salía de aquel piso se juraba que era la última vez. Y al día siguiente volvía con la falda más corta, lista para complacerlo otra vez.
Cuando mi amiga abrió la bolsa no había ningún uniforme: solo unas alas, un liguero y unas medias de red. Y el tráiler ya estaba esperando para salir.
Llevaba años imaginándolo, pero seguía siendo virgen de atrás. Aquella tarde de diciembre, en la habitación de un motel, por fin dejé que cruzara esa última frontera.
Nunca le dije lo que imaginaba por las noches mientras ella dormía a mi lado. Esta es la confesión que llevo callando desde que llegamos a esa ciudad.
Llevaba años tragándome sus provocaciones y haciéndome el amigo paciente. Esa tarde de agosto, en su balcón frente al mar, algo dentro de mí se rompió.
Reservamos el hotel para descansar, pero lo que llevaba en la mochila tenía otros planes para esa noche de frío y lluvia.
No llevaba nada bajo la pollera cuando golpeé la puerta de aquel vagón oxidado. Solo quería a un hombre. No imaginaba que el capataz aparecería a poner sus reglas.
Llevábamos treinta años cruzándonos por casualidad. Aquella tarde de lluvia, en la cola de la farmacia, ella me miró distinto. Y yo también.