Lo que hice en un cine porno al salir de clase
Solo quería mirar la cartelera, pero terminé arrodillada entre butacas, con su polla en la boca y la pantalla iluminándonos a medias.
Solo quería mirar la cartelera, pero terminé arrodillada entre butacas, con su polla en la boca y la pantalla iluminándonos a medias.
Los vidrios estaban empañados, yo seguía en cuatro y él ya sabía que esa noche mi cuerpo no iba a olvidar su primera entrada.
Lo leí durante semanas, me toqué pensando en su voz y, cuando lo vi salir por la terminal, supe que esa espera iba a terminar mal.
Se dejó caer en el sofá con esa calma tramposa, y cuando mis manos bajaron por su espalda supe que no iba a detenerme.
Entré por error al consultorio equivocado, pero cuando el médico cerró el pestillo supe que no saldría de allí de la misma forma.
Tres hombres en casa, una sola cama y yo en el centro de todo. Aprendí lo que significa reinar sobre una manada... hasta que quise algo más.
Se sentó sobre mi regazo, entre los mandos y yo, con esa sonrisa que conocía demasiado bien. «Podríamos retomar viejas costumbres», susurró.
Nos preparamos como siempre: vestido ceñido, nada debajo y el deseo intacto. La doctora nos esperaba esa misma tarde y las dos sabíamos a qué íbamos.
Entré a esa discoteca convencida de que yo elegía. Tres horas después, un desconocido me había desarmado por completo y yo le rogaba que no parara.
Bajamos al garaje a jugar como cuando éramos novios. Lo que no esperábamos era que esa noche hubiera alguien más despierto entre los coches.
La cité a las diez y media de la mañana, pero recién apareció a las dos de la tarde. Para entonces yo ya había pensado exactamente dónde y cómo iba a tenerla.
Acordamos vernos temprano, cuando todavía no había nadie. Lo que empezó como otro de nuestros juegos por mensajes terminó siendo algo que no pude sacarme de la cabeza en todo el día.
Me ordenó entrar al confesionario con la lencería más fina y susurrarle mis pecados al padre. Lo que no esperaba era que él decidiera ponerme una penitencia.
Nadie en el supermercado, en la farmacia ni en la panadería imaginaba lo que escondía bajo la ropa. Y esa era justo la parte que más me excitaba.
Cuando me dijo que hacía años que no disfrutaba del sexo, lo normal habría sido despedirme. En cambio acerqué la mano a su pierna y ella no la apartó.
Mateo acababa de echar a su mujer del restaurante cuando llamaron a la puerta del despacho. Era la camarera de los tatuajes, y no venía a hablar de las cuentas del día.
Llevaba dos años sin que nadie me tocara. Mi hija lo sabía, y esa tarde apareció en mi cuarto con un hilo dos tallas demasiado pequeño y una idea en la cabeza.
La conocí en un bar de mala muerte y, a los treinta, creía saberlo todo sobre el sexo. Esa señora me demostró en una sola noche que no sabía nada.
Llevaba semanas entrenando con los plugs, decidida a sentir las dos pollas a la vez. Esa tarde invitamos a la única persona en quien podíamos confiar para conseguirlo.
Damián venía cada tres días; Adrián apareció el viernes con su moto. Esa semana descubrí hasta dónde era capaz de llegar cuando nadie me miraba.