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Relatos Ardientes

Lo que un desconocido me hizo sentir tras mi ruptura

Hace casi un año había cumplido los veintidós cuando supe lo que era estar con alguien que conocía cada rincón de mi cuerpo. Se llamaba Andrés y fue el primer chico del que me enamoré de verdad. Salimos durante poco más de un año, y si tengo que ser honesta, lo que más extraño de aquella relación no son las cenas, ni los planes los domingos, ni la forma en que me abrazaba. Lo que más extraño es la cantidad de veces que terminábamos enredados, sudando y sin aliento, casi todos los días, a veces dos o tres veces seguidas.

Cuando se fue al continente para terminar la carrera, todo se rompió. La distancia no era el problema; el problema fue que ninguno de los dos quiso hacer el esfuerzo de mantener algo que ya estaba consumido. Cortamos por teléfono un domingo por la tarde y yo me quedé mirando la pared del cuarto sin saber qué hacer con tanto tiempo libre.

Los primeros meses fueron extraños. Aprendí a cocinar para una sola, a dormir abrazada a la almohada, a salir a correr para gastar la energía que antes liberaba con él. Pero hay un tipo de hambre que no se calma con ejercicio. Yo lo sabía y al principio lo negué.

Al final del segundo mes me planté en la cama una noche y me toqué hasta que me dolieron los dedos. El orgasmo llegó, sí, pero fue una sombra de lo que solía sentir. Me quedé mirando el techo, frustrada, casi enojada con mi propio cuerpo por haberse acostumbrado a tanto.

Me hice una cuenta en la aplicación esa misma semana. No buscaba pareja. No buscaba romance. Lo escribí en mi perfil con todas las letras: «No estoy para historias largas. Solo busco pasarla bien». Y resultó curioso: la transparencia atrae más de lo que uno cree.

Hablé con muchos. La mayoría eran chicos de mi edad, demasiado nerviosos o demasiado inseguros para ser interesantes. Hasta que apareció Damián.

Tenía treinta y nueve años. Era piloto comercial, lo cual explicaba sus turnos imposibles. Las primeras fotos que vi de él no fueron las del torso desnudo, sino una en la que sonreía con una taza de café entre las manos, en alguna terminal de algún aeropuerto. Esa sonrisa fue la que me hizo abrirle conversación.

—Si soy demasiado mayor para ti, lo entiendo —me escribió a los pocos minutos.

—Si pensara eso, no habría empezado a hablarte —respondí.

Y así arrancamos. Los primeros días la conversación giró alrededor de tonterías: viajes, libros, comida. Pero hubo un momento, una madrugada de lunes, en que él me preguntó qué llevaba puesto y mi cuerpo entero respondió antes que mi cabeza. Le mandé una foto. Después un audio. Después un video corto, grabado con una mano mientras la otra hacía lo suyo entre mis piernas.

—Voy a tener que llevarte a mi casa —me dijo al día siguiente—. No puedo seguir así.

—Mañana —contesté—. Ven a buscarme tú o dime tu dirección.

Me dio la dirección.

Pasé la tarde entera arreglándome con una concentración casi enferma. Me depilé hasta el último centímetro, me puse crema en cada parte donde me iba a tocar, elegí el conjunto de encaje negro que tenía guardado para ocasiones que nunca llegaban. Cuando me miré al espejo, vi a alguien distinto. Una falda demasiado corta, unas botas hasta las rodillas, un pintalabios oscuro. Si mi madre me hubiera visto cruzando el pasillo del edificio habría llamado al cura del barrio.

Antes de salir, ya estaba mojada. La idea de arrodillarme frente a él, la imagen de su voz en mi oído, la certeza de que iba a llenar el vacío que llevaba meses cargando dentro: todo eso bajaba por mis muslos antes de que pusiera un pie en la calle. Me reí sola en el ascensor.

Su edificio estaba a quince minutos en taxi. Cuando bajé, las piernas me temblaban. Subí en el ascensor pensando que podía dar la vuelta, pero la realidad era que no quería. Toqué el timbre del departamento doce y él abrió en chándal gris y camiseta blanca, descalzo, con el pelo todavía húmedo de la ducha.

No dijimos casi nada. Me besó apenas crucé la puerta, una mano en mi nuca y la otra en mi cintura, empujándome contra la pared del recibidor. Olía a algo cítrico y limpio, y su barba me raspó el mentón. Cerré los ojos.

—Estás temblando —me susurró.

—De ansiedad, no de miedo.

Sonrió y me mordió el labio.

Me llevó al sillón del salón, me empujó hacia atrás y se subió encima de mí. Sentí su erección presionando contra el encaje empapado del tanga, todavía atrapada bajo el pantalón. Subió la mano por mi cuello, lentamente, midiendo si yo estaba bien con eso. Le sostuve la mirada y apreté un poco la mandíbula. Él entendió. Cerró los dedos.

El aire empezó a faltarme y todo dentro de mí se tensó. Es difícil explicarlo: cuando alguien te limita la respiración con la mano correcta, en el momento correcto, se abre algo en la cabeza, un cortocircuito. Sentí un orgasmo pequeño, casi inocente, sin que él me hubiera tocado todavía donde más lo necesitaba.

Me dejó respirar. Yo me deslicé fuera del sillón y me arrodillé en la alfombra, entre sus piernas. Le bajé el pantalón con las dos manos. Su erección salió libre, dura, con una gota brillando en la punta. La miré unos segundos antes de pasar la lengua desde la base hasta el glande, lentamente, mientras él respiraba como si estuviera contando hacia atrás.

—No tan suave —me dijo.

Le hice caso. La metí entera, sin avisar. Me ahogué la primera vez y los ojos se me llenaron de lágrimas, pero no me detuve. Él enredó los dedos en mi pelo y empezó a marcar el ritmo, empujándome hacia delante cuando yo trataba de retroceder. Las lágrimas me corrían por la cara, el rímel se había ido a algún lado y me daba igual. Si me hubieran preguntado cómo me llamaba en ese momento, no habría sabido contestar.

Me apartó antes de correrse. Me puso en pie, me sacó la falda de un tirón y me dejó solo con el tanga. Me llevó a la habitación y, en cuanto crucé el umbral, me empujó sobre la cama de boca arriba, con las piernas colgando del borde.

Se arrodilló entre mis piernas y empezó a lamerme por encima de la tela. Me prometí no rogar, y duré exactamente quince segundos. Le pedí, con la voz quebrada, que me lo quitara. Lo hizo, despacio, mordiéndome el interior del muslo en el camino.

Cuando su lengua tocó por fin mi clítoris, todo lo que llevaba meses guardado salió en un grito que probablemente cruzó la pared. Sus dedos entraron en mí mientras él seguía lamiendo, y aprendí en ese instante que la diferencia entre alguien sin experiencia y alguien que sabe lo que hace no se puede explicar con palabras: se siente. Se siente en cómo curva los dedos, en cómo presiona con la lengua, en cómo lee tu cuerpo y va más rápido o más lento según lo que tu respiración le diga.

Le tiré del pelo, le cerré las piernas alrededor de la cabeza, le dije cosas que jamás pensé que diría en voz alta. El orgasmo me arrancó del cuerpo y volví a la cama segundos después, temblando, riéndome sin saber por qué.

Pero él no había terminado. Ni de lejos.

***

Sacó del cajón de la mesilla un par de juguetes y un bote de lubricante. Los puso sobre la cama en fila, como si me estuviera mostrando el menú. Un vibrador en forma de bala, otro más fino y pequeño, evidente para qué iba a usarlo, y otro más grande, con curva.

Encendió primero el de la bala y lo apoyó sobre mi clítoris, todavía sensible del orgasmo anterior. Me retorcí. Aprovechó ese segundo de distracción para colocarse entre mis piernas y empujar de un solo movimiento. Sentí cómo me abría a su alrededor, cómo el cuerpo me decía que era demasiado y a la vez perfecto. Empezó a embestir mientras el vibrador seguía en su sitio. Lo aguanté yo con una mano. La suya subió hasta mi cuello y volvió a apretar.

Hablar no podía. Pensar tampoco. Solo existían las embestidas, el zumbido del juguete y el aire que entraba a cuentagotas por mi nariz.

De repente paró, salió de mí y me puso a cuatro patas con un movimiento brusco. Sentí cómo caía un chorro frío de lubricante sobre mi otro orificio, seguido de la punta del juguete pequeño. Entró sin demasiada resistencia. La vibración que llegó después fue distinta a todo lo que había probado.

Volvió a meterla en mí, esta vez con fuerza. Las dos sensaciones se mezclaban: el juguete vibrando atrás, su erección rompiéndome adelante, su mano izquierda en mi pelo y la derecha cayendo sobre mi nalga con palmadas que me dejaron la piel ardiendo. Me arqueé hasta que casi me dolió la espalda. El sonido que salió de mi boca no era exactamente un grito; era algo más animal.

El segundo orgasmo de la noche me dejó sin saber dónde estaba. Lo creí el mejor de mi vida. Estaba equivocada.

Me dejó caer sobre el colchón unos segundos, lo justo para recuperar la respiración. Después agarró el bote otra vez y, esta vez, fue el lubricante el que cayó sobre mí mientras él se quitaba el juguete. Apoyó la punta contra el mismo lugar donde antes había estado el vibrador.

—¿Estás bien? —me preguntó, por primera vez en toda la noche.

—Sí.

Empujó la cabeza apenas. Solté un gemido distinto, mezcla de incomodidad y placer. Esperó. Después, cuando le di la señal, entró del todo. El ardor inicial se disolvió en una sensación de plenitud absoluta, como si me hubieran llenado un hueco que no sabía que existía.

Empezó a moverse, despacio al principio, ganando ritmo a medida que mi cuerpo se acostumbraba. Cogió el último juguete sin usar y lo metió en mi sexo. La vibración rebotaba entre los dos puntos, encontrándose en algún lugar interno que jamás había sentido. Me derrumbé sobre los antebrazos. Él me agarró del pelo y me obligó a levantar la cabeza.

Y entonces acercó el vibrador en forma de bala otra vez, esta vez a mi clítoris.

Yo aguantaba el cuerpo apenas con una mano. Con la otra sostenía el juguete en su sitio. Estaba tan llena, tan estimulada en cada centímetro de piel, que dejé de coordinar pensamientos. Tenía la sensación clarísima de que cuando me corriera, me iba a desmayar.

Casi me desmayo.

Lo que salió de mí fue más líquido que cualquier orgasmo anterior. Empapé las sábanas, su mano, su muñeca. Él se corrió dentro pocos segundos después, con un gemido grave y un par de embestidas finales. Caímos los dos sobre el colchón. Yo tenía el cuerpo temblando como si acabara de salir de una piscina helada.

Me acarició la espalda en silencio durante un rato largo. No hablamos. No hacía falta.

Cuando logré ponerme en pie, me llevó al baño. El agua caliente cayó sobre los dos y él me sostuvo contra su pecho mientras me lavaba el pelo, sin malicia, solo cuidando de mí. Las piernas me fallaban a cada segundo y él se reía en voz baja contra mi hombro.

Volví a su casa dos veces más durante el mes siguiente. Después, sus turnos de vuelo se complicaron, mi ex regresó a la isla por las vacaciones de Navidad y, sin que ninguno de los dos lo dijera con todas las letras, lo que teníamos se apagó.

A veces, cuando recuerdo aquella primera noche, todavía siento un escalofrío bajándome por la columna. No fue solo sexo. Fue la confirmación de que no estaba rota, de que el placer seguía esperándome del otro lado del miedo. Y para ser honesta, eso valía cada uno de los moretones que me dejó en las nalgas y cada noche que pasé pensando en él en lugar de en mi ex.

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Comentarios (7)

Juani_85

tremendo!!! me dejaste sin palabras

NocheClara

Por favor que haya segunda parte, quedé con ganas de saber como sigue todo eso

ElenaMRosario

Me identifico tanto... esa sensacion despues de una ruptura de querer sentirte viva de nuevo. Muy bien narrado, de verdad

RominaBA

Increible, seguí escribiendo!!!

marcos_lector

jajaja me mato la intro, cuantas veces uno va a algo sabiendo perfectamente como va a terminar

CarmenDelSur

Lo que me gusta es que se nota que es vivido, no inventado. Gracias por compartirlo

FedeMdq89

buenisimo, sigue asi!!

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