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Relatos Ardientes

Mi marido me animó a aceptar la oferta del millonario

Llevaba ocho años presentando el magazine nocturno del canal y creía haberlo visto todo. Productores que se insinuaban entre pausas publicitarias, políticos que me dejaban notas con su teléfono privado, empresarios que me invitaban a cenas en las que no había más comensales que nosotros. Había aprendido a sonreír, a declinar con elegancia, a mantener el control. Lo que no había aprendido era a decirle que no a mi propio marido.

Aquella noche de octubre, el estudio olía al café quemado de la máquina del pasillo. Me estaba retocando el carmín cuando un asistente entró con un sobre en la mano y la mirada baja.

—Lo dejaron en recepción hace diez minutos, Marina —dijo—. Insistieron en que te lo entregara en mano.

El sobre era de papel grueso, color marfil, sin remitente. Mi nombre estaba escrito en tinta negra, con una caligrafía antigua, de pluma estilográfica. Algo me hizo guardarlo sin abrirlo hasta que estuve sola en mi camerino, con la puerta cerrada y el pestillo echado.

Rompí el lacre rojo con una uña. El papel interior tenía la misma textura sedosa y solo tres líneas.

«Mi hijo la ha visto en pantalla y no quiere a otra mujer. Le ofrezco una noche con él a cambio de una cifra que cambiará su vida. Discreción garantizada. Rodrigo Vallejo.»

Debajo, escrito con lápiz, un número. Miré la cifra tres veces, cuatro, para asegurarme de que no estaba añadiendo ceros en mi cabeza. No los añadía. Era la hipoteca de nuestra casa. Era un año entero de mi sueldo multiplicado por cinco.

Rodrigo Vallejo era el hombre detrás de la mitad de los edificios del centro. Su hijo, Nicolás, aparecía cada dos semanas en la prensa rosa con una modelo distinta colgada del brazo. Dos nombres que cualquiera habría reconocido al instante.

Guardé la nota en el bolso con los dedos temblando. No sabía si de miedo o de otra cosa que me negaba a nombrar.

***

Llegué a casa pasada la una. Tomás estaba en el sofá del salón, todavía vestido con los pantalones del traje y la camisa abierta en el cuello, leyendo un informe con las gafas caídas sobre la nariz. Nos conocíamos desde la universidad. Llevábamos doce años juntos, nueve casados. No había una sola esquina de mi vida que él no hubiera visto.

Me senté a su lado sin decir nada y le puse la nota sobre el regazo.

Tomás la leyó despacio. Luego la dejó en la mesa de centro, se quitó las gafas y me miró. No había rabia en sus ojos. Había algo más difícil de identificar, una especie de curiosidad brillante, como si alguien acabara de plantearle un problema matemático interesante.

—Qué hijo de puta, el Vallejo —dijo con media sonrisa.

—Mañana le digo al de seguridad que no acepte más sobres sin remitente —contesté.

—Espera.

La mano de Tomás se posó en mi muslo, sobre la tela del pantalón de vestir. No la movió. Solo la dejó ahí, caliente, firme.

—Espera —repitió—. No tenemos que contestarle hoy.

Lo miré. Llevaba años conociendo cada gesto de su cara y nunca le había visto exactamente esa expresión. Era la misma que ponía cuando negociaba contratos difíciles, pero acompañada de algo íntimo, casi sucio.

—¿Estás escuchando lo que estás diciendo? —pregunté en voz baja.

—Marina, escúchame. —Me apartó un mechón de la cara con el dedo índice—. Nosotros nos queremos. Eso no lo discute nadie. Pero llevamos nueve años en la misma cama y algunas noches, cuando te veo en la tele, me pregunto qué pensará el resto del país al mirarte. Con esa cifra compramos la casa del pueblo y nos sobra para diez años.

—Tomás…

—Y luego vuelves —continuó, acercándose—. Vuelves y me lo cuentas todo. Absolutamente todo. Cómo olía, cómo te tocó, qué te dijo. Y yo te tomo mientras me lo cuentas y nunca más vuelve a pasar.

Sentí un tirón caliente entre las piernas, instantáneo, vergonzoso. Mi boca quería negarse. Mi cuerpo había decidido antes que yo.

—¿Y si me gusta? —susurré.

—Por eso te pido que lo hagas.

***

Tres noches después, me miré al espejo del vestidor con el vestido negro que Tomás había elegido. Seda fría, abierto en la espalda hasta donde dejaba de ser decente. Debajo llevaba un conjunto de encaje rojo que me había comprado sin enseñárselo, guardado en el fondo del cajón desde hacía dos años sin motivo para estrenarlo.

Tomás apareció detrás de mí con una copa de vino en cada mano. Me entregó una.

—Estás preciosa —dijo—. Llámame si algo se pone raro. Si no, no me llames.

—¿No estás celoso?

—Muchísimo —contestó, y me besó en el cuello—. Por eso es tan excitante.

***

El hotel estaba frente al parque, uno de esos edificios donde el portero finge no conocerte y al mismo tiempo te llama por tu apellido. Subí sola en el ascensor. La suite ocupaba todo el piso superior.

Nicolás abrió la puerta antes de que yo llamara. Era más joven de lo que parecía en las fotos, apenas veintiséis años, con la piel dorada de quien pasa los inviernos esquiando y los veranos navegando. Llevaba una camisa blanca de lino arremangada hasta los codos y estaba descalzo. Olía a algo cítrico y caro.

—Pasa —dijo, y me recorrió entera con la mirada sin ningún pudor—. Llevo tres meses viéndote en mi pantalla. Estás más guapa aquí.

—Tú eres más educado de lo que creía —contesté.

—No te fíes.

Cerró la puerta con un clic. La suite tenía ventanal panorámico, una botella de cava en hielo, una cama enorme al fondo. Ningún intento de fingir que habíamos ido ahí a hablar.

Me entregó una copa. Su mano rozó la mía un segundo más de lo necesario.

—Mi padre me ha contado lo que pagó —dijo sin preámbulos—. Me da igual. Yo habría pagado el doble.

—Eres un crío acostumbrado a que le den lo que pide.

—Y tú eres una mujer acostumbrada a que la miren sin tocarla. —Se acercó un paso—. Hoy voy a tocarte.

Me quitó la copa de la mano y la dejó en la mesa. Me agarró por la cintura y me besó sin preguntar. No fue un beso suave. Fue un beso de quien sabe que le han dado permiso para todo.

Le mordí el labio sin pensarlo. Él sonrió contra mi boca.

—Pensaba que la presentadora sería más tímida.

—La presentadora está en el estudio.

Me bajó la cremallera del vestido con una sola mano. La seda cayó al suelo. Me quedé en medio de la suite con el encaje rojo y los tacones, y vi cómo se le cortaba la respiración.

—Joder —dijo—. Joder.

Lo empujé suavemente hacia el sofá de terciopelo que miraba al ventanal. Se dejó caer. Yo me arrodillé entre sus piernas, le desabroché el cinturón y le bajé los pantalones hasta los tobillos. Estaba duro antes de que lo tocara.

Lo tomé con la mano primero. Lo miré a los ojos mientras acercaba la boca. Quería verle perder el control desde el principio.

Cuando cerré los labios sobre él, echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido grave. Me agarró el pelo sin tirarlo, solo sosteniéndolo, como si quisiera guiarme pero no se atreviera. Bajé despacio, centímetro a centímetro, escuchando cómo su respiración se rompía en trozos. Subí. Volví a bajar. Marqué el ritmo yo, como si fuera yo la que había pagado.

—Para —jadeó al cabo de un rato—. Para o esto se acaba antes de empezar.

Me levanté con calma, me quité el sujetador, luego el tanga. Me tumbé en la cama y abrí las piernas sin decir nada.

Nicolás se desnudó del todo antes de acercarse. Tenía el cuerpo de alguien que pasa demasiadas horas en el gimnasio por aburrimiento, no por necesidad. Subió a la cama despacio y se colocó entre mis piernas.

—Antes de entrar —dijo con la boca contra mi ombligo— quiero comerte hasta que me pidas que pare.

Bajó la cabeza. Su lengua era precisa, entrenada, sin torpezas. Empezó despacio, dibujando círculos lentos, y fue subiendo la intensidad según mi respiración iba cambiando. Le agarré el pelo con las dos manos. Cerré los ojos. Pensé en Tomás sentado en nuestro salón, esperándome, imaginando exactamente esto.

El pensamiento me empujó al borde.

—No pares —le pedí—. Por favor, no pares.

Me corrí con un gemido largo, las caderas levantándose de la cama, los muslos cerrándose alrededor de su cabeza. Él no paró hasta que se lo supliqué.

Luego subió por mi cuerpo, besándome en el esternón, en el cuello, en la boca. Me dejó probar mi propio sabor en su lengua.

—Ahora —dijo.

Entró de un solo empuje. Grité. No fue dolor, fue sorpresa, el cuerpo recordando que hacía años que nadie lo tomaba así. Nicolás se quedó quieto un segundo, mirándome, y empezó a moverse. Al principio con ritmo medido. Después sin ningún cuidado.

La cabecera golpeaba la pared. Le clavé las uñas en la espalda. Sentía cómo cada embestida me cruzaba entera.

—Dime que te gusta —me exigió al oído—. Dímelo.

—Me gusta.

—Más fuerte.

—Me encanta, joder.

Cambió de posición sin salirse. Me giró boca abajo y volvió a entrar por detrás, agarrándome de las caderas, levantándome para él. Apoyé la frente en la sábana. Le dejé hacer lo que quisiera. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía que decidir nada.

Me corrí otra vez, más fuerte, con un grito que me pareció ajeno. Él aguantó un poco más, lo justo para que yo terminara de temblar, y se vació dentro de mí con un gruñido largo.

Nos quedamos sin movernos un rato, respirando. Después se apartó y se tumbó de espaldas.

—¿Te esperan en casa? —preguntó, mirando al techo.

—Sí.

—Podrías quedarte.

—No podría.

Sonrió sin volverse.

—Ya sabía la respuesta.

***

Amanecía cuando abrí la puerta de casa. Tomás no se había acostado. Estaba en el sofá, con una camiseta vieja y los pies descalzos, la misma copa de vino a medias de hacía diez horas.

Me miró desde abajo. No preguntó nada.

Dejé caer el bolso, me quité los tacones y me acerqué. Me arrodillé delante de él, entre sus piernas, como me había arrodillado ocho horas antes delante de otro hombre.

—Cuéntamelo —dijo Tomás con la voz rota—. Todo.

Le hablé con la boca cerca de la suya. Le conté cómo había abierto la puerta Nicolás, cómo me había mirado, cómo me había quitado el vestido en mitad del salón. Le conté que me había arrodillado, que le había hecho perder el control antes de que me tocara él a mí.

Tomás estaba duro contra mi mano mientras yo hablaba.

Le conté cómo me había comido durante no sabía cuánto tiempo, cómo me había hecho correrme con la lengua. Le conté que me había tomado por delante y después por detrás, que no había habido ni una pregunta, ni un por favor.

—¿Te gustó más que cuando lo hago yo? —preguntó.

—Fue distinto —respondí—. No tenía miedo de hacerme daño.

Tomás me agarró por la nuca y me besó como no me besaba desde hacía años. Me llevó al dormitorio sin soltarme la mano. Me tumbó en la cama, me separó las piernas con la rodilla, y entró en mí sin preámbulos, como había hecho el otro.

—Dime a quién perteneces —me ordenó.

—A ti.

—Dime lo que le dijiste a él.

—Tómame y disfruta.

—Dímelo a mí ahora.

—Tómame y disfruta.

Se corrió a los pocos minutos, con la cara enterrada en mi cuello, murmurando algo que no entendí. Yo me corrí con él, de nuevo, la tercera vez en una noche, y pensé que quizá aquella cifra obscena no había sido por lo que había hecho fuera, sino por lo que estaba haciendo ahora en casa.

Nos quedamos abrazados mientras amanecía del todo. Él me apartaba el pelo sudado de la frente.

—¿Volverías a hacerlo? —preguntó.

Tardé en contestar. Pensé en Nicolás, en la suite, en el dinero que mañana aparecería en una cuenta. Pensé en mi marido, en este cuerpo que conocía de memoria, en los doce años que llevábamos escribiéndonos juntos.

—Si tú me lo pides —dije.

Tomás se rió bajito contra mi hombro. No respondió. No hizo falta.

Los dos sabíamos ya la respuesta.

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Comentarios (7)

Sarita_V

Dios mio que historia!!! me quede pegada desde la primera línea y ya quiero saber todo lo que paso despues. Por favor que haya segunda parte

EnzoLector

La reaccion del marido es lo que mas me llamo la atencion. Muy buena la tension del principio, se siente real. Sigue contando!!!

CuriosaLectora

Eso fue de verdad? Se siente muy autentico, bien escrito

rosaviuda

Me encanto. Esas situaciones donde todo se da vuelta son las mejores. Muy bien narrado

Paty_RJ

jajaja la cara que debe haber puesto cuando él dijo que aceptara... tremendo. Genial

MartinFB

Buen relato, me gusto mucho como arranca. Esperando la continuacion con ansias!

Rolando_BsAs

Una situacion así no se da todos los dias. Que dilema tan increible, me imagino las manos temblando de verdad. Saludos

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