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Relatos Ardientes

La despedida de soltera que no olvidaré jamás

La invitación me cayó encima como un meteorito. Camila había sido mi compañera de cubículo en la agencia, pero llevábamos tres años sin cruzar palabra más allá de algún «me gusta» en redes sociales. Cuando abrí el sobre y vi mi nombre escrito con tinta dorada, pensé que se había equivocado. No se equivocó.

Un mes antes de la boda llegó una segunda invitación, esta vez a la despedida de soltera. Desde entonces, Camila y yo empezamos a hablar otra vez. No nos habíamos peleado, simplemente la vida nos fue separando, y ahora la vida, por lo visto, quería reunirnos.

En aquellos meses yo estaba en el peor momento. Me acababa de separar de Tomás después de cuatro años, una de mis mejores amigas me había dado la espalda sin explicación, y el insomnio era mi única compañía. Acepté ir porque necesitaba cualquier excusa para salir de mi propia cabeza.

El bar que Camila alquiló quedaba en el centro, en una esquina que yo no conocía. Era un local pequeño, con paredes de ladrillo pintadas de negro y luces rojas colgando del techo como frutas maduras. Llegué a las ocho y cuarto. Solo conocía a la novia.

—Martina, ven, ven, que te presento a las chicas —me arrastró Camila del brazo.

Éramos unas quince mujeres, todas más jóvenes o más desinhibidas que yo, o las dos cosas a la vez. En diez minutos ya me sabía cinco nombres y me había tomado dos copas de vino espumante. La decoración era, como mínimo, explícita: globos con forma de pene, guirnaldas con frases que no voy a repetir, una piñata que parecía sacada de una juguetería para adultos.

—¿Es tu primera despedida de este tipo? —me preguntó una chica morena sentada a mi lado.

—Es mi primera despedida de soltera a secas —le respondí, y ella se rio tanto que tuvo que sostenerme la copa para no derramarla.

Los juegos empezaron temprano y, como era previsible, todos giraban alrededor del sexo. Había que adivinar celebridades por sus gemidos, dibujar posiciones con los ojos cerrados, contestar preguntas íntimas sin pensar. Al principio me sentía incómoda, como si hubiera aterrizado en una película que no elegí. El vino iba haciendo su trabajo y mis mejillas perdieron la timidez antes que el resto de mi cuerpo.

Hacia las diez y media, el ambiente ya había cruzado todos los umbrales. Una chica sacó de una caja un vibrador rosa intenso, se quitó la falda sin pensarlo dos veces y empezó a deslizárselo por encima de la ropa interior mientras las demás aplaudían. Otra se bajó la blusa dejando los pechos al aire, reclamando que hacía calor, aunque el aire acondicionado funcionaba perfecto. En una mesa al fondo, dos amigas de la novia se besaban como si llevaran meses esperando la oportunidad.

Yo miraba todo con una mezcla de morbo y pudor. Estaba mojada, no tenía sentido negarlo.

¿En qué me metí, Martina?

***

Faltaba poco para medianoche cuando una chica tomó el micrófono y pidió silencio. Era la prima de la novia, o una prima prestada: en estas noches nunca se sabe.

—Señoritas, el momento que todas estábamos esperando. Demos la bienvenida a los tres caballeros de la noche.

Las luces se bajaron y del fondo del bar salieron ellos. Tres hombres, en fila, vestidos apenas con calzoncillos negros que no ocultaban nada. Yo estaba de pie, con una copa vacía en la mano y los ojos puestos en uno solo.

Era un hombre negro, alto, con los hombros anchos y la cintura marcada. La piel le brillaba como si lo hubieran pulido. Tenía la mandíbula firme, la sonrisa de quien sabe que todo el mundo lo está mirando, y unas piernas que parecían esculpidas por alguien que no se equivoca. No lo elegí; mi cuerpo lo eligió por mí.

—Tierra llamando a Martina —me dijo al oído la chica morena con la que había estado hablando antes—. Cierra la boca o se te va a meter una mosca.

Me reí sin despegar los ojos de él.

—¿Sabes cómo se llama? —pregunté.

—Damián, me parece. Pero me importa tres pepinos cómo se llame.

Los tres strippers empezaron a bailar entre nosotras, y a las chicas, con el alcohol encima, no les temblaba la mano. Pronto hubo risas, gritos, manos que se atrevían más de lo que deberían. Damián bailó primero con Camila, por protocolo. Después se movió entre las demás. Yo esperé. Por alguna razón supe que llegaría hasta mí, y cuando llegó, no dejé pasar el momento.

Estaba besando a una chica que se había sentado sobre la barra cuando se despegó. Me miró un segundo, como si acabara de notarme, y se acercó despacio. Lo agarré de la nuca antes de pensarlo. Lo besé.

Su boca sabía a menta y a algo más oscuro que no supe identificar. Su lengua encontró la mía sin pedir permiso. Bajé una mano, lo acaricié por encima del calzoncillo, y lo que tenía entre las piernas me hizo tragar saliva.

—Me encanta lo que te cuelga —le susurré al oído, mordiéndome el labio.

Él se rio. Una risa grave, profesional, pero con algo auténtico en el fondo.

—Espera tu turno, princesa.

Me fui a sentar con las piernas temblando.

***

Las chicas se turnaban para bajarles los calzoncillos a los tres strippers, entre risas y aplausos. Cuando le tocó a Damián, la que se los bajó fue una rubia con vestido rojo, y al caer la tela, el bar entero se silenció durante tres segundos. Era enorme. No en el sentido de exageración que usan las amigas cuando hablan de un ex; enorme en el sentido literal, matemático, del adjetivo. Unos veinte centímetros, calculé, aunque la luz y el alcohol tal vez me estaban engañando. Lo dudo.

Las chicas empezaron a metérselo en la boca por turnos. Alguien había decidido que la despedida también incluía eso, y nadie objetó. Cuando le tocó a la chica que tenía al lado, yo ya no podía quedarme sentada. Me acerqué, me arrodillé junto a ella, y mientras ella se lo chupaba, yo le acariciaba el pecho y le miraba a los ojos. Quería que supiera que mi turno era el siguiente.

Cuando me tocó, no me guardé nada. Lo tomé con la mano, lo saboreé despacio, lo fui metiendo en mi boca de a poco, porque hacerlo de golpe era imposible. Él me miraba desde arriba con una expresión nueva, una que ya no era la del animador profesional. Era la del hombre que está descubriendo que esta chica de tacos rojos se quiere quedar con él.

—Quédate conmigo, por favor —le pedí, sacándomelo de la boca un segundo.

—¿Cómo? —me preguntó, como si no hubiera escuchado bien.

No repetí. Me levanté, me quité el vestido por encima de la cabeza, y me deshice de los calzones de un tirón. Me dejé los tacos puestos porque ya había aprendido que los tacos se quedan. Me senté en el sillón rojo que estaba detrás de nosotros y abrí las piernas.

—Métemelo —le dije, y me mordí el labio.

Él tardó medio segundo en decidirse. Las otras chicas se habían callado. El bar entero se había convertido en una especie de teatro, y yo, sin pretenderlo, era la función principal.

—¡Que se la coja! —gritó alguien.

—¡Que se la coja, que se la coja! —empezaron a corear varias.

Damián se arrodilló entre mis piernas. Me besó el cuello primero, me mordió el hombro, me apartó el pelo de la cara con una ternura que no me esperaba. Y después me la metió.

Dolió. Dolió mucho los primeros segundos, porque no había manera humana de que aquello cupiera sin resistencia. También, desde el primer empujón, me encantó. Me pareció que el universo había decidido compensarme por todos los meses malos con un solo golpe.

—Así, así —le pedí—. No pares.

Me penetró despacio al principio, midiéndome, y después más fuerte. Sus testículos golpeaban contra mi piel con cada embestida y ese sonido era obsceno y hermoso al mismo tiempo. Yo le enterraba las uñas en los hombros, le mordía la clavícula, le decía cosas que en cualquier otro contexto me habrían parecido impublicables.

—Dame más, hijo de puta, dame todo.

—¿Todo, mi amor?

—Todo.

Me giró. Me puso de rodillas en el sillón, con los codos apoyados en el respaldo, y volvió a entrar desde atrás. Desde ese ángulo todo era distinto, más profundo, más animal. Sentí la cara enrojecida, la frente pegada al cuero del sillón, las piernas temblándome. Una parte de mí quería que no acabara nunca. Otra quería acabar ya.

—Me voy a correr, princesa —me avisó con la voz ronca.

—En la boca —le dije—. Dámelo en la boca.

Salió. Me giré, me arrodillé en el suelo frente a él, abrí la boca con los ojos clavados en los suyos, y lo recibí entero. Tragué cada gota como si fuera un castigo que me había ganado y quería cumplir. Cuando terminó, me pasé el dorso de la mano por los labios y me quedé mirándolo, sonriéndole, todavía de rodillas.

Las chicas aplaudían como en un estadio. Los otros dos strippers seguían ocupados con otras amigas en otros rincones. Camila, la novia, se acercó, me ayudó a levantarme, y me abrazó.

—Gracias por salvarme la despedida —me dijo al oído, entre risas.

***

Lo que pasó después me lo tuvieron que contar. A partir de la tercera copa posterior a aquello, perdí el hilo. Me desperté al día siguiente en un hotel, con el vestido doblado encima de una silla y los tacos rojos en el suelo. Una de las chicas me había acompañado, la morena que al principio me había dicho que cerrara la boca. Me había dejado un vaso de agua en la mesita y una nota: «Pasaste a la historia».

Busqué a Damián. Busqué a Wilson, a Daniel, a cada variante que se me ocurrió. En Instagram, en Facebook, en la agencia que había contratado Camila para la noche. No había manera. Camila solo recordaba el contacto del jefe, y el jefe solo daba nombres artísticos. Damián, o como se llamara de verdad, seguía existiendo en alguna parte de la ciudad, pero para mí era un fantasma perfecto. El hombre con el que había tenido la mejor noche de mi vida y al que no iba a volver a ver.

Me hubiera gustado conocerlo en otras circunstancias. Me hubiera gustado saber a qué se dedicaba cuando no estaba bailando en despedidas. Me hubiera gustado enterarme de si le gustaba el café, si leía, si tenía hermanos, si era hincha de algún equipo. Me hubiera gustado, incluso, la posibilidad remota de enamorarme de él. Lo sé, es ridículo. Pero la primera y única noche que estuve con un hombre así me dejó con las ideas revueltas durante meses.

Pasaron cuatro años desde esa noche. Ya no bebo tanto. Me casé con un hombre maravilloso que no necesita parecerse a nadie de mi pasado. La vida me devolvió la calma que tanto necesitaba en aquellos días.

Pero si alguna vez, por alguna razón improbable, Damián lee esto, que sepa quién soy. La chica de tacos rojos. La que le pidió que se quedara. Sigo buscándote en cada semáforo.

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Comentarios (6)

ClaraBuenos

Increible!! me quede sin palabras, espero la segunda parte por favor!

Damian77

Cortisimo para lo bueno que es!! Mas por favor!!

NocheMilán

Me encanto como lo contaste, se nota que fue algo real. Los zapatos rojos... tremendo detalle jaja

Traveling_Marco91

Un poco me recordo a algo que yo vivi en una despedida, aunque no me salio tan bien jajaja. De los mejores relatos que lei en esta categoria

ValeriaMQ

Finalmente una historia contada desde adentro, sin vueltas. Me fascino!

Romina_BA

No pude parar de leer hasta el final. De las mejores confesiones que lei aca, se agradece que sea creible y no exagerada como otras

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