La tarde que el club de lectura se quedó vacío
El agua hirviendo caía sobre los hombros de Lucía como una forma de borrar pruebas. Apoyó la frente contra los azulejos fríos y dejó escapar el aire que llevaba aguantando desde que había cerrado la puerta del baño. Todavía le dolía. Un latido sordo, caliente, que no era exactamente dolor y no era exactamente placer, y que no se iba por más que se pasara el jabón entre las piernas.
No iba a pensar en él. Se lo había prometido. Pero ya estaba pensando.
Cerró los ojos y ahí estaba otra vez, inclinada sobre la mesa de madera del club, con los dedos de Damián clavados en sus caderas y la voz de él rota pidiéndole permiso una y otra vez, como si no hubiera sido ella la que había susurrado «más fuerte» apretando los dientes. Lo más raro no había sido el ardor inicial. Ni siquiera la sensación de estar demasiado llena, a punto de romperse. Lo más raro había sido correrse. Así, sin que nadie la tocara donde siempre había necesitado ser tocada, solo por el empuje constante de él moviéndose dentro de ella por detrás, rozando algo que nunca había sentido antes.
Su mano bajó sola. Dos dedos entre los labios de su sexo, uno presionando el clítoris en círculos lentos. No era lo mismo. No era ni parecido. Nada se comparaba con el peso del cuerpo de él contra el suyo, con el sonido entrecortado de su respiración pegada a la oreja.
—Así, Damián —susurró, y el vapor se tragó el nombre.
La otra mano se deslizó hacia atrás, con cuidado, como si la parte baja de su cuerpo fuera un animal asustado al que había que domesticar. Rozó con la yema la entrada todavía tensa y todo su cuerpo se encogió. No por dolor. Por memoria. Presionó un poco y un gemido se le escapó sin permiso.
¿Cómo era posible que algo que había ardido así se hubiera convertido en esta hambre? Cada vez que recordaba el momento exacto en que él se había derramado dentro de ella por detrás, su sexo se contraía vacío, rogando. Pero entonces venía el frío. La certeza. Si se dejaba llevar una sola vez, si le pedía lo que de verdad quería, su padre se enteraría. Nunca supo cómo, pero se enteraba de todo. Y la herencia volaba. Y con la herencia, la única oportunidad real de sacar a su hermana de esa casa.
Los dedos se movieron más rápido. No quería pensar. Quería terminar y dormir. Pero la yema del otro dedo seguía ahí detrás, entrando apenas, retirándose, entrando un poco más. Se imaginó a Damián detrás de ella, la boca apoyada en su nuca, repitiendo en voz baja que se relajara, que él sabía cómo hacerla sentir bien.
¿En serio? ¿Ya se acabó?, le había preguntado la primera vez, con una mezcla de burla y ternura, cuando él se corrió demasiado rápido. La cara que puso él después —vergüenza, rabia consigo mismo, deseo renovado— la había excitado más de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta.
El orgasmo la agarró por sorpresa. Se mordió el dorso de la otra mano para no gritar. Las piernas le temblaron hasta que tuvo que apoyarse con las dos manos contra la pared, respirando como si hubiera corrido hasta ahí. El agua seguía cayendo, lavando lo lavable. Lo otro no se lavaba.
***
A quince cuadras de distancia, Damián llevaba veinte minutos con el mismo libro abierto sobre el pecho sin haber pasado de la primera página. La polla le palpitaba debajo del elástico de los bóxers cada vez que cerraba los ojos. No necesitaba mucho para verla: Lucía inclinada sobre la mesa del club, las piernas temblándole, los gemidos ahogados contra su propio antebrazo para que no la escucharan desde el pasillo.
No podía creer que se hubiera corrido tan rápido. Virgen de mierda, se repitió por vigésima vez esa noche, aunque la cara de ella —primero decepción, después algo parecido al triunfo cuando lo sintió endurecerse otra vez bajo sus dedos— lo volvía a poner duro solo de recordarla. Había algo en la manera en que Lucía lo miraba. Como si estuviera descubriendo un idioma nuevo a través del cuerpo de él, y eso lo enloquecía. Saber que los dos eran igual de inexpertos, que podían probar sin ser juzgados, que no había testigos, lo mantenía al borde de una obsesión que todavía no sabía nombrar.
Se pasó una mano por la cara. La próxima vez no se iba a conformar con lo de la última. Oh, no. Primero la iba a hacer terminar con la boca. Quería saber a qué sabía. Quería sentir cómo los muslos de ella le apretaban la cabeza. Y después, cuando estuviera empapada y blanda, entonces sí, la penetraría otra vez por detrás, despacio, como ella le había pedido, pero esta vez no se detendría hasta que los dos gritaran.
El teléfono vibró sobre la mesa de luz. Era el grupo del club: «Recordatorio: próxima reunión en tres días. Tema: el erotismo en la literatura clásica». Soltó una carcajada corta. Literatura clásica. Claro.
La mano le bajó sola debajo del elástico. Se agarró la polla con firmeza y no necesitó fantasía nueva: el sonido de Lucía diciendo «más fuerte» era suficiente. Empezó despacio, imaginando que era el cuerpo apretado de ella el que se cerraba alrededor, no su puño. Con la otra mano se apretó los testículos mientras imaginaba la boca de ella, los pechos pequeños y firmes, el vértigo de lamerla entera. Se corrió sobre su propio estómago con un gruñido. Incluso después, cuando el cuerpo cedió contra el colchón, seguía pensando lo mismo: la próxima vez no iba a parar.
***
El aire de la sala del club estaba cargado tres días después, espeso como el silencio antes de una tormenta. Damián llegó primero, no por puntualidad, sino porque no había podido esperar más. Caminó en círculos alrededor de la mesa larga, tamborileando con los dedos sobre la madera pulida. Fingió interés en los lomos de los libros de la estantería, pero no leía nada. Solo veía a Lucía, jadeando, suplicándole que no parara.
La puerta se abrió con un chirrido suave, y se dio vuelta de golpe. Lucía entró con cuidado, como si el umbral pudiera delatarla. Cerró atrás con un clic que sonó como un disparo. Llevaba una falda plisada que se le pegaba a las caderas al caminar y una blusa blanca debajo de la cual se adivinaba un sujetador de encaje. Los lentes se le empañaron con el vapor de la calle y se los quitó con dedos temblorosos, limpiándolos contra el dobladillo de la falda sin mirarlo. No hacía falta que lo mirara. El aire entre ellos olía a algo a punto de quemarse.
—No viene nadie más hoy —dijo Damián, con la voz áspera, dando un paso hacia ella. No era una pregunta. Era un aviso.
Lucía tragó saliva, los nudillos blancos alrededor del marco de los lentes.
—Lo sé.
Fue todo el permiso que él necesitaba.
Cruzó la distancia en dos pasos y la agarró por la cintura con una mano mientras la otra se hundía en el pelo. El beso no pedía. Tomaba. Dientes, lengua, un choque hambriento. Lucía gimió contra la boca de él y el sonido le bajó directo a la entrepierna. Las manos de ella se enredaron en la camisa, la apretaron, la arrugaron, como si temiera que él la soltara. No iba a soltarla.
Las manos de Damián bajaron, deslizándose por las caderas de ella, agarraron el dobladillo de la falda y la subieron de un solo movimiento. El aire frío rozó la piel caliente de los muslos. Lucía apenas tuvo tiempo de reaccionar: él ya estaba de rodillas frente a ella, enganchando los dedos en el elástico de la bombacha blanca de algodón, bajándola despacio hasta los tobillos.
—Joder —murmuró, y la voz se le quebró.
Separó los muslos de ella con las dos manos. Lucía estaba empapada. El olor la delataba entera. Podía ver el brillo en los labios hinchados, el rosa oscuro de la entrada palpitando apenas, y más arriba, entre los pliegues, el botón tenso pidiendo.
—No… no podemos… —Lucía tartamudeó, pero ya tenía las manos en la cabeza de él, tirándolo más cerca. Las palabras no le salían firmes. El cuerpo decía otra cosa.
Damián extendió la lengua y lamió despacio de abajo hacia arriba. Un movimiento largo, sin prisa. Las piernas de ella se sacudieron. Lucía soltó un gemido ahogado y las caderas se le adelantaron solas, buscando más.
—Dios, Damián —la voz se le rompió cuando él repitió el movimiento, esta vez con más presión, la punta de la lengua rodeando el clítoris antes de succionarlo con fuerza.
Ella arqueó la espalda. Un sonido desgarrado le salió de la garganta. Los muslos se le cerraron alrededor de la cabeza de él, atrapándolo, pero no se apartó. Hundió la lengua más adentro, explorando cada pliegue con una atención casi obsesiva. Sabía salado y dulce a la vez. Saber que nadie más había probado eso antes, que era el primero, lo volvía loco. Era suyo.
Separó los labios de ella con los dedos. La entrada brillaba. Hundió la lengua dentro hasta donde pudo, y Lucía gritó, las uñas clavándose en su cuero cabelludo mientras las caderas se sacudían contra la cara de él.
—¡Ahí! ¡Ahí, no pares! —suplicó, con la voz rota, mientras él trabajaba el clítoris con la punta de la lengua, círculos rápidos y precisos.
Sintió cómo ella se tensaba, cómo los músculos internos se contraían alrededor de su lengua. Con un último empuje firme sobre el clítoris, Lucía estalló. El orgasmo le recorrió el cuerpo entero. Las piernas temblaron, los muslos le apretaron la cabeza, y un flujo tibio le bañó la lengua, la barbilla, los labios. Damián no se apartó. Bebió todo hasta que ella colapsó contra él, jadeando, con los dedos todavía enredados en el pelo de él como si fuera lo único que la mantenía en pie.
—Damián —su nombre fue un susurro tembloroso.
Él levantó la vista, los labios brillantes, la barbilla mojada. Los ojos oscuros encontraron los de ella, vidriosos.
—Todavía no terminé con vos —prometió, poniéndose de pie despacio, arrastrando el cuerpo contra el de ella para que sintiera lo duro que estaba.
Lucía no contestó. No podía. Se apoyó contra el pecho de él, y las réplicas del orgasmo la seguían recorriendo cuando los dedos de Damián empezaron a desabrochar los botones de la blusa.
—No te voy a dejar vestida —murmuró contra la boca de ella—. Quiero probarte entera.
Lucía asintió. Los dedos de ella, temblorosos, le desabrocharon a él el cinturón como si necesitara tocarlo, asegurarse de que esto era real. Cuando Damián le corrió el sujetador hacia arriba y liberó los pechos redondos y firmes, gimió. Capturó un pezón entre los labios, chupó fuerte, mordisqueó apenas lo justo para hacerla jadear. La mano de Lucía bajó entre los cuerpos de los dos y le acarició los testículos con una presión exacta.
—Joder —Damián se separó un segundo y la miró con los ojos oscurecidos—. Así. Así, justo.
Siguió lamiendo de un pecho al otro mientras los dedos jugaban con el que no tenía en la boca. Cuando por fin se apartó, los labios brillantes, dejó un rastro de besos bajando por el esternón antes de sonreír de costado.
—Ahora te subís a la mesa —ordenó, con la voz áspera—. Quiero cogerte otra vez por atrás.
Lucía tragó. Las mejillas se le pusieron rojas. Pero en lugar de obedecer, los dedos de ella se cerraron alrededor de la polla de él y empezaron a acariciarla despacio. A Damián se le cortó el aire.
—Esperá —susurró ella, con una sonrisa que no le había visto antes—. Si te lo chupo ahora, aguantás más después. ¿No era lo que querías?
Damián no pudo contestar. Asintió con un gruñido. Lucía se arrodilló frente a él. Le bajó el cierre del jean con una urgencia nueva. Cuando la polla saltó libre, dura, con una gota brillando en la punta, Lucía la miró un segundo antes de lamer ese brillo con la punta de la lengua.
—Mmm. Ya estás listo —ronroneó, y lo envolvió con los labios, hundiéndose despacio.
Damián maldijo entre dientes. Las manos se le enredaron en el pelo de ella mientras lo tomaba más profundo. No era experta, pero la urgencia con la que lo chupaba, la forma en que los dedos le masajeaban los testículos mientras la lengua trazaba el largo de la verga, lo llevó al límite en segundos. Intentó avisarle, jadeando el nombre de ella, pero Lucía solo levantó la vista con esos ojos brillantes y lo tragó entero hasta la base.
—Lucía, me vengo —
El orgasmo lo golpeó como un choque. Se derramó en la boca de ella en chorros calientes, y ella tragó cada gota con un gemido que sonó a satisfacción. Cuando por fin se apartó, se lamió los labios como si no quisiera perder nada. Damián la miró aturdido, la polla todavía palpitándole.
—Dios —murmuró, ayudándola a levantarse—. Eso fue…
Lucía sonrió, orgullosa. Antes de que pudiera decir nada, él la tomó de la cintura y la subió a la mesa de madera. El frío de la superficie la hizo estremecerse. Damián le abrió las piernas, se arrodilló entre sus muslos, y los dedos se deslizaron entre los pliegues empapados.
—Perfecta —gruñó, recogiendo la humedad con los dedos y llevándola hasta la otra entrada, masajeando el anillo apretado con cuidado—. Me vas a sentir adentro otra vez. Y esta vez no me vengo rápido.
Ella asintió, mordiéndose el labio, mientras él presionaba la punta contra la entrada trasera. El estiramiento fue lento. Insoportable. Damián no cedió. Empujó centímetro a centímetro, dejando que ella se acomodara, jadeando.
—Más —suplicó Lucía, las uñas arañando la madera—. Por favor, Damián.
Él obedeció. Se hundió hasta el fondo en un solo movimiento fluido. Lucía gritó. El cuerpo entero se tensó alrededor de él, tan apretado que Damián tuvo que detenerse a respirar.
—Joder. Me estás apretando tanto —gruñó, y empezó a moverse con embestidas largas, profundas.
Cada vez que se retiraba, el aire frío rozaba la entrada sensible de ella, solo para ser reemplazado por el calor cuando él volvía a entrar. Lucía no pensaba. Solo sentía: el ardor inicial dando paso a un placer oscuro, los nervios encendiéndose cada vez que él golpeaba ese punto adentro que la hacía ver destellos blancos. Los orgasmos la sorprendieron, uno atrás del otro. Damián la sujetaba por las caderas, las embestidas cada vez más erráticas.
—Me vengo —avisó, con la voz rota—. Adentro, Lucía.
Ella asintió. No podía hablar. Los músculos internos se apretaron alrededor de él cuando el primer chorro tibio la llenó. El último orgasmo la atravesó con una fuerza brutal, la espalda arqueándose, mientras Damián se vaciaba adentro de ella, gruñendo el nombre de ella como una plegaria. Cuando por fin se derrumbó sobre su cuerpo, sudoroso, Lucía solo atinó a rodearlo con los brazos, sintiendo cómo algo cálido le escurría por detrás.
—Eso —murmuró Damián contra su cuello, besándole la piel sudada—. Eso estuvo perfecto.
Lucía se quedó mirando el techo de la sala mientras él seguía pegado a ella, respirando agitado. Una vez más, pensó. Una sola vez más y paro. Pero ya sabía, mientras lo pensaba, que eso no iba a pasar. Nunca iba a parar. Y el miedo que sentía ahora —el miedo a su padre, a la casa, a la herencia— era distinto al de antes. Era el miedo a que no le alcanzara. A que tres días volvieran a sentirse como tres meses. A que la próxima vez ella fuera la primera en cerrar la puerta.