Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El strip poker que terminó en el departamento de Mateo

Hacía tres meses que había firmado los papeles del divorcio cuando Natalia me convenció de aceptar la invitación. Me dijo que conocía a un chico, Sebastián, y que venía con un amigo; que no iba a pasar nada si no queríamos, pero que por lo menos nos íbamos a reír un rato. Le dije que sí más para sacármela de encima que por ganas reales.

Me puse un pantalón de cuero negro y un top rojo que no usaba desde antes de casarme. Me pinté los labios del mismo rojo. Cuando me miré al espejo pensé que hacía años no me reconocía así. Natalia pasó a buscarme con un vestido bordó cortísimo y una sonrisa de complicidad.

—¿Lista para la aventura? —me preguntó.

Los dos aparecieron en una camioneta roja brillante, estacionada en la esquina del centro como si fuera una escenografía. Sebastián bajó la ventanilla y nos miró de arriba abajo con una sonrisa que no disimulaba nada.

—Suban, chicas, que el lugar al que vamos no espera.

En el asiento del acompañante iba Mateo. Pelo corto, piel morena, camisa de seda blanca desabrochada hasta el tercer botón. No dijo mucho al principio, pero cuando giró para saludarnos me di cuenta de que tenía los ojos más oscuros que había visto en mi vida.

El local estaba lleno, pero Sebastián le hizo una seña al guardia de seguridad y pasamos directo. Era evidente que lo conocían. Pedimos tragos en la barra principal. La música latina empezó a subir y Natalia desapareció en la pista con Mateo antes de que yo pudiera reaccionar.

Sebastián se inclinó sobre mi oído para que lo escuchara por encima de la música.

—¿Cómo estás de verdad? Natalia me contó que la pasaste mal.

Me sorprendió que fuera directo. La mayoría de los hombres con los que había hablado desde la separación se hacían los distraídos.

—Mejor de lo que pensaba —le dije—. Aunque esta noche es la primera vez en mucho tiempo que me visto así.

—Se nota que no se te olvidó cómo.

Le tomé la mano sin pensarlo. Él no la retiró. Estábamos así, mirándonos en silencio, cuando sentí un tirón en el hombro.

Era Gonzalo. Mi ex. Tenía la camisa manchada de alcohol y los ojos como dos brasas apagadas.

—¿Qué haces aquí? ¿Con quién dejaste al nene?

No sé cómo supo que estaba ahí. Alguna conocida en común, supongo. La cosa es que me agarró del brazo con una fuerza que me hizo gritar. Sebastián se levantó del taburete con una calma que hasta hoy no logro explicar.

—Suéltala —dijo, y nada más.

Gonzalo metió la mano en el bolsillo y sacó una navaja. Fue un segundo. Yo ni siquiera alcancé a asustarme cuando Mateo apareció por detrás, le retorció la muñeca y la hoja cayó al piso con un tintineo. Todo pasó tan rápido que los que estaban alrededor apenas se enteraron.

—Si te veo cerca de ella otra vez, te rompo la cara aquí mismo —le dijo Mateo al oído.

Los guardias se lo llevaron. Nadie llamó a la policía. Natalia me abrazó. Yo estaba temblando, pero no de miedo, sino de algo que no había sentido en años: la certeza absoluta de que alguien había estado dispuesto a romperse la mano por mí.

—No vamos a dejar que este imbécil nos arruine la noche —dijo Sebastián, y me pasó un trago nuevo—. ¿Seguimos?

Seguimos. No sé cuántos tragos más. Sé que Natalia y Mateo se besaron en medio de la pista sin ningún pudor, y que cuando Sebastián me besó a mí fue como si el local entero desapareciera. Le sabía la boca a whisky y a menta. Le mordí el labio inferior sin darme cuenta.

—Vamos a casa de Mateo —me susurró.

No pregunté. Asentí.

***

El departamento de Mateo era lo más ordenado que había visto en mi vida. Los libros alineados por tamaño, las copas de cristal en hilera detrás del vidrio de una vitrina, la alfombra color crema sin una mota. Natalia me miró de reojo y yo le sonreí: ese tipo de orden siempre me había dado ganas de desarmarlo.

Nos sirvieron tragos cortos, secos. Nos sentamos los cuatro en el sillón de cuero. En la mesa ratona había un mazo de cartas. Sebastián lo tomó con la misma arrogancia con la que había manejado la camioneta.

—¿Qué les parece un strip poker?

Natalia y yo nos miramos. La risa nos salió al mismo tiempo.

—¿Tan aburridos son que necesitan recurrir a esto?

—Aburridos no —dijo Mateo—. Pero la noche pide un poco de desorden.

Aceptamos. Por curiosidad. Por el alcohol. Por las ganas de ver hasta dónde eran capaces de llegar. Y por algo más que no me animaba a decirme en voz alta.

La primera mano la ganó Natalia. Mateo se sacó la camisa de seda blanca con una lentitud calculada, y reveló un torso que no pertenecía a un hombre de escritorio. Natalia se pasó la lengua por el labio.

La segunda la perdí yo. Me saqué los zapatos. Sentí el piso frío bajo los pies y un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima.

La tercera nos desarmó a las dos. Sebastián puso un trío de ases sobre la mesa. Me bajé el cierre del pantalón de cuero y lo dejé caer. Me temblaban las piernas mientras lo hacía. Sebastián se acercó como si fuera a ayudarme y me pasó la nariz por el cuello.

—Ya sabía que tenías perfume de peligro.

Natalia perdió el vestido bordó en la cuarta. Quedó en un conjunto de encaje negro que contrastaba con su pelo cobrizo. Mateo la tomó del mentón sin decir una palabra.

La quinta fue la decisiva. Ellos quedaron en bóxer. Nosotras en ropa interior. La temperatura del departamento había subido tres grados.

Entonces Sebastián apoyó las cartas sobre la mesa y nos miró fijo.

—Una mano más. La definitiva. Si perdemos nosotros, salimos los dos a correr desnudos por la avenida hasta la esquina.

Natalia soltó una carcajada.

—¿Y si perdemos nosotras?

—Ustedes dos nos hacen un oral, a los dos, aquí mismo. Sin escalas.

Nos fuimos al balcón a decidir. Tenía los pezones duros por el frío o por el morbo, no sabía distinguir. Natalia se rió con una risa nerviosa.

—Mira cómo estamos. Apenas podemos pensar.

—Si ganamos, los vemos corriendo desnudos por la avenida. Imagínate la cara de los vecinos.

—Y si perdemos... —me miró con picardía—, tampoco es que el castigo sea el peor del mundo.

Volvimos al living. Nos sentamos. Repartió Sebastián. Las manos me temblaban tanto que casi se me cayeron las cartas. Mateo tenía los ojos clavados en mí y Sebastián en Natalia.

Mostramos las cartas.

Perdimos.

***

No voy a contar todo lo que pasó esa noche, porque algunas cosas son mías. Pero sí diré lo esencial, porque es lo que todavía, meses después, me hace despertarme con el corazón acelerado.

Nos arrodillamos las dos sobre la alfombra crema, una al lado de la otra. Ellos se bajaron los bóxer al mismo tiempo, como si hubieran ensayado el gesto. Natalia me apretó la mano un segundo antes de soltarla. No era miedo. Era reconocimiento: las dos sabíamos que íbamos a cruzar una línea que después no se puede deshacer.

Cumplimos la apuesta con los ojos abiertos. Sebastián me agarró el pelo con la justa firmeza para guiarme, nunca para forzar. Escuché la respiración de Natalia al lado, entrecortada, mezclada con la de Mateo. Cuando levanté la mirada vi que él también la miraba a ella con la boca entreabierta. En ese momento entendí que la apuesta había sido una excusa; ninguno de los cuatro estaba ahí por una mano de cartas.

Nos pasamos al sofá. Sebastián me acostó de espaldas y me abrió las piernas con una calma que me puso más nerviosa que todo lo anterior. Mateo tenía a Natalia en cuatro sobre el apoyabrazos, con el pelo cobrizo cayéndole por la cara. Ella giró la cabeza para buscarme y nos besamos con los ojos abiertos. Nunca me había besado con una mujer. Me acuerdo de haberlo pensado en mitad de todo: esto también es nuevo, esto también es mío.

Los dos hombres se movían con un ritmo que parecía coordinado. Cuando Sebastián aceleraba, Mateo bajaba el suyo. Cuando Mateo hundía los dedos en el pelo de Natalia, Sebastián me mordía el hombro. En algún momento cambiamos de posiciones. En otro cambiamos de hombre. No sé en qué orden pasaron las cosas ni me importa. Sé que hubo un segundo en que los cuatro quedamos quietos, apretados, y sentí una paz rarísima, como si no hiciera falta nada más en el mundo.

Esto también soy yo, pensé. Y la idea me dio miedo y placer al mismo tiempo.

Amaneció cuando todavía estábamos en la ducha. Los cuatro apretados bajo el chorro de agua caliente, riéndonos por lo absurdo de la situación. Nos despedimos con besos en la mejilla y la promesa no dicha de que no íbamos a volver a vernos.

Sebastián me llevó a casa. En el auto casi no hablamos. Cuando paró frente a mi edificio, me miró y dijo:

—¿Estás bien?

—Mejor que bien.

Y era verdad.

***

Pasaron cuatro meses desde esa noche. No los volví a ver. Natalia me llamó una semana después para comprobar que ninguna de las dos se había arrepentido. Ninguna se arrepintió.

A veces, cuando vuelvo tarde del trabajo y paso por la avenida, pienso en ese strip poker. En la camisa blanca de Mateo cayendo al suelo. En la mano de Sebastián en mi nuca. En la risa de Natalia contra mi boca.

Pienso, sobre todo, en Gonzalo. En que sacó la navaja porque creía que todavía era dueño de algo que no le pertenecía hacía años. Esa noche no entendió nada. La verdad es que yo tampoco la había entendido hasta ese momento: no me fui del matrimonio porque estuviera rota. Me fui porque quería ser dueña de lo que hacía con mi cuerpo.

Esa noche en el departamento de Mateo lo confirmé.

Lo vuelvo a confirmar cada vez que me acuerdo.

Valora este relato

Comentarios (7)

Rosana_cba

Que buenisimo!!! me quede con ganas de mas

LoboNorte83

El final me voló la cabeza, muy bien contado. Se nota que es algo real, no inventado. Felicitaciones!

MatiasK

Primera vez que comento y lo hago por este relato. Me recordó a una situacion parecida que me toco vivir hace unos años... tremendo.

Tuti_lee

jajaja la parte de la alfombra!!! yo me muero en ese momento

NocheRara99

Lo que mas me gusto es que no exagera ni una coma. Describe lo que siente sin necesidad de adornarlo. Eso lo hace mucho mas creible que otros relatos que lei por aca.

KarlaS

Hay alguna continuacion? se me hizo cortisimo

Juanma_78

Excelente. Esperando la segunda parte ansiosamente jeje

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.