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Relatos Ardientes

Mi entrenadora me dio una clase que no estaba en el menú

Volví al gimnasio porque ya no me reconocía en el espejo. Había pasado un año desde que Julia me dejó y durante todo ese año había comido como si me quisiera enterrar en carbohidratos. Pesaba doce kilos más. Dormía mal. Me evitaba a mí mismo en los reflejos de los escaparates.

Hernán, un compañero de la oficina que ya había pasado por lo mismo dos divorcios atrás, me convenció para firmar un paquete de sesiones privadas en un gimnasio boutique del barrio alto.

—Es caro —le dije.

—Por eso funciona. Cuando duele en el bolsillo, vas.

Llegué el primer martes a las siete y cuarto de la mañana con la camiseta más ancha que encontré en el cajón. No quería que nadie me viera la barriga blanda. En la recepción me recibió una mujer alta, con trenzas largas recogidas en coleta y un acento caribeño que no supe ubicar del todo.

—¿Tú eres Andrés? Soy Camila. Tu entrenadora.

Le calculé veintisiete, puede que veintiocho. Tenía la piel oscura, brillante bajo las luces blancas del hall, y unos ojos que miraban de frente, sin pedir permiso. El uniforme del gimnasio —top negro y leggings— no escondía gran cosa: hombros anchos de nadadora, cintura corta, un culo firme que se notaba trabajado. Pero no fue eso lo que me descolocó. Fue la sonrisa. Camila tenía una forma de sonreír ladeada, como si se estuviera aguantando la risa por algo que solo ella sabía.

—Vamos al área de peso libre —dijo—. Hoy medimos y evaluamos. Todavía no entrenamos en serio.

La seguí mirándole las trenzas moverse sobre la espalda. Ya estaba metido en un lío que ni siquiera había empezado.

***

Durante las primeras tres semanas no pasó nada. O nada que pudiera contar en voz alta. Ella me tocaba para corregirme la postura: la mano plana en el abdomen cuando hacía sentadillas, los dedos en la cadera para fijarme la pelvis en los puentes de glúteos, el pecho pegado a mi espalda cuando me enseñó a bajar con la barra en el peso muerto.

—Tienes que apretar aquí —me decía apoyando la palma entre mis omóplatos—. Esta parte dormida está. Hay que despertarla.

Yo asentía y callaba, porque no podía decir lo que realmente estaba pensando: que la parte que se me había despertado no era esa.

Por las noches, en casa, me descubría planeando el martes siguiente. Qué camiseta iba a llevar. A qué hora iba a salir de casa. Qué le iba a contestar si me preguntaba por el trabajo. Cosas de adolescente. Yo tengo treinta y dos años y un crédito hipotecario y esa mujer me había devuelto a los dieciséis en tres sesiones.

El problema empezó el séptimo martes.

***

Llegué y el gimnasio estaba vacío. Literalmente vacío. La recepcionista no había abierto todavía y los otros dos entrenadores del turno de mañana se habían cancelado por un puente festivo que yo ni siquiera había registrado. Camila abrió la puerta con una llave propia.

—Pidieron todos el día libre —me dijo—. Aprovechamos que no hay nadie. Hoy trabajamos piernas con más peso. Sin distracciones.

Lo dijo con esa sonrisa ladeada suya y yo sentí algo que se me movía en el estómago.

Empezamos por la prensa de piernas. Me pidió que bajara a noventa grados y que aguantara. Se acuclilló delante de mí para mirarme la posición de las rodillas. Cuando levantó la vista, su cara quedó a la altura exacta de mi entrepierna.

Llevaba semanas controlándome en ese tipo de situaciones. Esa mañana no pude. Los shorts del gimnasio son finos. La erección se marcó entera, sin disimulo posible.

Camila no apartó la mirada. Ladeó la cabeza, como quien examina un detalle curioso. Cuando se levantó, lo hizo despacio, rozándome con el hombro sin querer queriendo.

—Andrés —dijo bajando la voz—. Mírame.

Levanté los ojos. Tenía un mechón suelto pegado en la sien por el sudor que ya había empezado a juntarse.

—¿Sí?

—¿Cuánto hace que estás así cada martes?

Me puse rojo hasta las orejas. Intenté taparme con la toalla que llevaba al hombro.

—Perdón, Camila, yo no quería…

Se rió. Una risa corta, casi un resoplido.

—No te disculpes, Andrés. Es un cumplido. Y yo no soy tonta. Llevo dos meses notándolo.

Dejó pasar un segundo. Luego se acercó un paso más.

—Te voy a preguntar una cosa y quiero que me contestes sin pensar. ¿Tú viniste aquí a recuperar el cuerpo o a recuperar algo más?

Las dos cosas, pensé. Las dos cosas, pero nunca me habría atrevido a decirlo en voz alta.

—Las dos cosas —dije.

—Eso pensaba —dijo ella—. Entonces escucha. Hoy te voy a ofrecer algo que no está en ningún paquete del gimnasio. Si dices que no, no pasa nada. Seguimos con el peso muerto y este minuto no ha existido. ¿Me sigues?

Asentí.

—Pero si dices que sí —siguió—, vamos ahora al vestuario de mujeres, que está vacío, y hacemos una clase distinta. Una que llevas pidiéndome sin palabras desde el segundo martes.

Se me secó la boca. El corazón se me había subido a la garganta.

—Sí.

Solo eso. Una sílaba. No hacía falta más.

***

Me agarró de la muñeca, no de la mano —de la muñeca, con una firmeza que no dejaba dudas sobre quién mandaba allí— y me llevó por el pasillo de azulejos hasta el fondo. El vestuario de mujeres olía a vainilla y a toallas recién lavadas. Echó el pestillo por dentro y se giró hacia mí.

—Quítate todo —dijo—. Despacio. Quiero verte.

Me quité la camiseta. Los shorts. Los calzoncillos. Me quedé de pie delante de ella bajo los fluorescentes del techo, con el corazón en la boca y una ridícula conciencia de cada lorza, de cada cana de la barba que no me había terminado de recortar. Hacía más de un año que nadie me miraba así.

Ella me dio vuelta con un gesto del dedo. Una vuelta entera, como si estuviera evaluando algo con calma. Cuando terminé, asintió despacio.

—No está tan mal. Tú no te ves, pero yo sí. Te lo digo para que lo sepas.

Se sacó el top con un solo gesto. Los pechos firmes, los pezones oscuros ya duros. Se bajó los leggings hasta los tobillos y salió de ellos sin apartar la mirada de la mía. Debajo no llevaba nada.

—Arrodíllate —dijo.

Caí de rodillas sobre las baldosas frías. Me agarró la cabeza con las dos manos y me acercó a ella. La lamí despacio al principio, como si estuviera probando un sabor nuevo. Ella se tensó y soltó un sonido bajo, casi un gruñido.

—Así —murmuró—. Más lento. No tengas prisa. Aquí no hay reloj.

La lamí durante un tiempo que no supe medir. Ella me guiaba con la mano que tenía en mi nuca: me acercaba, me apartaba, me marcaba el ritmo. Me metió dos dedos en la boca para que se los humedeciera y después me los llevó entre sus piernas, y yo los seguí con la lengua. Se corrió así la primera vez, agarrándose al banco de madera con una mano y a mi pelo con la otra, las piernas temblándole tanto que al final tuvo que sentarse.

—Levántate —me dijo con la voz ronca—. Ahora yo.

Me empujó contra la puerta cerrada. Se arrodilló delante de mí, me miró desde abajo durante un segundo largo —esa sonrisa otra vez, esa sonrisa que me había estado volviendo loco durante siete martes— y me la metió en la boca entera. Sin preámbulo. Sin pausa.

Cerré los ojos. Me iba a correr demasiado rápido.

—Para —conseguí decir—. Para o esto se acaba en treinta segundos y no me lo voy a perdonar.

Camila se apartó. Se pasó la lengua por los labios.

—Entonces pasamos a lo siguiente —dijo.

Se giró, apoyó las manos en el banco y arqueó la espalda. La miré un segundo, solo un segundo, antes de acercarme. Le puse las manos en las caderas. Ella me miró por encima del hombro, el mechón suelto otra vez sobre el ojo izquierdo.

—Despacio al principio —dijo—. Y después como tú quieras.

Entré despacio. Ella aguantó la respiración y la soltó en un gemido largo y controlado, como si estuviera acostumbrada a no hacer ruido. Empecé con calma, tal como me había pedido, pero a los tres minutos ya no podía sostener el ritmo, y cuando empujé más fuerte ella empujó contra mí al mismo tiempo.

—Sí —dijo—. Ahora sí, Andrés. Ahora sí.

Follamos contra el banco del vestuario, el espejo del fondo devolviéndonos reflejados y borrosos por el vapor de una ducha que alguien había dejado abierta. Ella se corrió otra vez, aguantando el grito con el antebrazo, y yo aguanté un poco más, lo justo para girarla y volver a tenerla de frente.

Quería verle la cara.

La subí al banco, le separé las piernas con las caderas y volví a entrar, esta vez mirándola a los ojos. Ella me abrazó con las piernas por la cintura. Me corrí así, mirándola, y ella me mordió el hombro para ahogar su propio gemido.

***

Nos quedamos un rato sin movernos. Ella con las piernas todavía alrededor de mi cintura, yo con la frente apoyada en la suya. Se le había deshecho una trenza.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Mejor de lo que he estado en un año.

Se rió. Esa risa corta otra vez.

—Eso era fácil. Llevabas un año de mierda. Se te notaba desde el primer martes.

Nos duchamos por separado, en cabinas distintas. Salí primero. Cuando me estaba abrochando la camisa delante del espejo, Camila apareció detrás de mí con el pelo mojado y una toalla enrollada al cuerpo.

—Andrés —dijo—. Escúchame bien. Esto fue una vez. No es una propuesta mensual. Yo soy tu entrenadora, no tu amante, y mañana seguimos siendo eso. ¿Nos entendemos?

Asentí. Lo entendía perfectamente. Y, sin embargo, sentí un pellizco que no pensé que iba a sentir.

—Ahora —siguió ella—, el martes que viene hacemos peso muerto con barra. Ven descansado. Te voy a partir las piernas. En el sentido legítimo de la expresión.

Sonrió con esa sonrisa ladeada y yo me reí —me reí por primera vez en meses— y salí del vestuario de mujeres con el pelo todavía mojado, antes de que empezaran a llegar los primeros socios del gimnasio.

Esa tarde, en la oficina, un compañero al que apenas conocía me preguntó qué me había pasado, que me veía distinto. Le dije que había empezado a entrenar en serio y que me iba bien.

Él asintió como si lo entendiera todo.

No entendía nada.

Hace tres meses de esto. He seguido yendo a las sesiones. Camila cumplió su palabra al pie de la letra: nunca más volvió a pasar nada, ni un roce de más, ni una mirada que durara un segundo de más. He perdido nueve kilos y ya duermo de un tirón.

Pero todos los martes a las siete y cuarto, cuando cruzo el pasillo camino del área de peso libre, me permito mirar la puerta del vestuario de mujeres durante un segundo. Solo uno. Lo justo para recordar quién era yo antes de ella y quién soy ahora.

Y después sigo andando.

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Comentarios (7)

GabyMar

jajaja el titulo solo ya vale la pena, increible!!

Tomas_1989

Buen relato, se nota que esta bien pensado. La tensión antes de que pase todo es lo mejor. Espero que sigas escribiendo.

FelipeMza

Por favor necesito la segunda parte, no puede quedar asi!!

Mia_lectora

Me encantó como lo narraste, se siente real sin ser burdo. Sigue así!

SergioPMX

El gimnasio ya no va a ser lo mismo jaja. Muy bueno!

RosaAmalia47

tremendo!!! justo lo que necesitaba leer esta tarde

NachoMDP

La categoría Confesiones es perfecta para este tipo de relatos. Se nota que sabes escribir, la narrativa es fluida y tiene buen ritmo. Ojalá escribas mas pronto.

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