La noche que el Demoledor rompió mis reglas
Llevo dos años trabajando de encargada en El Cruce de los Almendros, una parada de camioneros metida en mitad de la nada, donde los únicos clientes fijos son chóferes que atraviesan la comarca con cargamentos de fruta. Vi pasar a muchos hombres, pero a ninguno como él.
Se llamaba Kwame Obeng. Llegó una tarde de finales de agosto con su tráiler aparcado en diagonal, ocupando más sitio del que le tocaba. Piel muy oscura, brazos marcados bajo una camisa hawaiana descolorida, una argolla de oro atravesándole el tabique nasal. En el cuello, una cadena gruesa con un medallón que se balanceaba cuando caminaba. Y caminaba como si el suelo le debiera algo.
Yo ya sabía quién era. En el circuito lo apodaban «El Demoledor», y hacía tiempo que corrían historias sobre él. Algunas me interesaban más de lo que estaba dispuesta a admitir. Tenía una cuenta pendiente con Damián, un tratante de ganado de la comarca que fue mi socio hace años y que acabó arruinando mi vida. Pero esa es otra historia.
—¿Lo conoces, Soledad? —me preguntó Bruna desde la barra.
Bruna tenía veintiún años, el pelo con mechas rubias, un piercing en la nariz y unas tetas que no dejaba tapar por el delantal. Llevaba tres meses con nosotros y se acostaba con cualquier camionero que le prestara atención durante más de diez minutos.
—Digamos que lo tengo visto —respondí.
—¿Has visto el paquete que marca? Una amiga me dijo que no te puedes morir sin haber probado un hombre así.
Sonreí sin contestar. Sabía perfectamente cómo iba a terminar la noche. El cocinero ya había cerrado, el otro camarero se había ido y Bruna vivía en el cuarto de arriba, donde hasta hacía poco dormía yo.
Kwame seguía en su mesa con el café cuando empezamos a recoger. Lo vi cruzar unas palabras con Bruna junto a la puerta de servicio. Ella se reía con esa risa torpe que le salía cuando bebía. Diez minutos después, él se dirigía a la escalera exterior y ella subía detrás.
Me fui a mi piso en Villa Carrasca sin saber que la historia no iba a terminar esa noche.
***
A las ocho de la mañana, Bruna me mandó un mensaje con una foto. Ella en ropa interior, con el pelo revuelto, y al lado la polla de él apoyada sobre su brazo para mostrar el tamaño. Junto al envase de un condón Durex XL.
—Ha sido una bestia, Soledad. Me ha reventado.
Le contesté algo sobre que se duchara y durmiera. Pero la foto la guardé. No sé por qué.
***
Kwame volvió tres días después. Entró con otra camisa, más ajustada, negra y con un logo de preservativos. Vaqueros que marcaban el bulto y una hebilla grande con forma de cabina de camión. Pasó junto a Bruna sin mirarla y se sentó en una mesa que servía Teodoro.
Teodoro era el camarero del turno de tarde. Veintiún años, muy delgado, guapo de cara, afeminado en cada gesto. Llevaba coleta y caminaba con ese aire particular que Bruna y yo siempre habíamos defendido. Era el único con quien podíamos hablar sin acabar apartándole la mano.
Observé cómo Kwame le hablaba. No escuché lo que decía, pero vi la cara de Teodoro cuando volvió a la barra: sonrojado, confuso, los ojos brillantes.
—¿Qué te ha dicho? —le pregunté.
—Que me lleva a casa cuando termine. Mi moto está en el taller.
—Teodoro…
—Ya lo sé, Soledad. Ya lo sé.
A las cuatro de la tarde, Kwame hizo sonar la bocina del tráiler en el aparcamiento. Teodoro se subió con el bolso al hombro. Bruna y yo los vimos desde la ventana.
—No me lo puedo creer —murmuró Bruna.
—Para este tipo, cualquier trinchera es buena —dije yo.
—Lo va a partir en dos.
Teodoro volvió al día siguiente caminando raro. No habló del tema. Pero durante el desayuno me mandó un mensaje desde la cocina: Ten cuidado si se fija en ti. No es como los demás.
***
Esa misma tarde, Kwame regresó a la parada. Se sentó en una mesa de Teodoro, pero Teodoro tenía el día libre. Le atendí yo.
—¿Te pongo el menú?
—No como cerdo.
—Tenemos pescado. Merluza.
—Pues eso.
Mientras le servía, estudié su cara. Ojos pequeños pero muy vivos, mandíbula cuadrada, una cicatriz finísima en la barbilla. Era atractivo de una manera que no se clasificaba con los adjetivos normales. Era peligroso, esa era la palabra.
—Te tengo vista de algún sitio —dijo cuando le llevé el café—. De otro tiempo. Con más glamour.
—Puede ser.
—Entonces Teodoro estará de baja por preñez —añadió con media sonrisa.
—No sé, tú lo sabrás mejor.
—Tú también sabrás mucho, si mal no recuerdo. Damián el tratante te reventó el culo hace unos cuantos años, ¿o me equivoco?
Sentí cómo se me escapaba el aire de los pulmones. Me fui sin contestar. Cuando me giré desde la barra, vi que tenía la mirada clavada en mí. Algo había cambiado. Ya no era otra presa para él. Teníamos un enemigo común.
—Esta noche hablamos —me dijo antes de salir—. En la fiesta del pueblo.
***
Villa Carrasca celebraba sus fiestas patronales ese fin de semana. Cuatro casetas, una barra improvisada y una verbena en la plaza del ayuntamiento. Yo no solía ir; nunca había congeniado con los vecinos. Me consideraban altiva, relamida y, sobre todo, una zorra de cuidado por vivir sola a mis cuarenta y dos años.
Pero esa noche me puse un vestido negro corto, con escote, y bajé.
Kwame llegó sobre las once. Los faros de su tráiler iluminaron la calle colindante antes de que él apareciera en la plaza. Camisa abierta, colonia barata, la cresta teñida recién recortada. Caminaba entre la gente como si fuera el único que tuviera derecho a estar allí.
Me encontró junto a la barra.
—¿Mala experiencia con ese hijo de puta? —preguntó sin rodeos.
—Negocios. Y las consecuencias las pagamos con carne.
—Y ahora te toca servir mesas a tu edad.
—¿Me ves muy vieja?
—Estás cojonuda, al menos vestida.
En ese momento pasó Teodoro. Caminaba ligeramente rígido. Se acercó a saludar, cruzó dos palabras con nosotros y se fue. Kwame lo siguió con la mirada.
—Si no le baja la regla, que me llame —dijo—. Soy de los que asumen las consecuencias.
—Eres un cabrón.
—Todo agujero que lo valga.
—Tengo una cuenta pendiente con Damián —le corté—. Supongo que tú también.
—La saldaré en su momento.
—Entonces tenemos algo en común.
Me miró fijamente. Por primera vez desde que lo conocía, noté que calculaba. Que pensaba si yo era una presa más o algo distinto.
—Puedes invitarme a tu casa —dijo finalmente—. Mañana salgo temprano.
—Veo que lo exiges, ni preguntas.
—Soy tu mejor opción. Aquí solo hay cuatro desgraciados.
No se equivocaba. En los dos años que llevaba en Villa Carrasca, me había acostado con dos hombres casados del pueblo y con algún joven de paso. Nada memorable. Acepté sin fingir reticencia.
***
Mi piso era pequeño, dos habitaciones mal orientadas en un segundo sin ascensor. Subimos en silencio. Abajo, en la plaza, empezó a sonar un bolero que entraba por la ventana del salón.
Nos besamos nada más cerrar la puerta. Él me sujetó la nuca con una mano, con firmeza, y con la otra me apretó el culo por encima del vestido. Yo le desabroché el cinturón y le saqué la polla por encima de los pantalones. Era exactamente como en la foto de Bruna. Quizás más.
—Al dormitorio —susurré.
Me arrancó el vestido de un tirón. Llevaba sujetador negro y un tanga a juego. Me desabrochó el sujetador con una soltura que solo da la costumbre. Me pellizcó un pezón hasta hacerme gemir, ladeó el tanga y me metió un dedo.
—Mojas.
—No te creas tanto.
Se rio. Fue la primera vez que lo oí reír de verdad.
Se quitó la ropa sin prisa, como si quisiera que lo mirara. Pectorales duros, abdomen marcado sin exageración, un escorpión tatuado en el omóplato izquierdo. La polla se le movía cada vez que cambiaba de postura. Me acerqué y se la agarré con las dos manos. Pesaba.
Lo tumbé en la cama y me coloqué encima del revés, un sesenta y nueve improvisado. Tenía la boca llena cuando empecé a sentir su lengua entre mis piernas. Era más hábil de lo que esperaba. Sabía exactamente dónde ir, cuándo detenerse, cuándo volver. Me temblaron los muslos antes de lo que quería admitir.
—Ven aquí —me dijo.
Me puse a cuatro patas al borde de la cama. Él se colocó detrás, me abrió las nalgas y entró de una sola vez, sin preguntar si estaba lista. Yo ya lo estaba.
—Dios —jadeé.
Empezó a embestir con un ritmo que no dejaba margen a la ternura ni a la negociación. Los cohetes de la fiesta reventaban fuera y cada explosión iluminaba la habitación con un destello naranja. Me agarró del pelo y me obligó a arquearme. Yo gritaba sin vergüenza.
—Me vengo —le avisé—. Me vengo ya.
Se corrió justo después, con un rugido que pareció salir de otro cuerpo. Se quedó dentro unos segundos más y después se desplomó a mi lado, la frente perlada de sudor.
—¿Teodoro tenía razón? —le pregunté cuando recuperé el aire.
—¿En qué?
—En que no eres como los demás.
—Los demás no tienen cuenta pendiente con Damián.
Nos quedamos en silencio. Abajo, la música cambió a una canción más alegre. Alguien gritaba en la plaza. Kwame se levantó, se vistió con la misma calma con la que se había desnudado y se giró antes de salir.
—En unos días vuelvo a la zona este —dijo—. Si tienes algo que proponer sobre Damián, piénsalo bien.
—Lo pensaré.
—Me gusta la gente que piensa bien las cosas.
Cerró la puerta. Oí sus pasos bajar las escaleras. Después, el claxon del tráiler atravesó la noche y supe que en la plaza todos lo habían oído.
***
Al día siguiente, los rumores en la parada eran imposibles de contener. «La encargada se fue con el del camión», «la cuarentona se ha vuelto loca». Bruna me miró con media sonrisa cuando llegué al turno.
—¿Y? —preguntó.
—Y nada.
—No me vengas con esas.
—Nunca os conté toda la historia sobre por qué dejé la ciudad.
—No, nunca.
—Algún día te la cuento.
La verdad es que no se la conté. Nunca se la voy a contar. Lo que sí hice, unas semanas después, fue recibir otro mensaje de Kwame desde una parada en la costa. Dos palabras y la dirección de un bar de la ciudad donde todo había empezado hace años.
Esa es otra confesión para otra noche.