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Relatos Ardientes

El escritor que me hacía arder sin saber que existía

Hace tres años recibí una notificación de alguien que no conocía. Era una solicitud de seguimiento, nada más, de esas que llegan a diario por los bordes invisibles del algoritmo. Tenía cinco minutos libres antes de la cena y por pura pereza abrí el perfil antes de rechazarlo.

No había fotos suyas. O las había, pero cualquiera con dos dedos de frente podía notar que no le pertenecían: un hombre de espaldas al mar, otro escribiendo con la capucha puesta, una sombra alargada contra una pared blanca. Todas elegidas con cuidado para no mostrar nada. El resto del perfil eran frases cortas sobre un fondo negro. Fragmentos. Poemas. Microrrelatos.

Erótica.

Pero no la erótica barata, la de emojis y caras borrosas. Era otra cosa. Palabras que entraban por los ojos y se instalaban en la parte baja del estómago. Palabras que parecían escritas para una sola persona, aunque las leyeran mil.

Leí el primer post y se me cerró la garganta.

Describía la espera de una mujer que no podía dormir. Decía que la mujer miraba el techo y se mordía el labio inferior hasta sacarse sangre. Decía que el cuerpo recuerda mejor que la memoria. Decía que las mujeres que esperan son las que más saben.

Acepté la solicitud sin pensarlo dos veces. No fue generosidad. Fue curiosidad con las tripas apretadas.

Esa misma noche, cuando Mariano ya dormía y la casa estaba en ese silencio denso que solo tienen las casas de barrio a las tres de la mañana, volví a su perfil y leí todo lo que había publicado ese mes. Eran más de cuarenta entradas. Tardé dos horas. Cuando cerré el teléfono, tenía la respiración acelerada y la espalda mojada, y no me había tocado.

***

De aquella primera noche hasta hoy han pasado mil días. Los conté una vez, porque soy obsesiva con las cuentas, y porque necesitaba ponerle una cifra a algo que no tenía forma.

No sé cómo se llama. No sé dónde vive. No sé qué edad tiene. Sospecho que anda por los treinta, porque en alguno de sus textos menciona de pasada una década que viví adolescente, pero podría estar equivocada. Dice, en las pocas veces que ha respondido preguntas de sus seguidoras, que es alto. Que entrena. Que le gusta el mar, aunque no vive cerca. Que lee todos los días. Que escribe sobre mujeres a las que nunca va a conocer.

Yo soy una de esas mujeres.

Nunca le di like. Nunca comenté. Nunca le escribí un mensaje. Ni una sola vez en tres años.

Las otras sí. Cientos. Miles, quizá. Mujeres que le piden que les dedique un poema, que les escriba algo personal, que les confiese si alguna de sus historias es real. Él responde a pocas. Con educación, con distancia, con esa cortesía que tiene la gente que ha aprendido que el silencio es más poderoso que la respuesta.

Yo prefiero ser su sombra.

Hay algo adictivo en permanecer invisible. No es timidez, o no es solo timidez. Es la certeza de que, si él me contestara, si me respondiera aunque fuera con un emoji, se rompería algo. Algo delicado, algo que solo existe mientras él no sepa quién soy.

Lo miro desde atrás del cristal, como esas chicas de las películas que se quedan en la puerta de la discoteca mirando bailar a los demás. Guardo sus publicaciones en una carpeta oculta del teléfono. La carpeta se llama «recetas» para que nadie se anime a abrirla. Dentro hay más de trescientas capturas. A veces me pregunto si seré la única que hace eso, o si habrá otras mujeres en ciudades que no conozco haciendo exactamente lo mismo, coleccionando sus palabras como se coleccionan cartas de un amante que no existe.

***

Mariano y yo llevamos casados once años. Nos queremos, supongo. Nos reímos juntos, nos pasamos las llaves cuando uno sale a trabajar, dormimos abrazados los domingos. No nos gritamos. No nos engañamos. No nos traicionamos más allá de ese aburrimiento callado que se instala en las parejas después de la primera década y que nadie se atreve a nombrar.

Con él hago el amor los martes y los viernes. Eso decidimos, hace años, cuando dejamos de ser salvajes y empezamos a ser funcionales. Dos veces por semana, casi siempre en la misma posición, casi siempre con la luz apagada. No es malo. Termino. Él también. Después me da un beso en el hombro y se duerme.

Con él nunca me tocaba sola. Antes de mi poeta anónimo, quiero decir.

Ahora lo hago casi todas las noches.

Espero a que Mariano se duerma. Escucho su respiración hasta que se vuelve profunda, esa respiración de submarino que le conozco de memoria. Entonces me llevo el teléfono al baño, me siento en el borde de la bañera y abro la carpeta de recetas.

Empiezo por cualquier lado. A veces releo un fragmento que ya me sé de memoria, uno en el que describe cómo una mujer se desnuda mirándose al espejo y no se reconoce. Otras veces abro un post nuevo, uno que subió esa misma tarde, y lo leo despacio, con la mano apoyada en el muslo, sin moverme todavía, esperando que mi cuerpo me pida permiso.

Hay noches en las que no necesito mucho. Dos frases, tres, y ya estoy buscando debajo del pijama. Hay otras en las que leo durante una hora sin moverme, porque la anticipación es más intensa que cualquier otra cosa. Aprendí eso de él: que esperar también es hacerlo.

Cuando termino, me lavo la cara, me miro en el espejo y hago como si nada. Vuelvo a la cama, me meto debajo de las sábanas con cuidado de no despertar a Mariano y miro el techo. El mismo techo que lleva mirando esa mujer de la primera publicación que leí, hace ya tres años.

Empiezo a pensar que esa mujer soy yo.

***

A veces tengo miedo.

Miedo de volverme loca. Miedo de estar idealizando a un hombre que quizá es bajo, calvo, malhumorado, infeliz. Miedo de que un día suba una foto real y todo se rompa. Miedo de que deje de publicar. Miedo de que publique algo y yo lo interprete como una señal directa y me equivoque de la peor manera.

Una noche, hace seis meses, estuve muy cerca de escribirle.

Había publicado un texto sobre una mujer que miraba el perfil de un desconocido todas las noches y que nunca le escribía. Describía cada gesto. Describía cómo se mordía la uña del pulgar, cómo se quitaba los anteojos para acercar más la cara al teléfono, cómo a veces sonreía sola y después se avergonzaba de haber sonreído. Yo hago todo eso. Lo hago exactamente así.

Era imposible que me estuviera describiendo a mí. Es imposible. Tendría que haber una cámara dentro de mi habitación. Tendría que saber quién soy, y no sabe. No puede saber.

Y, sin embargo, cada frase era yo. Cada pausa. Cada silencio que él imaginaba, yo lo había tenido.

Esa noche abrí el chat privado. Escribí: «¿Cómo sabes?».

Borré la pregunta antes de enviarla. Bloqueé el teléfono. Salí del baño. Me metí en la cama y me quedé rígida como un muerto hasta que amaneció.

Al día siguiente, él publicó otra cosa y yo seguí siendo su sombra.

***

Lo que más me gusta de él, si puedo decir que me gusta algo de alguien que no existe del todo, es que escribe como si supiera esperar.

No se apura. No describe cuerpos de golpe. Se detiene en los bordes. En cómo una mujer se ata el pelo antes de entrar en la habitación. En cómo se quita una media lentamente, pensando en otra cosa. En cómo se huele la propia piel después de una ducha larga. Cosas pequeñas, cosas de las que una sola se da cuenta cuando está sola.

Cuando lo leo, no me siento leída. Me siento vista. Y eso es peor, porque Mariano me mira todas las noches y no me ve nunca.

Ayer publicó algo que me dejó mal durante todo el día. Decía: «Hay mujeres que se pasan años esperando la señal que nunca va a llegar. No porque la señal no exista, sino porque decidieron, sin saberlo, ser el decorado y no las protagonistas».

Lo leí tres veces en el trabajo, encerrada en el baño del piso. La cuarta vez lo leí en voz alta, en un susurro, para ver si escucharlo sonaba distinto que leerlo. Sonaba peor.

Esa tarde, cuando volví a casa, me quedé parada en la puerta de la cocina mirando a Mariano preparar la cena. Tarareaba algo. Cortaba cebolla con esa eficiencia tranquila que tiene para todo. Me quería. Yo lo quería.

Pero yo también era decorado.

***

Hace dos meses, mi hermana me descubrió en la cocina de su casa mirando el teléfono con la cara que pongo cuando lo leo a él. Dejó la taza sobre la mesada y me miró en silencio hasta que levanté la vista.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Sí, cansada.

—¿Hay alguien?

—No.

Las dos respuestas eran ciertas y las dos eran mentira.

Cuando me fui, mi hermana me abrazó un segundo más de lo normal. Pensé que quizá ella también tenía un perfil oculto en el teléfono, alguien a quien leía a escondidas, una carpeta con nombre ridículo donde guardaba capturas. No se lo pregunté. Algunas cosas son más bonitas cuando nadie las dice en voz alta.

***

Esta noche, Mariano está de viaje.

Eso me lo he repetido tres veces desde que me senté en la cama con el teléfono. Mariano está de viaje, la casa es mía, nadie me escucha, nadie me va a preguntar por qué tardo tanto en dormirme.

Abrí su perfil hace dos horas. Leí lo que publicó esta mañana. Después leí lo que publicó la semana pasada. Después empecé a releer cosas viejas, cosas de hace dos años, cosas de la primera época, cuando yo apenas lo conocía.

Y ahora mismo, mientras pienso todo esto, tengo el cursor del chat privado abierto en la pantalla.

No he escrito nada todavía. Miro el rectángulo blanco. Miro el teclado. Miro el ícono de avión que se supone que es para enviar.

Pienso en todas las cosas que podría decirle. Que lo leo desde hace tres años. Que soy la seguidora fantasma que nunca dio like. Que tengo una carpeta en el teléfono llamada «recetas». Que muchas veces, en la oscuridad del baño, he terminado con sus palabras en la cabeza.

Pienso también en todas las cosas que no le quiero decir. Que estoy casada. Que tengo treinta y siete años. Que cada vez que Mariano me toca intento imaginar que son las manos de un hombre que no sé cómo es. Que su voz me la inventé yo, grave y tranquila, y que si un día me llamara por teléfono y sonara distinto, me moriría.

Pienso en si estaré lista para romper tres años de silencio por un mensaje que, con suerte, tendrá una respuesta cortés.

Pienso en si, después de romperlo, seguiré siendo capaz de tocarme escuchando la voz que me inventé.

Cierro la tapa del teléfono.

No lo apago. Lo pongo boca abajo sobre la mesita de noche y me quedo mirando el techo, ese mismo techo que lleva mirando desde hace tres años la mujer que no sabía todavía que era yo.

Tal vez mañana.

Tal vez nunca.

Tal vez eso es exactamente lo que él quiere de nosotras.

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Comentarios (7)

NocturnaBA

tremendo!!! me llegó al alma este relato

CamilaLect

Por favor seguí escribiendo, quiero saber si ella algún dia le escribe. Me quedé con mucha intriga

Pepo

jajaja me pasó algo parecido con una cuenta de instagram, meses leyendo sin dar un solo like. La ansiedad de que te descubran es parte del juego

curiosa87

y nunca le mandaste nada? ni un me gusta? eso requiere una fuerza de voluntad increible

LecturaK

Se siente tan real, como si fuera algo que le pasó a alguien cercano. Muy bien escrito!

Ricky_BA

que intenso todo esto

marianela22

La tensión entre el deseo y el silencio está muy bien lograda. Sigo esperando que algún dia ella le escriba. Sigue así!

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