Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi novia confesó que quería verme con otro hombre

Me llamo Andrés. Tengo treinta y dos años, mido casi metro noventa y, hasta hace seis meses, creía conocerme bastante bien. Trabajo como arquitecto técnico en un estudio pequeño del centro, llevo una vida ordenada y nunca en mi vida me había pasado por la cabeza nada que no fuera estrictamente heterosexual. Y entonces apareció Romina.

Romina tenía veintiocho años, era bajita, con el pelo castaño cortado a lo chico y unos ojos de un verde agua que te desarmaban en dos segundos. Nos conocimos en el cumpleaños de un compañero del estudio, en un bar de vinos al que nunca había entrado. Yo estaba en la barra pidiendo una copa cuando ella se me pegó al costado, apoyó el codo en mi brazo con una naturalidad descarada y me soltó, sin presentarse siquiera.

—Si vas a seguir ignorándome toda la noche, por lo menos invitame a uno.

Dos horas después estábamos encerrados en el baño del local. Ella tenía las manos apoyadas en el espejo y yo la embestía desde atrás, escuchando su respiración rebotar contra los azulejos. Cuando terminamos y ella se acomodó la pollera como si no hubiera pasado nada, me miró con una sonrisa torcida.

—Vení a desayunar mañana.

Al mes siguiente yo tenía media vida metida en su departamento.

Romina era distinta a todas. Tenía una curiosidad sexual que no se agotaba nunca y una falta total de vergüenza que al principio me descolocaba. Me despertaba a las cuatro de la mañana con la mano entre mis piernas. Se masturbaba a mi lado mientras yo intentaba terminar un plano, sin dejar de mirarme a la cara, a ver cuánto tardaba yo en rendirme. Siempre ganaba ella.

Una noche de sábado, después de cenar en la terraza y fumarnos un porro con la película de turno como excusa para no mirarnos, se acomodó contra mi pecho y me dejó caer la frase con una naturalidad escalofriante.

—A veces miro porno de chicos cuando estoy sola.

Tardé varios segundos en procesarlo. No porque me molestara, sino porque no sabía qué se suponía que tenía que contestar.

—¿Porno gay?

—Puro. Dos tipos, nada de mujeres. —Levantó la cabeza para mirarme, sin ningún rastro de culpa—. Me calienta como nada. La manera en que se la chupan, cómo uno le abre al otro sin pedirle permiso. Me pone mojada en segundos.

Ahí tendría que haber dicho algo inteligente. No dije nada.

—¿Y sabés qué es lo que más me calienta? —siguió ella, bajando la voz—. Imaginarte a vos haciendo eso. Me vuelvo loca pensando en verte arrodillado, con la boca llena, aprendiendo a tragarla para mí.

Me quedé sin aire. Y lo peor fue que se me puso dura antes de que yo tuviera tiempo de decidir si aquello me incomodaba o no. Ella lo notó, porque sintió el empuje contra su muslo, y se rio bajito contra mi cuello.

—Mirá, mirá… ya estás pensándolo.

Así empezó todo.

***

Las primeras semanas fueron un juego lento. Romina no me presionaba; me encendía. Durante el sexo empezó a hacerme cosas nuevas. La primera vez que me metió un dedo mojado mientras me la chupaba, pegué un salto y casi me desconecto del momento. Al tercer intento, ya estaba empujándome contra su mano sin darme cuenta.

—Imaginate que no es mi dedo —me susurraba, con los labios apoyados contra mi oreja—. Imaginate que es otra cosa dura, abriéndote despacito para mí.

No sé en qué momento dejé de sentir incomodidad y empecé a sentir curiosidad. Para cuando me di cuenta, tenía un plug dentro cada vez que llegaba a casa del trabajo. Ella me lo ponía por la mañana, antes del desayuno, con una ternura paciente que me desarmaba. Me besaba la nuca mientras lo empujaba y me susurraba al oído que me portara bien. Yo salía al estudio caminando raro, sintiéndolo con cada paso, pensando en su voz durante las ocho horas siguientes.

Una noche de jueves, después de un baño larguísimo en el que ella misma me afeitó con una delicadeza que me emocionó, me hizo arrodillarme al pie de la cama. Tenía un collar de cuero fino entre las manos, comprado sin avisarme. Me lo cerró con cuidado, me empujó suavemente hacia el colchón y me abrió las piernas con las rodillas. Cuando escuché el ruido de las correas ajustándose en sus caderas, supe lo que venía.

—Esto ya no es un juego, Andrés —me dijo, acariciándome la espalda—. Si querés que pare, paramos ahora. Después no.

Yo no quería que parara. Se lo dije sin palabras, moviendo las caderas hacia atrás.

Me penetró despacio, con una paciencia que yo jamás había tenido con nadie. Me sostuvo contra el colchón mientras me iba abriendo, centímetro a centímetro, hablándome todo el tiempo, llamándome cosas que yo nunca había pensado que me gustaría escuchar. Cuando llegó al fondo y se quedó quieta, apoyada sobre mi espalda, sentí que algo en mí se rompía y se rearmaba al mismo tiempo. Mi verga estaba durísima, colgando, goteando sobre las sábanas sin que nadie la tocara.

—Sos mío —susurró, y empezó a moverse.

Me vine sin que me tocara. Dos veces seguidas, con una diferencia de segundos. El primer chorro me sorprendió tanto que pensé por un instante que me había orinado encima. El segundo me dejó tirado sobre la cama, temblando, incapaz de hablar durante varios minutos.

Romina se sacó el arnés, se acostó a mi lado y me besó la frente con una calma de monja.

—El viernes que viene te voy a presentar a alguien —dijo en voz baja, como si fuera la cosa más normal del mundo—. Un amigo. Confío en él y sabe exactamente lo que yo quiero ver.

Asentí contra su hombro. No me preguntó si estaba de acuerdo. No hizo falta.

***

El viernes llegué del estudio a las siete. Romina había puesto música baja, velas en la mesa ratona y me esperaba con una copa de vino. Me hizo desnudarme en el vestíbulo y arrodillarme sobre la alfombra del salón. Me puso el collar, me deslizó un plug nuevo —más grueso que los anteriores— y se sentó en el sillón a mirarme mientras esperábamos que sonara el timbre.

Sonó a las ocho y veinte.

Ella abrió la puerta sin levantar la voz. Escuché una conversación tranquila, el ruido de unos zapatos al entrar, y entonces apareció Julián.

Tendría treinta y seis o treinta y siete, era alto, de hombros anchos y cintura marcada. Llevaba una camisa oscura remangada hasta los antebrazos y unos vaqueros que le caían como si se los hubieran hecho a medida. Cuando me vio arrodillado en el centro del salón, con el collar y la pija parada contra el vientre, se quedó mirándome un par de segundos y después sonrió.

—La verdad es que está mejor de lo que me contaste —le dijo a ella.

Romina se acercó por detrás, me acarició el pelo y me besó la coronilla.

—Es mío —dijo—. Pero por hoy te lo presto.

Julián empezó a desvestirse sin apuro. Camisa primero, después el cinturón, después los pantalones. Cuando quedó desnudo, apoyó una mano en el respaldo del sillón y se me quedó mirando con la calma de quien ya ha hecho esto mil veces. Su verga colgaba pesada, a medio hincharse, y mi cerebro, por primera vez en treinta y dos años, registró el detalle con una mezcla de susto y urgencia.

Romina se arrodilló a mi lado, me tomó la cara con las dos manos y me obligó a mirarla.

—Vas a hacerlo bien, ¿no, amor? —me preguntó despacio, en un susurro tierno—. Así como aprendimos. Despacio al principio. Probando. Sin apuro.

Asentí con la cabeza. No me salían palabras.

Julián se acercó dos pasos y me apoyó la punta contra los labios. Olía a jabón limpio, a piel tibia, a algo salado debajo. Abrí la boca sin pensar. La cabeza entró despacio. El sabor me golpeó: concentrado, ligeramente amargo, humano. No fue asqueroso. No fue hermoso. Fue real, y eso me sacudió más que cualquier otra cosa.

—Así —murmuró Romina contra mi oreja, mientras Julián empezaba a moverse despacio—. La lengua plana. Rodeala. Respirá por la nariz.

Yo obedecí todas las instrucciones como si me las estuviera dictando una profesora. Cerré los ojos y me concentré en hacerlo bien. Cada tanto sentía su mano acariciándome la nuca, guiándome, empujándome un poco más hondo cuando Julián soltaba un gruñido de aprobación.

Mientras me tenía la boca ocupada, Romina se fue poniendo el arnés. La escuché ajustarse las correas, y cuando volvió a arrodillarse detrás de mí ya sabía lo que venía. Me sacó el plug sin avisar, me abrió con dos dedos lubricados y, con una precisión que ya le conocía, me montó.

El cuerpo se me dobló hacia adelante. Lo único que evitó que me cayera fue la mano de Julián apoyada en mi nuca, sosteniéndome firme contra su cintura.

Me cogieron los dos a la vez durante mucho tiempo. Julián me sostenía la cabeza y se movía con un ritmo paciente, profundo, llenándome la garganta hasta hacerme lagrimear. Romina, detrás, me clavaba el arnés una y otra vez, apuntando siempre al mismo lugar, el que había aprendido a encontrar sin mapa. Mi verga, olvidada, goteaba sobre la alfombra en hilos largos y pesados que se fueron acumulando debajo de mí en un charco que no quise mirar.

—Mirá cómo se lo traga, Juli —jadeaba ella, sin detener el ritmo—. Mirá cómo aprendió. Te juro que no te imaginás lo mucho que le costó la primera vez.

Julián contestó con un gruñido y me apretó la nuca un poco más fuerte.

Cuando me vine, lo hice sin que nadie me tocara. Fue un orgasmo que no se parecía a ninguno de los que había conocido en mi vida. Me empezó en un punto profundo que Romina había encontrado semanas antes y me subió por la columna hasta la nuca, dejándome ciego por unos segundos. Los dos lo sintieron. Julián soltó una puteada y se vino casi inmediatamente, inundándome la boca con un calor espeso que me resbaló por la barbilla antes de que llegara a tragar. Romina, detrás, siguió moviéndose hasta el final, gritando mi nombre mezclado con cosas que nunca le había escuchado decir.

Cuando se separaron de mí, me quedé en el piso, sobre los talones, con la boca entreabierta y la espalda inclinada hacia adelante. No podía moverme. Tardé varios minutos en darme cuenta de que estaba llorando un poco, sin saber bien de qué.

Romina se acostó en el piso al lado mío, me besó la sien despacio, me limpió la cara con la mano y me habló como si me hubiera ganado una medalla.

—Perfecto, amor. Mi amor hermoso.

Julián se vistió en silencio. Antes de salir, me apretó el hombro con un gesto casi cariñoso y le dijo a Romina, en voz baja:

—Cuando quieras repetir, llamame.

***

Esa madrugada, mientras Romina dormía contra mi pecho con una tranquilidad obscena, me quedé mirando el techo del dormitorio sin poder cerrar los ojos.

Me dolía todo. Tenía el sabor de otro hombre pegado a la garganta. Tenía una mezcla rara de vergüenza, orgullo y una excitación que no terminaba de apagarse. Pensé en mi vida de hace seis meses: el estudio, los planos, los partidos de los domingos con mis amigos, las cenas de los domingos con mi familia. Pensé en quién había sido yo hasta entonces. Y pensé, con una honestidad que me costó asumir, que nunca me había sentido tan entero como en ese momento, con el cuerpo roto y la cabeza en blanco.

No sé si lo que Romina despertó estaba dentro de mí desde siempre, esperando. No sé si ella lo inventó. Tampoco sé si importa.

Lo único que sé es que me quedé horas despierto, con ella respirando contra mi piel, y que cuando por fin empecé a quedarme dormido, lo último que pensé no fue en Julián, ni en el orgasmo, ni en el dolor que todavía no se me había ido.

Pensé en la semana siguiente. Y en cuántas veces Romina me lo iba a pedir de nuevo.

Y en que, la próxima vez que me lo pidiera, yo iba a decir que sí antes de que terminara la pregunta.

Valora este relato

Comentarios (8)

NocturnaBA

que fuerte, me dejo pensando todo el dia!!

Tomás_Nocturno

Por favor continua esto, quede con las ganas de saber como termino todo entre ellos dos

Chechi_arg

A mi me paso algo parecido, tambien fue en un momento inesperado cuando mi pareja me confeso cosas que ni me imaginaba. Se siente raro pero tambien excitante. Muy bien escrito!

moreno28

increible, muy real

Valentina_Cba

Y como reaccionaste? nos dejas con la intriga jaja

CuentasViejas87

Lo que me gusta es que se nota autentico, no es de esos relatos inventados al pedo. La escena de las 3 de la mañana te engancha desde el principio.

pablito_33

jajaja tremendo momento para una confesion de ese tipo, me mato

MarisolBA

Sigue escribiendo porfavor, tenes un estilo muy natural que atrapa

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.