Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi marido me ofreció a sus dos mejores amigos

Llevábamos casi diez años de matrimonio cuando Tomás empezó a hablarme de sus fantasías más oscuras. No era un hombre callado en la cama, nunca lo había sido, pero algo cambió aquel invierno. Empezó a observarme distinto, como si me estudiara, como si calculara hasta dónde podía llegar conmigo sin romperme.

Una noche, después de hacer el amor con una intensidad que me dejó la espalda marcada, me lo dijo en voz baja, casi al oído.

—Quiero verte con Andrés y con Mateo. Los dos a la vez. Quiero ver hasta dónde puedes llegar.

Me quedé en silencio mirando el techo. No era la primera vez que me proponía algo extremo. Habíamos hablado de tríos, de juguetes, de cosas que en otra vida habría considerado impensables. Pero esto era distinto. Andrés y Mateo eran sus amigos de toda la vida. Hombres grandes, callados, con esa seguridad que solo dan los años y la experiencia.

—¿Y tú qué harías mientras tanto? —le pregunté, fingiendo una indiferencia que no sentía.

—Mirar. Solo mirar. Quiero verlo todo.

No vas a poder soportarlo, pensé. Pero no lo dije.

Tardé varios días en darle una respuesta. Cada vez que cerraba los ojos los imaginaba: las manos enormes de Mateo, los dedos largos y precisos de Andrés, la mirada de Tomás desde el sillón mientras yo me convertía en otra mujer. Una mujer sin freno, sin pudor, sin el peso de los años de matrimonio respetable.

Le dije que sí un domingo por la mañana, mientras desayunábamos. Su sonrisa fue la de un hombre que acaba de ganar algo que llevaba años esperando.

***

La cita se fijó para un viernes. Tuve toda la semana para arrepentirme y no lo hice. Al contrario, me preparé como nunca me había preparado para nadie. Me depilé entera, tomé un baño largo con sales, me unté el cuerpo con un aceite de jazmín que me regaló mi madre sin saber para qué iba a usarlo. Elegí ropa interior negra, fina, que sabía que duraría poco encima de mí.

Tomás había acomodado el dormitorio principal con velas y una luz tenue, casi roja, que volvía todo confuso y sensual. Colocó su sillón de cuero en una esquina, frente a la cama, y al lado, en un trípode discreto, una cámara apuntando hacia el centro. Me lo había pedido. Yo había aceptado.

—Recuérdalo —me dijo antes de que llegaran—. Si quieres parar, paramos. Una palabra y se acaba.

Asentí. Pero los dos sabíamos que no iba a parar.

Andrés y Mateo llegaron juntos a las nueve. Traían vino, una sonrisa contenida y esa calma que tienen los hombres cuando saben exactamente lo que están a punto de hacer. Me abrazaron al entrar, primero Andrés, luego Mateo, y los dos abrazos duraron más de la cuenta. Sentí cómo Mateo me olía el cuello, cómo Andrés me apretaba la cintura un segundo más de lo necesario.

No hubo charla previa. No hubo música. Tomás me dio un beso largo, casi de despedida, y se sentó en su sillón con una copa en la mano.

—Es toda vuestra —les dijo, con una voz que no le reconocí.

***

Andrés se acercó primero. Me besó en la boca como si llevara años queriendo hacerlo, mordiéndome el labio inferior con una autoridad que me hizo apretar las piernas. Mateo se colocó detrás. Sus manos eran enormes, ásperas. Una se posó en mi cintura, la otra subió hasta mi cuello, sosteniéndome con suavidad pero dejando claro quién mandaba.

—Tu marido tenía razón —me susurró Mateo al oído—. Hueles a hambre.

Me desnudaron entre los dos, sin prisa, sin torpeza. Cada prenda caía al suelo después de un beso, una caricia, una palabra sucia dicha justo en el sitio que me hacía temblar. Cuando quedé desnuda, me llevaron al centro de la cama y se desnudaron ellos mismos, despacio, dejándome mirar.

Eran distintos. Andrés más delgado, fibroso, con manos largas y dedos finos. Mateo enorme, ancho de espalda, manos como palas. En ese instante entendí que iba a ser un viaje muy largo y que ya no había manera de bajarse.

Empezaron por la boca. Andrés me besó entera, desde el cuello hasta el pubis, lamiéndome, mordiéndome con una técnica que me arrancó el primer gemido fuerte de la noche. Mateo, mientras tanto, me acariciaba los pechos, jugaba con mis pezones entre sus dedos, los apretaba justo en el punto en que el dolor se vuelve placer y el placer pide más.

Me corrí la primera vez con la lengua de Andrés entre las piernas y los dientes de Mateo en el cuello. Tomás, desde el sillón, no decía nada. Solo respiraba fuerte y se acariciaba por encima del pantalón, sin atreverse aún a sacarse la polla.

—Quiero más —dije, sin reconocer mi propia voz.

Andrés sonrió contra mi vientre. Sabía exactamente lo que significaba. Tomás se lo había explicado todo de antemano.

***

Trajeron lubricante. Mucho. Una botella entera que Mateo me mostró antes de empezar, casi como un trofeo. Se untaron las manos los dos al mismo tiempo, con un gesto sincronizado que me hizo entender que habían hablado del plan durante días.

Andrés se colocó entre mis piernas. Empezó con dos dedos, luego tres, luego cuatro. Cada vez que añadía uno más esperaba, me observaba la cara, calibraba. Cuando metió el pulgar y plegó la mano en forma de cono, me agarré las sábanas con tanta fuerza que me dolieron los nudillos.

—Respira —me dijo, con una voz pausada—. Respira hondo y empuja hacia mí.

Lo hice. Y sentí cómo su mano se abría paso, cómo los nudillos pasaban uno tras otro, cómo todo mi cuerpo se contraía y se rendía a la vez. Cuando entró del todo, hasta la muñeca, grité. No de dolor. De una sensación que no tenía nombre, algo entre la plenitud absoluta y la pérdida completa de control.

Tomás soltó un gemido desde el sillón. Por el rabillo del ojo lo vi, por fin, sacarse la polla.

Mateo, mientras tanto, había empezado a trabajar en mí desde otro ángulo. Sus dedos me preparaban más atrás, con una paciencia que no le habría imaginado a un hombre de su tamaño. Me besaba la espalda, el cuello, me susurraba que era la mujer más valiente que había conocido nunca.

—Vas a aceptarme también, ¿verdad? —me preguntó.

Asentí sin poder hablar.

Voy a aceptaros enteros, pensé. Y no voy a pediros que paréis.

***

Lo que vino después es difícil de poner en palabras. Andrés movía la mano dentro de mí en círculos pequeños, sin sacarla, solo girándola, presionando lugares que ni yo misma sabía que existían. Mateo se abrió camino con la suya por detrás, despacio, con litros de lubricante y una concentración casi religiosa.

Cuando entendí que tenía las dos manos dentro, dos hombres distintos sosteniéndome desde adentro, perdí la noción de todo lo demás. La habitación dejó de existir. La cámara dejó de existir. Tomás dejó de existir como espectador y empezó a existir solo como una respiración cercana, un testigo silencioso de algo que ya no me pertenecía a mí del todo.

Me corrí dos veces seguidas, sin pausa entre una y otra. La segunda fue tan intensa que solté un grito largo, ronco, que no parecía mío. Mi cuerpo se sacudía sin que yo pudiera controlarlo. Mateo me sujetaba la cadera con la mano libre. Andrés me besaba la rodilla, la cara interna del muslo, mientras seguía moviéndose dentro con una calma imposible.

—Mírate —dijo Tomás desde el sillón. Su voz sonaba quebrada—. Mírate cómo eres ahora.

No podía mirar. No podía abrir los ojos. Solo podía sentir.

Hubo un momento, no sé en qué punto, en que ya no distinguía dónde terminaba el placer y dónde empezaba algo más profundo. Un vértigo, una entrega, una rendición que nunca había tenido en diez años de matrimonio. Mi cuerpo se había convertido en otra cosa. Yo me había convertido en otra cosa.

***

No sé cuánto tiempo pasó. Andrés fue el primero en sacar la mano, despacio, sin dejar de hablarme, sin dejar de besarme las piernas. Cuando salió del todo, me sentí extrañamente vacía, como si me hubieran quitado un órgano. Mateo tardó más. Se tomó su tiempo, salió por etapas, parándose cada vez que notaba que me tensaba.

Cuando todo terminó, me quedé tumbada de espaldas, temblando, con un agotamiento que no había sentido nunca antes. Andrés trajo una toalla mojada y caliente y me limpió con una ternura que contrastaba con todo lo anterior. Mateo me cubrió con una manta y me besó la frente.

Tomás se levantó del sillón. Se desnudó por primera vez en toda la noche y se metió en la cama conmigo, abrazándome desde atrás. Estaba duro como una piedra, pero no me penetró. Solo me abrazó muy fuerte, como si tuviera miedo de que me fuera a romper si me soltaba.

—Gracias —me susurró—. Gracias por dejarme verte así.

Andrés y Mateo se vistieron en silencio, recogieron sus cosas, se despidieron con un gesto de la mano. Antes de salir, Mateo se giró desde la puerta con esa media sonrisa que le había visto al llegar.

—Cuando quieras repetir, ya sabes dónde encontrarnos.

***

Han pasado varios meses desde aquella noche. Tomás y yo no hemos vuelto a invitar a Andrés y a Mateo, pero los dos sabemos que volverá a pasar. Lo sé porque a veces, cuando estamos solos en la cama, él me pregunta al oído qué recuerdo de aquella noche. Y yo le cuento. Le cuento cosas distintas cada vez.

Le cuento cómo me sentí cuando entendí que ya no tenía control sobre nada. Le cuento la mirada de Andrés cuando supo que estaba a punto de correrme. Le cuento la respiración de Mateo en mi nuca cuando yo ya no podía ni hablar. Le cuento el momento exacto en que dejé de ser su mujer y me convertí, solo durante unas horas, en otra cosa.

Él se excita. Yo me excito. Y el círculo vuelve a empezar.

A veces, sola en casa, veo el vídeo. No siempre llego al final. No siempre necesito llegar al final. A veces basta con escuchar mi propia voz cambiando, transformándose, volviéndose otra cosa, para entender que aquella noche nací de nuevo.

Cuando los miro hoy, en alguna cena, en alguna comida, me doy cuenta de que entre los cuatro hay un secreto que nunca vamos a contar en voz alta. Pero está ahí, sentado a la mesa con nosotros, esperando el momento de volver a salir a escena.

Esta es mi confesión. Nunca se la había contado a nadie hasta hoy.

Valora este relato

Comentarios (7)

LauraV

Que historia tan intensa! Me tuvo enganchada desde la primera linea. Espero que hayas escrito una continuacion!!

Nacho_Baires

tremendo relato, no me lo esperaba para nada. muy bueno!!!

PabloRosario

Me recordo a algo que yo vivi hace tiempo y que jamas contaria jajaja. Excelente, segui publicando cosas asi!

gustavo_nocturno

ufff, que valiente contarlo. Me imagino los nervios de esa noche

MarcosBsAs

Uno de los mejores de la categoria. Se nota que es real porque los inventados no tienen ese toque de nerviosismo del principio

LaLectora22

Muy bien escrito, se siente autentico. Quede con ganas de saber como quedo la relacion despues de todo

Leandrito92

genial!!! sigue asi

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.