Mi confesión sobre la noche con aquel desconocido
Esta es la primera vez que escribo algo así, pero llevaba semanas con esto atascado en la cabeza y necesitaba contarlo. Me llamo Daniela, tengo treinta y tres años y desde mi separación me he permitido cosas que nunca antes me habría dejado hacer. La que voy a contar ahora no es la más intensa que he vivido en este último año, pero fue la que me obligó a aceptar algo de mí que venía evitando: me gustan los hombres grandes. Grandes de verdad. Y me gusta lo que un hombre grande puede hacerme.
Soy morena clara, con el pelo castaño hasta media espalda y unas curvas que no he conseguido domar ni con dietas ni con gimnasio. Tengo el pecho generoso, la cintura más estrecha que el resto del cuerpo y unas caderas que me han traído tantos halagos como problemas. No soy delgada y dejé de fingir que quería serlo.
Conocí a Mateo en una de esas aplicaciones que uso desde el divorcio. Hablamos durante casi tres semanas antes de quedar. Era ingeniero, vivía a una hora de mi ciudad y, sobre todo, era enorme. En las fotos parecía un oso. En persona resultó ser todavía más grande. Casi dos metros de altura, ancho de hombros, manos como palas, panza de hombre que come bien y no se avergüenza de ello. Esa noche entendí que el tamaño nunca había sido para mí un detalle. Era una necesidad.
Habíamos quedado en un hotel a mitad de camino entre los dos. Yo llegué primero. Subí a la habitación, dejé el bolso en una silla y me miré al espejo. Llevaba un vestido negro corto, ajustado, sin nada debajo más que un tanga del mismo color. Me puse perfume detrás de las orejas y entre los pechos, me retoqué los labios y me senté en la cama a esperar.
Llamó a la puerta a las nueve y media. Cuando abrí, lo primero que hice fue reírme. No de él, sino de mí. Yo medía un metro sesenta y dos. Él, ahí parado, ocupaba todo el marco de la puerta.
—Pasa antes de que cambie de idea —le dije.
—No vas a cambiar de idea —contestó.
Y me besó.
No fue uno de esos besos suaves de tanteo. Fue como si hubiera estado conteniéndolo durante las tres semanas anteriores. Me apretó la cintura con una sola mano, me empujó contra la pared con la otra y me besó como si quisiera comerme entera. Yo abrí la boca y le devolví el beso con la misma intensidad. Sentí su barba raspándome la barbilla y el cuello, y algo se encendió bajo mi vientre con una violencia que llevaba meses dormida.
Me bajó los tirantes del vestido. Lo dejó caer al suelo. Yo solo llevaba el tanga. Él se separó un segundo para mirarme y soltó algo entre dientes que sonó a maldición y a gracias al mismo tiempo.
—Joder, Daniela.
Me cogió un pecho con cada mano. Sus dedos me cubrían entero. Bajó la cabeza y me chupó un pezón sin delicadeza, mordiéndolo, lamiéndolo, succionando hasta hacerme arquear la espalda. La otra mano se metió por la cintura del tanga y dos de sus dedos —dos de esos dedos enormes— encontraron la humedad que ya me esperaba. Solté un gemido que no me reconocí. Era ronco, sin pudor, casi un quejido.
Lo empujé hacia la cama y me subí encima sin que apenas le diera tiempo a sentarse. Mis piernas tuvieron que abrirse mucho para abrazarle las caderas. Empecé a frotarme contra él por encima del pantalón, lamiéndole la oreja, mordiéndole el lóbulo, susurrándole que llenara todo lo que le diera la gana de llenar. Notaba debajo del vaquero algo que prometía cumplir literalmente lo que yo le pedía.
No supe cuándo se desabrochó el cinturón. Solo sé que de un momento a otro la tela desapareció y me quedó debajo lo que llevaba esperando. Me bajé de él, me arrodillé entre sus piernas y lo miré desde abajo. Él se había recostado sobre los codos, mirándome con esa mezcla de hambre y paciencia que tienen los hombres que saben que no les corren prisa.
Le besé los muslos primero. Subí después a los testículos, los lamí despacio, me los metí uno por uno en la boca. Él jadeó. Solo entonces subí al tronco, lo recorrí con la lengua de abajo hacia arriba y me detuve en la punta. La besé como si fuera la boca de alguien al que llevaba meses sin ver. Después abrí la boca y la metí entera, hasta donde pude, y empecé a chupar con los ojos cerrados.
Me encanta hacerlo. Más de lo que debería. Cuando tengo a un hombre así, a mi merced, con la cabeza de él hacia atrás y las manos buscándome el pelo, siento que tengo el control aunque sea yo la que esté de rodillas. Mateo me sujetó la nuca, no para forzarme sino para acompañarme, y me marcó el ritmo. Yo babeaba sin querer y babeaba a propósito. Cada vez que él gruñía, mi entrepierna se apretaba sola.
—Sube —me ordenó.
No esperé a que lo repitiera.
Me subí encima, le agarré el sexo con la mano y lo guié hasta donde lo necesitaba. Bajé despacio. Sentí que me abría poco a poco, milímetro a milímetro, y se me escapó un gemido largo cuando lo tuve dentro entero. Me quedé quieta un instante. Necesitaba acostumbrarme. Él me miró con paciencia y me sujetó las caderas con las dos manos.
—Apretada —dijo.
Sonreí. Tengo un truco que aprendí hace años, en una época en la que decidí conocer mi propio cuerpo: puedo apretar y soltar los músculos por dentro a voluntad. Le hice una demostración sin moverme. Lo apreté tres veces seguidas, manteniéndolo entero dentro, y vi cómo cerraba los ojos y soltaba un taco.
—Si sigues haciendo eso me voy a correr antes de empezar.
—Ese es el plan —le contesté, y empecé a moverme.
Cabalgué encima de él un buen rato. Subiendo, bajando, contoneándome, ofreciéndole los pechos a la boca cada vez que me inclinaba hacia adelante. Mateo me los recibía con una avidez de hombre hambriento. Cada vez que me lamía un pezón yo bajaba con más fuerza. La cama crujía bajo nosotros. La habitación olía a sudor, a perfume y a una mezcla que no quería que se fuera nunca.
—Ponme a cuatro patas —le pedí.
—Pídeme las cosas como una señorita.
—Por favor —dije, y me reí.
Me agarró por la cintura y me dio la vuelta como si yo no pesara nada. Esa fue otra de las cosas que me gustaron de él. Esa facilidad para moverme, para colocarme, para tratarme como si fuera una muñeca pero sin perder en ningún momento la ternura.
Me puse a cuatro patas y le ofrecí el culo. Lo tengo grande. Lo tengo como me lo dijo una vez un amante: «de los que se ven desde lejos». Mateo me dio un cachete que sonó en toda la habitación. Después otro. Después se hundió en mí de una sola embestida y se me escapó un grito.
Empezó a embestirme con un ritmo lento pero brutal. Cada vez que entraba, sus testículos chocaban contra mí. Cada vez que salía, me daba un cachete y volvía. Yo apretaba la almohada con los puños y mordía la sábana para no gritar tan fuerte que se enterara el hotel entero. Él me agarró del pelo y tiró un poco. Lo justo. Yo gemí. Tiró un poco más.
—Más fuerte —le pedí.
Y él me hizo caso.
***
Cuando me dio la vuelta otra vez, yo ya estaba al borde. Me colocó boca arriba, me abrió las piernas y se metió entre ellas como si encajara en un molde. Me costó rodearle con las piernas porque era inmenso, pero conseguí cerrarlas a la altura de su espalda. Lo abracé. Le pasé las manos por la nuca, por el pelo, por los hombros. Le besé el cuello.
—Soy tuya —le dije al oído. No sé por qué lo dije. Me salió.
Funcionó como una palanca. Mateo soltó un rugido, salió de mí en el último segundo y se vació encima de mi vientre, de mis pechos, hasta el cuello. Lo había avisado al principio: no tomo anticonceptivos. Él no había olvidado el detalle.
Después de correrse no se quitó de encima. Al contrario. Me restregó su sexo todavía húmedo entre los pliegues, lentamente, como si no quisiera despedirse. Después se dejó caer a mi lado, me arrastró contra su pecho y me cubrió entera con su cuerpo. Cabíamos los dos en la cama solo porque yo me hice pequeña entre sus brazos.
Estuvimos un buen rato así. Sin hablar. Yo escuchaba su corazón. Él me acariciaba la espalda con la palma abierta, despacio, como si quisiera memorizar la curva.
Pensé que la noche había terminado.
Pero pasaron quince minutos y empecé a moverme. Le di la espalda y le acomodé las nalgas contra el bajo vientre. Empecé a frotarme suavemente contra él. No con prisa. Con la calma de la que ya se ha corrido una vez y sabe lo que quiere para la segunda. Sentí cómo se iba endureciendo poco a poco contra mi piel. Sonreí en la oscuridad.
—Eres una mala mujer —murmuró pegado a mi oreja.
—Lo sé.
Me agarró un pecho con una mano y con la otra buscó. No buscó adelante. Esa vez fue más arriba, más atrás. Mojó la punta de su sexo en lo que quedaba entre mis muslos y subió. Cuando me lo apoyó donde sabíamos los dos que se lo estaba ofreciendo, me dejé caer un poco hacia atrás y le di permiso sin necesidad de decirlo.
Entró despacio. Más despacio que antes. Yo respiré hondo, relajé todo lo que podía relajar, y dejé que esa cabeza enorme empujara hasta encontrar el camino. Cuando estuvo dentro me clavó las uñas en la cintura y me atrajo contra él de un solo tirón. Me quedé quieta, jadeando, con los ojos cerrados.
—¿Estás bien?
—Estoy mejor que bien —contesté.
Empezamos despacio. Era la única manera. Él se movía con cuidado, midiendo cada empuje, dejándome marcar la velocidad con la cadera. Yo le pedía un poco más cada minuto. Un poco más rápido. Un poco más profundo. Un poco más fuerte. Le daba pequeños sentones contra él, le sentía gruñir contra mi nuca y me derretía. No paraba de gemir. Le decía cosas que después, ya en casa, me hicieron sonrojarme al recordarlas.
Cuando se corrió por segunda vez, lo hizo dentro. Lo notamos los dos a la vez. Sentí el calor llenándome y se me escapó un gemido largo, casi un suspiro. Él me sujetó contra su pecho mientras terminaba, sin moverse, hasta que se vació entero. Después salió poco a poco, y yo sentí cómo se escurría todo lo que me había dejado.
Nos miramos. Nos reímos como dos cómplices. Me besó la frente y me ofreció el baño. Yo le dije que no. Que prefería irme así.
Y me fui así. Me vestí, no me limpié, no me duché. Llegué a casa pasada la una de la madrugada, me quité el vestido, me metí en la cama y me dormí con todo lo suyo todavía encima. Esa noche dormí como llevaba meses sin dormir.
Esta es mi confesión. La primera de varias. Si os ha gustado, hay más cosas que os puedo contar. Algunas de ellas me siguen quitando el sueño un año después.