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Relatos Ardientes

La fantasía que mi marido me pidió cumplir esa noche

Llevábamos meses jugando con esa fantasía sin atrevernos a llamarla por su nombre. Mi marido me la había insinuado decenas de veces mientras hacíamos el amor, susurrándome al oído cosas que al principio me hacían reír y, con el tiempo, me hacían humedecerme. Después de varias noches con Mateo y Damián, dos amigos de un gimnasio del centro que llevaban meses viniendo a casa con una sola intención, mi cuerpo había aprendido a recibir lo que antes me parecía impensable.

Yo ya no era la misma mujer que se había casado siete años atrás. Mateo me había enseñado que mi boca podía sostener mucho más de lo que creía. Damián me había mostrado que el placer se escondía donde una se atreviera a buscarlo. Y mi marido, sentado en el sillón frente a la cama, había descubierto que verme entregada a otros era la única manera en que podía sentirse plenamente él.

Aquella noche, cuando los dos hombres ya estaban en la habitación y yo cabalgaba sobre Mateo mientras Damián se acariciaba detrás de mí, mi marido lo soltó de golpe.

—Quiero que esta vez la tengáis los dos a la vez —dijo, con una voz que no le había escuchado nunca—. Quiero verla rota entre vosotros.

El silencio fue eléctrico. Mateo bajó las manos a mis caderas y detuvo el movimiento. Damián tragó saliva, una sonrisa lenta abriéndose en su cara. Yo sentí un escalofrío recorrerme la espalda, y no supe distinguir si era miedo, deseo o las dos cosas.

—¿Estás segura? —preguntó Mateo, levantando la cabeza para mirarme.

Era el más prudente de los dos. Damián siempre iba dos pasos por delante; Mateo siempre se aseguraba antes de dar uno.

—Solo si tú quieres —añadió Damián por detrás, y noté cómo su mano subía por mi espalda con una delicadeza que contrastaba con todo lo que estábamos a punto de hacer.

Miré a mi marido. Estaba sentado en el borde del sillón, con los codos apoyados en las rodillas, los nudillos blancos. No se acariciaba siquiera. Esperaba mi respuesta como si dependiera de ella algo más grande que esa noche.

—Quiero hacerlo —dije, y oí mi propia voz como si saliera de otra persona—. Quiero que me destrocéis los dos.

Lo que vino a continuación fue lento y meticuloso. Damián abrió el cajón de la mesilla y sacó el frasco grande de lubricante que mi marido había comprado semanas atrás «por si acaso». Mateo encendió la lamparita del rincón y apagó la luz cenital, dejando la habitación en una penumbra anaranjada. Mi marido extendió dos toallas sobre el colchón y colocó una pequeña cámara en el trípode, frente a la cama.

—Para verlo después —murmuró, y por primera vez en toda la noche su voz tembló.

Empezaron a prepararme con una paciencia que jamás habría imaginado en ellos. Mateo me acostó boca abajo y me besó la espalda lentamente, desde la nuca hasta la curva de las nalgas. Damián se acomodó a un lado y comenzó a separarme con los dedos, untándome con un lubricante frío que me hizo contraerme. Pensaron en todo: en la respiración, en la temperatura, en cada milímetro.

—Despacio —dijo Mateo, hablando para Damián tanto como para mí—. Tenemos toda la noche.

Cuando Damián metió el primer dedo, yo ya estaba derretida. Cuando metió el segundo, gemí contra la almohada. Cuando empezó con el tercero, supe que no había vuelta atrás.

Después llegó el momento.

***

Mateo se tumbó boca arriba en el centro de la cama. Yo me senté encima, dándole la espalda, mientras Damián me sostenía por las caderas y me guiaba poco a poco. Mateo era largo y curvo; cuando entró por detrás, me tomé varios segundos para acostumbrarme a la sensación. Bajé despacio, milímetro a milímetro, hasta apoyarme entera sobre él. La cabeza se me cayó hacia atrás. Sentí los muslos de Mateo contra mi piel.

—Eso es —susurró mi marido desde el sillón—. Así, mi amor.

Damián se colocó frente a mí, de pie sobre la cama. Su miembro era más grueso que el de Mateo, casi imposiblemente grueso, y por un instante pensé que aquello no podría hacerse. Untó otra vez el frasco entero, escupió encima por buena medida y apoyó la punta justo donde Mateo ya estaba dentro.

—Respira —me dijo, mirándome a los ojos—. Suelta el aire cuando yo empuje.

Empujó.

Lo que sentí fue algo nuevo. No fue dolor exactamente, ni placer todavía. Fue una presión absoluta, un estiramiento que me llevaba al borde de algo que no tenía nombre. Mi cuerpo se abrió a la fuerza, y por un momento creí que iba a partirme por la mitad. Apreté los dientes. Una lágrima me bajó por la mejilla. No dije que parara.

—Quieta, quieta —murmuró Mateo desde abajo, con las manos en mis caderas—. Cuando estés lista, lo dices.

Damián esperó. Aguantó la posición con la cabeza dentro y el resto fuera, sin moverse, con la mandíbula apretada por el esfuerzo. Mi marido se había acercado, arrodillado en la alfombra, sin tocarse, observando con una mezcla de pánico y devoción que jamás olvidaré.

—Sigue —dije al fin, con un hilo de voz.

Damián entró del todo.

Lo que ocurrió después se me borró de la mente y a la vez quedó grabado para siempre. Sentí dos cuerpos dentro del mío, uno encima del otro, separados por una membrana que parecía a punto de romperse. Sentí cada vena de los dos miembros, cada latido, cada respiración. Estaba llena de una manera que no creía posible, como si todo mi cuerpo hubiera sido tomado al mismo tiempo.

—Estás preciosa —oí decir a mi marido, y noté que lloraba.

***

Empezaron despacio, alternando los movimientos. Cuando uno se retiraba un poco, el otro avanzaba. Era una coreografía aprendida sobre la marcha, cuidadosa al principio, instintiva después. El roce entre ellos dentro de mí era obsceno, casi imposible, una sensación que viajaba por todo mi cuerpo y se concentraba en un punto que jamás supe que existía.

—¿Estás bien? —preguntó Mateo entre dientes.

No pude contestar. Solo asentí. Solo gemí.

Pasados unos minutos, el dolor se desvaneció. Lo que quedó fue otra cosa. Una intensidad que me llenaba la cabeza y me vaciaba el pensamiento. Sentí un calor que me subía desde abajo, una corriente que se concentraba en el vientre, y supe que iba a correrme sin que nadie me tocara.

—Me voy a correr —avisé, con la voz rota—. Joder, me voy a correr así.

—Córrete, mi amor —dijo mi marido, casi suplicando—. Córrete con ellos dentro.

El orgasmo me partió en dos. Fue largo, profundo, una ola que me dejó temblando descontroladamente entre los dos hombres. Sentí mis paredes apretarse alrededor de los dos miembros y oí gemir a Mateo y a Damián al unísono, sorprendidos por la fuerza del espasmo.

—Joder —gruñó Damián—. No te pares. No te pares ahora.

No me paré. No podía parar. Ellos aceleraron el ritmo, ya menos cuidadosos, llevados por un instinto que les hacía olvidar el plan inicial. Empecé a gritar contra la almohada, a decir cosas que no recuerdo, a suplicar que no se detuvieran. Mi marido se había sentado en el suelo, contra la pared, y lloraba en silencio mientras se acariciaba a sí mismo.

***

Me cambiaron de postura sin sacarse del todo. Damián se sentó en la cama y yo me coloqué encima de él, dándole la cara. Mateo entró por detrás con un cuidado renovado, ahora que el camino estaba abierto. Otra vez los dos dentro, esta vez de cara, mis pechos apretados contra el de Damián, mi marido a un metro mirándome a los ojos.

—Te quiero —me susurró desde el suelo—. Te quiero más que nunca.

Le sonreí entre lágrimas. Le mandé un beso con la boca abierta, sin aliento.

Damián fue el primero en rendirse. Soltó un gruñido animal y se vació dentro de mí, agarrándome la cintura con una fuerza que iba a dejarme moratones durante días. Mateo aguantó unos segundos más, los suficientes para sentir el espasmo de Damián a través del fino tabique que los separaba, y se corrió justo después, con la frente apoyada en mi espalda y las manos apretándome las caderas.

Cuando se retiraron, lo hicieron con una delicadeza que me sorprendió. Yo me quedé tumbada de lado, vacía y plena al mismo tiempo, exhausta hasta el último músculo. Mi marido se levantó del suelo, se acercó a la cama y me tomó la cara con las dos manos.

—Eres la mujer más valiente que he conocido en mi vida —me dijo, y me besó la frente.

Mateo y Damián se vistieron en silencio. Antes de irse, Mateo me trajo un vaso de agua y me lo dejó en la mesilla. Damián me dio un beso en la sien con una ternura que no esperaba.

—Cuídate mucho estos días —me dijo—. Lo de hoy fue grande.

***

Tardé casi una semana en volver a sentirme yo misma. Caminaba con cuidado, me sentaba con cuidado, dormía boca abajo. Mi marido me trajo el desayuno a la cama tres mañanas seguidas. La cuarta noche me senté con él en el sillón a ver el vídeo, y cuando llegó el momento exacto en que Damián entró del todo, los dos rompimos a llorar a la vez. No de pena. De algo distinto que aún no sabíamos nombrar.

No hemos vuelto a hacerlo. No por miedo, ni por arrepentimiento, ni porque no queramos. Hay experiencias que no necesitan repetirse para seguir siendo verdaderas. Aquella noche entendí algo que no había entendido en siete años de matrimonio: que el deseo de mi marido no era ver cómo otros me usaban, sino ver cómo yo me atrevía. Y aquella noche me atreví como no me había atrevido en toda mi vida.

A veces, cuando estamos solos en la cama y él me susurra al oído, todavía vuelvo allí. A esa habitación en penumbra, a esa mezcla de miedo y deseo, a esos dos hombres que me sostuvieron entre ellos como si fuera algo frágil y al mismo tiempo invencible. Vuelvo, y sé que ya no soy la misma. Sé que hay una mujer dentro de mí que solo conoce esa noche. Y que esa mujer, en silencio, sigue esperando.

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Comentarios (7)

NocheBA_22

buenisimo relato!!! de los mejores que lei acá en mucho tiempo

ClaraBA

Me encantó como lo contaste, muy natural y sin exagerar. Eso es lo que lo hace creible

pampero1979

necesito la segunda parte jaja, como quedaron despues de esa noche??

Marta_91

Me hizo acordar a una conversacion que tuve con mi pareja. Esas charlas que parecen chiquitas y te cambian todo

GaboNocturno

tremendo. gracias por compartirlo :)

SombraRoja

La tension del comienzo está muy bien lograda. Eso de 'ya no habia marcha atras' me atrapo desde el principio

Juanma_Sur

jajaja el marido sabe lo que quiere. Muy bueno

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