Me escribió Claudia: su marido doblaba turno otra vez
Estaba revisando el inventario nuevo cuando sonó el teléfono. Vi el nombre en la pantalla y supe, antes de contestar, exactamente lo que venía.
Era Claudia.
Nos habíamos visto dos veces en el último mes. La primera fue en el centro comercial, donde coincidimos por accidente y terminamos comiendo juntos mientras su amiga Verónica la llamaba cada media hora preguntando dónde estaba. La segunda fue en su casa, un martes que su marido dobló turno y sus hijas estuvieron toda la tarde en casa de la abuela. Rodrigo trabajaba como oficial de seguridad en el municipio del norte, y sus guardias podían extenderse sin aviso previo. Claudia lo sabía con anticipación suficiente como para mandarme un mensaje.
Esa segunda vez fue la primera vez entre nosotros.
Desde entonces habíamos quedado en no buscarnos hasta que ella lo considerara conveniente. Era su decisión, y yo la respetaba, aunque pensara en ella más de lo que me convenía reconocer.
—Hola —dije.
—Hola. ¿Cómo has estado?
Su voz tenía ese tono pausado que usaba cuando no quería que nadie a su alrededor notara de qué hablaba. Lo había escuchado antes, en el transporte público de la línea que tomábamos los dos, cuando la primera vez su mano rozó la mía bajo el periódico que los dos fingíamos leer y ninguno de los dos la retiró.
—Ocupado con el negocio. No va tan bien como quisiera.
—Qué pena. ¿Y si comemos hoy?
—Hoy no puedo —dijo—. Rodrigo llega temprano. Pero gracias.
Hubo un silencio corto. Después:
—Mejor seguimos como al principio. Por chat, es más discreto para mí.
—Me parece bien. Dame una hora, que termino de acomodar unas cosas aquí.
—Ahí estaré.
***
Cuando entré al chat ella ya llevaba unos minutos esperando. Estuvimos escribiéndonos casi dos horas.
Me contó que yo era el segundo hombre en su vida. No lo dijo con dramatismo ni con culpa, sino como un dato que consideraba importante que yo supiera. Me contó también que le había gustado todo desde el principio: el acercamiento gradual en el transporte, el tiempo que yo había tardado en insinuarme, la discreción frente a Verónica y frente a sus hijas cuando coincidimos ese primer día.
Y después, cuando la conversación se fue volviendo más íntima, me contó cosas que no le había preguntado pero que ella necesitaba decir. Que Rodrigo era un hombre rutinario. Que llegaba del turno, cenaba, prendía el televisor y a las once ya estaba dormido. Que en la cama seguía el mismo orden de siempre: cuatro caricias por encima del camisón, se le montaba encima, la penetraba diez minutos sin cambiar de postura ni de ritmo, se corría adentro sin avisar y daba la vuelta y se dormía sin decir nada. Que nunca la había mirado follar. Que nunca le había bajado la boca a los pechos ni al coño. Que si doblaba turno podían pasar quince días o más sin que se tocaran, y que a veces ella se metía dos dedos en la ducha porque no aguantaba más.
—No me quejo —escribió—. Es buen padre. Pero hay cosas que uno necesita y que no puede pedirle a alguien que no las entiende.
Eso podía significar muchas cosas. Decidí no preguntar cuáles.
Así siguieron los días. Nos escribíamos cada tarde cuando Rodrigo estaba en el trabajo y las niñas hacían la tarea. Las conversaciones empezaron siendo generales y fueron derivando, sin que ninguno de los dos lo forzara, hacia algo mucho más concreto. Me contó cómo se tocaba cuando pensaba en mí, dos dedos en el coño y el pulgar en el clítoris, mordiéndose la almohada para no hacer ruido. Le conté cómo se me ponía dura leyéndola, y que me la agarraba con la mano en el baño de la tienda pensando en su boca.
El viernes de esa semana, mientras atendía a un cliente, sonó el teléfono con un mensaje:
Rodrigo dobla hoy. Las niñas estarán con Verónica desde las nueve. Puedo todo el día.
Esperé a que el cliente saliera, cerré la caja y contesté: Paso por ti a las diez. Espérame en la esquina de la base de camiones.
Tres puntos parpadeando en la pantalla. Luego: Ahí estaré. Ya estoy mojada de pensarlo.
***
Llegué cinco minutos antes. La vi venir desde mitad de la cuadra.
Traía un vestido azul marino, entallado, con el escote suficiente para generar preguntas sin responderlas. Medias del mismo color, zapatos negros de tacón bajo, un bolso pequeño colgado del hombro. Caminaba con esa mezcla específica de seguridad y nerviosismo que ya le conocía: la espalda recta, los pasos firmes, pero los dedos apretando el asa del bolso.
Se subió al coche y antes de que yo dijera nada preguntó:
—¿A dónde vamos?
—A un lugar que conozco. Por la zona del centro. Discreto.
—Que quede lejos —dijo, y puso la mano sobre mi rodilla. Luego la subió despacio y me apretó la polla por encima del pantalón—. Está dura ya.
—Llevo así desde tu mensaje.
En los semáforos nos besamos. No con urgencia sino con la atención de dos personas que se están aprendiendo de nuevo. Yo intentaba subirle la falda y ella me lo impedía con calma, apartando mi mano sin soltarla, como diciendo que había un orden y que ese orden era suyo. Pero su mano seguía sobre mi bragueta, apretándome con el pulgar arriba y abajo, sintiéndome crecer contra la tela.
Ese orden suyo me resultaba más interesante que cualquier alternativa.
El motel quedaba en una avenida de mucho tráfico, pegado a una gasolinera y a un estacionamiento. Nadie miraba a nadie en ese tipo de lugares. Eso era precisamente lo que buscaba.
Claudia se tensó un poco al bajar del coche. Esperé a que llegara a mi lado antes de caminar hacia la entrada.
—Tranquila. Nadie nos conoce aquí.
—Ya lo sé —dijo—. Es que nunca había venido a uno de estos. Contigo es la segunda vez en mi vida.
Lo dijo sin drama, pero los dos sabíamos el peso que tenía.
***
La habitación era amplia, con un espejo lateral, servibar y una cama grande. No era elegante pero sí limpia y callada. Le pregunté qué quería tomar. Pidió un vodka con jugo. Abrí también unas nueces y un par de chocolates de la canastilla.
Nos sentamos en el pequeño sillón junto a la ventana. Brindamos.
—Por nosotros —dije—. Por lo que sea esto.
Sonrió. Bebió despacio. Con la segunda copa los hombros se le fueron aflojando, ese nudo que cargaba entre las escápulas y que yo podía ver desde que había subido al coche.
Cogí un chocolate del platito y se lo acerqué a la boca. Lo tomó de mis dedos sin apartar los ojos.
—Dijiste en el chat que sabes dar masajes.
—Traje aceites. Romero y sándalo.
—Estoy toda contracturada —dijo, girando el cuello—. Llevo días así.
—Entonces es lo primero que vamos a hacer.
***
Le pedí que se recostara boca abajo sobre la cama. Me quité la camisa, calenté el aceite entre las palmas y empecé por los trapecios. Tenía los músculos del cuello completamente contraídos, como si llevara semanas cargando algo que no podía dejar en ningún lado. Al primer contacto exhaló con alivio.
Trabajé despacio. Los hombros, la espalda alta, la columna hacia la cintura. Ella fue cerrando los ojos. Su respiración se volvió más profunda y más pareja.
Cuando llegué a la espalda baja el vestido estorbaba. Le pregunté con un gesto. Ella levantó las caderas para que yo pudiera subirlo.
Debajo había un liguero negro, medias hasta el muslo y una tanga de encaje que la humedad ya había vuelto casi transparente. Se le marcaban los labios del coño contra la tela, hinchados, y una mancha oscura en el centro delataba lo que llevaba acumulando desde el coche. El aceite olía a madera y a algo más difícil de nombrar, mezclado ahora con el olor de ella. Seguí con el masaje, bajando por los glúteos y los muslos, sintiendo cómo cada músculo cedía bajo mis manos. Le abrí las nalgas con los pulgares para trabajar el pliegue de abajo, y ella gimió por primera vez, corto, entre dientes.
Mis pulgares avanzaron por el interior de sus muslos. Ella separó las piernas apenas un centímetro, pero fue suficiente. Aparté la tanga hacia un lado y el coño le apareció mojado, brillante, con los labios hinchados y el clítoris ya salido del capuchón. Deslicé el dedo medio de arriba abajo, recogiéndole el flujo, empapándome. Se lo pasé despacio por la raja entera, sin meterlo todavía, apretando en el clítoris a cada vuelta.
—Ay, joder —murmuró contra la almohada.
—¿Así?
—Más adentro. Por favor.
Le metí el dedo entero, hasta el nudillo. Estaba tan mojada que no ofreció resistencia. Le agregué el índice y empecé a moverlos en curva, buscando ese punto de arriba mientras el pulgar le trabajaba el clítoris por afuera. Ella empezó a mover las caderas contra mi mano, follándose mis dedos sola, con la cara girada de lado y la boca abierta contra la sábana.
Le di la vuelta. Los tirantes del vestido cayeron solos. El sujetador negro de media copa le dejaba los pezones a la vista por encima del encaje. Los tenía duros, oscuros, apuntando hacia arriba. Bajé la boca y me metí uno entero, chupándolo con la lengua plana, pasándole los dientes suaves alrededor. Ella arqueó la espalda. Cambié al otro y le hice lo mismo, mientras mis dedos seguían metidos adentro, entrando y saliendo con un ruido húmedo que llenaba la habitación.
—No pares —dijo—. No pares, no pares.
Me atrajo a su boca. Nos besamos con lengua mientras yo le seguía metiendo los dedos, más rápido ahora, y sentí cómo el coño se le empezaba a cerrar alrededor. El orgasmo llegó con un temblor que empezó en los muslos y le subió hasta los hombros, con sus manos apretando las sábanas y un gemido largo que se le escapó entre los dientes cerrados. Le seguí trabajando el clítoris con el pulgar durante todo el temblor, hasta que ella me apartó la mano porque ya no aguantaba.
***
Le bajé la tanga despacio por las piernas, pasándola por encima de las medias sin quitarle el liguero. Ella levantó las caderas para ayudarme y quedó abierta, con las medias arriba, los zapatos todavía puestos, el coño desnudo brillando entre los muslos.
Me arrodillé al pie de la cama y le tiré de las caderas hacia mí hasta que el culo le quedó en el borde. Le puse las piernas sobre mis hombros. La miré un segundo, con la cara a un palmo de su coño, y ella me miró desde arriba con las cejas apretadas.
—Nunca me lo han hecho bien —susurró—. Rodrigo dice que no le gusta.
—Cállate y agárrame la cabeza.
Me metí de lleno. Primero le pasé la lengua plana de abajo arriba, entera, saboreándola. Luego le abrí los labios con los pulgares y le busqué el clítoris con la punta de la lengua, pequeño, dando vueltas, sin apretar todavía. Ella soltó un sonido que no había hecho hasta ahora, algo entre gemido y risa nerviosa, y me clavó las manos en el pelo.
Empecé a chupárselo. Suave al principio, después cerrando los labios alrededor y succionando en pulsos cortos. Le metí dos dedos otra vez, curvados hacia arriba, y encontré el punto que la hacía saltar. Cuando lo encontré me quedé ahí y no me moví de ese ritmo: lengua chupando el clítoris, dos dedos golpeando ese punto por dentro, todo al mismo compás.
Ella cerró los muslos contra mis orejas con una fuerza que no dejaba espacio para interpretaciones. Empezó a temblar, a decir cosas que no eran palabras, a apretarme la cabeza contra ella. Sentí el coño cerrársele alrededor de los dedos, palpitando en ondas, mientras un chorro tibio se le escapaba hacia mi mentón y mi cuello.
—Ay, Dios, ay Dios —repetía—. No sabía, no sabía que se podía así.
No la solté. Le seguí lamiendo mientras se venía, más despacio ahora, hasta que el temblor se convirtió en pequeños estremecimientos que se le iban apagando. Cuando terminó le di un beso último sobre el clítoris y levanté la cara.
Me miró desde arriba con los ojos apenas abiertos, la boca floja, el pecho subiendo y bajando.
—Ahora tú —dijo.
Se sentó en la orilla de la cama. Yo me puse de pie frente a ella. Me bajó el pantalón sin apresurarse, después el calzoncillo, y la polla me saltó afuera hinchada, tirante, con la punta ya mojada. Me cogió con ambas manos y me miró un momento, evaluando el peso. Luego pasó la lengua por la punta, recogiendo la gota.
—¿Lo has hecho antes? —pregunté.
—Sí, pero no le dejaba terminar en la boca. No me gustaba.
—¿Y si nunca lo has probado del todo, cómo sabes que no te gusta?
Sonrió con esa sonrisa de quien pierde un argumento que no le importaba ganar. Abrió la boca y se la metió entera.
Empezó despacio. Sacaba la polla hasta la punta, me pasaba la lengua por la corona con calma, y volvía a bajar hasta donde le llegaba. Cada vez que su lengua encontraba un punto de respuesta se quedaba ahí un momento más, aprendiendo. Me sostuvo con una mano en la base mientras con la otra me agarraba los huevos, sopesándolos, apretándolos suave. La combinación era demoledora.
Fue tomando confianza. Empezó a chupar más rápido, con más ruido, cerrando bien los labios alrededor y sacándose un hilo de saliva que le caía por la barbilla y le mojaba las tetas. Levantó los ojos y me miró con la polla adentro, mientras la lengua me trabajaba por debajo, y esa imagen —la señora recta que subió al coche, ahora de rodillas mamando con la boca llena— casi me hace terminar en ese momento.
La detuve antes de llegar al límite. Le agarré la mandíbula con dos dedos, saqué la polla despacio, y ella se quedó con la boca abierta, esperando, la lengua afuera.
—Todavía no —dije—. Te quiero adentro.
***
La empujé contra el colchón. Le separé los muslos con las rodillas y la miré antes de entrar, solo un segundo, para que los dos supiéramos que eso era una decisión y no un accidente. Me agarré la polla con la mano y le pasé la punta arriba y abajo por la raja, embarrándome del flujo, dándole en el clítoris con el glande cada vez que subía.
—Métemela ya —gimió—. No juegues.
Entré de un solo movimiento, hasta el fondo, despacio pero sin detenerme a la mitad. Ella exhaló con fuerza y clavó los dedos en mis brazos. Le sentí el coño cerrarse alrededor de la polla, caliente, apretado, pulsando todavía por los orgasmos anteriores.
Me quedé quieto unos segundos. Dejé que se acostumbrara. Le lamí la boca sin llegar a besarla, y ella me chupó la lengua.
Después empecé a moverme. Al principio lento, sacándola casi entera y volviendo a meterla hasta el fondo, buscando el ángulo que ella mejor respondía. Sus caderas empezaron a moverse antes de que yo lo pidiera, saliendo a mi encuentro cada vez, encontrando el ritmo por su cuenta. La respiración se le fue acelerando en proporción exacta con la mía, y sus manos subieron desde mis brazos hasta mi espalda, arañándome, buscando algo a lo que aferrarse.
—Más fuerte —dijo entre dientes—. Cógeme más fuerte.
Le levanté las piernas hasta que le quedaron los tobillos junto a mis orejas. En esa postura la polla le entraba más profundo, y cada embestida le sacaba un gemido que ya no intentaba callar. El colchón crujía, sus tetas rebotaban con cada golpe, el sonido húmedo del coño tragándome la polla llenaba la habitación entera.
—Así, así, así —repetía—. No pares, me voy a correr otra vez.
Los orgasmos llegaron seguidos, sin que el anterior terminara completamente antes de que empezara el siguiente. Sentí el coño apretárseme en oleadas, cerrándose alrededor de la polla con una fuerza que no parecía coincidir con la mujer que había subido nerviosa al coche dos horas antes. Entre un orgasmo y otro me clavaba los talones en los riñones para que no aflojara el ritmo.
La giré sin salirme. Quedó a cuatro patas, con la cara contra la almohada y el culo levantado hacia mí. Le agarré las caderas con las dos manos y volví a metérsela desde atrás, de una sola vez. Ella gritó contra la almohada.
Le follé así un rato largo, mirando cómo la polla entera desaparecía dentro de ella y volvía a salir brillante, mirando cómo el culo le temblaba con cada choque. Le pasé el pulgar mojado por el ano, sin meterlo, solo apretando ahí, y sentí cómo se le contraía todo por dentro.
—Voltéate —le dije—. Quiero verte la cara.
Me acosté boca arriba y ella se me montó encima, con las manos apoyadas en mi pecho, mirándome directamente mientras se empalaba despacio, sintiendo la polla entrar centímetro a centímetro. Cuando la tuvo entera adentro se quedó quieta y sonrió.
—Me encanta cómo se siente —dijo.
Empezó a moverse. Al principio solo la cadera, en círculos lentos, mordiéndose el labio. Después subiendo y bajando entera, con los muslos abiertos, dejándome ver cómo la polla entraba y salía de ella. En el espejo lateral vi su espalda, las curvas de su cadera moviéndose con una lentitud deliberada que después fue acelerándose hasta hacerse frenética.
Le agarré las tetas con las dos manos, pellizcándole los pezones entre los dedos. Ella echó la cabeza hacia atrás, alzó los brazos un momento como si buscara equilibrio. Le llevé una mano al clítoris y se lo froté con el pulgar mientras ella se seguía moviendo, y en menos de un minuto se estaba viniendo otra vez, con el cuerpo temblando entero, apretándome la polla con esos pulsos que ya no podía disimular.
—Me voy a correr adentro —le avisé.
—Sí, adentro, adentro, no salgas —jadeó, y se dejó caer sobre mi pecho para que yo la agarrara de las caderas y la empujara hacia abajo mientras subía las mías a su encuentro.
Me vine con tres o cuatro embestidas finales, hundido hasta el fondo, sintiendo cómo le vaciaba todo adentro en chorros que no paraban. Ella se apretaba contra mí, contrayéndose alrededor de la polla como si quisiera sacarme la última gota, y me susurraba en la oreja cosas que no entendía del todo pero que sonaban a agradecimiento.
Nos quedamos quietos un rato largo, los dos boca arriba después, mirando el techo, los corazones bajando al mismo tiempo. Sentí cómo el semen empezaba a escurrírsele hacia el muslo, tibio, y ella se rio bajito.
—Qué desastre —dijo—. Nunca me habían llenado así.
***
Después de un rato se levantó para ir al baño, con los muslos todavía apretados y una mano ahí abajo para no manchar la alfombra. Yo escuché correr el agua y me quedé mirando las grietas del techo.
No estaba pensando en Rodrigo. Estaba pensando en el martes siguiente.
Claudia salió con una toalla y me la lanzó.
—Todavía tenemos tiempo —dijo—. Pero a las dos tengo que ir por las niñas.
Nos bañamos juntos. Sin urgencia, sin dramatismo, aunque bajo el agua ella se me arrodilló otra vez y me la chupó despacio hasta ponérmela dura, y yo la puse contra los azulejos y le metí los dedos hasta que se vino apretando la boca contra mi hombro para no gritar. Después ella se acomodó el vestido frente al espejo, revisó que no hubiera marcas donde no debía haberlas, se pasó el cepillo por el pelo.
—¿Cuándo nos vemos? —preguntó sin mirarme, mirando su reflejo.
—Cuando tú digas.
Asintió. Cogió su bolso y me dio la mano para salir.
La dejé a dos calles de casa de Verónica. Antes de bajar me apretó los dedos un segundo, rápido, sin decir nada.
Arranqué el coche. No miré por el espejo retrovisor.