Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Pillé a mi hermano oliendo mis bragas en su cama

Me llamo Lucía. Tengo 42 años. Mi compañero de vida, de cama y de alma es Adrián, mi hermano pequeño, que acaba de cumplir 38. Para el resto del mundo, para nuestros padres que siguen viviendo en su piso de Sant Gervasi, en Barcelona, y para nuestros otros hermanos —Pablo, Inés y Marta—, Adrián y yo somos esos dos hermanos solteros, un poco raros y excesivamente unidos, que decidieron alejarse de la ciudad tras una supuesta crisis personal mía. Pero Adrián no es solo mi hermano: es mi obsesión, mi amante y el padre de mis dos hijos.

Vivimos en Cercedilla, un pueblo de la sierra de Madrid rodeado de pinares y montañas. Compramos este chalet adosado hace nueve años. Está lo suficientemente lejos de Barcelona para que nadie de la familia se presente sin avisar, pero lo bastante accesible como para acudir si pasa algo grave. Aquí, entre la niebla del Guadarrama y los inviernos que congelan los cristales por dentro, hemos construido nuestro refugio.

Todo empezó mucho antes de venir aquí, en el piso de nuestros padres. Yo tenía 26 años y él 22. Siempre hubo entre nosotros una tensión rara, una corriente eléctrica que yo intentaba ignorar haciéndome la tonta. Hasta que empecé a notar cosas extrañas con mi ropa interior. Mis braguitas, sobre todo las usadas, las que dejaba en el cesto del baño, aparecían recolocadas. A veces, la tela de la entrepierna se sentía más rígida, como si la hubieran mojado y dejado secar al aire. Otras veces olían distinto: una mezcla de mi propio aroma almizclado y algo más agrio, más masculino.

La confirmación llegó un martes de noviembre. Volví de la facultad antes de tiempo porque me había bajado la regla de golpe y necesitaba cambiarme. La casa estaba en silencio. Mis padres trabajaban hasta tarde y mis otros hermanos andaban en clase. Caminé por el pasillo y escuché un sonido rítmico, acompañado de una respiración pesada, que salía de la habitación de Adrián. La puerta estaba entreabierta.

Me acerqué sin hacer ruido. Lo vi de espaldas, sentado en el borde de la cama, encorvado sobre sí mismo. Tenía los pantalones bajados hasta los tobillos. Se masturbaba con una furia que me dejó sin aire. Pero lo que me clavó al suelo fue ver lo que tenía en la otra mano: unas bragas mías de encaje burdeos, las que había llevado puestas el día anterior y que había tirado al cesto esa misma mañana.

Las apretaba contra la cara, hundiendo la nariz en el tejido con desesperación. Buscaba mi olor, mi humedad seca, mi rastro, mientras se las pasaba por el glande con la otra mano. Gemía mi nombre entre dientes:

—Lucía… joder, Lucía… qué bien hueles… me cago en todo…

Tendría que estar gritando. Tendría que estar huyendo. No estaba haciendo nada de eso.

En lugar de huir, me quedé. Sentí cómo mis pezones se endurecían contra la tela del jersey. Una humedad caliente y pegajosa me bajó por los muslos, empapando las bragas que llevaba puestas en ese mismo instante. Ver a mi hermano pequeño profanando mi intimidad, usándome sin que yo lo supiera, me excitó más que cualquier hombre que me hubiera tocado nunca. Era sucio, era retorcido, y por eso mismo era irresistible.

Entré en la habitación y eché el pestillo. El clic metálico sonó como un disparo en aquel silencio. Adrián se giró de golpe, blanco como el papel, con los ojos abiertos por el pánico. Intentó esconder mis bragas detrás de la espalda, pero su erección seguía ahí, rojiza y palpitante, delatándole. Cuando vio que yo me estaba desabrochando el jersey, el terror de sus ojos se transformó en algo distinto. Hambre.

—Lucía… yo… esto no es lo que parece, te lo juro, yo solo… —tartamudeó, temblando.

No le dejé terminar. Me acerqué despacio, sin apartar la vista del bulto de tela burdeos que apretaba en su puño.

—No las escondas —susurré, dando un paso más hasta quedar atrapada entre sus rodillas abiertas—. Dámelas.

Abrió la mano lentamente, como si le costara la vida misma. La tela de encaje estaba arrugada, tibia y húmeda por el sudor de su palma.

—Soy un cerdo, Lucía… Soy un puto enfermo… —se le quebró la voz, y vi cómo las lágrimas le rodaban por las mejillas, mezclándose con la vergüenza—. No se lo digas a papá, por favor. Me iré de casa, te lo juro, me iré y no te volverás a cruzar conmigo nunca más…

—Cállate, anda —le interrumpí, arrodillándome frente a él con una calma que me sorprendió a mí misma. Puse las manos sobre sus muslos, sintiendo cómo los músculos le temblaban bajo mis palmas—. ¿Crees que estoy enfadada? ¿Crees que no me he dado cuenta de cómo me miras desde hace años?

Acerqué la cara a su erección, que latía a centímetros de mis labios, oliendo aquella mezcla prohibida de su excitación masculina y mi propio aroma íntimo impregnado en las bragas que acababa de soltar.

—¿Desde cuándo? —pregunté, mirándole hacia arriba, buscando sus ojos llorosos.

—Desde siempre —gimió, echando la cabeza atrás, incapaz de sostenerme la mirada—. Me paso el día pensando en ti. En cómo hueles cuando sales de la ducha. En cómo te queda esa falda de cuadros… Me estoy volviendo loco, Lucía. Quiero follarte, joder, quiero metértela hasta el fondo y sé que voy a ir al infierno por eso.

Sonreí. Una sonrisa que me nació desde las entrañas, depredadora.

—Pues nos vamos juntos —le dije.

Sin perder más tiempo, me bajé los vaqueros. Me subí a horcajadas sobre él, empujándole el pecho hasta que la espalda chocó contra el colchón. La fricción de mi sexo desnudo y empapado contra su piel fue eléctrica.

—Lucía, no… no podemos… —intentó decir, pero las manos ya se le aferraban a mis caderas con una fuerza desesperada.

—Calla y bésame, hermanito. Hazme todo lo que le hacías a mi ropa.

Le besé. No fue un beso de película: fue un choque de dientes y lenguas, salado por sus lágrimas. Sentí su sabor, su miedo y su deseo explotando en mi boca. Guié su pene con la mano, sintiendo aquel tacto de terciopelo y acero, y me dejé caer sobre él de golpe.

El grito que soltamos los dos quedó ahogado por nuestros propios besos. Me llenó por completo, una sensación tan incorrecta y tan perfecta que me hizo arquear la espalda y clavarle las uñas en los hombros.

—¡Joder, Lucía! ¡Estás apretadísima! —jadeaba en mi oído, embistiendo hacia arriba con un ritmo torpe pero desesperado—. Eres mía, joder, eres mía.

—Sí, Adrián, sí… fóllame, déjame preñada si quieres, pero no pares —le supliqué, moviendo las caderas para recibir cada centímetro de mi propia sangre.

Aquella tarde no hablamos más. Solo nos devoramos. Follamos con la desesperación de quien sabe que está cometiendo un crimen y le da igual, lavando la culpa con sudor, fluidos y gemidos.

***

Nueve años después de mudarnos a Cercedilla, nacieron Mateo y Lía. Nuestros mellizos. Tienen siete años ahora.

Sabíamos los riesgos. Sabíamos que nuestra sangre era demasiado parecida, un cóctel genético arriesgado. Pero queríamos tanto una parte del otro que jugamos a la ruleta rusa. Y la bala nos rozó, dejándonos una herida que duele y que amamos a partes iguales.

Los dos están dentro del espectro autista.

Lo notamos pronto, antes de los dos años. No nos miraban a los ojos. No señalaban los aviones que pasaban por encima del jardín. Alineaban los coches de juguete en filas infinitas y perfectas, obsesivamente, y si uno se movía un milímetro, el mundo se les caía encima. Mateo es el más listo: tiene altas capacidades en matemáticas y una memoria que asusta, pero es rígido como una piedra. Si le cambias la ruta del colegio o si su plato favorito no tiene la textura exacta, entra en crisis. Lía… Lía es mi niña de cristal. Tiene siete años y todavía no habla. Ni una palabra. Solo emite sonidos, pequeños canturreos guturales cuando se balancea feliz, y gritos desgarradores cuando se frustra. Vive en su propio mundo, un planeta donde a veces ni Adrián ni yo podemos entrar.

Para nuestra familia, los niños son fruto de una relación mía que salió mal, un novio fugaz que se desentendió en cuanto se enteró del diagnóstico. Adrián es el «tío heroico» que se sacrifica por su hermana y sus sobrinos. Si supieran la verdad, arderíamos en una hoguera. Pero aquí, en el pueblo, nadie pregunta demasiado. Nos ven como una familia unida por la desgracia, no por el pecado.

Adrián se mata a trabajar. Tiene una herrería artística en el polígono del pueblo de al lado. Hace barandillas, rejas y esculturas por encargo. Trabaja doce horas diarias para que no nos falte nada. Casi todo el dinero se va en terapias, logopedas privados, materiales sensoriales y el colegio de educación especial de Collado Villalba al que tengo que llevarlos cada mañana haciendo kilómetros por la sierra.

Yo no trabajo fuera de casa. Mi trabajo son ellos. Es duro. A veces, cuando Lía tiene una crisis y se golpea la cabeza contra el suelo de tarima porque no sabe decirme que le duele la tripa, o cuando Mateo se pone a gritar porque ha habido un corte de luz, siento que me rompo por dentro. Pero luego miro a Adrián, veo cómo los mira él, con esa mezcla de amor infinito y culpa, y sé que no cambiaría nada.

No me importan los sacrificios. No me importa que mi vida social sea inexistente. Ver el fruto prohibido de la persona que más amo, ver las consecuencias de nuestro incesto correteando por el salón o aleteando las manos de emoción, me deja un sabor agridulce, como morder un limón y luego besar azúcar. Son nuestros defectos perfectos.

***

Por las noches, cuando la casa por fin queda en silencio tras el caos del día, Adrián se sienta a los pies de la cama. Coge mis pies cansados entre sus manos. Empieza a darme un masaje, dedo a dedo, con una ternura que contrasta con su fuerza bruta de herrero. De vez en cuando, levanta mis pies y los huele, besando los empeines como un peregrino besaría una reliquia.

—Perdóname, Lucía —me susurra, con la voz rota, sin levantar la nariz de mi piel—. Perdóname por todo este sufrimiento que te he traído. Por lo de los niños. Deberías tener una vida normal, no esto. Es culpa mía por desearte tanto.

Yo le acaricio el pelo, sintiendo el peso entero de su amor y de su dolor.

—No tienes nada que disculpar, mi amor. Nunca. Tenemos a los hijos más cariñosos del mundo. Son nuestros. Son perfectos a su manera porque son tuyos y míos.

Y en ese momento, mientras él besa mis pies y yo le seco las lágrimas, los dos sabemos lo mismo. Que volveríamos a cometer el mismo error mil veces. Que el precio de nuestra sangre fue alto y, aun así, lo volveríamos a pagar entero.

Valora este relato

Comentarios (9)

TabooWolf

madre mia que situacion... me dejo con demasiada intriga, espero que haya continuacion!!

pampero1979

Muy bien narrado, se nota que hay ganas reales de contar la historia y no solo de rellenar. Sigan asi!

NinaOcean22

increible!!! de los mejores de esta categoria sin duda

Clau_Tucuman

la parte del pasillo me atrapo de entrada, captura muy bien ese momento de no saber si seguir mirando o irse. Muy logrado en serio

RubenZ_40

Se hizo cortísimo. Queremos mas!!

fern10

buenisimo, lo lei dos veces jajaja

SilencioYNoche

Lo lei de un tiron y al final quede pensando en como termina. Esta muy bien construido el suspenso del principio. Mas por favor!

MariaCarmen_Sur

me recordo a algo que vi de chica que nunca olvide, aunque sin estos detalles jajaja. Muy real la forma de contarlo

Rodri_77

Excelente!! La atmosfera que lograste al principio es muy efectiva, te mete de lleno en la escena desde la primera linea

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.