La mujer madura del café que no pude olvidar
Llevaba botas hasta la rodilla y ese tipo de mirada que tienen las mujeres que ya saben lo que quieren. Me levanté a darle mi tarjeta antes de que el momento se esfumara.
Llevaba botas hasta la rodilla y ese tipo de mirada que tienen las mujeres que ya saben lo que quieren. Me levanté a darle mi tarjeta antes de que el momento se esfumara.
Éramos cuatro personas de cuarenta años que nunca habían roto un plato. Raquel dijo que había que hacer algo que no pudiéramos contarle a nadie.
Había entrado a buscar el baño y se quedó parado en el umbral mirándome. Veinte años, cara de nervios, y una pregunta que no esperaba.
Ella eligió al hombre. Yo organicé los encuentros. Ninguno de los dos sabía exactamente cómo terminaría aquella noche de primavera en Barcelona.
Me agarraron por detrás sin que lo viera venir. En segundos estaba de rodillas en plena luz del día, con todo el parque mirando.
La tarjeta no decía nada más que un nombre y un número de teléfono. Nadie nos advirtió de lo que íbamos a encontrar al otro lado de esa verja.
Cuando pasé por el taller, las luces estaban apagadas. Pensé que se habían ido. Entonces escuché su voz desde la ventana del camión, llamándome por mi nombre.
Pusimos música bajita, apagamos las luces y nos prometimos que lo que se dijera esa noche no saldría de ahí. La promesa más difícil de cumplir.
A las once de la noche bajé al lobby en pijama por un paquete. Lo que no sabía es que el hombre que lo traía se quedaría a charlar.
Olía a tabaco y a campo. No era guapo, pero desde que lo vi por primera vez, algo en mí dejó de funcionar con normalidad.
Me dije que solo sería un café. Que podía controlar la situación. Pero cuando abrió la puerta antes de que yo tocara el timbre, ya no había vuelta atrás.
Cuando mi compañera de piso me dijo «llévame contigo», supe que esa noche iba a perder algo más que la timidez. Lo que no imaginé fue que él aparecería.
El juguete vibraba dentro de Clara mientras bailaba con desconocidos. Andrés la controlaba desde su mesa. Nadie en el bar sabía nada.
Cuatro hombres poderosos muertos de la misma manera. Todos desnudos, exhaustos. Alguien los elegía, los seducía y los llevaba al límite exacto antes del final.
Bajé a la cocina a medianoche sin imaginar que él seguía despierto. Estaba en el jardín fumando, con ese aire que no se aprende. Me miró y no hice nada por marcharme.
Detrás de aquellas cajas pensé que nadie podría verme. La cámara roja del techo y los pasos en la puerta me decían otra cosa.
Andrés entró a esa tienda buscando unos pantalones y encontró algo que no esperaba: una dependienta que sabía exactamente lo que quería de él.
El taller olía a grasa y metal. Tenía diecisiete años, una pollera corta y dos sobres de plata que no alcanzaban para lo que se venía.
Subí la escalera de metal sin atreverme a mirar abajo. Sabía que varios ojos intentaban colarse entre mis piernas, y todavía me faltaba la peor parte del mandado.
Mis amigas llevaban años con experiencia cuando yo apenas había rozado a un chico. Esa noche en Medellín lo recuperé todo de golpe.