Lo que le hicimos al chico del cine aquella noche
Cuando Nicolás giró la cabeza y los vio, su cara lo dijo todo. Raquel dejó que la mirara un segundo más antes de levantarse y caminar hacia él.
Cuando Nicolás giró la cabeza y los vio, su cara lo dijo todo. Raquel dejó que la mirara un segundo más antes de levantarse y caminar hacia él.
Mis padres no estaban. La tarde era larga y el deseo, insoportable. Cuando el nombre 'Valeria_sola' apareció en la lista, algo me dijo que esa tarde sería diferente.
Era la primera vez que iba a la base de transporte a buscarlo. Lo que no sabía es que Rodrigo ya me estaba esperando con una sonrisa que no era inocente.
Hay mañanas en que el cuerpo me gana antes que la mente. Las sábanas húmedas, las caderas moviéndose solas, y entonces te invento a ti: un desconocido que me rompe entera.
Llevaba treinta años planchando camisas y fingiendo orgasmos. Hasta que un camarero joven en Alicante me devolvió el cuerpo que yo misma había olvidado.
Cuando el guía enmascarado me separó de Mateo en aquella hacienda colonial, supe que la fantasía que habíamos susurrado en la oscuridad estaba a punto de volverse carne.
Era famosa, perfecta y cincuentona. Yo era el delantero del momento. Esa noche subí a su suite y entendí lo que es jugar fuera de tu liga.
Cuando salí del probador con esa minifalda diminuta, mi marido ya le había explicado las reglas al encargado. Solo me quedaba salir y dejarme mirar.
Sabía que no era sensato. Rodeé el puente de todos modos, bajé por el paredón y lo encontré durmiendo exactamente donde lo había dejado.
El desconocido del vagón metió la mano bajo su falda sin preguntar. Valeria no se apartó. Solo podía pensar en que ojalá fuera su hijo Marcos el que la tocara así.
Entré al juego para hacer amigos. Me quedé porque ahí había hombres que querían lo mismo que yo: algo real, sin nombre y sin futuro.
Una pelirroja bailaba descalza en la cala vacía mientras su novio cambiaba la canción. Dos socios casados cruzaron una mirada y supieron que esa noche habría peaje.
Carmen dormía al sol desnuda mientras yo tomaba la peor y mejor decisión de mi vida. Cuando despertó y vio el estado en que estaba, no reaccionó como esperaba.
Cuando pasé por el paradero, Don Rodrigo me vio desde el bus. Lo que empezó como unas cervezas de cumpleaños terminó de una forma que no esperaba.
Rodrigo me dijo que serían seis. Yo me levanté y me fui. Nueve días después le devolví la llamada para decirle que había pensado y que sí.
Guardaba sus textos en una carpeta privada, los releía de noche con la luz apagada. Llevaba meses haciéndolo antes de atreverme a escribirle.
Cada vez que aceptaba una condición, aparecía la siguiente. Al final del día ninguno de los dos sabía bien qué había pasado, pero ambos querían repetirlo.
Cincuenta y cuatro años, maleta hecha y una semana en la costa. No iba buscando nada. Pero ese camarero de ojos azules tenía una forma de mirar que lo cambiaba todo.
Anduve quince minutos hasta su hotel con el vestido más corto que tenía. Sabía exactamente para qué iba y no me importaba que se notara.
Su avatar se sentó junto al mío en aquella terraza pixelada y algo en su voz me hizo quedarme hasta las cinco de la mañana.