La orgía prometida que terminó entre miradas
El cartel prometía orgía, parejas, strippers. Lo que pasó en ese motel fue otra cosa: él me desnudó delante de treinta desconocidos.
El cartel prometía orgía, parejas, strippers. Lo que pasó en ese motel fue otra cosa: él me desnudó delante de treinta desconocidos.
Rodrigo le presentó a sus tres amigos. Cada uno traía un sobre y un regalo. Valentina los miró y dijo que ya podían empezar.
Cuando vi al desconocido pegado a la espalda de mi mujer, supe que nunca iba a olvidar esa imagen. Lo que no sabía es que aún faltaba lo peor.
Era solo un juego para hacer amigas, pero cuando ella preguntó si podía venir esa noche, entendí que habíamos cruzado una línea que yo quería cruzar.
Lo agregué sin pensarlo. Leí todo lo que publicó. Nunca le di un like. Tres años después, sigo sin atreverme a escribirle, pero lo pienso cada noche.
Dos mujeres separadas, un departamento demasiado ordenado y un mazo de cartas que nadie tendría que haber encontrado esa noche.
Doce personas que nunca se habían visto, una casa con piscina en el campo y dos noches sin ropa. Yo lo monté todo. Nadie se fue decepcionado.
Llevaba catorce años mintiendo con el cuerpo. Aquella tarde en la camilla de Lucía, por primera vez, dejé de fingir.
Llevaba un mes pensando en esa noche, y se lo conté todo a Sandra sin filtros. Ella escuchó en silencio y al final dijo: me da envidia. Así empezó todo.
No supe quiénes eran ni cuántos. No podía verlos ni tocarlos. Solo sentirlos. Y eso era exactamente lo que Rodrigo había planeado desde que se lo conté.
Hacía un mes que no podía sacarme de la cabeza aquel rincón del Industria. Esa madrugada decidí volver, pero esta vez no iría sola.
Desde que me subí al coche, sus ojos volvían al espejo una y otra vez. Era obvio que me miraba. Decidí hacer algo al respecto.
Iba caminando sola cuando Ernesto se asomó por la ventana del camión y me llamó por mi nombre. Debí seguir de largo, pero algo en su voz me detuvo.
Caminaba sin rumbo cuando alzó la cabeza desde un segundo piso y me sostuvo la mirada como si supiera, antes que yo, que terminaríamos enredados en sus sábanas.
Reservé el camarote para mí sola, pero el Danubio tiene una forma de disolver fronteras que ningún mapa puede predecir.
Era solo un recado: llevarle la plata al mecánico. Pero cuando subí esa escalera de metal y entré a la oficina, supe que esa mañana no iba a terminar como había empezado.
Tenía veintiséis años y nunca había hecho nada parecido. Entré a esa sala con las manos temblorosas y salí siendo otra persona.
Solo llevaba un abrigo largo y botas de tacón. Su único plan era sentir las miradas de extraños recorriéndole el cuerpo mientras fingía hacer la compra.
Llevábamos tres años como amantes cuando me hizo esa propuesta. Quería verme con otro. Y saber que estaba mirando cambió todo lo que sentí esa noche.
Cuando vi al hombre acercarse por el camino, él me apretó la cabeza con más fuerza. No pensaba detenerse. Ni yo quería que lo hiciera.