La noche que Valentina cobró lo que vale
Cuatro sobres con dinero, cuatro regalos sobre la mesa. Valentina sabía exactamente cuánto valía, y esa noche se lo iban a demostrar.
Cuatro sobres con dinero, cuatro regalos sobre la mesa. Valentina sabía exactamente cuánto valía, y esa noche se lo iban a demostrar.
Nunca le di like. Nunca comenté. Solo leía sus textos a medianoche y me preguntaba si él también pensaba en alguien como yo.
Cuando el contrabandista nos dijo el precio, todos nos miramos. No eran joyas ni dinero. Éramos nosotros, nuestros cuerpos, doce horas al día frente a sus cámaras.
Me cambié en el baño del café y crucé la puerta sabiendo que al otro lado ya no era la esposa de nadie. Era otra cosa.
Bajé al lobby del hotel en pijama a buscar un paquete y me encontré con él: un hombre enorme con manos del tamaño de mi cabeza y una sonrisa que no era del todo inocente.
La puerta se abrió en medio de la tormenta y la señora nos miró de arriba abajo antes de hacer su oferta. Era directa: quinientos por todo, pagados por adelantado.
Semanas antes habíamos apostado en una partida de cartas. Quien perdiera tendría que cumplir la fantasía más oscura del otro. Él perdió. Y yo estaba a punto de cobrar.
Cuando entró en aquella habitación oscura de la mano de un desconocido, supe que tenía dos opciones: dar media vuelta o seguirla. Tomé la peor de las dos.
Crucé el bar con las piernas temblando, le tomé la cara y lo besé sin decir nada. Lo que vino después no se cuenta a la luz del día.
Cuando Lucía me preguntó si me gustaban las chicas, supe que la noche en esa cabaña perdida entre los árboles iba a cambiar todo lo que éramos como pareja.
Lucía se subió la falda sin mirarme, como si ya hubiera decidido por los dos. El extraño sonrió y cerró la puerta del baño con llave.
Llevaba meses sin que nadie me tocara. Esa noche encendí el coche sin rumbo, pero mi cuerpo ya sabía exactamente adónde iba.
Cuando los primeros gemidos cruzaron la puerta del 412, todavía sostenía la cubeta de champán con las dos manos. Diez minutos después ya no pensaba en el hotel.
Llevaba meses mirándolo en los vestuarios sin atreverme. Esa tarde, cuando me preguntó si quería subir a su casa, supe que era ahora o nunca.
Llevaba semanas ignorando sus miradas. Esa noche en el hotel, después de la piscina y de bailar con desconocidos, ya no pude seguir haciéndolo.
Esa tarde me visitaron cuatro hombres. Ninguno sabía de los otros. Yo era la única con el cuadro completo y no sentía culpa ninguna.
Había noches en que no miraba la cara de quien entraba. Contaba el dinero y esperaba que terminara. Pero una vez todo fue completamente distinto.
Aparcamos lejos de todo y caminamos hasta un banco entre los árboles. Yo no sabía que alguien iba a vernos, ni que esa idea me iba a poner aún más cachonda.
No había venido a Málaga a buscar nada. Y sin embargo, Mateo apareció con sus veintiocho años y esos ojos que te hacen sentir que el mundo te debe algo.
Cuando Diego detuvo el coche frente al motel, supe que aquella conversación de madrugada sobre mi fantasía más secreta había tenido consecuencias.