El desconocido que me enseñó a arrodillarme
Llevaba meses fantaseando con rendirme ante alguien que supiera tomar el control. No imaginé que lo encontraría un viernes en la barra de un bar.
Llevaba meses fantaseando con rendirme ante alguien que supiera tomar el control. No imaginé que lo encontraría un viernes en la barra de un bar.
Cuando lo vi salir entre los aplausos, supe exactamente lo que quería. No sabía que iba a hacerlo delante de treinta mujeres que no conocía.
Cuando abrí la puerta y lo vi allí plantado, con la gorra entre las manos y la entrepierna apretada, entendí al instante por qué mi padre lo había enviado.
Me lancé al lago sin pensarlo dos veces. Cuando salí del agua, mi ropa, mis botas y mi mochila habían desaparecido. Estaba sola y desnuda en la selva.
Cuando entró desnuda al agua humeante del onsen, supe que el viaje de negocios más importante de mi carrera acababa de torcerse para siempre.
Rodrigo tenía dos dedos dentro de mí cuando mamá salió del baño. Lo que vino después no lo había planeado nadie.
La reconocí en la cima del cerro. Siete años sin verla, y ella me miró como si supiese que ese sábado yo iba a estar ahí. Lo que vino después no debí dejar que pasara.
Llegué sola al Tresor a las tres y media. Cuando bajé al sótano no buscaba a nadie; lo que pasó después con aquel brasileño aún no me atrevo a contárselo a mis amigas.
Hacía meses que no salía. Me puse el vestido negro, fui al evento sola y no imaginé que esa noche iba a terminar entre dos hombres.
Mateo nos lanzó la idea una tarde cualquiera: uniforme de clínica, autobús lleno, sin ropa interior. Era una locura. Aceptamos de todas formas.
El calor de julio, una cerveza helada y sus manos ásperas. A los cuarenta y dos, descubrí que el deseo no tiene edad ni vergüenza.
Mateo tenía veinticinco años y una mirada que no pedía permiso. Cuando Andrés lo invitó a casa, los dos sabíamos que esa noche no iba a terminar pronto.
Llevaba semanas con esa sensación insoportable de necesitar ser poseída. Una noche decidí actuar: me maquillé, me vestí de provocación y fui al encuentro de un desconocido bien dotado.
Ella no podía moverse mientras yo controlaba el mando en el bolsillo. A nuestro alrededor, mil extraños celebraban el Carnaval sin sospechar nada de lo que ocurría bajo el terciopelo.
Sofía sacó del fondo del armario la ropa que su marido nunca le había visto. Su hija hizo lo mismo. Esa noche salieron juntas a buscar lo que faltaba en casa.