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Relatos Ardientes

Me anuncié como escort y elegí al más dotado

Llevaba semanas con esa sensación que me resultaba ya familiar pero nunca menos urgente: el cuerpo pidiendo lo que la mente sola no podía darle. Era una especie de hambre muy específica, un calor constante que ninguna fantasía nocturna conseguía callar del todo. Sabía lo que necesitaba. Siempre lo había sabido.

Me llamo Valeria, y soy trans desde que tengo uso de razón, aunque tardé años en encontrar esa palabra para lo que sentía. De joven tuve amigos, tuve enamoramientos, tuve una vida que desde afuera parecía normal. Pero por dentro siempre hubo esa otra vida paralela, ese deseo de ser la que recibe, la que es deseada, la que hace enloquecer a un hombre con solo existir.

Esa semana decidí actuar. Publiqué un anuncio en una de esas plataformas discretas, con una foto mía bien arreglada y una descripción escueta pero clara: travesti disponible para encuentros, selectiva con los candidatos. Antes de que pasara una hora, había más de veinte mensajes.

Los fui leyendo uno por uno con una mezcla de diversión y de deseo genuino. Pedí fotos a los que parecían interesantes. Algunos enviaron selfies torpes en el baño. Otros enviaron exactamente lo que yo había pedido ver. Cuando llegó la foto de Rodrigo —así me dijo que se llamaba—, supe que era él. Grosor, longitud, la forma perfecta de una polla que todavía no había tenido entre las manos esa noche pero que ya sentía de forma muy concreta, pesándome en la boca del estómago, humedeciéndome sin que hubiera hecho nada.

Quedamos en un hotel a quince minutos de mi apartamento. Él llegaría antes y me esperaría en la habitación. Tenía dos horas para prepararme.

***

Me metí en la ducha y me tomé el tiempo que merecía la ocasión. Agua caliente, jabón con aroma a sándalo, la espuma corriendo por cada curva de un cuerpo que había tardado años en aprender a querer. Con la ducha de mano me lavé por dentro con paciencia, una y otra vez, hasta quedar limpia como una copa. Metí dos dedos enjabonados y los moví en círculos, abriéndome poco a poco, imaginando ya lo que iba a entrar ahí. Salí envuelta en una toalla color crema y me quedé delante del espejo grande del cuarto un momento, simplemente mirándome, con los pezones todavía duros del agua fría del final.

Apliqué crema hidratante con calma, sin prisa, de los pies hasta los hombros. Luego el maquillaje: base ligera, contouring preciso, labios en un rojo oscuro que sabía que hacía efecto y que iban a quedar marcados alrededor de su verga en cuestión de una hora. Me puse la peluca, castaña con ondas sueltas que me llegaban por encima del hombro. El resultado en el espejo me satisfizo. No era la chica discreta de todos los días. Era otra cosa: era una puta cara, una puta bonita, una puta que iba a ser follada como merecía serlo.

Para la ropa elegí con criterio. Una tanga de encaje negro, alta en las caderas y mínima por detrás, que dejaba mi polla apretada contra el vientre y marcaba bien las nalgas al abrirse. Un sujetador a juego, de media copa, que levantaba el pecho y dejaba los pezones apenas cubiertos. Encima, un body de malla transparente color negro que lo mostraba todo sin enseñar nada de golpe. Las medias, negras con costura, sujetas con un liguero finísimo. Los zapatos de tacón de aguja, plata, altos hasta rozar lo incómodo.

Me miré al espejo una última vez antes de salir. Esta noche me van a follar hasta que no pueda cerrar las piernas. Tomé el bolso, las llaves, y bajé al coche.

***

El hotel era moderno, discreto, del tipo donde nadie hace preguntas. La recepcionista ni me miró. Subí en el ascensor hasta la tercera planta y llamé a la puerta de la habitación 312.

Rodrigo abrió de inmediato. Era más alto de lo que esperaba, ancho de hombros, con ese tipo de físico que viene de trabajar con el cuerpo, no de un gimnasio. Tenía el pelo corto, una barba de varios días sin arreglar, y unos ojos oscuros que me recorrieron de arriba abajo con una lentitud que sentí en el coño, si es que se le puede llamar así a lo que yo tengo entre las piernas y que en ese momento ya estaba respondiendo por su cuenta.

—Dios —dijo, y era casi un susurro—. Las fotos no te hacen justicia. Estás para comerte entera.

Entré sin responder. Él cerró la puerta.

Me tomó de la cintura con las dos manos y me giró hacia él. Su boca fue directa a la mía, sin tanteos, con esa seguridad que tienen los hombres que saben lo que quieren. Lo besé de vuelta con la misma intensidad, metiéndole la lengua hasta el fondo, mordiéndole el labio inferior. Olía a colonia sobria, a jabón, a hombre limpio y con hambre.

Sus manos se movieron por mi espalda, bajaron hasta mis caderas, se metieron por debajo del body y me agarraron las nalgas con las dos manos abiertas, apretándolas, separándolas, con una presión que no era agresiva pero sí muy clara. Sentí un dedo suyo colarse por el medio, apenas rozándome ahí donde iba a acabar la noche. Gemí contra su boca. Él respondió apretando más y frotando su bulto contra el mío. La tenía dura ya, dura y enorme, y me la clavaba por encima de la tela como si no pudiera esperar.

—Me vuelves loco —murmuró contra mi cuello, lamiéndome la línea de la mandíbula—. Hueles a que quieres que te folle.

—Es exactamente lo que quiero —le contesté al oído—. Y no despacio.

Me llevó hacia la cama sin apresurarse. Se sentó en el borde y yo me quedé de pie frente a él, dejando que mirara. Se lo merecía. Yo también me merecía ser mirada así.

Me bajé los tirantes del body muy despacio. Él seguía cada movimiento con los ojos y con la mano metida entre las piernas, ajustándose la polla dentro del pantalón sin disimulo. Cuando el encaje del sujetador quedó a la vista, extendió la mano y lo tocó con un dedo, siguiendo el borde del tejido, luego bajó por mi vientre hasta la tanga y pasó la yema por encima de mi bulto, apretándomelo suave, comprobando lo que tenía yo también ahí.

—Vaya, vaya —dijo, con media sonrisa—. Tú también estás lista.

—Puedo quitarme todo esto —dije.

—Todavía no. Primero ven aquí.

Lo tomé de la cara con ambas manos y lo besé de nuevo, esta vez más despacio, mientras mis dedos encontraban el cinturón, luego el botón del pantalón, luego la cremallera. No llevaba nada debajo. Su polla saltó fuera, dura, gruesa, con las venas marcadas y la punta ya brillante de un hilo transparente. La tomé con la mano y ni me la abarcó del todo. Era exactamente como en la foto, tal vez mejor: caliente, firme, con ese peso específico que no se puede describir bien pero que se siente hasta en los dientes.

—Ay, qué polla más bonita tienes —le dije, y no era teatro. Era verdad. Se la apreté, la bombeé un par de veces despacio, sentí cómo latía en mi mano—. Me la voy a mamar entera.

Él soltó una carcajada baja y me puso la mano en el pelo.

—Pues venga. Mámamela como sabes.

***

Me puse de rodillas en la alfombra frente a él. Hay una forma de mamar una polla que convierte el acto en algo más que un servicio: consiste en tomarse el tiempo, en no ir directo al grano, en tratar esa polla como algo que merece ser adorado.

Empecé por la base, sacando la lengua plana y lamiendo desde los huevos hasta la punta, muy despacio, mojándosela toda. Le tomé los testículos en la mano, se los sopesé, se los apreté con cuidado mientras seguía con la lengua. Lo oí respirar diferente. Le metí uno de los huevos entero en la boca y se lo chupé con calma, luego el otro, luego los dos a la vez mientras con la mano le hacía una paja lenta.

—Joder —soltó él—. Joder, qué bien haces eso.

Subí por el tronco con los labios cerrados, apretando, sin llegar nunca del todo a la punta. Luego la lengua, despacio, siguiendo cada vena, cada contorno, hasta llegar al glande y rodearlo sin acabar de cerrar la boca. Se movió involuntariamente hacia mí, empujando la cadera para meterme la punta a la fuerza. Yo me aparté un centímetro y le sonreí.

—No hagas eso —protestó con la voz ronca.

—¿Que no haga qué? —pregunté, mirándolo desde abajo con toda la inocencia del mundo, mientras le seguía haciendo una paja lenta con la mano llena de saliva.

Repetí la operación dos veces más, sacándole gotitas de la punta que me limpié con la lengua, antes de abrir la boca de verdad y tragármela como merecía ser tragada. Bajé despacio la primera vez, dejando que se ajustara a mi garganta, y cuando la punta me tocó el fondo respiré por la nariz y bajé un poco más. Sentí cómo su mano en mi pelo apretaba, cómo me sujetaba ahí un segundo antes de dejarme subir de nuevo para tomar aire.

—Así, tragátela toda —dijo él, con la voz cambiada—. Toda entera.

Empecé a moverme más rápido. Con una mano le seguía la base, con la otra le acariciaba los huevos, y la boca subía y bajaba con un ritmo que él marcaba a medias tirándome del pelo. Le llenaba la polla de saliva a propósito, para que se oyera todo, para que oyera cómo su polla entraba y salía de mi boca. De vez en cuando la sacaba entera y le daba lametones largos en la cara inferior, dejándola brillar, o me la sacudía por las mejillas y por los labios.

—Mírame mientras me la mamas —me ordenó.

Levanté los ojos y me la volví a meter hasta el fondo sin dejar de mirarlo. Vi cómo se le abría la boca, cómo se le tensaba el cuello, cómo apretaba los ojos un segundo antes de volver a abrirlos. La cara que tenía era de una satisfacción tan completa que me costó no correrme yo dentro de la tanga solo de verlo.

Me tomé casi veinte minutos en eso. Cuando le noté que se le hinchaba más de la cuenta y se le empezaba a mover sola en mi boca, aflojé el ritmo. Cometí el error de hacer una pausa para mirarlo y me arrepentí, porque él ya no aguantaba más.

—Para —dijo él finalmente, tirando fuerte de mi pelo para que me incorporara—. Para o me corro en tu boca y no quiero. Todavía no.

Me levanté con la boca chorreando y una sonrisa. Él me quitó el sujetador con una mano, deprisa y sin torpeza. Bajó la cabeza a mis pechos y los trató con la misma atención que yo había puesto antes. Me chupó los pezones uno detrás del otro, los mordió despacio, me los estiró con los dientes hasta que solté un gemido largo que no había planeado soltar. Mientras tanto, su mano bajó a mi tanga y la apartó a un lado, y su dedo del corazón, húmedo de saliva, encontró mi agujero y empezó a hacer círculos ahí, presionando, entrando media falange, saliendo, entrando otra vez.

—Métemela ya entre las nalgas —le dije al oído, con la voz rota—. Quiero sentir cómo está antes de que me la claves entera.

—Bájate esa tanga —contestó—. Quiero verte el culo.

Obedecí. Me quedé con las medias, el liguero y los tacones. Nada más. Él me giró de espaldas y me hizo inclinarme sobre la cama, apoyada en los codos, con el culo levantado hacia él. Sentí sus manos abriéndome las nalgas, y luego su lengua, plana y caliente, subiendo desde detrás de los huevos hasta el agujero, deteniéndose ahí, presionando, metiéndose. Grité contra el colchón.

—Joder, cómo te gusta —murmuró él, riéndose bajito, mientras seguía comiéndome el culo como si fuera lo único que le importaba en el mundo.

Me lamió durante minutos. Metió la lengua tan adentro como pudo, luego un dedo, luego dos, moviéndolos en tijera, abriéndome poco a poco. Cuando yo ya estaba moviendo el culo contra su cara pidiendo más, se levantó.

***

Me recosté boca abajo sobre la cama, todavía con el culo en pompa. Él se colocó encima de mí, su peso distribuido sobre los codos para no aplastarme, y deslizó la polla entre los glúteos, moviéndose despacio, arriba y abajo, sin meterla. Yo había puesto aceite antes de salir de casa, justo ahí, previsora. Con eso y con toda la saliva y el aceite extra que él sacó de la mesilla, el resultado era una fricción perfecta que hacía que me costara trabajo respirar. La punta de su verga se enganchaba en mi agujero cada vez que bajaba, amenazando, sin decidirse.

—¿Así? —preguntó, jadeando en mi oído.

—Así —confirmé—. Pero no solo así. Ya, métemela ya.

Me abrió las piernas con una rodilla. Con la mano se sujetó la polla y colocó la punta en mi entrada. Empezó a preparar el terreno con paciencia, con cuidado real, sin apresurarse, presionando y cediendo, presionando un poco más. No todos los hombres saben hacer eso. Rodrigo sí. Lo fui dejando ir más profundo poco a poco, guiándole el ritmo con la presión de mis caderas, empujando yo también hacia atrás para tragarle la verga.

—Rodrigo —dije.

—Dime.

—Métemela toda. Ya. De una.

Sentí la presión al principio, esa resistencia que no es dolor sino todo lo contrario: la señal de que algo está pasando de verdad. Él avanzó despacio, deteniéndose cada vez que yo tensaba el cuerpo, esperando, volviendo a avanzar. La sentí abrirme centímetro a centímetro, gruesa, dura, insistente, hasta que noté sus huevos contra mis nalgas. Cuando llegó hasta el fondo, los dos nos quedamos quietos un segundo, y yo solté un gemido largo, hondo, que me salió de un lugar del cuerpo que hacía semanas no me visitaba.

Esto es exactamente lo que necesitaba. Una polla dura, entera, hasta la raíz.

Empezó a moverse. Primero con cuidado, sacando la mitad y volviendo a hundirla, luego con más confianza cuando vio que yo respondía con el cuerpo entero, moviendo las caderas a su ritmo, buscando el ángulo. Sus manos en mi cintura eran firmes. Cada embestida llegaba un poco más lejos que la anterior. Escuchaba el golpe húmedo de sus caderas contra mi culo, el chasquido del aceite, mi propia voz gimiendo en la almohada.

—Más —le pedí—. Más fuerte. No te cortes.

No necesitó que se lo repitiera. Me agarró del pelo con una mano, del hombro con la otra, y empezó a follarme en serio. Cada embestida era un golpe seco que me sacudía entera, que hacía que se me movieran las tetas contra las sábanas, que me sacaba un grito ahogado. Su polla me tocaba en un sitio muy concreto, muy adentro, y con cada movimiento yo sentía que se me caía la cabeza para atrás sola.

—Qué culo tienes —jadeaba él—. Qué culo tan apretado, joder.

—Es tuyo —le contesté sin pensarlo—. Es tuyo esta noche. Rómpelo.

Me sacó la polla de golpe y me giró en la cama boca arriba. Me levantó las piernas, me apoyó los tobillos en sus hombros, y volvió a metérmela de una embestida entera. Grité. Desde ese ángulo la sentía todavía más profundo, y podía verlo a él: la cara concentrada, la mandíbula apretada, el sudor bajándole por el cuello. Le agarré la nuca y lo bajé para besarlo mientras él seguía embistiendo.

Me cambió de posición sin sacármela otra vez. Me puso de lado, con una pierna levantada, y me la metió desde atrás mientras con la mano libre me pellizcaba los pezones. Luego me sentó encima suyo, con él tumbado en la cama y yo a horcajadas, y me dejó a mí el trabajo. Empecé a subir y bajar, ensartándome yo sola en su polla, marcándome el ritmo, mirándolo desde arriba mientras él me miraba a mí con la boca abierta. Le tomé las manos y me las llevé a las tetas para que me las apretara. Con la otra me agarré mi propia polla, dura como una piedra, y empecé a masturbarme al mismo ritmo que me lo metía.

—Me voy a correr —le avisé—. Me voy a correr solo de sentírtela dentro.

—Córrete —dijo él, apretándome las caderas para clavármela más—. Córrete encima de mí.

Me corrí así, montada, con su verga hasta el fondo y mi mano trabajándome la polla. Salió un chorro largo, caliente, que le cayó a él en el vientre y en el pecho. Sentí cómo se me apretaba todo por dentro alrededor de él, cómo mi culo lo estrujaba en oleadas, y él soltó un gruñido que fue casi un rugido.

—Yo también —dijo entre dientes—. Yo también me corro. ¿Dónde?

—Dentro —le contesté sin dudarlo—. Adentro. Lléname.

Me tomó de las caderas con las dos manos y me embistió desde abajo cuatro, cinco, seis veces más, cada una más fuerte que la anterior. En el momento del final lo sentí en todo el cuerpo: él se puso más tenso, más profundo, más frenético, y luego un espasmo largo que me llenó de calor desde adentro. Sentí cada latido de su polla vaciándose en mí, un chorro tras otro, y grité corto, con los ojos cerrados. Él se quedó quieto debajo, respirando fuerte, con las manos todavía clavadas en mi cintura.

Me dejé caer sobre su pecho, sin sacármela. Sentí cómo se le iba ablandando dentro poco a poco, y cómo su semen me chorreaba entre las nalgas mojándole a él los muslos. Ninguno de los dos dijo nada durante un rato.

***

Nos quedamos tendidos un buen rato. Él con una mano en mi cadera, yo mirando el techo de la habitación con una satisfacción física tan completa que casi daba risa. Afuera se oía el tráfico de la ciudad, amortiguado por el doble cristal de la ventana. Notaba su semen resbalándome por dentro del muslo y no hice nada por limpiarme.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Muy bien —dije, y era la respuesta más honesta que había dado en semanas—. Me has follado como necesitaba que me follaran.

Él soltó una risa baja y me apretó el culo con la mano abierta.

Cuando se levantó a ducharse, yo me quedé en la cama un momento más, sin moverme, con las piernas todavía abiertas y el cuerpo latiéndome despacio. Me pregunté si haría esto otra vez. Probablemente sí. No por el dinero, que era lo de menos. Sino por esto: la certeza de que el cuerpo sabe lo que quiere, y que de vez en cuando vale la pena dárselo sin complicaciones, con una polla dura hasta el fondo y sin pedirle permiso a nadie.

Rodrigo salió del baño con una toalla en la cintura, se vistió con la eficiencia de alguien que tiene otro sitio al que ir, y antes de cerrar la puerta se giró.

—Ha sido increíble —dijo—. La próxima vez te la meto por delante también, si me dejas.

—Lo sé —respondí, sonriendo—. Y te dejo.

La puerta se cerró. Me quedé sola en la habitación tibia, con el aroma mezclado de los dos todavía en el aire, con su semen aún dentro de mí, pensando en absolutamente nada. Era una sensación muy agradable.

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Comentarios(9)

Marito_lector

Tremendo relato, me enganchó desde el principio hasta el final. Seguí subiendo mas!

ValentinaK

Me encanto la forma en que lo contaste, se siente autentico. Una de las mejores cosas que lei en este sitio en mucho tiempo.

SilencioYNoche

increible!!

PakoMex

Por favor una segunda parte, quedé con ganas de saber como siguio la historia despues de esa noche.

NocheEnBA

La descripcion de como se preparó me pareció lo mejor, muy bien escrito. Felicitaciones

Carmen_Baires

Me recordó a una amiga mia que algo parecido vivio hace años jajaja. Buen relato!

Pacheco_22

Se hizo corto, queria mas detalle de todo lo que paso. 10/10

tinta_y_morbo

Muy buen planteamiento, la tension del inicio esta muy lograda. Espero el proximo relato con ansias.

LectorNocturno7

buenisimo!!!

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