La función de medianoche que compartimos los tres
Apenas se apagaron las luces, ella se levantó de su butaca y se acomodó frente a nosotros dos. Lo que vino después no fue ningún tráiler.
Apenas se apagaron las luces, ella se levantó de su butaca y se acomodó frente a nosotros dos. Lo que vino después no fue ningún tráiler.
La terraza acristalada deja ver mi silueta hacia fuera. Esa mañana, mientras tendía la ropa desnudo, oí dos voces de chicas riéndose justo debajo de mi ventana.
El portátil parpadeaba en la habitación vacía. Al levantar la pantalla, su padre entendió que la hija responsable de la casa era solo una máscara cuidada.
La llamé al teléfono mientras la veía a través del vidrio, agachada entre las piernas del hombre que acababa de sacar a mi sobrino de la celda.
Tres amigas, una pista de baile y una decisión que cambió la madrugada. Esto fue lo que pasó cuando dejé de buscar a Renata y la encontré justo donde no debía mirar.
Pasamos dos días sin tocarnos por el entierro. Cuando paramos en unas ruinas para descansar, ninguno pensó que esa noche acabaría con luces de baliza encima.
Levanté los ojos del libro y ahí estaba, asomado a su ventana, sin camiseta, mirándome como si yo fuera el canal que llevaba toda la tarde esperando.
Bajé del coche, levanté el capó y, sin cobertura, solo me quedaba esperar. Cuando vi acercarse el camión, supe que esa tarde no terminaría como debía.
Iba dormido contra su hombro cuando me despertó tocándome por encima del pantalón. Lo que no sabíamos es que la chica del asiento de delante miraba el reflejo en la ventanilla.
Sabía que él ya estaba sentado junto al ventanal, esperándonos. Lo único que mi marido y yo queríamos era convertirme en su obsesión por una sola noche.
Cuando bajé al parque del Olivar aquel sábado, no imaginé que pasaría la tarde siendo el juguete de dos hombres en un baño donde cualquiera podía entrar a maquillarse.
En la escalera mecánica me pilló mirándole las piernas. En vez de molestarse, me dedicó una sonrisa burlona que iba a cambiar todo lo que pasó después.
En cuanto se vio en el espejo con el vestido puesto, supo que esa tarde no iba a poder caminar tranquila ni cinco metros sin que la siguieran.
Pensé que solo bajaría a la oficina del subsuelo para hacer lo de siempre. Pero esa tarde, Don Ricardo tenía algo más que su mano en el bolsillo del overol.
Subí al bus con falda corta y sin brasier. Cuando me senté detrás del chofer, noté que el retrovisor no apuntaba al pasillo: me apuntaba a mí. Entonces decidí ponerlo a prueba.
Llevábamos dos noches mirando sin tocar. La tercera, mientras dos parejas se mezclaban a un metro de nosotros, mi novia me apretó el brazo y me susurró algo.
Un bravucón que nunca aprendió a respetar. Ese día en el parque iba a recibir la lección que nunca olvidaría, de las mismas manos que había intentado humillar.
Valentina llevaba cuatro meses planeando ese fin de semana. Cuatro amigos, un resort naturista, y una noche que ninguno de los cuatro sabía cómo iba a terminar.
La vela ardía a dos centímetros del alambre. Solo necesitaba aguantar un minuto sin moverse y la marca sería suya. Natalia no dudó ni un instante.
El autobús estaba repleto y apenas podía moverme. Cuando sentí la primera caricia en el muslo, pensé que sería un accidente. Pero no lo era.