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Relatos Ardientes

La desconocida que me sedujo en los probadores

Ese sábado por la tarde tenía la mente en otro sitio. Había quedado con una amiga para cenar, me faltaba el regalo y cargaba con una irritación sorda que no sabía bien de dónde venía. De esas tardes en que el cuerpo pide algo que la cabeza no quiere nombrar. Llevaba dos semanas sin follar y las bragas me pesaban como si supieran algo que yo todavía negaba.

Entré al centro comercial sin prisa, apenas con la vaga intención de encontrar algo bonito en la sección de perfumería. Pero los pasillos tienen su propia lógica, y sin darme cuenta estaba parada frente a una hilera de maniquíes vestidos con encaje negro.

Lencería.

Me quedé mirando como si me hubiera detenido sola, sin haberlo decidido. El departamento estaba casi vacío a esa hora. Dos vendedoras jóvenes charlaban en el mostrador sin prestarme atención, y más al fondo, entre los expositores de sujetadores y tangas, se movía una mujer.

Era morena, con el pelo recogido en un moño descuidado que le dejaba el cuello al descubierto. Llevaba un vestido de verano que se ajustaba justo donde debía ajustarse, marcándole las tetas y el culo de una manera que se sentía casi obscena a plena luz del día. Sacaba ropa de las perchas con la concentración de quien sabe exactamente lo que busca. La observé unos segundos más de lo necesario, imaginándome esos pechos sin la tela encima.

Qué ridícula estoy siendo, pensé. Y me obligué a caminar hacia los perfumes.

Pero al doblar la esquina la volví a ver. Esta vez estaba frente a un espejo de cuerpo entero, sosteniendo un vestido de noche negro contra su silueta y estudiando su propio reflejo con el ceño ligeramente fruncido. Tenía esa manera de mirarse que no es vanidad sino evaluación, como si estuviera tomando una decisión importante.

Me detuve. No lo pude evitar.

Entonces ella levantó la vista y me encontró en el espejo.

No aparté la mirada de inmediato. Ella tampoco. Hubo un segundo, quizás dos, en que las dos lo entendimos. Después sonrió, apenas con un lado de la boca, y siguió mirándose.

—¿Qué opinas? —preguntó sin girarse, hablándome todavía a través del cristal.

Tardé un instante en entender que me preguntaba por el vestido.

—Es precioso —respondí con la voz más neutral que pude sostener.

—¿Verdad? —Se giró hacia mí por fin. Tenía los ojos oscuros y una boca que parecía diseñada para decir cosas que una no espera—. Pero no sé cómo me queda por detrás. ¿Me ayudarías a probármelo?

Era una petición simple. Cotidiana. No tenía nada de particular.

Y aun así sentí algo moverse justo por debajo del esternón, y más abajo, un latido tibio entre las piernas que ya no fingía inocencia.

—Claro —dije.

***

El cubículo era uno de los más grandes, al fondo de la fila, con una puerta que llegaba hasta el suelo. Ella entró primero y yo la seguí. El espejo ocupaba toda la pared del fondo, y la luz cálida lo bañaba todo de esa manera que tienen los probadores caros: sin sombras duras, sin ángulos crueles.

Se quitó el vestido de verano sin ningún pudor. Llevaba debajo un conjunto de encaje burdeos, sujetador y tanga, que contrastaba con su piel morena. El tanga se le hundía entre las nalgas dejando ver dos medias lunas firmes que se me quedaron grabadas de un vistazo. Me tendió el vestido de noche sin decir nada y se quedó frente al espejo mientras yo lo desplegaba.

Se lo pasé por la cabeza y me situé detrás de ella para cerrar la cremallera. Mis dedos rozaron su espalda y noté que su piel estaba cálida. Subí la cremallera despacio, centímetro a centímetro. No había ninguna razón para hacerlo tan despacio, pero ninguna de las dos dijo nada al respecto.

—¿Cómo me queda? —preguntó cuando terminé.

—Muy bien —respondí. Y era verdad. El vestido le ajustaba en la cintura y le caía recto hasta la rodilla, pegándose a sus caderas con esa exactitud que hace que una prenda parezca hecha para un cuerpo específico.

Ella se giró para verse de perfil, luego de espaldas. Yo seguía detrás en el espejo, con las manos todavía levantadas a la altura de su nuca, sin haberlas bajado del todo.

—Me noto algo aquí —dijo, llevando mi mano izquierda hasta un doblez del talle—. ¿Lo notas tú también?

Mis dedos palparon la tela. Sí, había un pequeño frunce. Pero eso ya no importaba.

Nos miramos en el espejo. Su espalda contra mi pecho. Mi mano abierta sobre su cintura. El silencio del cubículo, tan distinto al ruido sordo del centro comercial al otro lado de la puerta.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó en voz baja.

—Elena —mentí.

Sonrió.

—Yo, Nadia.

Y entonces se giró del todo.

***

Cuando nuestras bocas se encontraron fue sin ceremonia, sin pasos intermedios. Solo sus labios contra los míos, su mano en mi nuca, y el sabor a algo dulce que no supe identificar. Nos besamos durante un rato que no supe medir. Despacio al principio, luego con más urgencia. Su lengua se metió entera en mi boca, buscando la mía, chupándomela como si fuera un anticipo de lo que iba a hacer más abajo. Le mordí el labio inferior y ella soltó un gemido corto, apenas un jadeo, que me erizó la piel de los brazos.

Me desabrochó la blusa con una habilidad que me hizo pensar que no era la primera vez que lo hacía en un sitio así. Me bajó los tirantes del sujetador y lo desenganchó por detrás con un solo movimiento, sin buscar el cierre. Lo dejó caer al suelo junto a la blusa.

Inclinó la cabeza y tomó mi pezón derecho entre los labios. Lo mordió apenas, con cuidado, y después lo chupó con fuerza, sacándolo entre los dientes hasta que se me endureció como una piedra. Pasó al izquierdo y lo trabajó más tiempo, la lengua dando vueltas alrededor de la aureola, tirando, mordiendo. Yo apoyé la nuca en la pared del espejo y cerré los ojos. Sentía el coño empapado ya, la tela de las bragas pegada a los labios como una segunda piel.

—Tienes las tetas ricas —murmuró contra mi piel, con la voz ronca—. Te las voy a chupar hasta que te duelan.

Le desabroché el vestido por la espalda, esa misma cremallera que había subido con tanta cautela minutos antes. Ahora la bajé de un tirón. El vestido cayó a sus pies con un susurro de tela. Quedó frente a mí en el conjunto de encaje burdeos, el pelo medio suelto del moño, mirándome con esa calma que tienen las personas que saben muy bien lo que quieren.

Le solté el sujetador. Tenía los pechos generosos, redondos, con los pezones oscuros y erectos, apuntándome como si me pidieran la boca. Los tomé uno con cada mano, los apreté, sentí su peso caliente en las palmas. Pasé la lengua por uno y noté cómo contenía la respiración. Me lo metí entero en la boca, tanto como pude, y ella me sujetó la cabeza contra su pecho, empujando.

—Sí, así, chúpame —susurró.

Su mano se deslizó hacia mi falda y empezó a subirla por los muslos, muy despacio, con esa pausa calculada de quien quiere que el otro lo pida.

Yo no lo pedí. Simplemente abrí un poco más las piernas.

Sus dedos llegaron a mis braguitas y palparon la tela húmeda. Me miró directamente a los ojos cuando lo hizo, sin apartar la vista, midiendo mi reacción. Deslizó dos dedos por encima del algodón empapado, presionando justo sobre el clítoris, y todo mi cuerpo se sacudió.

—Llevas rato así —dijo—. Estás chorreando, Elena. Se te nota desde que te vi en el pasillo.

No respondí. No hacía falta. Su dedo se coló por debajo de la tela y me abrió los labios con dos yemas, encontrándome el clítoris hinchado y resbaloso. Lo frotó en círculos lentos mientras me miraba a la cara, disfrutando cada mueca mía.

Me las bajó por los tobillos y las dejó en el suelo junto a lo demás. Luego se arrodilló.

***

Lo que hizo con la boca no tiene una descripción que le haga justicia. Empezó despacio, con la lengua plana, lamiéndome de abajo arriba en una sola pasada larga que me hizo doblar los dedos de los pies dentro de los zapatos. Recogió toda mi humedad y se relamió los labios antes de volver a hundir la cara entre mis muslos. Ahora usaba la punta de la lengua, dibujando la letra de algún alfabeto secreto sobre mi clítoris, aprendiendo el mapa.

Después encontró el ritmo exacto, ese punto que solo alguien que escucha con atención puede encontrar. Apretaba y aflojaba, chupaba el clítoris entero metiéndolo entre los labios, lo soltaba de golpe y volvía a lamerlo plana y ancha. Cambiaba el ángulo, alternaba la presión. No era algo mecánico ni aprendido de memoria. Era alguien que prestaba atención.

Yo mordía el dorso de mi mano para no hacer ruido. Tenía los talones apoyados en sus hombros y la espalda pegada al espejo frío, que contrastaba con el calor que me subía desde la cintura hacia arriba. Fuera, al otro lado de la puerta, el mundo seguía su curso: alguien preguntaba su talla, las vendedoras respondían, una canción anodina sonaba por los altavoces del techo.

Nada de eso existía. Solo su boca comiéndome el coño y sus manos abriéndome los muslos para tener más acceso.

Introdujo dos dedos con cuidado, sin dejar de moverse con la boca. Entraron enteros del primer empujón, tan mojada estaba. Los curvó hacia dentro buscando un ángulo preciso y lo encontró enseguida, presionando ese punto esponjoso que me hizo soltar un gemido demasiado alto. Me tapé la boca con las dos manos.

—Shhh —dijo ella contra mi coño, y la vibración de la palabra me atravesó entera.

Siguió follándome con los dedos, entrando y saliendo con un ruido húmedo y sucio que llenaba el cubículo, mientras la lengua no soltaba mi clítoris. Empecé a presionar sus hombros sin darme cuenta, atrayéndola hacia mí, aplastándole la cara contra mi sexo, montándola casi.

Cuando llegué al orgasmo fue en una oleada corta y tensa que me dobló hacia adelante. Me corrí sobre su lengua, apretando los muslos alrededor de su cabeza, el coño palpitando contra sus dedos que seguían clavados dentro de mí. Me aferré a sus hombros con las dos manos y me quedé quieta durante varios segundos, intentando que las piernas no me fallaran del todo, sintiendo cómo ella seguía lamiéndome despacio, recogiendo todo lo que me había hecho soltar.

Ella se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano y me miró de una manera que no era triunfo ni arrogancia. Era simplemente satisfacción. Tenía la barbilla brillante de mí, y no se molestó en disimularlo.

—¿Bien? —preguntó.

—Muy bien —respondí, todavía sin aire.

Y la empujé suavemente hacia el pequeño asiento tapizado del cubículo.

***

Aún llevaba el tanga puesto cuando la senté. Se lo bajé yo, despacio, sin la misma urgencia con que ella había actuado. Quería tomármelo con tiempo. La tela salió pegada, con un hilo brillante colgando entre el encaje y su coño, evidencia de cuánto le había puesto comerme.

Le separé los muslos con las manos y me arrodillé frente a ella en el suelo del probador. La miré antes de hacer nada. Tenía el vello oscuro y corto, la piel húmeda e hinchada, los labios abiertos como una fruta partida por la mitad, todo brillante y rosado por dentro. Me incliné y empecé por la parte interior del muslo, subiendo centímetro a centímetro, dejando que la anticipación hiciera su trabajo. Mordí la piel suave junto a la ingle y ella dio un pequeño respingo.

Cuando por fin llegué donde debía, sus dedos ya estaban enredados en mi pelo. Le pasé la lengua entera desde abajo hasta arriba, muy despacio, saboreándola. Tenía un gusto salado y limpio, más intenso de lo que esperaba. Volví a hacerlo, más lento aún, terminando con un beso profundo sobre el clítoris que le arrancó un jadeo.

—Joder —susurró—. Sigue así.

Le abrí los labios con dos dedos y le trabajé el clítoris con la punta de la lengua, dando vueltas, subiendo y bajando, hasta que sentí cómo se le hinchaba todavía más. Después me lo metí en la boca y lo chupé como si fuera un pezón pequeño, tirando con los labios, dejando que se le escapara entre mis dientes.

Gemía en voz muy baja, con la barbilla levantada y los ojos cerrados, mordiéndose el labio. Cada vez que aceleraba el ritmo sus dedos apretaban en mi pelo, tirándome del cuero cabelludo; cada vez que aflojaba, sus manos se relajaban. Seguía sus señales sin que tuviera que decir nada en voz alta.

Metí dos dedos dentro de ella y la sentí cerrarse alrededor, apretada y caliente. Empecé a follarla despacio con los dedos mientras seguía chupándole el clítoris, y ella comenzó a mover las caderas al ritmo, empujándome la cara contra su sexo.

—Más adentro —dijo—. Métemelos más.

Añadí un tercer dedo y ella soltó un gemido que se comió a medias mordiendo la manga de su vestido. La follaba fuerte ya, con la muñeca haciendo palanca, mientras la lengua no le soltaba el clítoris ni un segundo. El sonido de mis dedos entrando y saliendo de su coño empapado era obsceno, tan alto que temí que se oyera desde fuera.

En algún momento me dijo:

—Espera.

Se levantó y buscó algo en su bolso. Sacó un pequeño bote de lubricante y un consolador de silicona de tamaño moderado, negro, con la punta ligeramente curva. Lo puso en mi mano, se volvió hacia la pared y puso el pie izquierdo encima del asiento, apoyando los antebrazos contra el espejo. Se ofreció así, con el culo hacia mí, el coño abierto entre las nalgas y el ojete oscuro un poco más arriba.

Entendí lo que quería.

Apliqué el lubricante con cuidado, con paciencia, dejando que resbalara por la raja de su culo. Con la yema del pulgar le froté el ano, apenas presionando, dibujando círculos alrededor del músculo cerrado. Ella respiró hondo cuando notó el primer contacto, los músculos tensos de ese modo que indica concentración antes de relajarse. Después embadurné el consolador y se lo presenté primero en el coño, para que se acostumbrara a la forma.

Entró bien, deslizándose entero de una sola pasada porque ella estaba empapada. Le di dos, tres embestidas para lubricarlo bien y para escucharla gemir contra el espejo. Después lo saqué, volví a añadir lubricante, y lo apoyé contra su ano.

—Despacio —murmuró—. Pero mételo.

Empujé apenas, sintiendo la resistencia, y ella empujó el culo hacia atrás para ayudarme. La punta entró y la oí soltar el aire de golpe. Me quedé quieta, esperando. Fui muy despacio al principio, dejando que su cuerpo marcara el ritmo, ganando un centímetro cada varios segundos, viendo cómo el consolador desaparecía dentro de ella. Cuando empezó a mover las caderas hacia mí, aumenté la presión y el compás.

—Ahí —dijo entre dientes—. Justo ahí, no te muevas.

Lo mantuve constante durante lo que parecieron varios minutos, con la mano libre apoyada en su cadera para sujetarla, embistiéndola en ese ángulo preciso mientras con los dedos de la otra mano empecé a frotarle el clítoris al mismo compás. Ella se estremeció entera y apretó la frente contra el espejo.

—Sí, sí, así, no pares —susurraba, y las palabras se le mezclaban con la respiración.

Su respiración se fue volviendo más irregular, más superficial. La embestía por el culo con el juguete y le trabajaba el clítoris con dos dedos, sintiéndola apretarse cada vez más alrededor de la silicona. Cuando se corrió lo hizo en silencio casi absoluto, con los labios apretados y los nudillos blancos sobre el espejo, los ojos cerrados con fuerza, y el coño palpitándome contra los dedos en oleadas tan fuertes que la vi doblarse por la cintura. Sentí líquido caliente escurriéndose por mi mano.

Después se quedó apoyada contra la pared unos segundos, con la frente sobre los antebrazos y la respiración lenta recuperándose. Saqué el consolador con cuidado y lo dejé sobre un pañuelo del bolso.

—Dios —dijo por fin, en un susurro.

No dije nada. Solo le pasé la mano por la espalda, por la curva de la columna todavía brillante de sudor.

***

Nos vestimos sin prisa, recogiendo las prendas del suelo como si fuera algo que hacíamos juntas todos los sábados. Había algo extrañamente cómodo en eso, en la intimidad que existe entre dos personas que no se deben nada y no tienen historia en común. Sin la carga de las expectativas ni el peso de lo que viene después.

Me recompuse frente al espejo. Ella se puso el vestido de verano de nuevo y colgó el de noche en la percha con esa naturalidad que tenía para todo.

—¿Lo compras? —pregunté, señalando el vestido negro.

Sonrió levemente.

—Era el pretexto, no la intención.

Comprobamos por el espacio bajo la puerta que no hubiera pies esperando afuera. Salimos del cubículo con un minuto de diferencia, como habíamos acordado sin necesidad de hablar. Las dos vendedoras seguían en el mostrador. La canción del altavoz había cambiado. Nadie nos miraba.

Me alcanzó junto a la escalera mecánica y me tendió un papel doblado, arrancado de una nota adhesiva del bolso.

—Por si acaso —dijo.

Lo guardé en el bolso sin abrirlo.

—Por si acaso —repetí.

Y cada una bajó por su lado.

***

Le escribí tres días después, cuando ya había decidido dos veces que no lo haría. Quedamos esa misma semana en un hotel céntrico, y lo que había ocurrido en el probador resultó ser solo una introducción muy breve a todo lo que sabía hacer.

Seguimos viéndonos durante meses. Nunca le pregunté si su nombre era realmente Nadia. Creo que ella tampoco se creyó el mío. Hay encuentros que funcionan precisamente porque no necesitan más que lo que son: dos desconocidas que se reconocieron en un espejo y tuvieron la sensatez de no ignorarlo.

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Comentarios(10)

Luna_22

tremendo relato!!! me dejo sin aliento

RosaL_lectora

Por favor que haya segunda parte, quede con muchisimas ganas de saber como termino todo

Leia_Bc

me paso algo parecido en un probador, esa tension antes de que pase algo... increible como lo capturaste

PatriciaMar

Como describen esa tension con tan pocas palabras?? genial de verdad

SandraK77

Buenisimo!!! sigue publicando porfavor

Romi_Gdl

Lo que mas me gusto es como se construye la historia poco a poco, muy bien narrado

ElenaK_Bsas

Que relato tan bien escrito, se siente la tension desde el principio hasta el final. De los mejores que lei en este sitio, en serio. Bravo!

Carmen_noc

jajaja ahora voy a mirar muy distinto los probadores cada vez que vaya de shopping

MaruSalta

increible, 10 puntos

ValeriaGdl

me encanto la forma en que lo contas, natural y sin exagerar. Muy bueno

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