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Relatos Ardientes

La desconocida que me sedujo en los probadores

Ese sábado por la tarde tenía la mente en otro sitio. Había quedado con una amiga para cenar, me faltaba el regalo y cargaba con una irritación sorda que no sabía bien de dónde venía. De esas tardes en que el cuerpo pide algo que la cabeza no quiere nombrar.

Entré al centro comercial sin prisa, apenas con la vaga intención de encontrar algo bonito en la sección de perfumería. Pero los pasillos tienen su propia lógica, y sin darme cuenta estaba parada frente a una hilera de maniquíes vestidos con encaje negro.

Lencería.

Me quedé mirando como si me hubiera detenido sola, sin haberlo decidido. El departamento estaba casi vacío a esa hora. Dos vendedoras jóvenes charlaban en el mostrador sin prestarme atención, y más al fondo, entre los expositores de sujetadores y tangas, se movía una mujer.

Era morena, con el pelo recogido en un moño descuidado que le dejaba el cuello al descubierto. Llevaba un vestido de verano que se ajustaba justo donde debía ajustarse. Sacaba ropa de las perchas con la concentración de quien sabe exactamente lo que busca. La observé unos segundos más de lo necesario.

Qué ridícula estoy siendo, pensé. Y me obligué a caminar hacia los perfumes.

Pero al doblar la esquina la volví a ver. Esta vez estaba frente a un espejo de cuerpo entero, sosteniendo un vestido de noche negro contra su silueta y estudiando su propio reflejo con el ceño ligeramente fruncido. Tenía esa manera de mirarse que no es vanidad sino evaluación, como si estuviera tomando una decisión importante.

Me detuve. No lo pude evitar.

Entonces ella levantó la vista y me encontró en el espejo.

No aparté la mirada de inmediato. Ella tampoco. Hubo un segundo, quizás dos, en que las dos lo entendimos. Después sonrió, apenas con un lado de la boca, y siguió mirándose.

—¿Qué opinas? —preguntó sin girarse, hablándome todavía a través del cristal.

Tardé un instante en entender que me preguntaba por el vestido.

—Es precioso —respondí con la voz más neutral que pude sostener.

—¿Verdad? —Se giró hacia mí por fin. Tenía los ojos oscuros y una boca que parecía diseñada para decir cosas que una no espera—. Pero no sé cómo me queda por detrás. ¿Me ayudarías a probármelo?

Era una petición simple. Cotidiana. No tenía nada de particular.

Y aun así sentí algo moverse justo por debajo del esternón.

—Claro —dije.

***

El cubículo era uno de los más grandes, al fondo de la fila, con una puerta que llegaba hasta el suelo. Ella entró primero y yo la seguí. El espejo ocupaba toda la pared del fondo, y la luz cálida lo bañaba todo de esa manera que tienen los probadores caros: sin sombras duras, sin ángulos crueles.

Se quitó el vestido de verano sin ningún pudor. Llevaba debajo un conjunto de encaje burdeos, sujetador y tanga, que contrastaba con su piel morena. Me tendió el vestido de noche sin decir nada y se quedó frente al espejo mientras yo lo desplegaba.

Se lo pasé por la cabeza y me situé detrás de ella para cerrar la cremallera. Mis dedos rozaron su espalda y noté que su piel estaba cálida. Subí la cremallera despacio, centímetro a centímetro. No había ninguna razón para hacerlo tan despacio, pero ninguna de las dos dijo nada al respecto.

—¿Cómo me queda? —preguntó cuando terminé.

—Muy bien —respondí. Y era verdad. El vestido le ajustaba en la cintura y le caía recto hasta la rodilla, pegándose a sus caderas con esa exactitud que hace que una prenda parezca hecha para un cuerpo específico.

Ella se giró para verse de perfil, luego de espaldas. Yo seguía detrás en el espejo, con las manos todavía levantadas a la altura de su nuca, sin haberlas bajado del todo.

—Me noto algo aquí —dijo, llevando mi mano izquierda hasta un doblez del talle—. ¿Lo notas tú también?

Mis dedos palparon la tela. Sí, había un pequeño frunce. Pero eso ya no importaba.

Nos miramos en el espejo. Su espalda contra mi pecho. Mi mano abierta sobre su cintura. El silencio del cubículo, tan distinto al ruido sordo del centro comercial al otro lado de la puerta.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó en voz baja.

—Elena —mentí.

Sonrió.

—Yo, Nadia.

Y entonces se giró del todo.

***

Cuando nuestras bocas se encontraron fue sin ceremonia, sin pasos intermedios. Solo sus labios contra los míos, su mano en mi nuca, y el sabor a algo dulce que no supe identificar. Nos besamos durante un rato que no supe medir. Despacio al principio, luego con más urgencia, como si las dos hubiéramos estado conteniendo algo desde el momento en que nos cruzamos en ese pasillo.

Me desabrochó la blusa con una habilidad que me hizo pensar que no era la primera vez que lo hacía en un sitio así. Me bajó los tirantes del sujetador y lo desenganchó por detrás con un solo movimiento, sin buscar el cierre. Lo dejó caer al suelo junto a la blusa.

Inclinó la cabeza y tomó mi pezón derecho entre los labios. Lo mordió apenas, con cuidado. Después el izquierdo, más tiempo esta vez. Yo apoyé la nuca en la pared del espejo y cerré los ojos.

Le desabroché el vestido por la espalda, esa misma cremallera que había subido con tanta cautela minutos antes. Ahora la bajé de un tirón. El vestido cayó a sus pies con un susurro de tela. Quedó frente a mí en el conjunto de encaje burdeos, el pelo medio suelto del moño, mirándome con esa calma que tienen las personas que saben muy bien lo que quieren.

Le solté el sujetador. Tenía los pechos generosos, redondos, con los pezones oscuros y erectos. Pasé la lengua por uno y noté cómo contenía la respiración. Su mano se deslizó hacia mi falda y empezó a subirla por los muslos, muy despacio, con esa pausa calculada de quien quiere que el otro lo pida.

Yo no lo pedí. Simplemente abrí un poco más las piernas.

Sus dedos llegaron a mis braguitas y palparon la tela húmeda. Me miró directamente a los ojos cuando lo hizo, sin apartar la vista, midiendo mi reacción.

—Llevas rato así —dijo.

No respondí. No hacía falta.

Me las bajó por los tobillos y las dejó en el suelo junto a lo demás. Luego se arrodilló.

***

Lo que hizo con la boca no tiene una descripción que le haga justicia. Empezó despacio, con la lengua plana, explorando sin prisa, aprendiendo el mapa. Después encontró el ritmo exacto, ese punto que solo alguien que escucha con atención puede encontrar. Apretaba y aflojaba, cambiaba el ángulo, alternaba la presión. No era algo mecánico ni aprendido de memoria. Era alguien que prestaba atención.

Yo mordía el dorso de mi mano para no hacer ruido. Tenía los talones apoyados en sus hombros y la espalda pegada al espejo frío, que contrastaba con el calor que me subía desde la cintura hacia arriba. Fuera, al otro lado de la puerta, el mundo seguía su curso: alguien preguntaba su talla, las vendedoras respondían, una canción anodina sonaba por los altavoces del techo.

Nada de eso existía.

Introdujo dos dedos con cuidado, sin dejar de moverse con la boca. Los curvó hacia dentro buscando un ángulo preciso y lo encontró enseguida. Empecé a presionar sus hombros sin darme cuenta, atrayéndola hacia mí.

Cuando llegué al orgasmo fue en una oleada corta y tensa que me dobló hacia adelante. Me aferré a sus hombros con las dos manos y me quedé quieta durante varios segundos, intentando que las piernas no me fallaran del todo.

Ella se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano y me miró de una manera que no era triunfo ni arrogancia. Era simplemente satisfacción.

—¿Bien? —preguntó.

—Muy bien —respondí.

Y la empujé suavemente hacia el pequeño asiento tapizado del cubículo.

***

Aún llevaba el tanga puesto cuando la senté. Se lo bajé yo, despacio, sin la misma urgencia con que ella había actuado. Quería tomármelo con tiempo.

Le separé los muslos con las manos y me arrodillé frente a ella en el suelo del probador. La miré antes de hacer nada. Tenía el vello oscuro y corto, la piel húmeda e hinchada. Me incliné y empecé por la parte interior del muslo, subiendo centímetro a centímetro, dejando que la anticipación hiciera su trabajo.

Cuando por fin llegué donde debía, sus dedos ya estaban enredados en mi pelo. Gemía en voz muy baja, con la barbilla levantada y los ojos cerrados, mordiéndose el labio. Cada vez que aceleraba el ritmo sus dedos apretaban; cada vez que aflojaba, sus manos se relajaban. Seguía sus señales sin que tuviera que decir nada en voz alta.

En algún momento me dijo:

—Espera.

Se levantó y buscó algo en su bolso. Sacó un pequeño bote de lubricante y un consolador de silicona de tamaño moderado. Lo puso en mi mano, se volvió hacia la pared y puso el pie izquierdo encima del asiento, apoyando los antebrazos contra el espejo.

Entendí lo que quería.

Apliqué el lubricante con cuidado, con paciencia. Ella respiró hondo cuando notó el primer contacto, los músculos tensos de ese modo que indica concentración antes de relajarse. Fui muy despacio al principio, dejando que su cuerpo marcara el ritmo. Cuando empezó a mover las caderas hacia mí, aumenté la presión y el compás.

—Ahí —dijo entre dientes—. Justo ahí, no te muevas.

Lo mantuve constante durante lo que parecieron varios minutos, con la mano libre apoyada en su cadera para sujetarla. Su respiración se fue volviendo más irregular, más superficial. Cuando se corrió lo hizo en silencio casi absoluto, con los labios apretados y los nudillos blancos sobre el espejo, los ojos cerrados con fuerza.

Después se quedó apoyada contra la pared unos segundos, con la frente sobre los antebrazos y la respiración lenta recuperándose.

—Dios —dijo por fin, en un susurro.

No dije nada. Solo le pasé la mano por la espalda.

***

Nos vestimos sin prisa, recogiendo las prendas del suelo como si fuera algo que hacíamos juntas todos los sábados. Había algo extrañamente cómodo en eso, en la intimidad que existe entre dos personas que no se deben nada y no tienen historia en común. Sin la carga de las expectativas ni el peso de lo que viene después.

Me recompuse frente al espejo. Ella se puso el vestido de verano de nuevo y colgó el de noche en la percha con esa naturalidad que tenía para todo.

—¿Lo compras? —pregunté, señalando el vestido negro.

Sonrió levemente.

—Era el pretexto, no la intención.

Comprobamos por el espacio bajo la puerta que no hubiera pies esperando afuera. Salimos del cubículo con un minuto de diferencia, como habíamos acordado sin necesidad de hablar. Las dos vendedoras seguían en el mostrador. La canción del altavoz había cambiado. Nadie nos miraba.

Me alcanzó junto a la escalera mecánica y me tendió un papel doblado, arrancado de una nota adhesiva del bolso.

—Por si acaso —dijo.

Lo guardé en el bolso sin abrirlo.

—Por si acaso —repetí.

Y cada una bajó por su lado.

***

Le escribí tres días después, cuando ya había decidido dos veces que no lo haría. Quedamos esa misma semana en un hotel céntrico, y lo que había ocurrido en el probador resultó ser solo una introducción muy breve a todo lo que sabía hacer.

Seguimos viéndonos durante meses. Nunca le pregunté si su nombre era realmente Nadia. Creo que ella tampoco se creyó el mío. Hay encuentros que funcionan precisamente porque no necesitan más que lo que son: dos desconocidas que se reconocieron en un espejo y tuvieron la sensatez de no ignorarlo.

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Comentarios (4)

Luna_22

tremendo relato!!! me dejo sin aliento

RosaL_lectora

Por favor que haya segunda parte, quede con muchisimas ganas de saber como termino todo

Leia_Bc

me paso algo parecido en un probador, esa tension antes de que pase algo... increible como lo capturaste

PatriciaMar

Como describen esa tension con tan pocas palabras?? genial de verdad

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