Bajé en toalla nueve pisos con todos mirándome
La toalla apenas me cubría cuando llamé a la puerta del vecino del séptimo. Aceptó ayudarme a abrir mi departamento solo si dejaba caer lo único que me quedaba encima.
La toalla apenas me cubría cuando llamé a la puerta del vecino del séptimo. Aceptó ayudarme a abrir mi departamento solo si dejaba caer lo único que me quedaba encima.
Pensé que el trayecto Valencia-Barcelona iba a ser largo y aburrido, hasta que un chico se sentó a mi lado y me escribió desde el asiento contiguo.
Quería gastarle una broma encendiendo las velas frente a la caseta. Cuando empujamos la puerta nadie reía: mi hijo estaba contra el mueble y el padre de su amigo no paraba.
Vi cómo el vendedor me miraba mientras atendía a mi mujer. Cuando giró la cabeza la segunda vez, supe que no íbamos a salir del centro comercial sin más.
A las dos de la mañana, en aquella sala con luces rojas, dejé de fingir que solo había venido a acompañar a mi marido. Estaba mirando. Y me estaba gustando demasiado.
Cinco primos, un amigo y una sauna apartada. Aquella despedida iba a empezar en un jacuzzi con dos bocas turnándose en mi polla y terminar al amanecer.
Crucé miradas con él en la cafetería del área de servicio. Supe que iba a seguirme al baño, y supe que de ahí no iba a salir igual que había entrado.
Compré una entrada para la primera función del martes con un plan claro en la cabeza y un abrigo doblado en el bolso. No iba al cine a ver la película.
Las gafas oscuras nos dieron el permiso perfecto: él miraba a las chicas en topless, yo miraba a los hombres, y los dos sabíamos lo que vendría después.
Esa mañana decidí salir sin nada bajo la falda. No quería que me tocaran, solo que me miraran. Y en la heladería del segundo piso alguien lo notó.
Soy periodista y odio a los políticos. Pero esa noche Adrián me susurró algo al oído junto al taxi y, sin saberlo, firmé mi sentencia de muerte.
Pensé que la oscuridad del cine iba a distraerme del fracaso con ella. No conté con que ese mismo señor que nos había sorprendido meses atrás estuviera lavándose las manos junto a mí.
Vi al chofer mirarnos por el retrovisor y, en vez de cubrirme, dejé que me bajara el top. A las tres de la mañana, mi ex y yo éramos un espectáculo gratis.
La cerveza nos había puesto cariñosos y la terraza parecía vacía. Hasta que vi el destello de unos prismáticos enfocándonos desde la colina.
Eran las tres cuando su mano se posó sobre la mía bajo las cobijas. Su primo dormía a medio metro y mi corazón latía tan fuerte que pensé que despertaría a toda la casa.
Cuando levanté la vista entre los pastos, dos faros se apagaron a treinta metros. Adentro del coche, una sombra inmóvil no dejaba de mirarnos.
Sabía que todos me miraban cuando dejé caer el vestido. Lo que no esperaba era que uno se levantara, caminara hasta el agua y se atreviera a hablarme.
Aquella tarde de calor le escribí a un seguidor al azar y le ofrecí algo nuevo: dejar que me viera entera en el agua, sin nada encima, mientras mi novio sostenía la cámara.
Vacaciones en pareja, un bikini que cubría apenas lo necesario y dos viejos amigos que aparecen sin avisar. Lo que pasó en la playa nudista nunca lo conté en casa.
Llevaba todo el verano esperando a que se vaciara la cala. La encontré desierta, sí, pero el viento me trajo unos gemidos detrás de las dunas que tuve que buscar.