Lo que descubrí en el callejón aquella noche
Este es mi primer intento de poner en palabras algo que ocurrió hace un par de años y que todavía pienso cuando menos lo espero. No sé si llamarlo confesión o simplemente una historia que merece ser contada.
Tenía treinta y un años y trabajaba en un almacén de distribución en las afueras de la ciudad. Turno nocturno, doce horas parado entre cajas y montacargas, cargando y descargando camiones que llegaban a cualquier hora. Al terminar prefería caminar los cuarenta minutos hasta mi departamento antes que esperar el autobús de la empresa. Era una manía que nunca logré explicarme del todo. Me gustaba ese silencio de ciudad que solo existe entre la una y las tres de la madrugada, cuando ya no hay bares llenos pero todavía hay vida en las esquinas.
La ruta más directa pasaba por el barrio viejo, cerca de la estación de trenes. Tres o cuatro cuadras con hoteles de paso pintados en colores que ya no eran ningún color, bares con las persianas a medio bajar y grupos de mujeres paradas cerca de las farolas. Lo había visto cientos de noches. Caminaba rápido, con la cabeza gacha, y seguía. Nunca había parado. En parte por principio, en parte porque siempre llevaba apenas lo justo: ciento cincuenta pesos doblados en el bolsillo del pantalón, sin cartera, sin tarjeta. Lo justo para un imprevisto.
Esa noche llovía suavemente. No lo suficiente para mojarme del todo, pero sí para que el asfalto brillara bajo las luces amarillas de las farolas y el barrio adquiriera ese aspecto extraño que tiene cuando no hay casi nadie. Aceleré el paso.
Entonces la vi.
Estaba apoyada en el marco de una puerta pintada de azul desteñido, con los brazos cruzados y una expresión de quien no tiene prisa. Llevaba una chaqueta de cuero marrón, abierta a pesar del fresco, y unos jeans negros muy ajustados. Era alta —más alta de lo habitual—, de pelo negro liso hasta los hombros, con un maquillaje discreto que a esa hora casi no se notaba. Rondaba los treinta y cinco, calculé. Tenía algo en la postura, una seguridad tranquila, que me hizo reducir el paso sin que yo lo decidiera.
—Oye —dijo, señalándome con un gesto de la cabeza—. Ven.
—No llevo dinero —respondí. Era mi respuesta habitual.
—No te estoy cobrando —dijo, y se apartó de la puerta. Olía a algo dulce, vainilla o quizás sándalo—. Solo págate el cuarto.
Ese era exactamente el problema. Ciento cincuenta pesos no alcanzaban ni para la habitación más barata de esos hoteles. Se lo expliqué sin rodeos. Ella me miró unos segundos, ladeando la cabeza como si evaluara algo, y luego se acercó y me dijo algo al oído que no voy a repetir aquí, pero bastó para que mi cuerpo tomara sus propias decisiones sin consultarme.
—Sígueme —dijo—. Pero a unos pasos.
Me dio la espalda. Y ahí estaban sus caderas, moviéndose con esa cadencia lenta que solo tiene quien no está pensando en nada más que en lo que hace. La seguí.
Dobló por un callejón lateral y se metió por un hueco en una valla de obra, entre dos tablas de madera podrida. Dudé un segundo, miré a ambos lados de la calle, no había nadie, y entré detrás de ella.
Era un solar abandonado. Losas levantadas, mala hierba que llegaba a la rodilla en algunos puntos, los restos de lo que alguna vez quiso ser una construcción. Tardé un momento en acostumbrar los ojos a la oscuridad. La lluvia había parado. Desde ahí podía ver una franja estrecha de cielo entre los edificios de cada lado.
Ella me llevó hasta un rincón donde el suelo estaba más limpio, protegido por lo que quedaba de un techo de chapa oxidada. Se volvió hacia mí. Me besó antes de que yo pudiera procesar lo que estaba a punto de ocurrir.
Tenía los labios firmes y la lengua directa, sin titubeos. La agarré de la cintura y la noté delgada pero sólida, con músculo bajo la tela. Se separó apenas y se desabrochó la chaqueta. Debajo no llevaba nada. Sus pechos eran pequeños pero bien formados, los pezones oscuros y ya duros por el frío. Me los ofreció sin decir nada.
Los tomé con las manos, los apreté primero con cuidado y luego con más fuerza cuando escuché que le gustaba. Agaché la cabeza y los besé, pasé la lengua despacio. Ella entrelazó los dedos en mi pelo y me apretó contra su pecho, murmurando algo que no entendí pero que era claramente aprobatorio.
Siguió besándome por el cuello mientras yo le pasaba las manos por la espalda, bajando hasta sus caderas y más abajo todavía. Las nalgas eran redondas y firmes. Ella se apretó contra mí y notó sin dificultad el efecto que todo aquello me estaba produciendo. Se frotó despacio, con intención deliberada, y yo sentí que si seguía así no iba a durar mucho.
Me empujó suavemente contra la pared de bloques de cemento y se arrodilló.
Pensé que pararía ahí.
No paró. Me desabrochó el cinturón con una sola mano, bajó el cierre y deslizó el pantalón y la ropa interior hasta los tobillos en un movimiento fluido. El aire frío de la noche duró apenas un segundo antes de que su boca lo reemplazara por calor.
Lo que siguió es difícil de describir con precisión porque la memoria no guarda estas cosas en orden. Recuerdo la oscuridad y el peso de sus manos en mis caderas. Recuerdo la humedad de su boca y el sonido suave que hacía al moverse. Recuerdo que me aferré a los bloques rugosos detrás de mí para no doblar las rodillas. En algún momento alcé los ojos y vi esa franja estrecha de cielo entre los edificios, y pensé con la poca cabeza que me quedaba que aquello era completamente irreal.
Cuando sentí que estaba a punto de terminar, ella paró. Me apretó la base con los dedos y esperó un momento, mirándome desde abajo con la expresión de quien sabe exactamente lo que está haciendo y cuándo conviene detenerse.
—Todavía no —dijo.
Se puso de pie. Sacó un condón del bolsillo de la chaqueta y lo desenvolvió sobre mí con una destreza que no intenté disimular que admiraba. Luego sacó un pequeño frasco de lubricante y me aplicó un poco en las manos.
—Date la vuelta —me dijo.
Y entonces entendí que era ella quien se iba a dar la vuelta, no yo.
Se apoyó en la pared con las palmas abiertas sobre el cemento. Bajó los jeans lo justo. Dejó al descubierto sus nalgas y un hilo de ropa interior de color oscuro que, en esa penumbra, casi no se veía. Se pasó los dedos lubricados primero por los labios y luego los llevó hacia atrás, preparándose con movimientos lentos que no tenían nada de apurado. Me quedé mirando sin saber muy bien qué decir.
Me acerqué. Puse la mano en su cadera y empujé con cuidado.
Entré despacio. Estaba tensa al principio y luego fue cediendo, y sus gemidos empezaron bajos y fueron subiendo hasta que le dije en voz baja que los controlara un poco, que no había nadie pero que la acústica de ese solar hacía maravillas.
Se rió. No un simulacro de risa sino una risa real, breve, que aflojó algo entre los dos.
Seguí moviéndome. Ella empujaba hacia atrás para recibirme y me agarraba la mano que yo le había puesto en la cadera, moviéndola, guiándome hacia donde quería. El ritmo fue encontrando su propio camino.
Entonces tomó mi otra mano y la llevó hacia delante, hacia abajo, hacia ella.
Tardé menos de dos segundos en entender lo que estaba tocando.
No era lo que esperaba. Era lo mismo que yo tenía, de menor tamaño pero sin ninguna ambigüedad posible, duro y húmedo en la punta. Mi mano se detuvo.
Ella no paró de moverse.
—No pares —dijo. No era un ruego. Era una instrucción.
Me quedé completamente inmóvil durante lo que debieron ser cinco o seis segundos pero se sintieron mucho más largos. Sentía el calor de su cuerpo, la presión de sus caderas contra las mías, el sonido de mi propia respiración entrecortada.
¿Qué estaba pasando?
¿Qué cambiaba lo que estaba pasando?
Reanudé el movimiento.
No sé ponerle nombre a lo que decidí en ese momento porque tampoco sé si fue una decisión. El cuerpo ya estaba ahí, en ese rincón oscuro y frío, y quería llegar al final. Ella sabía que sería así. Por eso no había parado cuando podría haberlo hecho.
Empecé a moverme con más fuerza. Ella respondió de la misma manera, apretando su cuerpo contra el mío con más intensidad. Mi mano se movió junto a la suya, siguiendo su ritmo. Terminé primero, con un espasmo largo que me dobló sobre su espalda. Ella terminó unos segundos después, en silencio esta vez, con la frente apoyada en la pared y los hombros sacudiéndose levemente.
Nos quedamos así un momento sin movernos, escuchando la ciudad al otro lado de la valla.
Se separó de mí con cuidado. Sacó un pañuelo de papel del bolsillo —llevaba de todo en esos jeans— y me limpió la mano sin hacer ningún comentario. Me besó brevemente en la comisura de los labios y recogió su chaqueta del suelo.
—Salgo yo primero —dijo en voz baja—. Espera un rato.
La vi alejarse entre la maleza con esa misma cadencia tranquila con la que había caminado hacia este lugar. Desapareció por el hueco de la valla sin mirar hacia atrás.
Esperé. Quizás cinco minutos, quizás diez. Me abroché el pantalón, me apoyé en la pared fría y miré la franja de cielo que asomaba entre los edificios. Había dejado de llover del todo. Olía a tierra mojada y a esa calma extraña que tienen los lugares abandonados de madrugada.
***
Caminé los cuarenta minutos hasta mi departamento sin pensar demasiado en nada. Cuando llegué y me vacié los bolsillos sobre la mesa de noche, noté que el bolsillo izquierdo estaba vacío. Los ciento cincuenta pesos habían desaparecido. No había sentido nada: ni cuando nos besamos, ni cuando se arrodilló, ni cuando me limpió la mano. En algún momento de todo aquello me los sacó con una habilidad que, pensándolo ahora, requería bastante práctica.
Me acosté y miré el techo un rato.
Ciento cincuenta pesos. Ni siquiera me había salido cara la noche.