El viejo del bus me pagó y el conductor lo vio todo
Elegí el asiento del fondo, como siempre. No esperaba que el viejo se sentara al lado, ni que un billete arrugado fuera apenas el principio de esa noche.
Elegí el asiento del fondo, como siempre. No esperaba que el viejo se sentara al lado, ni que un billete arrugado fuera apenas el principio de esa noche.
Me senté a su lado sin saber que sus dedos iban a llegar más lejos que los de cualquier amante anterior, ahí mismo, en la penumbra de la mesa.
Cuando me agaché a buscar una revista del estante más bajo, sentí el aire frío entrar entero entre las piernas. Tres pares de ojos se levantaron a la vez. No me bajé la falda.
Cada vez que entro a un probador, dejo la cortina apenas abierta. La que mira al otro lado nunca se entera de que la estoy buscando. Y casi siempre alguna acepta el juego.
Le dio una nalgada cuando ella pasó por su lado. Una hora después, fui yo quien le pidió que la cuidara mientras yo desaparecía entre los coches.
La lluvia nos dejó atrapados en el coche y él propuso un mirador apartado. Yo sabía qué pasaba en ese sitio, y aun así dije que sí.
Lucía caminaba entre las lápidas con un secreto vibrando entre las piernas. Mateo llevaba el control en el bolsillo y cinco intensidades para jugar.
Cuando subí al coche con el vestido y nada debajo, supe que el verdadero viaje empezaba en el primer semáforo, no al llegar al hotel.
Buscamos intimidad en la última ducha del camping. Lo que no sabíamos era que alguien del otro lado estaba esperando que nos descubriéramos.
Mis faros iluminaron un instante el capó de aquel coche y lo que vi ahí me obligó a dar la vuelta en la rotonda siguiente y volver.
Llevaba tres horas buscando culos en el metro y ya regresaba a casa con las manos vacías cuando ella subió en la estación más concurrida y se paró justo delante de mí.
Crecimos en casas vecinas, separados por un muro bajo. Un año de tardes en el patio bastó para que aquella noche en el auto cambiara todo entre nosotros.
Me acosté boca arriba en la arena, completamente desnuda, los ojos cerrados y la piel ardiendo al sol. Entonces sentí una respiración entre mis muslos que no era el viento.
Le rogaba al guardia que la dejara colarse a ver el desmadre del jacuzzi. Cuando le ofrecimos una solución, no imaginó que terminaría desnuda y arrodillada delante de los dos.
Cuando entendí que lo que me calentaba no era mirar sino que me mirasen, busqué el galpón vacío detrás de mi casa una Nochevieja, y dejé caer las bragas a propósito.
El autobús estaba lleno hasta reventar cuando sentí su mirada. Y después su mano, justo donde nadie podría notarlo si yo no quería que lo notaran.
Tres cervezas, un porro y una mesa apartada en el balcón. La adrenalina de saber que cualquiera podía asomarse fue justo lo que pedíamos esa noche.
Le ofrecí mi asiento al subir y, pocas estaciones después, su mano ya buscaba el cierre de mi pantalón, mientras la enfermera de enfrente miraba sin disimular.
Empezó como un juego de miradas en el gimnasio. Terminó arrodillada en un probador con un desconocido y una cámara mirando cada movimiento.
Cuando me bajé del coche con la blusa pegada al cuerpo y la tanga marcada en el pantalón, no esperaba que la mirada de aquel hombre se quedara clavada en mí durante toda la entrevista.