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Relatos Ardientes

La noche que caminé desnuda por toda la ciudad

Mi nombre es Valeria y tengo 26 años. Hace casi un año empecé a salir sola de noche, sin ropa. No recuerdo exactamente cómo empezó; creo que fue después de una noche de verano en que me asomé al patio trasero sin nada puesto y sentí que la oscuridad me envolvía de una manera que nunca había sentido antes. Desde entonces, lo repito siempre que puedo.

Mido un metro sesenta y dos y peso alrededor de sesenta kilos. Me considero bastante sexy, aunque lo que más me gusta de mi cuerpo es lo que otros no esperan ver cuando se encuentran conmigo a las tres de la mañana en una calle vacía. Tengo las tetas medianas y firmes, con los pezones grandes y oscuros que se me ponen duros al primer roce de aire. El coño lo llevo depilado casi entero, con una franjita corta encima, y los labios internos me sobresalen un poco cuando me abro. Detalles que importan cuando una anda en pelotas por la calle.

Esta es la historia de la noche que llegué más lejos.

***

Eran las dos pasadas cuando apagué la última luz de mi habitación. La ciudad ya dormía, o al menos fingía que lo hacía. Había pasado la hora anterior trazando la ruta en mi cabeza: esta vez avanzaría más, cruzaría el barrio de los comercios cerrados, llegaría hasta el parque central si todo salía bien.

Me quité la ropa y me puse solo una chaqueta de algodón negro que me llegaba hasta la mitad del muslo. Nada más. Ni zapatos. Antes de salir me pasé dos dedos por el coño, casi por costumbre, para comprobar que ya estaba mojada de solo pensarlo. Lo estaba: los dedos me salieron brillantes, y me los chupé despacio mirándome al espejo. Salí por la ventana de mi cuarto al patio trasero, empujé el portón con cuidado y pisé la calle.

El asfalto frío bajo los pies siempre es lo primero que siento. Esa textura dura y fría es la señal de que empieza el juego.

Caminé con la chaqueta abierta desde el principio, los hombros expuestos, el aire de la noche poniéndome los pezones duros desde el primer momento. Al final de mi calle me la quité y me la até a la cintura. Estaba completamente desnuda bajo el cielo negro, con las calles vacías abriéndose delante de mí. Sentía el aire colándose entre los muslos, rozándome los labios del coño con cada paso, y una gota tibia empezando a bajarme por la cara interna del muslo.

No había nadie. Solo el zumbido lejano de algún transformador y el ladrido esporádico de un perro en otra cuadra.

***

Giré en una calle que no acostumbraba tomar. Era igual de silenciosa que las otras, con las casas a oscuras y los coches aparcados como bultos dormidos. Sabía que si seguía en esa dirección terminaría en una avenida con algo más de tráfico, pero aún era pronto para eso. Primero quería caminar por este barrio tranquilo, sentir que la ciudad era mía por unas horas.

Iba bien hasta que, al pasar frente a una reja de metal, un perro apareció de la nada y se puso a ladrar con ganas. Di un salto hacia atrás y me pegué a la pared del edificio de enfrente, el corazón golpeándome el pecho. Llevaba meses haciendo esto y nunca me habían pillado, pero siempre que un perro ladraba, el cuerpo reaccionaba antes que la cabeza.

Me agaché, me acerqué despacio y le ofrecí la mano por entre los barrotes. Olisqueó, dudó y dejó de ladrar.

—¿Quién anda ahí? —gritó alguien desde adentro.

Me aplané contra la reja, sin respirar. El metal frío se me clavó en las tetas y el susto me apretó el coño de golpe, con un espasmo que casi me hizo gemir en voz alta.

—El perro, otra vez —respondió una voz de mujer, somnolienta—. Siempre le ladra al aire.

Silencio. La casa volvió a apagarse.

Esperé treinta segundos antes de separarme de la pared y seguir caminando. Las piernas me temblaban un poco, pero no de frío. Me metí una mano entre los muslos mientras caminaba y me sorprendí de lo empapada que estaba: los dedos se me hundieron en el coño sin resistencia, y me los saqué chorreando. Me los pasé por los pezones para sentir el frío del aire multiplicado por la humedad.

***

Unas cuadras más adelante escuché voces. No una ni dos: varias, mezcladas con música baja y el ruido de sillas arrastrándose. Una casa tenía el patio iluminado y a través de la reja podía ver a un grupo de hombres sentados alrededor de una mesa. Los conté: ocho. Bebían, charlaban, sin prestar ninguna atención a la calle.

Podría pasar sin que me vieran.

Pero eso no era lo que quería. Quería que hubiera una posibilidad real de que alguien me descubriera. Ocho pollas a diez metros, ocho hombres que en cualquier momento podían girar la cabeza y ver a una tipa desnuda gateando en su calle.

Me quité la chaqueta de la cintura, la lancé al otro lado del portón para obligarme a pasar, y me puse a cuatro patas en el suelo. Gateé despacio a lo largo de la reja con la cara girada hacia ellos. El culo levantado, las tetas colgándome hacia el asfalto, el coño abierto y bien visible desde atrás para cualquiera que se agachara. Ocho hombres a menos de diez metros, iluminados por una bombilla amarilla, ninguno mirando hacia la calle.

Cuando llegué al otro lado y recogí la chaqueta del suelo, escuché que las voces se cortaron un segundo. Uno dijo algo que no entendí. Otro respondió: «Sería algún animal». Se rieron y siguieron.

Me puse de pie y me alejé rápido. El corazón me latía fuerte en la garganta y el coño me palpitaba como si tuviera vida propia. Me habría corrido ahí mismo si me hubiera dado tiempo. Un hilo de flujo me bajaba ya hasta la rodilla.

***

Las calles se fueron abriendo a medida que me acercaba al centro. Me puse la chaqueta para cruzar una zona con más farolas, pero sin abrocharla. Mis piernas quedaban al descubierto y mis pies descalzos sobre el asfalto eran señal suficiente para quien quisiera fijarse.

Cuando llegué a la avenida principal, me detuve en la sombra de un muro alto. Había coches. Pocos, pero los había. Crucé corriendo y me instalé en la acera del otro lado, junto al muro de un terreno baldío. Me senté en el suelo, me quité la chaqueta y abrí los muslos en dirección a la calle. Bien abiertos, obscenos, con el coño de par en par apuntando al asfalto. Me pasé dos dedos por los labios y los separé para que se viera todo, el clítoris hinchado y brillante bajo la luz naranja de la farola.

Tres coches pasaron sin detenerse. No podían verme bien desde esa distancia, pero yo sí los veía a ellos. Había algo en ese desequilibrio que me encendía más que cualquier otra cosa. Empecé a frotarme el clítoris en círculos lentos mientras miraba pasar los faros.

Una moto se acercó más despacio. El conductor giró la cabeza hacia el muro. Aceleró y siguió. Cuando ya estaba lejos, alcancé a escuchar: «Era una mujer». Dos palabras. Suficiente para que se me cerrara el estómago de excitación y para que se me escapara un gemido que reboté en el muro.

***

Estuve un rato apoyada contra ese muro. El asfalto estaba frío bajo las nalgas y la adrenalina me hacía difícil pensar con claridad. Me metí tres dedos en el coño y los saqué chorreando de flujo, mientras con la otra mano me apretaba un pezón hasta hacerme daño. Miraba los faros de los coches que pasaban de vez en cuando y me imaginaba a alguno frenando, bajándose, agarrándome del pelo y follándome ahí mismo contra el muro.

Cuando la avenida estuvo un minuto en silencio, me levanté y me acerqué a la calzada. Luego un paso más. Luego otro. Hasta que estuve en el centro de la calle, desnuda, en cuclillas, con las rodillas bien abiertas y tres dedos entrando y saliendo del coño a toda velocidad. El chapoteo se oía en la calle vacía. Me metí también el pulgar en el culo, apretado, hasta el nudillo, y solté un jadeo largo bajo los faroles.

Vi una luz a lo lejos. Me levanté deprisa y volví a la acera, pero no llegué a tiempo de ponerme la chaqueta. La moto pasó a menos de tres metros. Iban dos personas. Las dos me miraron directamente, las dos vieron el coño depilado y las tetas con los pezones erectos, vieron los dedos que todavía tenía brillantes.

Una silbó. El otro dijo algo que la noche se llevó, algo con la palabra «puta» dentro.

Se me apretó el coño con un latigazo. No esperé más. Me puse la chaqueta y seguí caminando, con los muslos resbalosos y el olor a sexo subiéndome hasta la nariz.

***

En la calle de los comercios cerrados me crucé con un hombre mayor que empujaba un triciclo de carga. Debía ser de los que recogen botellas y cartón antes del amanecer. Me vio de lejos y no cambió de acera. Cuando pasó a mi lado, sus ojos bajaron a mis piernas descubiertas y a mis pies descalzos sobre el suelo. Me miró durante unos segundos y siguió empujando sin decir nada. Pude ver el bulto que se le marcaba en el pantalón viejo.

Cuando ya lo había dejado atrás, levanté la parte trasera de la chaqueta y le mostré las nalgas y la raja del culo. No se giró para verlo. No importaba.

***

Encontré un portal amplio en una tienda cerrada que daba suficiente sombra desde la calle. Me quité la chaqueta, me apoyé de espaldas en la pared fría y abrí las piernas. Me chupé dos dedos de la mano derecha hasta empaparlos de saliva y me los bajé al coño. Los metí de golpe, hasta el fondo, curvándolos hacia arriba para tocar ese punto blando que me hace apretar la mandíbula.

Con la otra mano me pellizqué el clítoris entre el índice y el pulgar y empecé a frotármelo rápido, sin piedad. El chapoteo de mis dedos en el coño mojado se oía en el portal como si alguien estuviera follando ahí conmigo. Los muslos me temblaban, los pezones se me ponían más duros con cada apretón. Me imaginé al viejo del triciclo apareciendo de vuelta, dejando el carro en la calle y viniéndome a coger contra la pared, la polla arrugada de tantos años entrándome de una en el coño empapado.

Con esa imagen en la cabeza me corrí. Un espasmo largo, con la espalda arqueada contra la pared, mordiéndome el labio para no gritar. El flujo me bajó por el brazo hasta el codo. Las piernas me fallaron un poco al final. Me quedé un momento apoyada, respirando, con los oídos atentos a cualquier ruido, los dedos todavía dentro del coño.

¿Hasta aquí llegaba la noche?

No. Podía ver el final de la calle y, al doblar la esquina, el parque central. Lo sabía desde que salí de casa: era el objetivo real desde el principio.

***

El parque estaba bien iluminado, lo cual lo hacía más difícil y más excitante al mismo tiempo. Caminé por la zona de los puestos de comida, que de día está llena de gente y de noche es un pasillo de mesas apiladas y lonas atadas. Algunos coches pasaron lentos por la vía que rodeaba el parque.

Me apoyé en uno de los postes de metal y dejé caer la chaqueta al suelo. Me abracé al poste con las tetas apretadas contra el metal frío y froté el coño contra la superficie dura y estriada. El clítoris se me raspó de manera deliciosa y solté un jadeo entre dientes.

Un coche frenó a unos metros. Luego siguió su camino.

Recogí la chaqueta y me dirigí al escenario.

Era una estructura permanente en el centro del parque: plataforma de madera y cemento, con escalones en los laterales y un tejado bajo. Lo usaban para actuaciones en las fiestas del barrio. De noche estaba vacío, iluminado solo por un par de focos bajos que apuntaban al suelo.

Subí por la parte trasera y gateé hasta el borde frontal de la plataforma. Me puse de pie.

Desde arriba, el parque se abría en todas direcciones. Las farolas del perímetro iluminaban los caminos de grava y, a lo lejos, podía ver los faros de los coches en la avenida. Nadie estaba dentro del parque en ese momento, pero cualquiera que pasara por el borde podría verme con facilidad. Eso era exactamente lo que quería.

Me tendí de espaldas en el suelo de la plataforma con los muslos abiertos hacia el cielo. El cemento frío contra la espalda. El aire quieto de la madrugada encima. Empecé a tocarme despacio, sin ninguna urgencia, disfrutando del espacio abierto y de la posibilidad de que en cualquier momento alguien pasara y me viera desde abajo.

Me pasé la palma por el coño entero, de arriba abajo, sintiendo cómo el flujo se me pegaba a los dedos como pegamento. Separé los labios con dos dedos de una mano y con la otra empecé a jugar con el clítoris, primero apenas rozándolo, después apretándolo, después dándole pequeños golpecitos con el índice. Los muslos se me abrían solos, más y más, hasta que se me estiraba la piel de la ingle.

Los dedos entraron solos. Tres, hasta el fondo. Me arqué contra ellos, los saqué, me los llevé a la boca y me chupé mi propio sabor mientras la otra mano me pellizcaba el pezón. Volví a bajarlos al coño, esta vez cuatro dedos, la mano formando cuña, empujando hasta que sentí la resistencia del hueso.

Me arqué de nuevo, esta vez con la boca abierta en un jadeo silencioso. Pensé en los hombres de la casa iluminada, en ocho pollas duras follándome por turnos sobre esa misma mesa donde bebían. Pensé en el motorista que me había visto en medio de la calle, bajándose de la moto para meterme la verga en la boca ahí mismo. Pensé en el anciano del triciclo, que me había mirado las piernas sin decir nada, tumbándome sobre el cartón y montándome despacio con esa polla vieja pero dura. Pensé en estar exactamente donde estaba: encima de un escenario en el parque central de mi ciudad, a las tres y media de la madrugada, completamente desnuda, con la mano metida hasta el nudillo en el coño y el culo pegado al cemento frío.

Con la otra mano me llevé un dedo mojado al culo y lo empujé de una. El anillo se me contrajo alrededor del dedo, después cedió. Empecé a moverme, mano en el coño y dedo en el culo, en direcciones opuestas, hasta que sentí que las paredes se me apretaban solas alrededor de todo. Se me escapó un gemido en voz alta. Otro. Otro más.

Corrí ahí. Con los muslos abiertos hacia el cielo y la espalda apoyada en el cemento frío. Un orgasmo largo, sacudido, con el coño chorreando sobre el suelo del escenario y los pezones tan duros que me dolían. Sentí el flujo saliéndome a chorros pequeños, empapándome las nalgas, formando un charquito bajo el culo.

Mientras recuperaba el aliento, todavía con los dedos dentro, escuché pasos abajo.

—¿Hola? —dijo una voz de hombre desde el suelo del escenario—. ¿Hay alguien ahí arriba?

Me helé. Luego agarré la chaqueta, me incorporé de golpe y salté los escalones del lateral de dos en dos. Crucé el parque corriendo con la chaqueta en la mano, sin pararme a ponérmela, las tetas botando y el coño todavía chorreando entre los muslos. Solo cuando estuve a dos calles de distancia me detuve a respirar y me la puse. La tela se me pegó al coño empapado al instante.

Las piernas me ardían. Sonreí en la oscuridad.

***

El camino de vuelta fue más tranquilo. Conocía esas calles de memoria y a esas horas ya no había nadie. Me quité la chaqueta varias veces más, solo por el placer de caminar desnuda sin adrenalina, sintiendo el aire en la piel sin ninguna urgencia. Me pasaba de vez en cuando la mano por el coño, más por confirmar que seguía mojada que por otra cosa.

En algún punto dejé la chaqueta colgada en la barandilla de una valla junto a un descampado. Seguí el último tramo sin llevar nada en las manos.

***

Entré por la ventana. Eran las cuatro y cuarenta minutos.

Me metí en la ducha y estuve un buen rato bajo el agua caliente, limpiándome las plantas de los pies y el polvo de las palmas. Bajo el chorro me volví a tocar, más suave esta vez, dos dedos deslizándose por el clítoris hinchado hasta que me corrí una última vez apoyada en los azulejos, con la boca abierta contra el brazo para ahogar el gemido. Luego me sequé, me tendí en la cama sin ponerme nada y me dormí casi de inmediato, con las piernas todavía abiertas y una mano descansando sobre el coño.

Desperté a las once. Aún sin ropa, la sábana enredada en las piernas. El sol entraba por la persiana entreabierta y la calle de abajo ya tenía ruido de día.

Salí a media mañana con una bolsa de tela, pasé por la valla del descampado y recogí la chaqueta, algo polvorienta pero entera. La metí en la bolsa y seguí hacia el centro. Tenía recados que hacer.

Pasé por la avenida principal. Pasé junto al muro del terreno baldío donde me había sentado con las piernas abiertas hacia los coches. Pasé por delante del parque.

Era mediodía. El parque estaba lleno de gente.

Niños corriendo por los caminos, parejas en los bancos, vendedores ambulantes con sus carritos. Me detuve en la acera y miré el escenario desde lejos. Una pareja de ancianos estaba sentada justo en el borde de la plataforma donde yo había estado unas horas antes, con el sol de frente y los pies colgando, justo encima de la mancha seca de flujo que yo había dejado en el cemento.

Si supieran.

Seguí caminando hacia las tiendas, con la chaqueta en la bolsa y la noche todavía pegada a la piel, entre los muslos, en los pezones que se me endurecían cada vez que pensaba en el escenario y en la voz del hombre que casi me pilla.

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Comentarios(9)

Noctambula22

Me dejaste sin palabras... que relato!!! 🔥

VigilanteNocturno

Que morbo tremendo, se me hizo cortisimo. Hay continuacion?

Pibe_del_sur

Lei esto a la madrugada y me quede pegado. Increible la tension que transmite, parece real

LaVagabundaK

genial!!! quiero mas

marisolLec

Me pregunto como hizo para que no la parara nadie jajaja. Muy bueno

Torino_lect

Llevaba tiempo buscando un relato con ese nivel de adrenalina. Seguí publicando!

AndreaK_85

Me recordó a una escapada que hice yo hace años, esa mezcla de libertad y miedo... lo capturaste perfecto. Esperando el próximo

SantiNocturno

La parte del parque me mato jajaj. Tremendo

ValeriaMQ

Relato único, no había leído nada así por acá. Gracias por compartirlo

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