La venezolana del Imperial me eligió a plena tarde
Cuando me tendió su tarjeta y me dijo que llevara hambre, supe que esa mujer no buscaba conversación: buscaba a alguien capaz de seguirle el ritmo hasta el amanecer.
Cuando me tendió su tarjeta y me dijo que llevara hambre, supe que esa mujer no buscaba conversación: buscaba a alguien capaz de seguirle el ritmo hasta el amanecer.
Cuando la puerta del armario se cerró y quedamos a oscuras, sentí su mano subir por mi pierna. Solo teníamos diez minutos.
La primera vez que me obligó a bajar la cabeza mientras me cogía creí que me resistiría. No lo hice. Y descubrí cuánto me gustaba dejar de decidir.
Llegué con un top rojo y una falda negra, sin ropa interior, sabiendo que al cruzar esa puerta dejaría de pertenecerme a mí misma.
Salía de entre los arbustos para escandalizar a las corredoras. Esa noche, la mujer que gritó al verlo no estaba asustada: lo estaba esperando.
Llevaba años exhibiéndose impune ante las corredoras del parque. La noche que eligió a la mujer equivocada descubrió hasta dónde llega un castigo.
Cuando Noa le ofreció ponerle crema al capitán, ninguno imaginó que ese gesto encendería todo lo que vino después en la cala escondida.
Sabía que dos desconocidos me observaban desde la terraza de arriba. Lo que no imaginé fue que esa misma tarde los tendría a ellos y a su hermana en nuestra cama.
Bajó al escenario solo para bailar. Cuando la correa que sostenía a aquel hombre cayó al suelo, supe que ninguno íbamos a controlar lo que vendría después.
Entró buscando un consolador y terminó arrodillada en una cabina a oscuras, sin saber cuántas manos la tocaban ni cuántas bocas esperaban su turno.
Bajé al salón en tanga sabiendo que él me miraba desde el otro sofá. Al otro lado de la pared, mi amiga emitía su directo con el novio. Y yo solo pensaba en qué puerta abrir esa noche.
Cuando Mariana bajó cambiada y sus amigas la siguieron, supe que esa reunión de oficina no iba a terminar como ninguna otra velada entre conocidos.
Aceptó enseñarles la ciudad creyendo que controlaba la situación. No sabía que cada cena, cada playa y cada descuido formaban parte de un juego pensado solo para ella.
Ese bañador apenas las cubría, y cada día la piscina enseñaba un poco más de piel. Nadie sospechaba hasta dónde llegarían los vecinos cuando cayera la última prenda.
Sabía que aquel disfraz de diabla era demasiado atrevido, pero lo que no imaginé es hasta dónde estaría dispuesta a llegar cuando dejé las braguitas escondidas en el baño.
Tomé la pastilla azul antes de salir del vestuario porque sabía lo que venía. Lo que no sabía era hasta dónde íbamos a llegar Romina y yo esa noche.
«Una mujer como tú vale miles por una noche», dijo Ingrid mientras me ataba la correa al cuello y me arrastraba hacia el interior del local.
Creí que sería un día de mar entre amigos. No conté con el chico de cubierta que no me quitaba los ojos de encima, ni con todo lo que vino después.
Llevaba media hora posando junto al descapotable cuando el fotógrafo le pidió que se quitara el vestido. Y ella, bajo el sol del desierto, no dijo que no.
Vestida como para una sesión de fotos, entré en un gimnasio vacío con dos hombres que recordaba demasiado bien. Y ellos tenían algo planeado para esa tarde.