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Relatos Ardientes

La desconocida de la webcam me enseñó a obedecer

Todo empezó el verano en que me mudé solo a un departamento diminuto cerca de la facultad. Tenía diecinueve años, una conexión de internet que apenas alcanzaba y demasiadas noches en blanco. Fue entonces cuando descubrí los chats con cámara, esa frontera turbia donde nadie usaba su nombre real y todos buscaban lo mismo sin animarse a decirlo en voz alta.

Al principio solo miraba. Abría una ventana tras otra, rostros borrosos, cuerpos a medias iluminados por la luz azul de un monitor. Me costaba entender qué me atraía tanto de aquello. No era únicamente el sexo; era la sensación de estar viendo algo que no debería, de espiar la intimidad de personas que jamás conocería.

Pasaba horas así, con los auriculares puestos para que los vecinos no oyeran nada, el resto del departamento apagado y silencioso. Afuera la ciudad seguía despierta, llena de gente que tenía vidas ordenadas, parejas, planes. Yo, en cambio, había encontrado un mundo paralelo que solo existía después de la medianoche, hecho de luces de cámara y conversaciones que se borraban al amanecer.

Una madrugada, casi por accidente, encendí mi propia cámara.

No tenía un plan. Simplemente quise saber qué se sentía estar del otro lado, ser yo el observado. Me quité la camiseta despacio, sin saber muy bien por qué, y esperé. Tardó menos de un minuto en aparecer el primer mensaje. Después otro. Y otro. Descubrí que me gustaba. Me gustaba muchísimo más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Había algo en exhibirme que me encendía de una forma que el porno nunca había logrado. Saber que del otro lado de la pantalla alguien me miraba, deseaba, esperaba mi próximo movimiento, me hacía sentir poderoso y vulnerable al mismo tiempo. Empecé a conectarme casi todas las noches.

Así fue como conocí a Renata.

***

No era como las demás. La mayoría escribía cosas torpes, exigía sin paciencia, desaparecía a los cinco minutos. Renata, en cambio, hablaba. Me preguntaba por mi día, por mis clases, por qué no podía dormir. Tenía una manera de escribir que me obligaba a contestar despacio, como si cada palabra suya pesara más que las de cualquier otra persona.

La primera noche apenas pasó nada. Hablamos de tonterías, de música, de por qué los dos estábamos despiertos a esa hora. Ella escribía con frases cortas, precisas, y dejaba silencios largos que me ponían nervioso, como si midiera cada una de mis reacciones. Cuando me despedí, me di cuenta de que llevaba más de una hora pegado a la pantalla sin haberme quitado siquiera la camiseta. Algo en ella me interesaba más que el sexo, y eso me desconcertaba.

A la segunda noche volví a buscarla. Y a la tercera ya la esperaba como quien espera a alguien que importa.

—¿Por qué te gusta que te miren? —me escribió la tercera noche.

Me quedé un rato sin responder, observando el cursor parpadear.

—No lo sé —tecleé al fin—. Supongo que me hace sentir que existo.

—Existes —contestó ella—. Y vas a existir mucho más cuando aprendas a hacer exactamente lo que te diga.

Aquella frase me recorrió la espalda como un escalofrío.

Renata nunca encendía su cámara. Yo no sabía cómo era, ni su edad, ni de qué ciudad me escribía. Solo tenía sus palabras y, a veces, su voz, ronca y serena, cuando decidía pasar al micrófono. Esa voz me desarmaba. Bastaba que dijera mi nombre para que yo dejara de pensar.

Durante semanas el ritual fue el mismo. Yo me conectaba pasada la medianoche, ella aparecía como si me hubiera estado esperando, y poco a poco me iba pidiendo cosas. Quítate la ropa despacio. Tócate, pero no te apures. Detente. Mírame, aunque no puedas verme. Aprendí a obedecer, y descubrí que obedecer me gustaba todavía más que exhibirme.

Lo extraño era cuánto me costaba esperar a que llegara la noche. Pasaba el día en la facultad pensando en ella, en lo que me pediría, repasando sus palabras de la madrugada anterior. Mis amigos hablaban de chicas reales, de citas, de fiestas, y yo asentía sin estar del todo presente. Mi cabeza se había quedado en ese cuarto a oscuras, frente a una pantalla, obedeciendo a una voz que ni siquiera tenía rostro.

—Eres distinto cuando haces lo que te ordeno —me dijo una noche—. Te sueltas. Se te nota en la cara.

—Es porque confío en ti —respondí, y era verdad, aunque no entendía cómo podía confiar en alguien sin rostro.

—Bien —escribió—. Porque pronto voy a pedirte algo que no te has atrevido a desear todavía.

***

Esa noche llegó un jueves de lluvia. Recuerdo el sonido del agua contra la ventana, el departamento a oscuras salvo por el resplandor del monitor, y mi corazón ya acelerado antes de que ella escribiera la primera línea.

—Hoy quiero que te atrevas a algo muy sexy por mí —dijo, y esta vez usó la voz.

Tragué saliva. Tenía las manos apoyadas en los muslos, las piernas tensas.

—Lo que quieras —contesté en voz baja, sabiendo que ella podía oírme.

—¿Lo que sea? —Hubo una pausa larga, deliberada—. Quiero que te toques donde nunca te has tocado. Atrás. Despacio.

Me quedé inmóvil. Sentí cómo se me encendían las mejillas, una mezcla de vergüenza y de algo más oscuro que no quería nombrar.

—No sé —murmuré—. Eso… nunca lo hice. No sé si quiero.

—No te estoy preguntando si quieres —dijo ella, sin dureza, casi con dulzura—. Te estoy diciendo que lo vas a hacer. Y vas a descubrir que sí querías, solo que no lo sabías.

El silencio entre nosotros se llenó del ruido de la lluvia. Yo respiraba más rápido. Lo absurdo era que, mientras dudaba, mi cuerpo ya había decidido: estaba más excitado de lo que había estado en toda mi vida, y ni siquiera me había tocado todavía.

—¿Cómo? —pregunté al fin, y con esa sola palabra le entregué todo el control.

—Así me gusta —ronroneó—. Primero levanta los pies al borde de la silla. Ábrelos para mí. Quiero verte entero.

Obedecí. El frío del asiento contra la piel, la postura nueva, expuesta, me hizo sentir un temblor que me subía desde las rodillas. El corazón me golpeaba el pecho con fuerza. Nunca me había sentido tan desnudo, y eso que llevaba semanas mostrándome.

—Perfecto —dijo ella—. Ahora llévate dos dedos a la boca. Húmedecelos bien. Con calma, que yo lo estoy mirando todo.

Lo hice. Me chupé los dedos despacio, consciente de su mirada invisible, y sentí cómo cada gesto que ella ordenaba me hundía un poco más en esa sensación de entrega.

—Ahora pásalos por ahí. Sin meter nada. Solo acaricia. Date tiempo.

***

La primera caricia me sobresaltó. No por dolor, sino por lo extraño de la sensación, por lo prohibido que se sentía. Me detuve un segundo, inseguro.

—¿Así? —pregunté, y mi voz salió temblorosa.

—Así, exacto —respondió—. Relájate, no va a pasar nada que tú no permitas. Solo masajea. ¿Sientes el cosquilleo?

—Sí —admití—. Un poco.

—Ese poco es el principio de todo —dijo ella, y juro que la oí sonreír.

Seguí sus instrucciones como si fueran lo único real en el mundo. La vergüenza se había transformado en otra cosa, una curiosidad caliente que me empujaba a continuar. Me chupé de nuevo el dedo del medio, esta vez más despacio, llenándolo de saliva como ella me pedía, mientras la oía respirar al otro lado del micrófono.

Cada pocos segundos ella soltaba una palabra, un «eso es» o un «no te detengas», y esas palabras me sostenían, me guiaban, me impedían echarme atrás. Yo había dejado de pensar por completo. Solo existía su voz y la sensación nueva, ese territorio del que no sabía nada y que ella conocía como si me hubiera estudiado durante años. Tenía la frente perlada de sudor y el corazón desbocado, y aun así no quería que parara.

—Ahora quiero que entres —murmuró—. Despacio, lo que tu cuerpo te deje. Si arde un poco, respira y sigue. No tengas miedo.

—Arde —susurré, apretando los dientes—. No entra.

—Tú sigue, bebé —dijo, y esa palabra en su voz me derritió—. Relaja, respira hondo, déjalo entrar de a poco. Un poquito más. Confía en mí.

Respiré como ella decía. Aflojé el cuerpo, dejé de pelear contra la sensación, y de pronto, cuando menos lo esperaba, lo logré. Me quedé quieto, sorprendido, esperando un dolor que no llegó. No sentía gran cosa, solo la rareza de algo nuevo.

—¿Qué sientes? —preguntó.

—Nada —confesé, casi decepcionado—. No sé si lo estoy haciendo bien.

—Mueve el dedo —dijo—. Despacio, como si quisieras rascarte por dentro. Vas a saber cuándo lo encuentres.

***

Lo encontré.

Algo se prendió dentro de mí, una corriente que no se parecía a nada que hubiera sentido antes. Abrí los ojos de golpe, el aire se me escapó de los pulmones, y un gemido salió de mi garganta sin que pudiera contenerlo. Renata lo oyó. Sé que lo oyó, porque su respiración cambió al instante.

—Ahí está —dijo, con la voz quebrada de placer—. Eso es lo que te estabas perdiendo. Ahora hazlo todo a la vez. Tócate adelante y no dejes de mover el dedo. Quiero verte deshacerte para mí.

No duré nada. La doble sensación, la voz de ella, la conciencia de estar exhibido y dominado al mismo tiempo, todo se juntó en una ola que me arrastró sin aviso. El placer me golpeó el vientre con una fuerza que nunca había conocido, intenso, casi insoportable, y me quedé temblando en la silla, jadeando, incapaz de hablar.

Durante un largo rato solo se oyó la lluvia y mi respiración entrecortada.

—Buen chico —murmuró Renata al fin—. Ahora sí sabes lo que eres capaz de sentir.

Me quedé mirando la pantalla, todavía sin recuperar el aliento, con la certeza extraña de que algo en mí había cambiado para siempre. No era solo el descubrimiento físico. Era haber entendido, por primera vez, que el deseo tenía territorios enteros que yo ni siquiera sabía que existían.

***

Renata y yo seguimos conectándonos durante meses. Nunca vi su rostro, nunca supe su verdadero nombre, y con el tiempo, como suele pasar en esos rincones del mundo, dejó de aparecer una noche y no volvió. Me quedé esperándola muchas madrugadas, mirando la lista de contactos como si pudiera invocarla.

Pero no me quedé con la tristeza. Me quedé con lo que ella me había dado: el permiso para desear sin culpa, para explorarme, para entregar el control y descubrir que en esa entrega había una libertad enorme.

A veces pienso que Renata sabía exactamente lo que estaba haciendo. Que no buscaba solo placer, sino enseñar. Que veía en aquel muchacho nervioso y desnudo frente a la cámara a alguien que necesitaba que le dieran permiso para ser quien era.

Ojalá pudiera agradecérselo.

Desde entonces aprendí a no temerle a mis fantasías, a no juzgar lo que mi cuerpo pide. Aquella madrugada de lluvia, con una desconocida susurrándome órdenes desde el otro lado de una pantalla, fue donde empezó todo. Y si volviera atrás, no cambiaría una sola palabra.

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Comentarios (6)

VitorioNight

Excelente relato, de verdad. Muy bien narrado y con una tension que te atrapa desde el principio.

Romina_BA

Por favor tiene que haber una segunda parte!! Me quede con muchas ganas de saber que paso despues de esa noche. Bravo!!

MarceloOnline

Lo lei de una y no pude parar. Ese momento de la frase susurrada... tremendo. Me recordo a algo que vivi hace tiempo y que nunca conté a nadie.

PatriSanchez

Es real esto? Se siente muy autentico, como si hubiera pasado de verdad. Precioso relato.

Tato_reader

Nunca había pensado en ese tipo de conexion a traves de una pantalla, pero lo describís de una manera que te hace entender perfectamente la atraccion. Muy original la propuesta.

CamilaOscar

jajaja el final me mató!! no me lo esperaba para nada. Seguí así!!!

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